3 dias para morir - Capítulo 33
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- Capítulo 33 - 33 Capítulo 33 El Peso de la Sustitución
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33: Capítulo 33: El Peso de la Sustitución 33: Capítulo 33: El Peso de la Sustitución El salón del apartamento estaba sumido en una penumbra asfixiante.
Gabriel estaba de pie frente al ventanal, pero no miraba las luces de la ciudad; se miraba a sí mismo en el reflejo, como si intentara reconocer al hombre que ahora vivía de prestado.
Anya se quedó en el marco de la puerta de la habitación, con los brazos cruzados sobre el pecho, protegiendo su herida y, al mismo tiempo, ocultando el temblor de sus manos.
Pasaron unos minutos de un silencio gélido antes de que Gabriel hablara.
Su voz ya no era de dolor, sino de una lucidez cortante.
—Unas horas después…
—murmuró él, sin girarse—.
En tu visión, esa tarde en la que el autobús pierde el control…
¿tú estabas allí, en esa esquina?
¿Me hiciste esquivar el golpe y por eso el vehículo siguió de largo hacia la niña?
Anya tragó saliva, sintiendo que el aire le quemaba la garganta.
—No —respondió ella, casi en un susurro—.
No estaba en la esquina.
Te convencía de quedarnos en casa.
Usaba cualquier excusa…
una cena, una película, mi hombro doliendo.
Te manipulaba para que no cruzaras la puerta.
Gabriel se giró bruscamente.
Sus ojos estaban inyectados en sangre, no por el sueño, sino por la furia contenida.
—Entonces la niña sigue en peligro —sentenció él, dando un paso hacia ella—.
Si es que sigue viva.
Dijiste que no había fecha, que no había un momento exacto en el reloj.
Y tú me has mantenido encerrado aquí, tratándome como a un inválido, mientras esa niña ya podría estar muerta ahora mismo, ¿no es así?
Anya no respondió.
Bajó la mirada al suelo, incapaz de defender la lógica de su miedo.
—¡Maldita sea, Anya!
—gritó Gabriel, golpeando la mesa de centro.
El ruido resonó en el pequeño apartamento como un trueno—.
¡Mírame a los ojos y dime si ese sigue siendo mi puto destino!
—No puedo hacerlo, Gabriel.
No voy a hacerlo.
—¿Por qué?
¿Tienes miedo de ver que ya es tarde?
Si mi destino es morir bajo ese autobús, es MÍO.
Nadie, absolutamente nadie morirá en mi lugar.
No es tu decisión, es mía.
Si tiene una fecha, si tiene un lugar, dímelo ahora para no llegar tarde y dejar que el mundo siga su curso sin cobrarle la factura a alguien que no tiene nada que ver con nosotros.
¡Mírame!
Él se acercó a ella, tomándola por los hombros con una fuerza que no era violenta, pero sí desesperada.
La obligó a levantar la cabeza, pero Anya cerró los ojos con fuerza, apretando los párpados hasta que vio chispas de luz en la oscuridad de su mente.
—No voy a ser tu cómplice en un asesinato —continuó Gabriel, su voz temblando cerca de su oído—.
Porque eso es lo que estamos haciendo, Anya.
Si nos quedamos aquí, escondidos como cobardes, estamos matando a esa chica con nuestra inacción.
Prefiero mil veces ser la marioneta rota en el asfalto que el parásito que se alimenta de la vida de una adolescente.
¡Mírame y dime cuándo!
—¡No puedo decirte cuándo porque no lo sé!
—estalló Anya, abriendo los ojos, pero fijándolos en el cuello de Gabriel, evitando sus pupilas a toda costa—.
La visión cambió, Gabriel.
Ya no es un contador de tres días.
Es una posibilidad latente.
Si te miro ahora y veo que el momento es mañana a las siete, y tú vas allí para “salvarla”, no sé cómo podría seguir viviendo con el peso de dejarte morir, no quiero vivir así, no podría, no me pidas eso por favor.
—Entonces mírame para saber qué evitar —insistió él, sacudiéndola levemente—.
Para saber dónde estar y sacar a esa niña de la acera antes de que el autobús patine.
Puedo intentar salvarnos a ambos.
—¡Eso es lo que siempre he intentado y mira dónde estamos!
—Anya se zafó de su agarre y retrocedió hasta la pared—.
Cada vez que intento salvarte, Alguien más sufre y por si eso fuera poco, la muerte se vuelve más creativa, más cruel.
No voy a mirarte, Gabriel.
No voy a darte la dirección de tu propia tumba para que vayas corriendo a ella por un complejo de héroe.
—No es un complejo de héroe, Anya.
Es decencia básica —dijo Gabriel, retrocediendo también, como si de repente le diera asco la cercanía—.
Me has salvado tantas veces que has olvidado que mi vida me pertenece.
Me has convertido en una extensión de tu voluntad.
Me dices qué comer, cuándo salir, a quién evitar…
me has robado mi muerte, y al hacerlo, me has robado mi vida.
—Te salvé porque te amo.
—¿Me amas?
—Gabriel soltó una risa amarga—.
No me amas a mí.
Amas el rompecabezas que intentas armar.
Amas la sensación de control sobre el caos.
Si de verdad me amaras, respetarías mi derecho a no querer que una niña muera por mi culpa.
Gabriel caminó hacia la puerta principal y tomó su chaqueta.
Anya sintió que el pánico le cerraba los pulmones.
—¿A dónde vas?
—preguntó ella, su voz aguda y quebrada.
—A caminar —respondió él, con la mano en el pomo—.
Voy a salir a esa calle, y voy a caminar por cada esquina de esta ciudad.
Voy a mirar cada autobús y cada semáforo.
Y si el destino quiere cobrarme, aquí estoy.
No voy a pasar un segundo más encerrado en este refugio de mentiras.
—Gabriel, por favor…
si sales ahora, podrías estar activando la visión.
¡No sabemos si es hoy!
—Ese es el punto, Anya.
No lo sabemos.
Y así es como se supone que debe ser la vida.
Gabriel abrió la puerta.
Anya se lanzó hacia él, pero no para detenerlo físicamente, sino en un último intento desesperado por protegerlo.
Sin embargo, se detuvo a un metro de distancia.
El miedo a mirar sus ojos era ahora más fuerte que el miedo a que se fuera.
Se quedó allí, paralizada, viendo cómo el hombre por el que había desafiado las leyes del universo salía hacia la noche incierta.
La puerta se cerró con un clic definitivo.
Anya se desplomó contra la madera, escuchando sus pasos alejarse por el pasillo.
Estaba sola de nuevo.
Había roto el ciclo de la muerte, pero en el proceso, había roto al hombre que quería salvar.
Y lo peor de todo era que, allá afuera, en alguna calle que ella no podía nombrar, un autobús seguía circulando, esperando el segundo exacto en que la causalidad decidiera su próxima víctima.
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