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Academia Edimburgo - Capítulo 20

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  4. Capítulo 20 - 20 Capítulo 19 Una ilusión
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20: Capítulo 19 “Una ilusión” 20: Capítulo 19 “Una ilusión” AILA El cansancio tras el combate con el Guardián Wolf, era evidente.

Todo mi cuerpo pesaba más que cuando me levanté de la cama tras haber pasado la noche sin poder dormir bien, pero pude demostrar por mí misma que puedo ser yo misma sin que nadie me compare con Sonja Crown.

El eco de los golpes aún resonaban en sus mis oídos, cuando empujé las puertas pesadas de la sala de combate.

El aire del pasillo era más frío que el de adentro, pero mi piel ardía, saturada por el cansancio y la rabia contenida.

Cada paso me pesaba, como si el mismo suelo me quisiera arrastrarme de nuevo al centro de ese campo de pruebas donde Wolf me había hecho caer una y otra vez con la frialdad de sus palabras.

“Eres hija de Sonja Crown, no esperes que sea flexible o amable contigo solo por eso.” Esas palabras seguían repitiéndose en mi mente, eran frías, duras, innegables y llenas de verdad.

Apreté los puños, sintiendo cómo la tela bajo mi brazo derecho se desplazaba ligeramente.

El roce reveló parte del contorno del sello oculto bajo la tela: una media luna grabada con runas antiguas que parecían respirar con la sangre.

Dicho símbolo palpitó casi al instante, débil, como una recordatorio silencioso de lo que llevaba dentro.

Bajé la manga de inmediato.

Un poco más, y Wolf lo hubiese visto.

Y eso habría provocado muchas cosas.

Entre ellas que el secretito que mi madre me confesó anoche fuera descubierto, además de la verdadera razón por la que terminó realmente en esa silla de ruedas.

Suspiré hondo, tratando de disipar la tensión.

El cansancio me pesaba en cada músculo, pero no podía mostrarme débil.

Los ojos estaban puestos en mí—los de los instructores, sobretodo de los que alguna vez conocieron a Sonja Crown para su buena o mala suerte, los de los alumnos, los de quienes murmuraban mi apellido como si fuera una reliquia que debía de probar su valor—.

Si me dejaba caer ahora, no dirían que yo Aila fallé.

Dirían que la hija de Sonja no estuvo a la altura.

Era estúpido.

Crucé los pasillos silenciosos hasta llegar al aula de historia.

Las paredes estaban cubiertas con retratos de héroes antiguos, del fundador y guardianes cuyas leyendas que seguían vivas dentro de la Academia, eran venerados como si estos fueran dioses.

Me senté en el fondo, aún con la respiración irregular.

El maestro comenzó a hablar, su voz monótona narrando batallas, tratados y victorias que ya había oído en mi niñez.

Mientras las palabras flotaban en el aire, sentí cómo mi mente se alejaba.

Cada historia parecía tener huecos, grietas ocultas bajo el brillo del patriotismo.

Había fechas que no tenían mucho sentido, nombres que apenas eran pronunciados o borrados de la historia, literalmente, gestas que sonaban demasiado perfectas para haber sido humanas.

Y cuanto más crecía dicha sensación que la historia del país—incluso de la propia academia— estaba construida sobre verdades a medias.

“¿Qué fue lo que en verdad sucedió?”, pensé mientras miraba las sombras que proyectaba la luz sobre los retratos antiguos.

Y una incógnita aún más amarga me siguió:  “¿Qué tanto de lo que sé sobre Sonja…

es cierto?” La campana del cambio de clase me devolvió a la realidad.

Me levanté lentamente, guardando las notas que ni siquiera miré.

Al hacerlo, la manga de mi brazo se deslizó nuevamente, dejando ver por un instante el brillo opaco del sello lunar.

Lo cubrí con rapidez, lanzando una mirada hacia una aula vacía.

Aparentemente nadie lo había notado.

Y aun así, no podía sacarme de la cabeza la sensación de que algo—o alguien— sí lo había visto.

El pasillo hervía con el sonido de los pasos, el murmullo de conversaciones y el zumbido constante de los dispositivos mágicos que marcaban la hora exacta entre clase y clase.

Los estudiantes pasaban con sus tablets encantadas, grimorios digitales y tazas de café humeante, mientras que el escudo de la Academia relucía en los paneles holográficos de los muros: “Veritas, Virtus, Vigiliantia”.

“Defensa contra las Artes oscuras…”, pensé con cierto desgano.

Era una de las más exigentes, y tras el entrenamiento con Wolf, lo último que deseaba era tener otro enfrentamiento.

Pero no tenía excusa para ausentarme, no si quería mantener mi posición.

El aula se haya en el antiguo invernadero restaurado con paneles de cristal oscuro, y muros cubiertos de runas protectoras.

Al entrar, el aire cambió; olía a hierbas, aire fresco tras una tormenta eléctrica, como un olor a picante.

En el centro, la profesora Helena Draven, esperaba de pie frente al grupo.

Había oído rumores sobre ella: Ex miembro de la agencia de Arcana de Defensa Global, bruja de quinta generación, y —según algunos— ella había sido capaz de mirar al mismísimo Lucifer a los ojos, en el infierno y que además volvió sin haber perdido la cordura en las llamas del infierno.

Su presencia imponía.

Llevaba una bata negra entallada sobre un conjunto moderno de cuero y algodón oscuro, botas altas que resonaban con cada paso y unos guantes de tela encantada hasta los codos.

Su cabello, plateado con matices lilas, estaba recogido en una trenza apretada y sus ojos—de un gris opalescente— parecían ver más allá de la piel, como si pudieran leer las emociones de a quienes miraran.

—Bienvenidos a la única clase donde conocerán sus límites—dijo con voz firme, sin necesidad de alzarla.

El murmullo en el aula se apagó de inmediato.

La profesora Draven caminó despacio frente a nosotros, con las manos cruzadas a la espalda.

—Aquí no van a memorizar hechizos ni repetir fórmulas.

Van a aprender a enfrentarse a lo que los destruirá por dentro.—Se detuvo frente a mí, y por un instante, me observó con detenimiento—.

Las artes oscuras no solo habitan en los grimorios antiguos o en los círculos malditos.

Estos también viven en ustedes, en sus miedos, su ira, y en todo aquello que niegan ser.

Le sostuve la mirada sin pestañear, aunque sentía un escalofrío recorrerme la nuca.

Por un instante creí que la profesora podía oír el eco del sello en mi brazo, que era capaz de percibir lo que mi sangre realmente era.

La portadora del sello de la media luna, el pacto roto entre los híbridos, la codicia de Damon ante el sello.

Pero en clase de Defensa de artes oscuras, solo soy una estudiante mitad licántropo mitad bruja.

—Hoy pondremos a prueba algo sencillo—continuó la profesora, girándose a mirar a la clase—: su capacidad de control.

Hizo un gesto con la mano, y el suelo del aula se iluminó con un círculo de símbolos arcanos.

Las luces descendieron como una niebla blanca densa, proyectando formas vagas en el aire.

—Cada uno enfrentará una proyección de su miedo más profundo.

No podrán defenderse de sus ataques en caso de que los ataquen.

Solo podrán resistir sus ataques.— Sus ojos se posaron en mí nuevamente, con una intensidad casi clínica—.

Y créanme…

las proyecciones saben más de ustedes que ustedes de mismos, pueden oler su miedo, su desesperación y sus deseos más profundos, sin importar cuáles sean.

El murmullo nervioso volvió a recorrer el aula.

Tragué saliva.

Sentía el pulso del sello en mi brazo vibrar otra vez, como si algo dentro de mí respondiera al llamado del hechizo.

No sabía si realmente estaba preparada.

Pero sabía que con una clara amargura, fallar no era una opción.

No después de haber peleado contra Wolf.

No después de mi madre.

No con tantos ojos juzgándome.

Mientras la profesora Draven activaba el primer círculo, cerré los puños y di un paso al frente.

El aire del círculo se volvió pesado, denso, como si el oxígeno se volviera líquido.

Sentí que el suelo temblaba bajo mis botas, mientras los símbolos a mi alrededor resplandecían con un brillo blanco azulado.

La profesora Draven observaba en silencio, sin apartar la mirada.

Di un paso al frente.

La niebla blanca comenzó a tomar forma.

El círculo se cerró bajo mis pies con tenue resplandor, casi imperceptible, pero suficiente como para que la temperatura descendiera de golpe.

El aire se volvió pesado, vibrando con un murmullo apenas audible, como si las palabras mismas contuvieran la respiración.

La profesora Draven levantó la mano.

—Cierren los ojos, dejen que el círculo vea lo que más temen.

Todos obedecimos.

El suelo desapareció bajo de mí.

El murmullo se transformó en un rugido distante.

Cuando abrí los ojos, ya no había nadie, ni siquiera el aula, sino un bosque oscuro, cubierto de niebla plateada.

El olor a tierra mojada y a sangre vieja llenó mis pulmones.

Reconocía ese bosque, era mismo al que iba de niña cuando quería estar sola y necesitaba paz, lejos de mi madre y de su mano de hierro.

Que recuerdos…

Una sombra se movió entre los árboles.

Retrocedí, mi corazón golpeaba mi pecho.

De pronto, algo brilló entre la neblina: el mismo sello de la media luna, grabado en el aire, ardiendo en un tono rojizo.

Y entonces la vi.

Una figura salió de entre la niebla gris: alta, de mirada incandescente, cabello blanco, cayendo como un halo luminoso sobre sus hombros.

Era yo.

O más bien, una versión de mí, con el cabello blanco.

No había envejecido nada, ni siquiera un poco.

Su piel estaba marcada por las runas, sus ojos destellaban con un fulgor animal y una oscuridad antigua vibraba en cada palabra que pronunció.

—Así que este es tu mayor miedo que te domina—dijo mi otro yo, con una voz más grave, que era entre humana y a la vez bestial—, tienes miedo de mí.

Di un paso atrás.

—No…

no eres real.

La otra yo sonrió, mostrando apenas el filo de uno de sus colmillos.

—Lo soy más de lo piensas.

Luna no marca sin un propósito, Aila.

Este sello no es una maldición, es una promesa que debes de mantener.

—¡Cállate!—grité, sintiendo que el aire se volvía espeso a nuestro alrededor.

El suelo tembló bajo nuestros pies y las raíces del bosque parecieron responder a mi agitación.

Era verdad, estas proyecciones podían oler nuestros miedos y desesperación, sin importar cuáles fueran.

La sombra de mi yo futuro avanzó.

—Te aterra ser como tu madre, ¿verdad?

Temerle a tu propio poder.

Pero a lo que realmente temes es mucho peor, es ser lo que tienes frente a ti.

La miré, sin poder responder.

Sus palabras me atravesaron como dagas, una tras otra.

Ella levantó el brazo derecho.

En él brillaba la misma media luna, pero ya no era un sello, sino una grieta luminosa que parecía extenderse por toda la piel.

—El sello despertará cuando dejes de negar su existencia.

Y cuando eso pase…—sus ojos se volvieron completamente blancos—…

ya no habrá vuelta atrás.

Un rugido llenó el aire.

No venía de la ilusión, venía dentro de mí.

Caí de rodillas, llevándome la mano al brazo.

El símbolo ardía bajo la tela, latiendo con una fuerza viva, como si quisiera romper la piel.

—No soy tú—susurró—.

No voy a convertirme en ti.

La otra Aila se inclinó hacia a mí, tan cerca que podía sentir el calor de su aliento.—Ya lo eres, pero eres incapaz de aceptar la realidad.

Un estallido de luz rompió la escena.

El bosque se desintegró, las sombras fueron tragadas por una ráfaga de energía blanca y sentí que caía de nuevo en el suelo del aula.

Cuando abrí los ojos, estaba jadeando, con las manos aún cubriendo mi brazo.

La clase me miraba en silencio.

El círculo bajo mis pies seguía humeando.

La profesora Draven, estaba de pie a unos metros, observándome con atención.

Su expresión era indescifrable, pero en su mirad había algo más que curiosidad: había reconocimiento.

—Interesante—dijo la profesora finalmente, con un tono tan calmo que solo hizo el momento aún más inquietante—.

El miedo a uno mismo suele ser el peor enemigo de uno, y el más difícil de dominar.

No respondí.

Sabía que, pese a que la ilusión había terminado, la voz de mi otro yo posiblemente estaba en lo más profundo de mi mente, pero gracias a la ilusión esta despertó.

Ya lo eres, acéptalo…

Y por primera vez, no estaba del todo segura de que fuera una mentira.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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