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3 dias para morir - Capítulo 34

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  4. Capítulo 34 - 34 Capítulo 34 La Paradoja del Cobarde
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34: Capítulo 34: La Paradoja del Cobarde 34: Capítulo 34: La Paradoja del Cobarde El frío del cemento de las escaleras se filtraba a través de la ropa de Anya, pero no era nada comparado con la gélida confesión de Gabriel.

Allí, bajo la luz parpadeante y amarillenta del rellano, el hombre que había desafiado a la muerte en seis ciclos distintos parecía haberse reducido a su mínima expresión.

—No pude hacerlo, Anya —repitió él, con la voz ahogada por un sollozo seco—.

Puse la mano en la puerta del edificio, escuché el tráfico afuera y sentí…

terror.

Un terror físico, animal.

Me imaginé el metal golpeando mis huesos y me di cuenta de que soy un hipócrita.

Hablo de decencia, de no dejar que otros mueran en mi lugar, pero cuando llegó el momento de enfrentarlo…

solo quería esconderme bajo las sábanas.

Anya lo rodeó con su brazo sano, atrayéndolo hacia ella.

El dolor de su hombro punzaba con cada respiración, pero lo ignoró.

Sentía los temblores de Gabriel, una vibración constante que delataba el colapso de su voluntad.

—No eres un cobarde, Gabriel —susurró ella, besando su sien—.

Eres humano.

Nadie quiere caminar voluntariamente hacia un autobús.

El instinto de supervivencia no es un defecto, es lo que nos ha mantenido vivos hasta ahora.

—Pero la niña…

—Él levantó la vista, buscándola con una mirada desesperada—.

Si ella muere hoy porque yo no tuve el valor de salir a esa esquina…

¿cómo vuelvo a dormir?

¿Cómo vuelvo a mirarme al espejo sin ver la cara de un asesino por omisión?

Anya apretó los dientes.

Miró su reloj.

6:58 p.m.

Diecisiete minutos.

Diecisiete minutos para la hora que había visto en la visión.

La atmósfera en las escaleras se volvió densa, como si el aire se hubiera convertido en plomo.

Cada sonido que venía del exterior —el motor de un camión a lo lejos, el frenazo de un coche en la calle contigua— se magnificaba en sus oídos.

—Tal vez no sea hoy —dijo Anya, tratando de convencerse a sí misma tanto como a él—.

Tal vez la visión fue solo una advertencia, una posibilidad que aún podemos cambiar sin sangre.

—Sabes que no es cierto —respondió Gabriel, recuperando un poco de su compostura, aunque sus manos seguían temblando—.

Sabes que el destino siempre cobra.

Se quedaron allí, sentados en el silencio sepulcral del edificio.

Anya cerró los ojos y, por un instante, se permitió imaginar que eran una pareja normal en una situación normal.

Que estaban esperando a que llegara una pizza, o que simplemente descansaban tras una larga caminata.

Pero el segundero de su reloj, invisible pero ensordecedor en su mente, seguía avanzando.

7:05 p.m.

—Si pasa algo…

si escuchamos un estruendo allá afuera…

—comenzó Gabriel, con la voz plana.

—No lo pienses —lo interrumpió ella—.

No podemos saberlo.

No estamos en esa esquina.

No sabemos en qué calle, en qué barrio o en qué ciudad está ocurriendo.

El mundo es demasiado grande, Gabriel.

No podemos cargar con cada tragedia.

—Pero tú la viste —insistió él—.

La hiciste real al verla.

Ahora ella existe en mi cabeza.

Pelo rubio, mochila, auriculares…

Ella está esperando el semáforo ahora mismo, Anya.

Probablemente le está enviando un mensaje a su madre diciendo que llegará pronto a cenar.

Y yo estoy aquí, sentado en una escalera, salvando mi propio pellejo.

Anya sintió una punzada de culpa.

Él tenía razón.

El don no solo le daba premoniciones; le daba responsabilidades.

Al compartir la visión, había infectado a Gabriel con su propia maldición.

7:10 p.m.

El silencio se volvió insoportable.

Anya empezó a contar sus propias pulsaciones.

Cinco minutos.

En algún lugar de la ciudad, un autobús cargado de gente cansada estaba doblando una esquina.

Un conductor estaba pisando un acelerador que no respondería.

Un charco de aceite brillaba bajo las luces de la calle.

Gabriel se tapó los oídos con las manos.

—¿Lo oyes?

—preguntó él, con los ojos muy abiertos.

—No oigo nada, Gabriel.

Solo el viento.

—Yo oigo el motor.

Lo oigo en mi cabeza.

7:14 p.m.

Anya contuvo el aliento.

Se aferró a la mano de Gabriel con tanta fuerza que sus nudillos blanquearon.

El tiempo pareció congelarse.

Un segundo se convirtió en un minuto.

El mundo entero pareció detenerse, esperando el golpe, el crujido del metal, el grito que marcaría el final de la inocencia.

7:15 p.m.

Pasó un segundo.

Diez.

Treinta.

Un minuto completo.

No hubo estruendo.

No hubo sirenas inmediatas.

No hubo ningún sonido que indicara que el destino acababa de cobrar su deuda en la calle de abajo.

Gabriel bajó las manos lentamente.

Anya miró su reloj.

7:16 p.m.

—¿Pasó?

—preguntó él, con un hilo de voz.

Anya exhaló un aire que no sabía que estaba reteniendo.

—La hora ha pasado, Gabriel.

Estamos aquí.

Tú estás vivo.

Gabriel no pareció aliviado.

Miró hacia la puerta que daba a la calle con una expresión de vacío absoluto.

—¿Y ella?

—preguntó—.

¿Murió en otra calle?

¿O el destino simplemente ha movido el reloj cinco minutos más?

¿O un día más?

Anya no tuvo respuesta.

Esa era la verdadera tortura del nuevo ciclo.

Ya no había alivio tras la medianoche, porque la amenaza ya no tenía cara ni hora fija.

Se habían salvado del momento, pero habían quedado atrapados en la duda perpetua.

—No lo sabemos —dijo ella finalmente, poniéndose en pie y tirando de él suavemente—.

Y eso es lo que aceptamos, ¿recuerdas?

Confiar.

Vivir con la duda.

Gabriel se levantó, limpiándose las lágrimas con la manga de la camisa.

Se veía agotado, como si hubiera envejecido diez años en los últimos veinte minutos.

—Confiar es más difícil que morir, Anya —dijo él, mirando el pasillo oscuro—.

Porque morir se hace una sola vez.

Confiar en que no estamos matando a nadie con nuestra existencia…

eso hay que hacerlo cada minuto de cada día.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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