3 dias para morir - Capítulo 35
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- Capítulo 35 - 35 Capítulo 35 El Silencio de la Normalidad
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35: Capítulo 35: El Silencio de la Normalidad 35: Capítulo 35: El Silencio de la Normalidad El día siguiente amaneció con una claridad hiriente.
No hubo nubes negras, ni presagios, ni el zumbido eléctrico en los oídos que Anya solía asociar con los días de sentencia.
Fue, de manera aterradora, un día normal.
La luz del sol se filtraba por las ventanas del apartamento de Anya, iluminando las motas de polvo que bailaban en el aire.
El sonido del tráfico afuera —cláxones lejanos, el murmullo constante de la ciudad— se sentía como una banda sonora monótona y carente de significado.
En el interior, el ritmo era igual de simple: el tintineo de una cuchara contra una taza de café, el crujido de las tostadas, el pasar de las páginas de un libro.
Gabriel se movía por el espacio con una calma que inquietaba a Anya.
No mencionaron lo ocurrido en las escaleras.
No hablaron de la cobardía, ni de la niña, ni del intercambio.
Era como si el colapso de la noche anterior hubiera agotado todas las reservas de drama de su relación, dejándolos en un estado de entumecimiento doméstico.
Anya lo observaba desde el rincón del sofá.
Gabriel se había instalado en la pequeña mesa del comedor con su laptop.
Sus dedos se movían rítmicamente sobre el teclado, trabajando en los planos que el tiroteo había dejado a medias.
Se veía como cualquier hombre trabajando desde casa, recuperándose de una lesión.
Nada en su postura sugería que fuera un hombre marcado por una premonición de muerte.
Esa normalidad era, para Anya, la prueba más difícil.
Había pasado semanas viviendo en el filo de un cuchillo, y ahora, el vacío de la inacción la consumía.
Se encontró limpiando la cocina tres veces, ordenando libros por color y luego por autor, buscando cualquier tarea que mantuviera sus manos ocupadas y su mente alejada del segundero del reloj.
El mediodía pasó sin incidentes.
El almuerzo fue una conversación trivial sobre una serie de televisión y la necesidad de comprar más leche.
—¿Te sientes bien, Gabriel?
—preguntó ella en un momento, incapaz de soportar el silencio.
—Estoy bien, Anya —respondió él, sin levantar la vista de la pantalla—.
Solo trato de avanzar con esto.
Dubois no esperará para siempre.
La tarde se arrastró con una lentitud exasperante.
Anya revisaba su reloj cada pocos minutos, sintiendo cómo la presión aumentaba a medida que la luz del sol se desvanecía en un tono anaranjado.
Las sombras volvieron a estirarse en el salón.
La hora se acercaba.
7:00 p.m.
Anya dejó de fingir que leía.
Se quedó inmóvil, con la mirada fija en el reloj de pared.
Gabriel seguía en la mesa.
Había dejado de teclear y ahora simplemente miraba un plano, con la barbilla apoyada en la mano.
Parecía absorto, pero Anya notó que su pierna derecha temblaba ligeramente bajo la mesa.
Él también lo sabía.
7:10 p.m.
El apartamento se sumió en un silencio denso.
El mundo exterior parecía haberse silenciado, o tal vez era solo que sus sentidos se habían cerrado a todo lo que no fuera el tic-tac del reloj.
Anya sentía el sabor metálico del miedo en la base de la lengua.
Se preparó para un estruendo, para un grito, para que Gabriel se levantara de repente y saliera corriendo.
7:14 p.m.
Gabriel cerró la tapa de su laptop con un clic suave.
No se movió.
No miró a Anya.
Se quedó mirando el reflejo de la lámpara en la madera de la mesa.
Anya contuvo el aliento, con los pulmones ardiendo por la falta de aire.
7:15 p.m.
El minuto de la visión.
El momento en que el autobús debía patinar.
El segundo en que el destino debía cobrar su deuda.
Pasaron diez segundos.
Veinte.
El segundero recorrió el círculo completo.
Nada.
Afuera, un coche pasó a velocidad normal.
Un vecino cerró una puerta en el pasillo.
La vida continuó, monótona y simple, ignorando por completo la tragedia que Anya había visto grabada en el aire.
Gabriel soltó un suspiro profundo, un sonido largo que pareció vaciarlo de toda la tensión acumulada durante el día.
No hubo lágrimas, ni alivio histérico, ni preguntas sobre si la niña acababa de morir en otro lugar.
Simplemente se puso de pie, estiró los brazos y miró a Anya con una expresión de cansancio infinito.
—Voy a ducharme —dijo, con voz plana.
Sin esperar respuesta, caminó hacia el baño.
Anya lo escuchó abrir el grifo y el sonido del agua cayendo empezó a llenar el apartamento.
Ella se quedó allí, sentada en la oscuridad creciente, sintiendo el peso de la normalidad sobre sus hombros.
Gabriel había decidido continuar.
El reloj había marcado la hora y el mundo no se había acabado.
Pero para Anya, ese silencio era más aterrador que cualquier estruendo, porque significaba que ahora tenían que aprender a vivir en el “después”, en el espacio incierto donde la visión ya no les daba permiso para tener miedo, pero la realidad tampoco les daba permiso para estar a salvo.
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