3 dias para morir - Capítulo 3
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- Capítulo 3 - 3 Capítulo 3 El Día Cero y el Vacío
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3: Capítulo 3: El Día Cero y el Vacío 3: Capítulo 3: El Día Cero y el Vacío El Día 2 transcurrió sin incidentes.
Hicieron la ruta de Gabriel y visitaron a su cliente.
La mentira del almacén funcionó.
Anya y Gabriel pasaron el resto del día cargando unas cuantas cajas de cartón vacías que ella había mandado a comprar a toda prisa, mientras ella le hacía creer que eran delicados especímenes botánicos.
Ella se mantuvo lejos del volante, asegurándose de que él conducía despacio, y que el viaje no se acercara en nada al futuro que había visto.
Ahora era el Día 3.
El contador estaba en cero.
Anya se despertó con el pecho oprimido.
La colisión estaba programada para la medianoche.
Su estrategia: acampar.
—¿Qué te parece si celebramos que me salvaste la vida con el tema de las cajas?
—le propuso Anya por teléfono a primera hora.
—¿Salvarte la vida?
Fui solo tu conductor, pero me gusta la idea de celebrar —respondió Gabriel, divertido—.
¿A dónde vamos?
—A mi apartamento.
Hago la mejor pasta de la ciudad.
Pero tiene una regla: una vez que entras, no sales hasta el día siguiente.
Es mi “día de no contacto con el mundo exterior” —mintió Anya con una sonrisa nerviosa.
Era su única forma de control total.
Gabriel se rio.
—Me estás dando una vibración muy de femme fatale que me encierra en su ático.
Me gusta.
Dame treinta minutos.
Anya colgó.
Parecía funcionar.
Lo tenía bajo su techo, lejos de las calles, lejos de la muerte.
Solo necesitaba que pasaran dieciséis horas más.
Las horas pasaron lentamente, llenas de una tensión deliciosa.
Gabriel era un desastre en la cocina y Anya, sorprendentemente, no lo era.
Mientras ella preparaba la pasta, Gabriel la rodeó por la espalda, depositando un beso en su hombro.
—Eres la mujer más fascinante que he conocido, Anya.
Pareces tímida, pero hay algo salvaje en tus ojos.
Anya se estremeció.
Estar tan cerca la hacía sentir el impulso de mirar de nuevo, de perderse y volver a ver el abismo.
—Yo… soy una mezcla rara.
Lo sé.
—Me gusta tu rareza —murmuró Gabriel, girándola para que lo mirara.
La química era explosiva, pero Anya se alejó de nuevo.
La necesidad de mantenerlo vivo superaba su creciente deseo.
Cerca de las 7:00 p.m., el destino hizo su jugada.
El teléfono de Gabriel vibró.
Era una llamada urgente de su socio.
La nueva propiedad en el norte el cliente que vieron el día anterior tenía un problema grave de inundación.
Necesitaba que fuera ahora mismo a la obra para evaluar los daños.
—Maldita sea.
Anya, lo siento muchísimo, pero es una emergencia.
Tengo que ir.
Tomaré un taxi, no te preocupes —dijo Gabriel, poniéndose de pie.
—¡No!
—La voz de Anya era un grito.
Gabriel se detuvo, sorprendido por la intensidad.
—Oye, tranquila.
Son solo un par de horas.
Anya sintió que el pánico le secaba la garganta.
El futuro que vio no especificaba que él condujera.
Solo que estaba en un coche involucrado en un accidente a medianoche.
Un taxi, un Uber, no importaba.
Tenía que evitar que se fuera.
—No puedes ir —dijo Anya, caminando hacia él.
—¿Por qué no?
¿Me vas a atar?
Anya se acercó.
Sabía que la única forma de retenerlo era con algo que él no pudiera ignorar: emoción pura.
Ella lo empujó suavemente contra la pared y, por primera vez, tomó la iniciativa.
—Mírame, Gabriel —susurró, con una voz que apenas reconoció como propia.
Lo besó.
No fue un beso tímido.
Fue desesperado, hambriento, como si estuviera bebiendo su vida.
Él respondió con una ferocidad aún mayor, olvidándose del teléfono y de su socio.
Se aferró a ella.
La pasión de Anya no era solo deseo, era un intento de salvarlo, de mantenerlo allí.
Ella rompió el beso antes de que fuera demasiado tarde.
Su respiración era agitada.
—Quédate —dijo, con la voz rota—.
Quédate aquí.
Dame solo esta noche, déjame robarte 3 días completos solo para mí, puedes recuperarlos después.
¿No crees?
Gabriel la miró, sus ojos oscuros llenos de deseo confuso y anhelo.
—Tienes razón —susurró, tirando su teléfono al sofá.
El destino tendría que esperar.
Las horas pasaron en una bruma de romance y erotismo.
Anya se entregó por completo, forzándose a disfrutar del presente, mientras su mente contaba cada segundo.
Once y cincuenta y cinco de la noche.
Once y cincuenta y ocho.
El sonido de los neumáticos chirriando.
Las sirenas… A las 12:01 a.m., el reloj de su microondas parpadeó.
El silencio fue total.
No hubo sirenas, ni lluvia, ni metal roto.
El momento del accidente había pasado.
Gabriel, abrazado a ella en la oscuridad, estaba vivo.
Una oleada de emoción la golpeó.
Lo había logrado.
Había manipulado las decisiones, había roto sus reglas y, por primera vez, había ganado la batalla contra el destino.
La satisfacción era más dulce que cualquier cosa que hubiera probado antes.
—Gracias, Anya —susurró Gabriel, girándose para mirarla con los ojos llenos de afecto.
Ella sonrió, sintiéndose vulnerable y radiante.
Era la hora de la verdad.
Ella quería verlo, verlo realmente, para confirmar que su futuro era ahora largo y seguro.
Y ahora, por fin, podía permitírselo.
Anya se inclinó y lo miró a los ojos.
Esta vez, sin pánico.
Sin miedo.
Con amor.
Un segundo.
Dos segundos.
La calidez volvió.
Se perdió de nuevo en el pozo oscuro y profundo de sus ojos.
Siete segundos.
Ocho segundos.
La sonrisa de Gabriel era lo último que veía…Diez segundos.
El chasquido regresó.
Pero la visión no era un coche.
Era la oscuridad de una casa desconocida, no una autopista.
Había sombras y el sonido de una respiración agitada.
Había sangre, mucha.
Y no era un accidente.
Era una mano, enguantada, que empuñaba un objeto afilado que brillaba bajo la luz de un foco.
Él cayó.
Gabriel morirá en tres días.
Anya disimulo a la perfección con un grito atrapado en su garganta.
El contador de tres días había reiniciado, pero la muerte se había vuelto más personal.
Él ya no moriría por casualidad.
Moriría por venganza.
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