3 dias para morir - Capítulo 24
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- Capítulo 24 - 24 Capítulo 24 La Incredulidad
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24: Capítulo 24: La Incredulidad 24: Capítulo 24: La Incredulidad El médico de guardia, el Doctor Ríos, miró a Anya con una mezcla de lástima profesional y exasperación.
Ella seguía aferrada al mostrador de enfermería, con el trípode intravenoso sirviendo de improvisado bastón.
—Señorita —dijo el Doctor Ríos, con un tono condescendiente—.
Aprecio su preocupación, y entiendo su angustia, pero la medicina no funciona con intuiciones.
El joven Gabriel tiene signos vitales estables, la cirugía fue exitosa.
Su corazón está perfecto.
Su riesgo no es una “emergencia cardíaca”, sino una infección, Igual que para usted, necesita sus antibióticos, no su alta.
—¡Es un error!
—insistió Anya, sintiendo cómo el dolor de su hombro se intensificaba, pero usando la incomodidad para mantenerse concentrada—.
Ustedes no están viendo la causa real.
Él no tiene familia, doctor.
El estrés de estar solo, saber que despertará y no tendrá a nadie, es lo que lo va a matar.
Es un riesgo psicológico que se convertirá en un riesgo físico.
¡Yo puedo prevenir el paro!
La enfermera que estaba cerca, la misma que había notado la soledad de Gabriel, le lanzó una mirada de duda al médico.
—Doctor, la señorita tiene un punto inusual.
Es cierto que el paciente Gabriel no tiene visitas y su aislamiento es completo.
El personal de UCI hace lo que puede, pero la presencia de un familiar o.… de su prometida, legalmente, ayudaría con su recuperación emocional.
—¿Prometida?
—preguntó el doctor, elevando una ceja hacia Anya.
Anya no dudó.
—Sí, doctor.
Lo somos, mintió descaradamente.
Y necesito cumplir mi promesa.
Mi herida está limpia.
Firmo cualquier documento.
Puedo monitorearme yo misma.
Fui una estudiante de medicina antes de cambiarme a la filosofía.
Sé reconocer un síntoma de alarma.
El Doctor Ríos se rió suavemente, incrédulo.
—Lo siento, señorita.
No puedo dar de alta a una paciente con herida de bala y una vía intravenosa activa solo porque cree que su novio va a tener un ataque de pánico fatal.
Es contra toda normativa y deja al hospital sin respaldos legales en caso de que algo le suceda.
Vuelva a su habitación.
Anya sintió que las fuerzas la abandonaban.
El destino había ganado una vez más, usando la burocracia y la lógica hospitalaria para garantizar la soledad de Gabriel.
En ese momento, su padre que había permanecido en silencio en el pasillo se acercó con su rostro serio.
Había escuchado toda la conversación.
Al llegar al mostrador, su porte de hombre de negocios y su calma templada contrastaron con la histeria hospitalaria.
—Doctor Ríos, permítame presentarme.
Soy el padre de Anya.
El Doctor Ríos se puso más formal de inmediato.
—Señor, lo siento mucho, pero su hija se niega a recibir la medicación.
—Lo sé.
Y sé que ella tiene razón —dijo su padre, y su voz no era de súplica, sino de autoridad—.
Mi hija no se caracteriza por la histeria, sino por una lógica muy aguda.
Ella no le está pidiendo un favor, le está dando una solución legal a su problema de acompañamiento en Cuidados Intensivos.
El padre de Anya miró al médico, y luego a su hija, y tomó una decisión crucial.
—Doctor, mi hija tiene razón.
Su herida es menor.
Su novio será mi responsabilidad.
Si la normativa es lo único que la detiene, entonces hagamos esto: Firme el alta, y yo me hago responsable de la recuperación de Anya.
Contrataré a una enfermera privada que la asista aquí en el hospital si es necesario, o en un lugar más cómodo, lejos de aquí.
—Pero si ahora mismo el problema es el acompañante legal para Gabriel, permítale a Anya firmar como su prometida y yo, como su futuro suegro y garantía legal, asumiré cualquier responsabilidad legal por la atención de Gabriel.
El Doctor Ríos parpadeó.
Era una situación insólita: un familiar indirecto, enojado pero racional, ofreciendo una solución que eliminaba todo riesgo legal para el hospital.
—Es una propuesta…
atípica, señor.
—Es una propuesta que salva una vida que, si la intuición de mi hija no se equivoca, usted está a punto de perder por una tecnicidad.
Si el joven Gabriel muere hoy por una complicación cardíaca por estrés y soledad, bueno, es mejor no pensar en eso, ¿no cree?
Mi hija está dispuesta a recibir el alta y cuidarlo 24/7.
Firme los papeles.
Y permítale a mi hija hacer lo que sabe hacer: salvarlo.
La lógica de su padre era impecable.
Era un argumento puro y duro.
El médico dudó un momento más, luego asintió, derrotado.
—Muy bien, señor.
Haré los arreglos para el alta de la señorita Anya, no tardará más de una hora, por favor esperen en su habitación.
Pero ella tiene que prometer que será la única persona en la habitación de Cuidados Intensivos, y que solo llamará si ve un cambio físico real.
Anya sintió que el mundo volvía a girar a su favor.
Su padre la había salvado.
—Lo prometo, doctor.
Y gracias.
Anya aceptó, temerosa de lo que pudiera suceder en esa hora, pero esto era mejor que nada, mejor que no poder estar al lado de Gabriel.
Una vez de regreso en la habitación, el padre de Anya suspiro de alivio.
Anya lo miró…
—¿Por qué me ayudaste así, papá?
Él miró los ojos tristes de su hija.
—Tu madre —respondió—.
Sonabas igual que tu madre.
Ella decía que podía ver cosas, que sabía cosas.
Sonaba con la misma determinación que tú.
Yo nunca le creí, ni siquiera cuando la operaron.
—¿El tumor?
—preguntó Anya, temerosa.
—Sí, Anya, el tumor.
Tu madre dijo que no veía nada después de la cirugía.
Yo pensé que estaba loca, no le creí, no la consolé, no le di palabras de aliento ni de despedida…
y ella…
ella no volvió.
No sé qué sabes, no sé qué viste, y creo que no quiero saber cómo.
Hay cosas que prefiero no entender, y por eso entiendo que no quiero fallar de nuevo.
Si dices que Gabriel está en riesgo y te necesita…
te creo.
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