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3 dias para morir - Capítulo 30

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  4. Capítulo 30 - 30 Capítulo 30 La Verdad Detrás del Suicidio
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30: Capítulo 30: La Verdad Detrás del Suicidio 30: Capítulo 30: La Verdad Detrás del Suicidio El Día 2 transcurría con una normalidad inusual.

Gabriel, vestido con una bata azul del hospital, se sentía mucho mejor.

El dolor en su pecho era manejable, y la sensación de que el tiempo no se acababa a medianoche era un bálsamo para su alma.

La habitación en el piso de rehabilitación, con su pequeño televisor y el constante ir y venir de enfermeras amables, se sentía como un puerto seguro.

Anya, aunque todavía se movía con la rigidez de su hombro vendado, no se separaba de él.

Habían pasado la mañana hablando de los temas más simples y liberadores: los planos de la ciudad que Gabriel estaba diseñando y el sabor sorprendentemente decente del café de la cafetería del hospital.

Era una vida, una vida sin fecha de caducidad, y la estaban saboreando con gratitud.

Alrededor del mediodía, el ambiente de calma se rompió.

Los dos detectives de la policía que habían interrogado a Anya el Día 1 llegaron a la habitación, acompañados por un oficial uniformado.

Habían vuelto, y esta vez, venían con respuestas.

—Señor Gabriel, señorita Anya —saludó el detective fornido, con una seriedad que no admitía trivialidades—.

Necesitamos hablar un momento.

Anya sintió una punzada de ansiedad, pero se obligó a mantenerse firme junto a Gabriel.

—Investigamos la declaración de la señorita Anya sobre el motivo real del señor Rivera —dijo el detective joven, abriendo su cuaderno—.

Revisamos el expediente de la señorita Raquel Rivera.

Se miraron entre sí, y luego al paciente.

—Los exámenes toxicológicos que se realizaron a Raquel, antes del supuesto accidente en el auto, indican que había indicios claros de sobredosis.

La causa de muerte, según los informes forenses originales, es suicidio.

Gabriel cerró los ojos, asimilando la devastación.

La rabia, el dolor de la exnovia, el cuchillo en la visión de Anya, todo cobraba un sentido siniestro.

—Su familia lo ocultó —dijo el detective—.

Pagaron una suma considerable para que la prensa lo tratara como un accidente de tráfico.

Los altos mandos habían dejado el expediente como clasificado hasta ahora, con la muerte del padre de Raquel.

—Otro suicidio —dijo Gabriel, su voz apenas un susurro de comprensión, el eco del dolor que había llevado a su exnovia a la muerte.

El detective negó con la cabeza, su expresión de repente más grave.

—No.

El Señor Rivera no se suicidó.

Necesitamos que nos cuente todo lo que recuerda de la secuencia de los disparos.

Gabriel se enderezó, sintiendo el peso de la investigación.

—Lo vi muy tomado, los ojos inyectados en sangre.

Irrumpió en el apartamento gritando, nos amenazó con el arma.

Luego, la bajó, como si se hubiera arrepentido.

Pero cuando vio que Anya me abrazó…

nos disparó a los dos.

Recuerdo el sonido, el dolor agudo en el pecho…

un segundo disparo, pero ya no vi más.

Anya confirmó de inmediato.

—Se escucharon dos disparos.

Yo me desmayé por el impacto y la conmoción, pero recuerdo haber pensado que moriría ahí, que recibiríamos varios tiros más, pero solo escuché el segundo.

Los oficiales intercambiaron una mirada significativa.

—El disparo que mató al Señor Rivera —dijo el detective, su voz lenta y medida—, entró por la nuca.

La trayectoria no es compatible con el ángulo de un suicidio que sostenga el arma.

Anya y Gabriel se miraron, el pánico floreciendo en sus ojos.

Si no fue un suicidio…

¿quién más estaba allí?

¿Fue un asesinato que presenciaron, o peor, fue alguien más quien los salvó?

—Ahora mismo —continuó el detective, ignorando su pánico—, su apartamento es una escena del crimen en curso.

Hay sangre, hay restos de un segundo casquillo que no es del arma de Rivera, hay huellas.

No podrá volver allí si lo dan de alta pronto.

La revelación cayó sobre ellos como una sentencia de la vida real.

No solo habían luchado contra la muerte metafísica, sino contra un drama humano de suicidio, asesinato y encubrimiento.

El destino había usado a la familia Rivera para su propio fin.

Los oficiales se retiraron, dejando a la pareja con más preguntas que respuestas.

¿Quién había disparado el segundo tiro?

¿Quién había matado al padre de Raquel?

El resto del Día 2 transcurrió entre pláticas confusas de Anya y Gabriel sobre la posibilidad de un tercero, un protector invisible, o si el destino había puesto otro verdugo que se encargaría de la venganza.

La comida de hospital que llegó a la mesa se quedó intacta.

La tranquilidad se había ido, pero en su lugar, había una nueva certeza: su vida real sería tan caótica como la vida que Anya veía en sus visiones.

Su soledad había terminado, pero la paz quizás nunca volvería.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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