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3 dias para morir - Capítulo 36

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36: Capítulo 36: El Casquillo 36: Capítulo 36: El Casquillo Mientras Anya contaba los segundos en su salón y Gabriel intentaba recuperar su vida en la oficina, los detectives Ortega y Vargas se encontraban en un entorno mucho menos poético: el laboratorio de balística del precinto central.

Ortega, el más veterano, sostenía una bolsa de pruebas que contenía un pequeño fragmento de metal deformado.

Vargas, a su lado, revisaba los informes preliminares en una tableta.

—Los números no cuadran, Ortega —dijo Vargas, señalando una foto de la escena en el apartamento de Gabriel—.

Tenemos tres impactos, pero la lógica de los disparos es un desastre.

Ortega suspiró, frotándose el puente de la nariz.

—Repasemos.

Rivera entra armado con una .38.

Dispara una vez.

La bala atraviesa el hombro de la chica y se aloja en el pecho de Gabriel.

Eso lo tenemos claro.

Pero luego…

el segundo disparo.

—Ese es el problema —intervino Vargas—.

Rivera tiene un agujero de entrada en la nuca.

Ejecución perfecta.

El ángulo es imposible para un suicidio, incluso si el hombre hubiera sido un contorsionista ebrio.

Pero lo más extraño es el casquillo.

Vargas pasó a la siguiente diapositiva.

—Encontramos el casquillo de la .38 de Rivera cerca de su cuerpo.

Pero encontramos un segundo casquillo, una 9mm, oculto bajo la rejilla de ventilación del pasillo.

Fue disparado desde afuera hacia adentro, o al menos desde el umbral de la puerta.

Ortega se detuvo frente a la mesa de pruebas.

—O sea que alguien estaba mirando.

Alguien vio a Rivera disparar a la pareja, y en ese microsegundo, esa persona le disparó a Rivera.

—Y no solo eso —añadió Vargas con voz baja—.

El análisis de trayectoria indica que el tirador de la 9mm tenía una línea de visión clara.

Si hubiera querido, podría haber abatido a Rivera antes de que disparara a Gabriel y Anya.

Pero esperó.

Esperó a que Rivera apretara el gatillo primero.

Ortega frunció el ceño.

Esa era la parte que le quitaba el sueño.

¿Por qué esperar?

Era como si el tirador hubiera permitido que la tragedia ocurriera, interviniendo solo para “limpiar” el cabo suelto que era Rivera.

—¿Qué hay de las cámaras de seguridad del edificio?

—preguntó Ortega.

—Inútiles —bufó Vargas—.

El registro de esa noche tiene un salto de seis minutos.

Alguien con conocimientos técnicos de alto nivel hizo un loop en la señal.

No hay rastro de quién entró o salió por la puerta principal.

Lo que sea que pasó ahí arriba, fue presenciado por un profesional.

La investigación los había llevado también al pasado de Rivera.

Rivera no solo era un padre en duelo; era un hombre que, tras el suicidio de su hija Raquel, había empezado a liquidar sus activos y a realizar llamadas frecuentes a números encriptados.

—Rivera estaba buscando a alguien —dijo Ortega, mirando la pizarra con las fotos de las víctimas—.

No fue allí solo para matar a Gabriel.

Fue allí porque alguien le dio permiso.

O quizás, alguien le vendió la ubicación exacta a cambio de algo más.

Vargas miró la foto de Anya.

—Ella insiste en que no vio a nadie.

Que se desmayó.

Pero recuerda el sonido.

Dos disparos.

Si ella hubiera sabido que había un tercer hombre, ¿nos lo diría?

—Ella tiene miedo, Vargas.

Y con razón.

Si yo fuera ella y supiera que un ángel de la muerte con una 9mm anda suelto, también me quedaría callada.

El detective Ortega tomó su chaqueta.

—Necesitamos volver a interrogar a Gabriel, pero esta vez fuera del hospital.

Necesito ver su reacción cuando le digamos que el hombre que intentó matarlo fue ejecutado por un tercero.

No quiero que se sientan protegidos, Vargas.

Quiero que entiendan que están en medio de un fuego cruzado que apenas estamos empezando a entender.

Mientras abandonaban el laboratorio, una nueva notificación llegó al teléfono de Vargas.

—Ortega, mira esto.

El análisis de sangre en la rejilla de ventilación…

no es de Rivera, ni de Gabriel, ni de Anya.

Es de una cuarta persona.

Sangre fresca.

Al parecer, nuestro tirador se hirió al salir o al manipular el arma.

Ortega sonrió por primera vez en el día, una sonrisa sin alegría.

—Ya tenemos algo.

Busca en la base de datos de ADN.

Si este “limpiador” tiene antecedentes, lo encontraremos.

Y si no los tiene…

bueno, al menos sabemos que sangra como cualquier otro mortal.

La policía estaba cerrando el cerco, pero no sobre Gabriel y Anya, sino sobre la sombra que parecía estar orquestando su supervivencia.

El destino no era el único que estaba jugando con ellos; ahora, había alguien de carne y hueso apretando el gatillo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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