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3 dias para morir - Capítulo 31

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  4. Capítulo 31 - 31 Capítulo 31 El Costo de la Causalidad
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31: Capítulo 31: El Costo de la Causalidad 31: Capítulo 31: El Costo de la Causalidad El Día 3 se abrió sobre ellos con una luz suave y prometedora en la habitación del hospital.

Gabriel ya estaba de pie junto a la ventana, moviéndose lentamente con el soporte de una enfermera, sus vendas frescas y su humor notablemente mejor.

El aire se sentía ligero, desprovisto de la tensión de la medianoche que había dominado sus últimas semanas.

—¿Lo ves, Anya?

—dijo Gabriel, volteándose hacia ella con una sonrisa sincera—.

El destino se rindió.

El ciclo ha terminado.

Hoy no hay explosiones, ni venenos, ni accidentes programados.

Solo la rehabilitación y la cena con tu padre.

—Tienes razón —dijo ella, acercándose a él con cautela, sus guantes ya desechados—.

Creo que, por fin, lo vencimos.

O al menos, lo aburrimos.

Gabriel se apoyó en el marco de la ventana, con el sol de la mañana iluminando su rostro.

—Mírame, Anya.

Una última vez.

Solo para estar seguro.

Para sellar este nuevo contrato con la certeza, no con la fe.

Diez segundos, y luego nunca más.

Dame la prueba de que soy libre.

Anya dudó.

Pero la súplica en los ojos de Gabriel era demasiado fuerte.

Necesitaba esa absolución final para empezar a vivir.

Ella asintió, tomando su rostro entre sus manos.

—Está bien, amor.

La última vez.

Anya miró a Gabriel.

El contacto visual se hizo, y esta vez, el trance fue instantáneo y profundo.

Diez segundos.

La mirada de Anya se nubló.

Gabriel notó de nuevo el trance.

Era como si Anya se hubiera desconectado de su cuerpo por unos segundos, sus ojos abiertos pero vidriosos, su alma en otro plano.

Cuando la visión se encendió, no fue una secuencia de tres días.

Fue un juicio de consecuencias.

La visión la arrastró a una realidad paralela: el primer accidente de coche que había evitado Gabriel.

Pero esta vez, gracias a Anya él no estaba allí.

El accidente sucedió y en el lugar exacto donde moriría Gabriel, un padre de familia, conductor de un taxi, perdió las piernas al ser impactado de frente.

Su hija, en el asiento trasero, gritaba con el brazo roto.

La escena cambió.

Vio la habitación de hospital donde un hombre seguía en coma, el mismo hombre que debió haber atropellado a Gabriel cuando Anya intervino, el que se estrelló contra el poste Gracias ella.

Lo vio con el cuerpo magullado, conectado a máquinas, su esposa a su lado, consumida por el sufrimiento día y noche.

La sobrevivencia de Gabriel se había transformado en una vida de agonía para otro.

La visión después la llevó al coche de Raquel.

No el día del funeral, sino la mañana de su suicidio.

Vio el celular en su mano con un mensaje nunca enviado: Odio verte feliz con otra.

Luego, vio a Raquel en su apartamento, el chocolate envenenado que nunca entregó sobre la mesa.

Raquel, temiendo lo que podría hacerle a Gabriel en un ataque de celos y sabiendo que no podría controlar su mente en espiral.

La visión regreso al automóvil, la pantalla del celular aun mostraba el mensaje, Raquel sufría un ataque de ansiedad…tomó un puñado de pastillas, soltó el freno del carro y lo dejó avanzar hacia el abismo.

Su muerte no fue por despecho, sino por un aterrador acto de autoprotección hacia Gabriel.

Todos los cambios que había hecho Anya para salvar a Gabriel tenían consecuencias, ramificándose y extendiendo el dolor a inocentes y culpables por igual.

El destino exigía su paga.

Entonces, como si el destino mismo dudara, La visión se abrió en una calle bulliciosa de la ciudad, bajo un cielo plomizo que amenazaba tormenta.

Gabriel caminaba solo, con el teléfono en la mano, distraído por un mensaje que acababa de enviar El reloj en la esquina marcaba las 7:15 p.m.

Un autobús urbano, cargado de pasajeros exhaustos del turno vespertino, doblaba la esquina con un rugido mecánico.

El conductor, un hombre mayor con los ojos vidriosos por el cansancio acumulado de horas al volante, pisaba el acelerador sin darse cuenta de que los frenos fallaban.

Un charco de aceite invisible en el asfalto, dejado por un camión de reparto esa mañana, hacía el resto.

Gabriel cruzaba la calle, ajeno.

El autobús patinaba, las ruedas chirriando como un lamento metálico.

El impacto era inevitable: el frente del vehículo lo arrollaba, lanzándolo como una marioneta rota contra el pavimento.

Sangre se extendía en un charco oscuro, sus ojos oscuros esos ojos que tanto amaba se apagaban en un parpadeo de confusión y dolor.

Entonces, la visión se rebobina.

El tiempo fluía hacia atrás en un vértigo nauseabundo: la sangre retrocedía al cuerpo de Gabriel, el autobús se enderezaba en reversa, los peatones deshacían sus pasos horrorizados.

Anya se vio a sí misma, materializándose como un fantasma interventor.

Ella en el apartamento, convenciendo a Gabriel de no salir esa noche.

—Quédate conmigo, le decía con esa voz suave pero firme.

—Hagamos esa cena aquí, en casa.

Siento que algo no está bien en las calles hoy—.

Gabriel, confiando en su “intuición”, cedía con una sonrisa.

No salía.

No cruzaba esa calle.

El autobús seguía su ruta sin él en el camino.

Pero el rebobinado no terminaba ahí.

La visión avanzaba de nuevo, ajustada por su intervención, y el horror se transfería como una maldición errante.

El autobús, ahora sin el obstáculo de Gabriel en la intersección, continuaba su trayectoria un segundo más.

Patinaba en el mismo charco de aceite, pero esta vez desviándose hacia la acera opuesta.

Allí, una chica de unos catorce años, pelo rubio recogido en una coleta desordenada, mochila escolar al hombro, auriculares en los oídos mientras enviaba un mensaje a su madre, esperaba el semáforo.

El vehículo la embestía de lleno, su cuerpo frágil volando como una hoja en el viento antes de golpear el suelo con un crujido sordo.

La mochila se abría, derramando cuadernos y un teléfono roto.

Sangre se filtraba bajo su cabeza, sus ojos abiertos en una sorpresa eterna.

Los gritos ahora eran por ella: “¡Llamen a una ambulancia!

¡Es solo una niña!

Anya emergió de la visión con un jadeo ahogado, el sabor metálico de la culpa en la boca.

El destino no perdonaba; solo redistribuía el peso de la muerte.

Ella parpadeó, volviendo a enfocarse en los ojos de Gabriel.

Estaba de vuelta en el hospital, pero la verdad era una bala fría que acababa de recibir en el alma.

—¿Hubo visión?

—preguntó Gabriel, su voz baja y urgente.

—Así es —respondió Anya, su voz rasposa.

—¿Y el resultado?

¿Qué viste, amor?

Anya se acercó y lo abrazó, ignorando el dolor en su hombro, aferrándose a él como si fuera la única cosa que la mantenía cuerda.

—No puedo contarte, Gabriel —dijo, la voz amortiguada en su hombro.

—Así que tres días más… —respondió Gabriel.

—No amor, esta vez vi el pasado, un futuro incierto, sin fecha, sin conteos, sin días, una posibilidad, diferentes caminos.

Las visiones, la maldición…esta cambiando.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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