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3 dias para morir - Capítulo 29

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  4. Capítulo 29 - 29 Capítulo 29 La Soledad Elegida y la Revelación Íntima
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29: Capítulo 29: La Soledad Elegida y la Revelación Íntima 29: Capítulo 29: La Soledad Elegida y la Revelación Íntima El amanecer del Día 1 se sintió distinto.

No había la urgencia febril de otros ciclos, solo la satisfacción tranquila de haber sobrevivido a la medianoche.

El hospital seguía su ritmo constante, pero para Anya y Gabriel, la mañana era una celebración de la vida cotidiana.

Tal como lo había dicho Anya en su limitada profecía, la mañana se desarrolló con normalidad.

El Doctor Ríos confirmó la excelente recuperación de Gabriel y ordenó su traslado de Cuidados Intensivos a una habitación regular en el piso de rehabilitación.

El cambio de habitación fue un respiro para Anya.

El cubículo de UCI era un recordatorio constante de la muerte; la nueva habitación era más luminosa, con un gran ventanal y espacio para que su padre y, potencialmente, una vida normal entraran.

El trípode de suero fue reemplazado por la promesa de dar de alta a Gabriel en las próximas 48 horas.

Una vez instalados, y tras el revuelo del traslado, se quedaron a solas.

Anya se sentó junto a la cama, acariciando la mano de Gabriel.

—Me alegra que estemos fuera de esa pecera de cristal —dijo Anya, suspirando.

Gabriel sonrió.

—Y a mí me alegra saber que mañana podré deshacerme de esta pijama verde.

Pero Anya…

volvamos a lo de ayer.

La soledad.

Anya asintió, preparada para la conversación.

—Cuando la enfermera preguntó por mi familia y nadie apareció, te vi tan angustiada…

me hizo sentir mal.

Tienes que saberlo, es una soledad que elegí.

Te dije que mi vida era un poco ermitaña.

Gabriel explicó, su voz teñida de una melancolía simple y sin auto compasión.

—Mi vida familiar es…

una línea muy delgada.

Soy hijo único.

Mi madre falleció cuando yo era muy pequeño.

Y mi padre…

nos abandonó poco después.

Crecí con tutores y luego solo.

Casi no tengo contacto con mis abuelos, y lo prefiero así.

He sido un ermitaño por gusto, o quizás por costumbre.

Nunca he sentido la necesidad de depender de nadie, ni de exponer mi vida privada.

El trabajo siempre fue mi refugio.

Tengo amigos, pero nunca mezclo negocios con placer, al menos no antes de ti, jamás había llevado a alguien a mi oficina.

Anya escuchaba, sintiendo la resonancia de sus propias decisiones en la vida de Gabriel.

Ambos habían construido muros, solo que por razones opuestas.

—Yo me obligué a esa misma vida de soledad, no fue una decisión propia, por así decirlo —confesó Anya, su voz baja y cargada de años de dolor acumulado—.

Desde muy joven, mi don me obligó a ello.

Se miraron, y ella no se apartó.

Gabriel la animó con su silencio.

—Yo veía futuros, por mi maldición, no solía evitar el contacto visual.

Eso me llevo a ver novios que me engañaban, compañeros de trabajo que me traicionaban, amigos que hablaban a mis espaldas.

Solía verlo como una ventaja, como un escudo.

Pero odiaba saber lo mierda que podía ser la gente y lo dolorosa que era la vida, incluso en sus detalles cotidianos.

Anya sintió un nudo en la garganta.

—Aprendí a vivir sin decepciones, pero también sin intimidad real.

No salía con nadie, no hacía planes a largo plazo.

Solía verlo como una bendición disfrazada, hasta que mi don me mostró una muerte.

Fue entonces cuando decidí no volver a mirar a la gente a los ojos.

No intervenir, ni conocer el destino.

Me hice experta en mirar el cuello, los hombros…

Ella acarició la mano de Gabriel, sus ojos ahora llenos de la verdad de ese primer encuentro.

—Pero tus ojos, Gabriel…

—su voz se quebró de la emoción—.

Me hipnotizaron.

No pude romper el contacto visual.

Nunca lo he entendido.

Por eso rompí mi única regla contigo.

Te miré.

Y ese fue el único riesgo que valió la pena correr.

Gabriel escuchó la confesión, absorbiendo el alcance de su sacrificio.

Su soledad era una elección forzada por el dolor; la de Anya, una elección forzada por la omnisciencia.

—Entonces —dijo Gabriel, su mirada llena de una nueva comprensión—.

No fue la casualidad lo que nos unió.

Fue el destino, dándonos una razón para salir de nuestras prisiones.

Tú tenías que mirarme para salvarme.

Yo tenía que ser un ermitaño para que, al salvarme, no hubiera nadie que se interpusiera entre nosotros.

Se besaron.

Un beso suave, sin la desesperación de la medianoche, sino con la promesa del amanecer.

En ese instante, su soledad se fusionó, y el futuro, aunque incierto, se sentía completo.

El Día 1 de su nueva vida transcurría en calma.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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