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3 dias para morir - Capítulo 28

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  4. Capítulo 28 - 28 Capítulo 28 El Nuevo Contrato de la Fe
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28: Capítulo 28: El Nuevo Contrato de la Fe 28: Capítulo 28: El Nuevo Contrato de la Fe Anya y Gabriel se miraron a los ojos.

El mundo del hospital, con sus suaves pitidos y la luz artificial, se desvaneció.

El contacto visual se hizo, sin miedo, sino con la urgencia de quien busca una respuesta.

Diez segundos.

Diez segundos para confirmar que el resto de su vida comenzaba ahora.

Anya se concentró en la calidez de sus ojos, en la honestidad de su alma.

Buscó el chasquido, la ruptura del cristal, la visión rápida de la sentencia.

Un segundo.

Dos segundos.

Gabriel, que ahora entendía la prueba, mantuvo su mirada fija, infundiéndole toda la fe que había recuperado en las últimas horas.

—Te amo, Anya —murmuró, su voz firme.

Cinco segundos.

Siete segundos.

El tiempo se estiraba.

El torrente mental fue abrumador, lleno de imágenes que iban más allá de los tres días.

Anya vio flashes de vida, de risas, de rutina.

Vio a Gabriel recuperado, diseñando, a su lado.

Nueve segundos…

Diez segundos.

La visión se desvaneció suavemente, sin la brutalidad de un final, sino con la quietud de una promesa.

No hubo chasquido.

Hubo un futuro.

Anya regresó a la realidad, sintiendo un escalofrío helado que contrastaba con la calidez de su mano.

Por primera vez, Gabriel notó el trance.

Era como si Anya se hubiera desconectado de su cuerpo por un segundo, su mirada vacía y distante.

Después, ella parpadeó, volviendo a enfocarse.

—¿Y bien?

—preguntó Gabriel, su voz apenas un susurro de esperanza.

Anya se separó ligeramente, con el aliento contenido.

—Hubo visión —respondió Anya, su voz baja y seria.

—¿Y el resultado?

¿Qué viste, amor?

Anya sintió el peso de la visión, el conocimiento de un futuro largo, y el terror de la responsabilidad.

La lección del chocolate (donde la confirmación de la seguridad desató una nueva trampa) fue el eje de su decisión.

No podía decirle lo que vio.

—No puedo contarte, Gabriel —dijo Anya, moviendo la cabeza con desesperación—.

Si te digo que sobrevives, te sentirás inmortal, vivirás despreocupado poniéndote en riesgos innecesarios.

Pero eso puede cambiar al destino y matarte antes de tiempo.

Se inclinó, apoyando la frente en su mano vendada.

—Si por el contrario te confirmo una muerte al tercer día del nuevo ciclo, harás todo por evitarla desde el Día 1.

Ya cometí ese error una vez, la dieta.

Tu convicción de que no habría chocolate garantizaba que no habría chocolate en el Día 3, pero eso solo reinició la cuenta y el destino programó el atropello para el día siguiente.

—Por eso no puedo decirte nada, Gabriel, al menos no por ahora —continuó Anya, su voz llena de súplica—.

Solo confía en mí.

Gabriel la miró, su expresión tranquila pero analítica.

—En serio, ¿no hay nada que me puedas decir?

Anya lo miró con ternura, sintiendo el alivio de la verdad que sí podía compartir.

—Mañana es el Día 1 de los tres que vi.

Mañana te dejarán salir de UCI y te pasarán a piso.

Eso es lo que puedo contarte por ahora.

Gabriel sonrió tristemente.

—Entonces, mi amor por ti debe comenzar con la fe, no con la evidencia.

Le tomó la mano, y su agarre era la fuerza que Anya necesitaba.

—La verdadera pregunta ya no es si el destino me matará.

Es la que hice esta mañana: ¿es amor lo que sientes?

Y dijiste que sí.

El resto son solo detalles de la causalidad.

Mientras estés conmigo, no hay problema alguno, Anya.

Eres la única certeza que quiero en mi vida.

Anya sintió que el miedo se desvanecía, reemplazado por una determinación férrea.

—Hagamos un nuevo trato —dijo Anya, recostándose a su lado con cuidado, ignorando las reglas del hospital, el dolor de su hombro y la lógica—.

Viviremos el presente.

Y solo miraré cuando mi intuición me lo exija.

Gabriel asintió, sonriendo.

—Acepto el contrato.

Ahora, ¿podemos empezar a vivir nuestra vida real, la que yo elegí en la cafetería?

El Día 3 no terminó con una tragedia, sino con la quietud de una paz ganada a pulso.

La tensión de la sentencia se disolvió en el mutuo acuerdo de fe.

El resto del día transcurrió en una calma que era tan normal como un par de heridos de bala pueden ser.

Pasaron las horas hablando de trivialidades: del mal sabor de la gelatina del hospital, de los planes de rehabilitación, de cómo redecorarían el apartamento.

Por primera vez, el futuro no era una fecha límite, sino una serie de decisiones cotidianas.

Anya se quedó con Gabriel en la UCI hasta que la enfermera la obligó a irse, prometiendo volver tan pronto como le permitieran.

Ella se retiró, lista para luchar contra el destino en el mundo real, un día a la vez.

El ciclo de tres días había terminado; el ciclo de la vida acababa de comenzar.

Por primera vez, el futuro de su pareja no estaba en sus ojos, sino en el poder de su libre albedrío y la confianza que habían construido.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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