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3 dias para morir - Capítulo 7

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  4. Capítulo 7 - 7 Capítulo 7 La Última Noche
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7: Capítulo 7: La Última Noche 7: Capítulo 7: La Última Noche Anya despertó atrapada en la pesadilla.

El calor de Gabriel a su lado no era un consuelo, sino un cruel recordatorio de que su reloj estaba en cuenta regresiva.

Había evitado el coche, pero el cuchillo aún era una posibilidad, la ausencia de una visión en el último contacto solo significaba una cosa: el destino llegaría antes de que pudiera volver a mirar.

Hoy era el Día 3.

Se obligó a reprimir el pánico.

El desvío romántico de anoche, aunque agotador, la había salvado de Raquel.

Hoy, su misión era simple: sobrevivir.

Mantenerlo tan cerca, tan ocupado, que la muerte no encontrara un resquicio para actuar.

Tras un tierno beso matutino, compartieron una ducha rápida.

El agua caliente era lo único que aliviaba la tensión en los músculos de Anya, pero no la del alma.

Salieron a desayunar a un pequeño rincón de la ciudad para seguir celebrando el logro de Gabriel.

Anya se concentró en hacer que el día se sintiera normal.

Pasearon por calles adoquinadas, hablaron de música, de sueños a largo plazo—cosas que ella sabía que él nunca cumpliría si fallaba en su misión.

Ella se rió más fuerte de lo normal, sus caricias fueron más largas, forzándose a crear recuerdos para una vida que quizás solo duraría unas horas.

Regresaron al apartamento de Anya al atardecer para preparar la comida.

El tiempo era el enemigo, y Anya sabía exactamente a qué hora el destino quería matarlo: 7:20 p.m., la hora que había visto en la visión de Raquel.

Mientras cortaba verduras, Gabriel se acercó a ella.

—Oye, ¿sabes qué?

Deberíamos cenar en mi apartamento.

Aún no conoces el lugar, te va a encantar.

Anya sintió que el aire se le iba de los pulmones.

Eran las 6:30 p.m.

Ir a su apartamento ahora era firmar una sentencia.

—¡No!

—dijo Anya, con una rapidez que delató su terror.

Se enderezó y le ofreció una sonrisa forzada—.

Pensaba hacerte una cena especial.

Tengo todos los ingredientes aquí.

Quiero pasta fresca, hecha a mano.

—Pasta fresca, ¿eh?

Suena a mucho trabajo.

—Lo es —respondió Anya, pensando en una excusa rápida e inofensiva—.

¿Qué te parece si vamos a tu apartamento después de cenar?

Puedo llevar un atuendo especial para el postre.

Gabriel le agradeció el detalle con una emoción que la hizo sentir terrible.

—¡Una cena y un postre personalizado!

Soy el paisajista más afortunado de la ciudad, de verdad.

Lo haremos a tu manera, cariño.

Anya sintió un alivio helado.

Había ganado una hora más.

Eran las 7:00 p.m.

cuando Anya comenzó a preparar una lasaña con pasta recién hecha.

Sabía que la lasaña requería al menos una hora de preparación meticulosa de la masa, más una hora en el horno.

Tiempo perfecto para evitar la hora fatal de Raquel y llevar la cena al menos hasta las 9:00 p.m.

Gabriel, ajeno a que estaba ayudando a frustrar su propia muerte, se unió a los preparativos.

Jugaron con la harina al hacer la masa, rieron, y compartieron un beso harinoso.

La escena era de felicidad pura, pero Anya miraba constantemente el reloj.

7:20 p.m.

pasó.

7:30 p.m.

pasó.

La hora de Raquel había quedado atrás.

Se sentaron abrazados a esperar mientras el horno hacía su trabajo, agotados y hambrientos, hasta que la lasaña estuvo lista a las 9:00 p.m.

Cenaron, conversaron y rieron.

A las 9:45 p.m., Gabriel dijo que estaba lleno, que no quería conducir.

—Prefiero el postre en tu cama, Anya.

Anya sintió que la presión se disolvía.

El peligro había pasado, y lo que quedaba era la recompensa.

Fue al baño y se tardó unos minutos que a Gabriel le parecieron eternos.

Al volver, se paró frente a él sin mirarlo de frente, se quitó la blusa y el pantalón, descubriendo un bralette y una tanga negra, junto con unas medias de encaje.

Gabriel sonrió.

La mirada en sus ojos era de un hombre que sabe que tiene un premio.

La llevó a la orilla de la cama, la volteó y guio sus manos al colchón.

Ella se inclinó, despreocupada.

La hora fatal había pasado, se permitió disfrutar, sentir como Gabriel hacía a un lado la ropa interior y la hacía suya con urgencia y cariño.

Cuando terminó, él cayó derrotado en el colchón.

Ella sonrió y lo miró con ternura.

El reloj estaba en el Día 3.

Todo estaba bien.

Ahora, la confirmación de su futuro largo.

Anya se recostó junto a él y lo miró a los ojos, sin miedo.

Un segundo.

Dos segundos.

Cinco segundos.

Nueve segundos.

Diez segundos.

El chasquido regresó.

La visión fue un infierno lento.

No había cuchillos, ni accidentes.

Eran dos días completos de felicidad con Gabriel, paseando, riendo, haciendo el amor.

Dos días de futuro hermoso.

Luego, el Día 3.

La visión la enfocó en el apartamento de Anya.

Estaban juntos en la cama, desnudos.

Gabriel se llevaba algo a la boca: una barra de chocolate que ella le había regalado, mordida a medias.

El chocolate se escurría.

De repente, él la mira, sus ojos se abren de horror y se ahoga.

Cae sobre ella, convulsionando en sus brazos, mientras un líquido extraño, ajeno al dulce, escurría de la barra.

Veneno.

Una muerte sutil, lenta, en sus propios brazos.

Anya parpadeó.

Estaba de vuelta en la cama, con Gabriel roncando suavemente a su lado.

El contador se había reiniciado de nuevo.

Y la muerte, que no podía matarlo por casualidad o por un ex, ahora lo mataría por una simple barra de chocolate en la seguridad de su propio hogar.

Gabriel morirá en tres días.

Anya tuvo que obligarse a cerrar los ojos.

Tenía que dormir junto a él, sabiendo que una vez más, amanecería en el Día 1.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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