3 dias para morir - Capítulo 26
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- Capítulo 26 - 26 Capítulo 26 El Peso de la Verdad
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26: Capítulo 26: El Peso de la Verdad 26: Capítulo 26: El Peso de la Verdad La visión de Anya se disolvió, no en terror o sangre, sino en la sensación de estar cayendo en la calidez de los brazos de Gabriel.
Volvió a la cruda realidad del cubículo de Cuidados Intensivos, con la boca seca y la cabeza zumbando.
Gabriel, vivo y despierto, seguía sonriendo, ajeno a la tormenta que acababa de pasar por la mente de su novia.
—¿Anya?
¿Estás bien?
—preguntó Gabriel, su voz aún débil por la medicación, pero llena de preocupación.
Anya se recompuso, sintiendo el pulso firme bajo sus guantes.
Había visto tres días: tres días de ella a su lado en el hospital, sin un nuevo ciclo de muerte.
El destino, por primera vez, no tenía un plan inmediato.
—Estoy…
estoy abrumada, mi amor.
De verte tan despierto y…de tenerte aquí —mintió, pero esta vez, la mentira era dulce.
Besó la mano de Gabriel, sintiendo la textura áspera de la gasa.
Las enfermeras terminaron de revisar los signos vitales, declarando el despertar de Gabriel como un “milagro de la recuperación”.
Se retiraron, dejando a la pareja sola de nuevo.
Anya se sentó junto a él.
Había vencido a la soledad, pero la verdad era un peso que ya no podía cargar.
—Gabriel, necesito contarte algo.
Algo que te va a parecer una locura, pero que explica todo lo que ha pasado en las últimas semanas.
El accidente, Raquel, la dieta, el disparo…
Gabriel la miró, tranquilo y curioso.
—Soy todo oídos, mi amor.
Después de despertar y creer que eres un ángel, estoy preparado para cualquier cosa.
Anya tomó aire y comenzó.
Le reveló su don: la maldición de los diez segundos.
Le contó sobre la cafetería, la primera visión del coche destrozado, el pánico.
Le describió los ciclos en orden, desde el accidente de tráfico hasta la última visión de él muriendo solo en esa misma cama de hospital.
Ella no se guardó nada.
Gabriel escuchó con una quietud asombrosa.
No había incredulidad en sus ojos, sino una intensa y creciente confusión.
Cuando Anya terminó, la sala quedó en un silencio denso, roto solo por el suave beep-beep de los monitores.
—Te vi morir, una y otra vez —dijo Anya, con la voz ahogada por la emoción—.
Te vi morir solo en esta cama, Gabriel.
Hice todo para que no estuvieras solo, y el destino no dejaba de ponerme obstáculos, me quería lejos de ti.
No pude hacer nada, solo acompañarte…
y rezar.
Gabriel cerró los ojos.
Sus nudillos, bajo la mano de Anya, estaban blancos.
—Espera un momento —dijo, su voz carente de la dulzura habitual, teñida de una incredulidad fría—.
¿Me estás diciendo que todo, absolutamente todo, en nuestra relación ha sido una…
manipulación?
¿La dieta, el viaje cancelado, la mentira de las tuberías, el beso desesperado para evitar que me fuera a la oficina?
Anya sintió que el corazón se le encogía.
—Sí, Gabriel.
Lo hice para salvarte.
No te lo dije antes por miedo, por la maldición.
Él abrió los ojos, pero ya no la miró a ella, sino al techo.
—Raquel intenta asesinarme…
Me envenenan con un chocolate…
Me atropellan al caminar al trabajo…
—Gabriel enumeraba los eventos, y cada ciclo sonaba más ridículo que el anterior, arrancado del contexto del amor que ella había usado—.
¿Y todo esto lo viste en diez segundos?
—Sí, lo vi.
Sé que suena imposible, pero es la verdad.
Gabriel se soltó suavemente de su agarre.
Se giró ligeramente, dándole la espalda.
—No.
No quiero hablar más, Anya —dijo, la voz baja y firme—.
No es que no te crea, pero…
es demasiado.
Es la verdad más cruel y absurda que he oído en mi vida.
Es una locura.
Y tú…
tú me has mentido sobre cada decisión que he tomado en las últimas semanas.
Anya sintió el pinchazo del rechazo.
El destino no la mataría con una bala, sino con el dolor emocional.
—Gabriel, por favor, déjame explicarte.
—No.
Necesito espacio para pensar.
Para procesar si la mujer que amo es una médium o si mi propia vida se ha convertido en una broma cómica de la que no puedo escapar.
Necesito que salgas de la habitación.
Por favor.
Anya se levantó, sintiendo el temblor en sus piernas.
Su promesa de “no dejarlo solo” se rompía por la necesidad de él de aislarse.
Recogió sus pocas pertenencias.
—Volveré —dijo, con la voz ahogada.
Gabriel no respondió.
Ella se quitó la bata de UCI y se dirigió a la habitación que su padre le había conseguido.
Su padre, al verla, supo que algo andaba mal, pero Anya se limitó a negar con la cabeza y tumbarse en la cama.
El dolor de la herida era insignificante comparado con la soledad que sentía.
Anya regresó horas después, justo antes de las nueve de la noche, para pasar la noche a su lado, como prometió.
Gabriel estaba despierto.
—No quiero hablar más del tema, Anya —dijo, sin levantar la voz.
Ella asintió, las lágrimas en sus ojos.
Se instaló en el sillón de acompañante.
Conversaron sobre trivialidades: los planos de paisajismo, el perro que comprarían (si es que había un futuro), el clima de la ciudad.
Una conversación forzada, con un abismo de incredulidad separándolos.
Anya sabía que esta era la prueba de fuego más cruel.
La incertidumbre de Gabriel era una nueva forma de aislamiento.
El Día 2 terminó, y el Día 3 llegó sin que la verdad fuera resuelta.
Ella no había fallado al destino, sino al corazón de Gabriel.
El sol del Día 3, el día final, amaneció sobre ellos.
Anya no había dormido.
Solo observaba los monitores y a Gabriel, sabiendo que la sentencia estaba latente.
Ella temía que el destino esperara este momento de duda para atacar.
Si Gabriel no le creía, no la dejaría mirarlo, debería enfrentar un ciclo más a ciegas.
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