3 dias para morir - Capítulo 4
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- Capítulo 4 - 4 Capítulo 4 El Vistazo de la Obsesión
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4: Capítulo 4: El Vistazo de la Obsesión 4: Capítulo 4: El Vistazo de la Obsesión Anya despertó con la sensación de un trueno en calma.
Había salvado a Gabriel del metal retorcido, pero el destino, o algo peor, había escalado el ataque.
No era un accidente, era un asesinato, de nuevo estaba en el día 1.
Se deslizó de sus brazos.
No había alivio ni placer remanente en su piel, solo una urgencia fría.
Tenía que volver a manipular, a mentir, a controlar.
Pero ahora sabía que el peligro tenía una intención clara.
Gabriel despertó y sonrió.
—Buenos días.
Si ser secuestrado es así, me apunto a ser tu rehén de tiempo completo —dijo, estirándose.
—Buenos días —respondió Anya, forzando una sonrisa.
Tenía que evitar mirar sus ojos a toda costa.
—Oye, anoche fue… increíble.
—Dijo Gabriel.
—Estos tres días han sido una hermosa locura.
Así que, ¿Qué te parece algo de normalidad?, ¿qué tal si volvemos al café?
A nuestro rincón, a terminar nuestra conversación inicial.
Un poco de paz antes de la tormenta de trabajo.
Anya sintió un nudo en el estómago.
Volver al café significaba volver a la rutina, y eso significaba arriesgarse a toparse con su círculo.
Pero también podía ser una oportunidad para identificar la fuente del peligro.
Tenía que arriesgarse.
—Me parece bien.
Pero vamos a pie, para apreciar el camino —respondió Anya, tratando de parecer un poco menos rara, un poco más congruente.
En la cafetería, el ambiente era más ligero.
Se sentaron en el mismo rincón.
Gabriel estaba charlando sobre un proyecto de paisajismo cuando de repente, su sonrisa se esfumó.
Su mirada se quedó fija en la entrada.
—Hablando de tormentas… mira quién acaba de llegar —murmuró Gabriel.
Su tono se había vuelto tenso, incómodo.
Anya siguió su mirada.
Una mujer alta y espectacular, con un cabello negro impecable y un vestido de diseñador, acababa de entrar.
Su belleza era dura, con una intensidad que casi dolía.
La forma en que sus ojos recorrieron la cafetería, buscando a Gabriel, era posesiva.
—Raquel —dijo Gabriel, casi gruñendo—.
Es mi ex.
No le gusta la palabra “ex”.
—¿Tan reciente?
—preguntó Anya.
—Hace seis meses.
Pero ella lo trata como si fuera una pausa.
Es dueña de una galería de arte, muy influyente en la ciudad.
No hagas contacto visual.
Es de las que destrozan a la gente con solo una frase.
Raquel no tardó en acercarse a su mesa.
—Gabriel.
Qué sorpresa encontrarte jugando a la casita en nuestro viejo nido —dijo Raquel, con una sonrisa burlona.
Su voz era dulce, pero cada palabra llevaba un filo—.
¿Quién es tu… acompañante?
—Raquel, saluda a Anya.
Anya, Raquel.
—Hola, Anya —dijo Raquel, sin extender la mano.
Sus ojos la examinaron de pies a cabeza con desprecio—.
Una chica que lee sobre plantas.
Fascinante.
Anya se sintió diminuta y expuesta.
Abrazó su libro, el instinto de supervivencia le gritó que se levantara y huyera, pero la misión era más fuerte.
Tenía que mantener la calma.
Raquel desvió la atención hacia Gabriel, su voz bajó a un susurro lleno de control.
—Tenemos esa reunión mañana por la noche con el señor Dubois.
Estaré en tu apartamento a las siete para repasar la presentación.
No falles.
—No te preocupes por mi agenda, Raquel.
Lo tengo cubierto, te vere con el cliente, en cuanto defina el lugar, no tienes nada que hacer en mi apartamento —contestó Gabriel, intentando sonar firme, pero visiblemente intimidado.
Raquel se alejó, dirigiéndose directamente a los baños con la arrogancia de una reina.
Anya sintió la adrenalina.
La reunión de mañana por la noche.
Siete en punto.
Al menos parecía algo seguro y apenas seria el día dos, pero menos tiempo junto a el significaba menos tiempo para investigar.
—Voy a refrescarme —dijo Anya, excusándose.
Gabriel asintió, aliviado de que la tensión se hubiera ido.
Anya entró en el pasillo rumbo a los baños.
Al llegar la puerta se cerró con un eco.
Raquel estaba retocándose el maquillaje, mirándola a través del espejo.
—Qué predecible —dijo Raquel sin girarse.
—No sé de qué hablas.
—Claro que lo sabes, zorra.
Te miro y veo una pared de cristal.
Frágil, transparente.
Pero mi cristal es de seguridad, cariño.
Gabriel es mío.
No eres más que un juego para él, déjame adivinar, su sonrisa encantadora ya logró llevarte a la cama.
Anya bajo la mirada, sintiendo vergüenza y furia en su vientre.
De repente, Raquel se giró.
Su rostro, antes inexpresivo, se convirtió en una máscara de ira.
Avanzó hacia Anya con pasos decididos.
—¡Mírame a los ojos cuando te hablo!
—ordenó Raquel, agarrando el rostro de Anya con fuerza y obligándola a mirar directamente esos ojos gélidos.
La fuerza era tal que las uñas de Raquel se hundieron en su mejilla.
¡No!
El pánico fue total.
Un segundo.
Dos segundos.
—No se con quien crees que estas tratando, pero esta es una batalla que tienes perdida, niña estúpida —Dijo Raquel casi entre dientes por la ira.
—¡Suéltame por favor!
— Anya trataba desesperadamente de romper el agarre 7 segundos.
8 segundos —No me creo tu fachada de niña torpe, ¡aléjate de Gabriel!
9 segundos…10 segundos Anya ya no estaba en el café.
La visión irrumpió, más clara, más detallada y personal que nunca.
En el día 1, justo después de la visita con el cliente, Raquel haría su movida, intenta besar a Gabriel, el se niega…ella se siente humillada…
Dia 2: Oscuridad.
Velas.
Una discusión sorda en el apartamento de Gabriel.
Los ojos de Gabriel son de traición absoluta.
Raquel está sobre él, sujetando un cuchillo de cocina plateado y grande.
Lo apuñala una y otra vez en el pecho.
Gabriel cae, intentando respirar, mientras la sangre se expande en la alfombra blanca.
Día 2, 7:30 p.m.
Y el futuro sigue.
Día 3, 10:00 a.m.
Raquel en un coche de alta gama, en la cima de un acantilado, a las afueras de la ciudad.
Viste un vestido que parece de fiesta.
Sus ojos están vacíos, una sonrisa de éxtasis frío.
Traga un puñado de pastillas y el coche se precipita.
Venganza y suicidio.
Un final doble.
Raquel soltó a Anya con un empujón.
—Mantente lejos de nosotros.
¿Entendido, zorra?
Anya se tambaleó contra el lavabo, jadeando.
El rostro de Raquel, aún visible en el espejo, no era solo el de una ex celosa, sino el de una asesina y una suicida.
El peligro ya no era anónimo.
Tenía nombre, cara, y un plan de ataque que nacería al día siguiente.
—Entendido —logró decir Anya, su voz era solo un susurro.
Regresó a la mesa, sus mejillas ardían.
Gabriel la miró, preocupado.
—¿Qué te dijo esa loca?
Te ves terrible.
Anya tomó su mano, la apretó con todas sus fuerzas.
El reloj mental corría a toda velocidad.
—Tenemos que irnos.
Ahora.
Vamos a revisar todos tus planes para mañana.
No irás a esa reunión, no te quiero cerca de esa loca.
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