3 Rechazos Antes de Convertirme en la Obsesión del Rey Alfa - Capítulo 6
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- Capítulo 6 - 6 CAPÍTULO 6 Una sensación de libertad
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6: CAPÍTULO 6 Una sensación de libertad 6: CAPÍTULO 6 Una sensación de libertad Lilith
Aunque me declaré una renegada hace días, mi padre se ha negado a dejarme abandonar la manada.
Tengo las maletas hechas, pero cada vez que intento marcharme, hace que sus guerreros me arrastren de vuelta a la casa de la manada.
Pero hoy es el día.
Hoy es el día en que por fin me marcharé de este infierno.
Es de madrugada.
Ni siquiera mi padre estará despierto tan temprano.
Es el momento perfecto para marcharme sin que nadie se dé cuenta.
Con la mochila al hombro, bajo las escaleras de la casa de la manada.
Evito pisar los escalones que sé que crujirán bajo mis pies y suelto un suspiro de alivio cuando llego abajo, pero no estoy sola.
Mi padre me espera junto a la puerta principal.
Sus ojos están llenos de ira y odio.
—Victor —digo, ya sin ganas de llamarlo padre—.
Te has levantado temprano.
—¿De verdad creías que podías desafiarme?
—gruñe.
—No te estoy desafiando —replico con calma—.
Simplemente sigo las órdenes de la manada.
Soy una renegada y, por lo tanto, no se me permite permanecer en el territorio de la Manada Garra Lunar.
Creía que la ira en sus ojos no podía ir a más, pero me equivocaba.
Su lobo aflora a la superficie y sus ojos despiden un destello rojo.
Gruñe y sus colmillos se alargan, asomando entre sus encías.
Sus garras se extienden desde la punta de sus dedos, y creo que va a atacarme.
Doy un paso vacilante hacia atrás.
—¿Adónde crees que vas a ir?
Mantengo la cabeza alta.
—Mi madre me dejó una casa…
Su risa me interrumpe.
Es aguda y antinatural.
—Esa casa nunca te ha pertenecido.
Cuando tu madre murió, la propiedad fue mantenida y gestionada por la Manada Garra Lunar.
No tienes nada.
Se me revuelve el estómago.
—Eso no es verdad.
—No importa si es verdad o no —dice con una sonrisa de suficiencia—.
Si abandonas esta manada, renunciarás a todos tus derechos sobre ella y sobre cualquier otra cosa que tu madre pudiera haberte guardado.
No tendrás nada a tu nombre.
—¿De verdad le harías eso a tu propia hija?
—Lo haría.
El labio inferior me tiembla, delatándome.
¿Cómo puede odiarme tanto mi propio padre?
Soy de su misma sangre, y me trata como a una desconocida.
Después de la muerte de mi madre, él cambió.
Solía adorarme y tratarme como a una princesa.
Durante mucho tiempo, mantuve la esperanza de que el hombre que yo recordaba volviera, pero ahora que veo el odio en sus ojos, sé que es una causa perdida.
Nunca volverá a quererme como antes.
Justo cuando creo que las cosas no pueden ir a peor, Serene baja las escaleras.
Tiene una sonrisa en los labios que me pone la piel de gallina.
—No he podido evitar oíros —ronronea.
—Aquí no pintas nada —le espeto, lo que me vale un gruñido de mi padre.
Pone un puchero falso.
—Solo pensaba que te gustaría saber que mi madre ya se ha encargado de la casa que estaba a nombre de la tuya.
Como mi madre era su pariente viva más cercana, asumió el control de sus bienes y los puso a mi nombre.
Miro a mi padre, con la esperanza de que me diga que lo que ella dice es mentira, pero la expresión de su rostro me dice todo lo que necesito saber.
Serene dice la verdad.
—El papeleo se completó la misma noche de tu última y fallida ceremonia de apareamiento —suspira—.
Legalmente, la casa me pertenece.
Me vuelvo hacia mi padre.
—Déjame ir.
Prefiero no tener nada a seguir formando parte de esta manada.
Para mi sorpresa, se hace a un lado y me deja salir por la puerta principal.
—No vuelvas.
No me molesto en responderle.
Ya no hay nada más que decir, pero hay una última cosa que debo hacer.
El sol despunta sobre las montañas cuando por fin llego a la casa que se suponía que iba a ser mía.
Es lo único que mi madre me prometió que tendría.
Me dijo que sería mi refugio, un lugar al que huir si alguna vez me metía en líos, y ahora pertenece a la persona que ha causado todos mis problemas.
Me detengo en el jardín delantero y contemplo la preciosa casa blanca con contraventanas azules.
Prefiero verla arder a que sea de Serene.
Rompo el cristal de la puerta principal y entro.
Está tal y como la recordaba.
Este lugar alberga tantos recuerdos, buenos y malos.
Lentamente, me dirijo a la cocina y enciendo los fogones de gas.
La llama arde con un tenue color azul hasta que giro los mandos al máximo.
Cojo todos los papeles que encuentro y los lanzo sobre los fogones.
El fuego tarda solo un instante en propagarse.
Avanza centímetro a centímetro por las encimeras y luego por el suelo.
Contemplo las llamas en trance antes de darme la vuelta para marcharme.
Prefiero destruir todos los recuerdos de este lugar a que mis enemigos se adueñen de ellos.
El fuego crepita con fuerza a mi espalda mientras salgo de la casa.
Hay una sensación de libertad en lo que acabo de hacer.
Es como si hubiera destruido las cadenas que me retenían, las que me ataban a la Manada Garra Lunar.
Inspiro profundamente.
El aire está impregnado del olor a madera quemada, pero por debajo, hay algo más.
Sangre.
Recorro el jardín con la mirada y es entonces cuando lo veo.
Al buen samaritano que me salvó del renegado que, sin duda, me habría quitado la vida.
Está tumbado boca abajo sobre la hierba, y la sangre mana de las heridas de su costado.
Siento la tentación de marcharme, pero él me salvó aquella noche en el bosque.
En cierto modo, le debo la vida.
—Mierda —mascullo mientras me acerco a su cuerpo.
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