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Academia Edimburgo - Capítulo 30

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  4. Capítulo 30 - 30 Capítulo 29 Secreto
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30: Capítulo 29 “Secreto…” 30: Capítulo 29 “Secreto…” AILA  Las cosas que fui descubriendo sobre mi hermano me dejaron muy en claro que la Academia Edimburgo guarda secretos que me han hecho ver que nada es lo que parece.

Sentía que mi estadía en la AE me haría descubrir cosas que posiblemente me llevarían a lugares y situaciones fuera de mi control.

Entonces tomé la decisión de salir y buscar más pistas sobre la mujer de cabellos blancos.

La noche envolvía la Academia con una calma falsa.

Avanzaba con la capucha puesta, el diario de Adler apretando contra mi costado, siguiendo las anotaciones que había memorizado horas antes.

Referencias cruzadas, símbolos repetidos, una firma parcial: cabellos blancos…

No era un nombre.

Era una pista.

Las catacumbas me recibieron con el mismo frío antiguo, con ese silencio espeso que parecía observarme.

El sello en mi brazo respondió de forma inmediata, un pulso breve, contenido.

Entonces oí un sonido.

Un jadeo irregular.

Un sonido seco, como metal rozando piedra.

Me giré bruscamente.

A unos metros, apoyado contra una columna derrumbada, estaba él.

El chico de cabellos blancos.

El mismo chico que el primer día se había burlado de mí mientras me ayudaba con mi equipaje, con esa sonrisa ladeada, esa mirada demasiado consciente.

El mismo que parecía existir siempre medio paso fuera del lugar correcto.

Pero ahora…

no sonreía.

No lo hacía.

Su camisa rasgada, el hombro cubierto de sangre oscura, y una mano presionando su costado como si cada respiración fuera un acto de pura voluntad.

—¿Tú…?—Murmuré, sorprendida.

Él alzó la vista con dificultad.

Sus ojos—demasiado claros incluso en la penumbra— se clavaron en los míos.

—Vaya…—exhaló con una mueca.

No es exactamente quien esperaba encontrar.

No lo dudé.

Ni un segundo.

Me acerqué de forma inmediata, arrodillándome a su lado.

—Estás herido—dije, firme—.

No deberías estar aquí.

—Lo sé—respondió él.—Créeme, lo sé.

Pasé mi brazo debajo del suyo, cargando parte de su peso sin pensarlo.

Era pesado, más de lo que me pude haber imaginado.

No solo por el cuerpo, sino por algo más, algo antiguo, denso.

—Apóyate en mí—.

Ordené.

Me obedeció.

Cada paso que dábamos era muy lento.

El sello en el brazo ardía, no como advertencia, sino como reconocimiento.

Algo en él respondía a algo en mí.

Cuando por fin cruzamos el arco de la salida de las catacumbas, la luz tenue del corredor superior nos envolvió.

Y allí, de pie entre las sombras, nos esperaba…

—¿Adler?—Murmuré sorprendida, al verlo más pálido que mis recuerdos de la última vez que lo vi.

Más delgado, más real.

Me detuve.

—Adler…—Murmuré de nuevo con la misma sorpresa de antes.

Me miró con una mezcla de alivio y de dolor.

—Sabía que vendrías—dijo.—Siempre fuiste capaz de las cosas a medias.

No respondí.

No solté al chico de cabellos blancos herido.

Fue entonces que Adler miró al chico de cabellos blancos…

y bajó la cabeza.

—Majestad—dijo en voz baja.

No reaccioné.

No con sorpresa.

Ni con preguntas.

Solo ajusté mejor el agarre para que el herido no cayera.

El chico de cabellos blancos cerró los ojos en un instante, como si aceptar el título le pesara más que la herida.

—Ahora no, Adler—murmuró—.

No delante de ella.

—Ella no sabe—dijo—.

Y no debe de saberlo, no aún.

Escuché las palabras.

Pero elegí fingir no saberlo.

—Hay que sacarlo de aquí—dije simplemente—.

Se va a desangrar.

Adler me observó como si quisiera decirme mil cosas que no podía.

Luego dio un paso atrás, despejando el camino.

—Por aquí—indicó—.

Nadie los verá.

Caminamos en silencio.

Cuando llegamos al punto seguro, acomodé al chico de cabellos blancos con cuidado, revisé la herida, improvisé un vendaje con manos firmes.

No temblé.

No pregunté.

No miré dos veces.

Cuando terminé, él se levantó.

—No, no te levantes—le dije a él—.

Al menos de que alguien con más sentido común llegue.

El chico abrió los ojos y me miró, serio ahora.

—Gracias—dijo—.

No todos habrían ayudado, sabiendo lo que soy.

—No me importa lo que seas—respondí—.

Estás herido.

Me giré entonces hacia Adler.

Me miró una sola vez.

Una mirada que contenía años, ausencias, secretos y una distancia que aún no sabía cómo cruzar.

Luego me di la vuelta.

Me fui.

Sin despedirme.

Sin preguntar.

Sin mirar atrás.

Adler permaneció inmóvil hasta que mis pasos se perdieron por completo.

******* ADLER Solo entonces miré al rey alfa.

—No lo sabe—dije—.

Y haré todo lo posible para que no relacione esto contigo, ni con Wolf.

El chico de cabellos blancos—el rey alfa, el instructor oculto—cerré los ojos.

—Gracias—respondió—.

Porque cuando lo haga…

ya no habrá marcha atrás.

En algún lugar del corredor, la luna iluminó brevemente el brazo de Aila.

Lo supe al ver la tenue luz que se alejaba con cada paso que daba ella, además del leve hormigueo que sentí en mi brazo.

Lo que me hizo dar cuenta de que su sello estaba respondiendo a su majestad.

Asher soltó un largo suspiro cargado de alivio, por lo visto estuvo conteniendo su enorme necesidad de oler a mi hermana por un largo tiempo.

—Me sorprende que hallas podido contenido tu necesidad de sentarla en tu regazo y olerla, porque noté el impulso en tus ojos—dije finalmente, sonrió con algo de vergüenza.

—Lo sé, pero me bastó con tenerla cerca, además ella todavía no puede saber que yo soy Wolf.

No debe saberlo hasta que sea seguro para ella, por el momento necesito que me ayudes a llegar a mi habitación y evites que alguien se dé cuenta de que estuve aquí—Estuve de acuerdo con ello.

Lo llevé a su habitación usando magia, tras dejarlo en su habitación tuve que curarlo con magia para evitar que alguien se diera cuenta de lo ocurrido en las catacumbas.

Me fui a una habitación oculta detrás de las paredes de la academia con el fin de mantenerme oculto hasta que fuera el momento de revelarme ante todos, pero tenía la sensación de que muy pronto llegaría ese día, sin embargo, deseaba que no fuera pronto.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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