3 dias para morir - Capítulo 32
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- Capítulo 32 - 32 Capítulo 32 La Erosión de la Espontaneidad
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32: Capítulo 32: La Erosión de la Espontaneidad 32: Capítulo 32: La Erosión de la Espontaneidad El apartamento de Anya era un santuario de plantas colgantes, libros apilados en las esquinas y un aroma persistente a té de jazmín.
Era mucho más pequeño que el loft de Gabriel, pero tras los eventos del tiroteo, se había convertido en su único refugio.
Mientras la policía continuaba procesando la escena del crimen en la casa de Gabriel —donde las manchas de sangre y los casquillos de bala aún marcaban el suelo—, ellos intentaban reconstruir una vida entre paredes que no recordaran el sonido de un disparo.
Sin embargo, para Anya, las paredes no eran el problema.
El problema era el mundo exterior.
El alta médica de Gabriel había sido el inicio de una nueva forma de condena.
Cada vez que salían a la calle, el ruido de un motor acelerando o el chirrido de unos frenos enviaba una descarga de electricidad helada por la columna de Anya.
No podía evitarlo.
Sus ojos buscaban instintivamente mochilas escolares, coletas rubias y auriculares.
En cada intersección, veía el fantasma del autobús patinando sobre el aceite invisible.
El destino ya no le daba fechas, solo le había dado un intercambio: la vida de Gabriel por la de una niña desconocida.
La paranoia se filtró en lo cotidiano como un veneno lento.
—¿Vamos al cine hoy?
—preguntó Gabriel una tarde, mientras terminaba de vendarse el pecho frente al espejo del baño.
Estaba más fuerte, más recuperado, pero la sombra de la duda en sus ojos era algo que las medicinas no podían curar.
Anya, que estaba doblando ropa en la cama, se tensó.
En su mente, una rápida proyección se activó: Si vamos al cine, tenemos que cruzar la avenida principal.
Si cruzamos la avenida, ese podría ser el punto de la visión.
—Hace mucho viento afuera, Gabriel.
Tu herida podría resentirse con el frío.
¿Por qué no mejor cenamos aquí?
Prepararé algo especial —respondió ella, forzando una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
Gabriel la miró a través del reflejo del espejo.
No dijo nada, pero sus hombros se hundieron ligeramente.
Este patrón se repitió durante días, incluso un par de semanas.
Si Gabriel proponía ir al parque, Anya mencionaba una “alerta de lluvia” que no existía.
Si él sugería caminar hasta la cafetería donde se conocieron, ella insistía en que se sentía mareada y prefería quedarse en el sofá.
Para Gabriel, cada sugerencia de Anya se había vuelto un enigma.
Ya no sabía si estaba escuchando a la mujer que amaba o a la “directora de escena” que intentaba mantenerlo dentro de un área de seguridad invisible.
La “normalidad” era una farsa.
Anya sufría ataques de pánico silenciosos cada vez que Gabriel se acercaba a la puerta principal para recoger el correo o pedir comida a domicilio.
El estrés era una presencia física en la habitación, un tercer habitante que se alimentaba de sus silencios.
La noche del quiebre llegó después de un día particularmente difícil.
Gabriel había intentado salir a caminar solo, harto del encierro, y Anya casi se desmaya en el pasillo bloqueándole el paso, inventando una excusa incoherente sobre una corazonada.
Ahora, estaban en la cama.
La luz de la luna se filtraba por las cortinas, bañando la habitación en un azul pálido.
Anya se acurrucó contra él, buscando el calor de su cuerpo, tratando de silenciar el ruido de la culpa en su cabeza.
—Quédate así —susurró ella, abrazándolo con una fuerza casi dolorosa—.
Solo quédate un minuto más entre mis brazos.
No quiero que te muevas.
Gabriel no le devolvió el abrazo.
Se quedó rígido, mirando al techo, con la respiración entrecortada.
De repente, se zafó con un movimiento brusco y se sentó en el borde de la cama, dándole la espalda.
—Ya no puedo más, Anya —dijo, y su voz sonó rota, despojada de toda la paciencia que había acumulado semanas atrás.
—¿De qué hablas, amor?
—Anya se incorporó, sintiendo el frío de la separación instantánea.
—¡Necesito saber qué viste!
—gritó Gabriel, girándose hacia ella.
Sus ojos, antes llenos de ternura, ahora reflejaban una desesperación violenta—.
Necesito saber qué esperas o qué estamos evitando.
No puedo vivir sabiendo que mi vida tiene un guion, sabiendo que tú eres la directora y la editora de la historia de mi vida.
—Gabriel, lo hago por ti…
—¡No me digas eso!
—la interrumpió—.
Me enamoré de tu espontaneidad, de esa chica que parecía sentir las cosas con una intensidad real.
Y resulta que todo, desde aquel primer café, ha sido un plan anti-destino.
¿Hubo algún momento real?
¿Alguna decisión mía que no fuera guiada por tus mentiras “necesarias”?
Anya intentó hablar, pero él continuó, descargando semanas de frustración acumulada.
—Ya no quiero vivir así.
Necesito saber que cuando pides quedarnos en la cama es porque quieres un minuto más conmigo, porque me deseas, y no porque me viste muerto en algún lugar y esta es tu manera de ponerme una correa.
¡Me siento un prisionero de tu miedo!
—¡Vi a una niña morir, Gabriel!
—estalló Anya, la verdad saliendo de sus labios como un grito de auxilio.
El silencio que siguió fue absoluto.
Gabriel se quedó petrificado.
Anya se cubrió la boca con las manos, pero ya era tarde.
Las lágrimas empezaron a correr sin control.
—Vi el intercambio —sollozó ella, temblando—.
Vi que si yo no intervenía, tú morías bajo ese autobús.
Pero si intervenía, si te mantenía a salvo, el autobús patinaba un segundo después y mataba a una niña que esperaba el semáforo.
No sé cuándo va a pasar, Gabriel.
No sé en qué esquina está esperándote ese momento.
Cada vez que sugieres salir, veo a esa niña morir en tu lugar.
Anya se derrumbó sobre las mantas, ocultando su rostro.
—No es una dirección de escena, Gabriel.
Es que no puedo cargar con el peso de tu vida si el precio es la sangre de alguien más.
Por eso te encierro.
Porque si te quedas aquí conmigo, ella quizá sigue viva allá afuera.
Y tú también.
Gabriel no se movió.
La revelación de la niña fue como un segundo disparo, uno que no hirió su carne, sino su moral.
Miró a Anya, y por primera vez, no vio a la salvadora que lo había rescatado de tantos ciclos.
Vio a una mujer rota por una responsabilidad que ningún ser humano debería tener.
—Así que mi vida vale la de ella —dijo Gabriel, con una voz tan gélida que Anya sintió que el aire se congelaba en sus pulmones—.
Me has convertido en un parásito del destino, Anya.
Y lo peor de todo…
es que no sé si puedo volver a mirarte sin pensar en esa mochila escolar desparramada en el asfalto.
Gabriel se levantó de la cama, se puso una camisa y salió al salón, dejando a Anya sola en la oscuridad, rodeada de sus plantas y sus libros, en una soledad que ahora era compartida, pero más profunda que nunca.
El Día 1 de este nuevo ciclo emocional no había terminado con la muerte de Gabriel, sino con algo que para él era peor: la pérdida de su propia humanidad.
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