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3 dias para morir - Capítulo 25

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  4. Capítulo 25 - 25 Capítulo 25 El Despertar de la Sentencia
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25: Capítulo 25: El Despertar de la Sentencia 25: Capítulo 25: El Despertar de la Sentencia El alta de Anya fue un proceso frenético, orquestado por la autoridad silenciosa de su padre.

En menos de una hora, la vía intravenosa fue desconectada y reemplazada por píldoras antibióticas, el hombro vendado colocado en un cabestrillo y su bata de hospital blanca sustituida por su propia ropa.

A pesar del dolor latente, la adrenalina la mantenía en pie.

Su padre le dio un último abrazo en la puerta del ascensor.

—Llámame.

Si él despierta, si lo necesitas, si el doctor Ríos te mira mal, llámame.

—Lo haré, papá.

Anya subió al piso de Cuidados Intensivos.

Llevaba una bolsa pequeña con agua y sus píldoras, y lo más importante: la autorización legal para ser la única acompañante.

Se puso la bata de visitante reglamentaria, la mascarilla y los guantes.

Había vencido a la burocracia, pero ahora venía el enemigo real.

La enfermera de turno la escoltó al cubículo de Gabriel.

—De acuerdo, señorita.

Aquí está.

Recuerde las reglas: cero ruido, solo llame si ve un cambio físico evidente.

Los monitores nos alertarán de cualquier alteración en sus signos vitales.

—Lo haré —prometió Anya, asintiendo.

La enfermera se retiró.

Anya se quedó sola con Gabriel.

La escena era de una intimidad brutal: Gabriel, pálido, indefenso, conectado a las máquinas que cantaban el constante beep-beep de su vida.

El sonido era tranquilizador y aterrador a partes iguales.

Anya se sentó en el taburete, tomó su mano y apoyó su cabeza en el borde de la cama.

Había llegado a tiempo para cumplir su promesa, aunque fuera el Día 3.

El juicio es ahora, Gabriel, pensó.

Si el destino quiere que mueras en soledad, te mostraré que la soledad no existe.

Comenzó su guardia.

No era solo vigilancia; era una transferencia de energía, una batalla de voluntades.

Con su mano sobre la de él, le habló en susurros.

No de su herida o de Raquel, sino de la vida, de lo que harían.

—Cuando salgas de aquí, vamos a ir a ese jardín botánico que quería mostrarte.

Pero en lugar de conducir, tomaremos un tren.

Y adoptaremos un perro, uno grande y bobo, para que nunca más vuelvas a estar solo…

Ella habló de sus estudios, de la metafísica, de la causalidad.

Y por primera vez, pronunció la verdad en voz alta, sin miedo.

—Mi amor, soy una cobarde.

No te a los ojos miraba porque sabía que me enamoraría aun mas, y te vería morir.

Pero míranos ahora.

La muerte eligió el escenario más cruel, la soledad.

Pero falló.

Estoy aquí.

Te amo, y no te voy a dejar.

El tiempo se desdibujó.

Anya, a pesar del dolor latente en el hombro, se dedicó a cuidarlo con una devoción febril.

Con gasas húmedas y suaves toques, aseaba sus brazos, limpiando la transpiración de la frente.

Con sus dedos enguantados, peinaba con suavidad el cabello castaño y despeinado de Gabriel, buscando devolverle una semblanza de orden a su figura inerte.

Murmuraba elogios sobre lo fuerte que era, sobre lo guapo que se vería con el traje para la cena que le debía a su padre.

Las horas se arrastraron.

El reloj de la pared avanzaba hacia la medianoche.

11:00 p.m.

La vigilia silenciosa fue interrumpida.

Gabriel, que había estado inmóvil durante horas, hizo un movimiento brusco.

Su rostro se contorsionó en una mueca y sus ojos se abrieron de golpe, desenfocados por los sedantes.

Anya se enderezó de inmediato, el corazón latiéndole como un tambor de guerra.

El monitor no había alertado, pero el despertar había llegado.

—Si no estoy muerto, ¿por qué estoy viendo ángeles?

—murmuró Gabriel, su voz áspera y confusa, con una sonrisa débil que luchaba contra el dolor.

Anya estalló de felicidad, la tensión de dos días de terror liberada en un instante.

—¡Eres un tonto!

—dijo, la risa mezclada con sollozos—.

¡Me diste un susto de muerte!

¡Creí que te perdía!

Se abalanzó sobre él, abrazándolo con una efusividad desesperada, olvidando por completo su hombro herido y la delicadeza que requería su pecho.

Gabriel lanzó un gemido ahogado de dolor.

—¡Ay!

¡Lo siento!

¡Lo siento!

—dijo Anya, retrocediendo de inmediato, el rostro cubierto de pánico—.

Tu herida, Gabriel.

¡Soy una estúpida!

En ese momento, las puertas se abrieron.

Un par de enfermeras y el Doctor Ríos, alertados por el cambio en los monitores de signos vitales que se habían acelerado con el despertar, entraron rápidamente.

Se sorprendieron al verlo despierto y tan reactivo.

Le pidieron espacio a Anya, quien retrocedió solo lo suficiente para dejar que le tomaran signos vitales, reflejos y un par de pruebas más.

El cubículo se llenó con el ruido de las máquinas y las voces profesionales.

Cuando por fin el equipo médico salió, Gabriel, aunque todavía un poco confuso por tanto medicamento, estaba más lúcido y tranquilo.

—No sabes cuánto me alegra verte —dijo, intentando levantar la mano para tocarla.

Sus ojos se posaron en el cabestrillo que sostenía el brazo de Anya.

La realización lo golpeó.

—Te lastimaron…

—murmuró, la voz cargada de culpa y horror—.

Por mi culpa.

El disparo…

nos hirió a los dos.

Anya se acercó a él, calmándolo con la misma dulzura que había usado para espantar a la muerte.

—Relájate, amor.

Estoy bien.

La bala pasó muy cerca de tu corazón, pero no te estreses.

No pienses en eso.

Lo importante es que estás vivo y que estoy a tu lado.

Ella lo miró a los ojos.

El dolor y la verdad del destino la impulsaron al punto final.

No podía esperar más.

Necesitaba la certeza de una nueva sentencia.

—Mírame, Gabriel —dijo, su voz volviéndose profunda, obligándolo a centrar su mirada en ella.

1 segundo…

2 segundos.

Gabriel respondió, su voz apenas audible.

—Moriría sin ti a mi lado.

3 segundos…

4 segundos.

—Eso jamás pasará, mi amor, siempre estaré a tu lado —respondió Anya, sintiendo la intensidad de la conexión.

Era amor, y era la última oportunidad de su vida.

9 segundos…

10 segundos.

El mundo se disolvió como una mancha de tinta en el agua, la realidad hospitalaria se rompió en un millón de fragmentos.

Anya fue succionada por una visión…

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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