3 dias para morir - Capítulo 27
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- Capítulo 27 - 27 Capítulo 27 La Revelación Final y el Nuevo Contrato
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27: Capítulo 27: La Revelación Final y el Nuevo Contrato 27: Capítulo 27: La Revelación Final y el Nuevo Contrato El Día 3 amaneció sobre Cuidados Intensivos.
Anya había pasado la noche en el sillón de acompañante, la tensión en el aire más pesada que cualquier sedante.
Gabriel estaba despierto, y esta mañana, su mirada no era de confusión, sino de una dolorosa claridad.
La conversación de la mañana no se centró en enfermeras ni signos vitales, sino en la verdad desnuda.
—En verdad, ¿me amas, Anya?
—preguntó Gabriel, su voz un susurro cargado de dolor.
Él no estaba cuestionando su sacrificio, sino su motivación—.
Todo lo que hemos hecho ha sido una mentira, un engaño para burlar a la muerte.
Si no me hubieras visto morir…
¿me habrías dado tu número?
¿Estaríamos a dieta?
¿Estarías aquí a mi lado, herida?
Se hizo un silencio largo y pesado.
Anya sintió que las palabras se le atascaban en la garganta.
—¿Es amor lo que sientes, Anya, o solo obsesión por reescribir el destino de un idiota que te preguntó la hora en un café?
Anya bajó la mirada, incapaz de sostener la verdad cruel que había impulsado su relación.
—También lo pensé, Gabriel.
¿Qué sería de nosotros?
Si siquiera hubiera un nosotros sin mis visiones…
Levantó la vista, sus ojos llenos de lágrimas sinceras.
—Pero también pensé en la forma en que me miras, en cómo me siento a tu lado, en los planes que tenemos, en adoptar un perro…
La obsesión se convirtió en amor real, Gabriel.
No sé dónde termina la mentira y dónde empieza el amor, pero te lo juro…
en verdad te amo.
—Tus visiones —dijo, su voz baja y uniforme—.
Me viste morir solo, pero hiciste todo lo posible por estar aquí, por acompañarme.
—Así es —respondió Anya, sintiendo un nudo en la garganta—.
Aun no logro entender qué pasó.
Creí que era el destino burlándose de mí, como cuando me mostró una muerte imposible por mi propia mano.
Gabriel interrumpió, su mirada fija y analítica.
—Estuve leyendo, antes del disparo…en la oficina, sobre causalidad y metafísica, quería tener más temas de conversación contigo…
y pensé en este último ciclo.
La forma en que me viste morir solo en esta cama…
¿Por qué solo en este ciclo y por qué en el hospital?
Anya movió la cabeza.
—No lo sé.
Es la única visión que no pude…
—Yo sí sé —interrumpió Gabriel.
Su voz, aunque débil, sonaba con la firmeza de un hombre que ha encontrado una respuesta—.
Yo estuve leyendo.
Y tú historia me hizo pensar en el Efecto del Observador.
Anya lo miró, atónita.
—En el Ciclo 6, yo no moría por el disparo.
Moría por la soledad que venía después.
La bala pasó, pero tu visión me mostró el resultado de tu ausencia: el paro en la soledad.
El destino no me mató; solo creó una circunstancia —el disparo— para forzar tu aislamiento y asegurar la muerte en la UCI.
Gabriel sonrió tristemente.
—Pero tú no te fuiste.
Luchaste.
Tu padre se interpuso en la burocracia, y tú estás aquí.
Tu simple presencia cambió el resultado.
Este último ciclo es la definición del efecto del observador, ¿no es así, Anya?
Anya sentía la sangre correr por sus venas, el dolor en el hombro olvidado.
La lógica de Gabriel era la única que podía validar su locura.
—Tienes razón, Gabriel.
La mera observación de la muerte me dio tres días.
Pero la intervención, la presencia activa…
Mi existencia cerca de ti reescribe la sentencia.
—Y ahora —continuó Gabriel, su mirada volviéndose suave y profunda—.
Ahora, el destino no tiene un plan para mí, ¿verdad?
Por eso no viste nada, porque yo, ahora, no estoy en la línea de la muerte.
Tu presencia ha eliminado la causalidad.
—Eso creo —respondió Anya, riendo entre lágrimas.
Se inclinó sobre él, el peso del secreto y la culpa desapareciendo.
—Pensé que me creerías una loca.
Pensé que me pedirías que te dejara.
Que ya no me querrías a tu lado.
Gabriel la tomó de la mano, su agarre firme a pesar de la herida.
—Tuve un sueño anoche, Anya.
Un sueño increíble.
Vi a mi madre.
Ella murió cuando yo era un niño.
Anya se quedó en silencio, sintiendo la solemnidad del momento.
—Ella me abrazó.
Me dijo que me extrañaba, pero que no quería que fuera con ella, no aún.
Me dijo que te agradecía.
Besó mi frente y dijo, “Ella dice la verdad.” Justo antes de desaparecer, justo antes de que yo despertara.
Gabriel miró a su novia con una fe que trascendía toda lógica y metafísica.
—No sé qué clase de fuerza nos ata, o qué demonios pasa, pero estoy contigo, Anya.
Si el destino te usa para salvarme, entonces yo te usaré para ser salvado.
Anya lloró de felicidad, de alivio.
La soledad se había ido.
—Amor…
—dijo, secándose las lágrimas.
Luego, su voz se volvió seria, recordando el propósito inicial—.
Hoy es el Día 3.
Debo mirarte.
Debo asegurarme de que no hay un ciclo más.
No por miedo, sino para confirmar que la sentencia ha terminado.
Gabriel le tomó la mano, besándola con la intensidad de un hombre que había vuelto de la muerte.
—Hazlo, mi amor.
Lo que sea que venga, podemos con ello.
Si vamos a vivir tres días a la vez, entonces que sea.
Pero mi madre dice que tienes razón.
Y yo, te creo.
Anya lo miró a los ojos.
El contacto visual se hizo, sin miedo.
Diez segundos.
Diez segundos para confirmar que el resto de su vida comenzaba ahora.
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