Academia Edimburgo - Capítulo 31
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- Capítulo 31 - 31 Capítulo 30 No saber es más fácil
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31: Capítulo 30 “No saber es más fácil” 31: Capítulo 30 “No saber es más fácil” ASHER La habitación estaba en penumbras, cuando Adler cerró la puerta detrás de él.
Me apoyé con la la madera, cerré los ojos, mi respiración seguía siendo demasiado lenta para alguien que había estado centímetros del abismo.
Aila había estado demasiado cerca de mí, un paso más, segundo más.
Y habría visto más de lo que estaba preparada para comprender.
Abrí los ojos y me miré las manos, aún manchadas de sangre seca bajo los vendajes improvisados.
No era el dolor lo que lo inquietaba.
Era otra cosa.
Algo más peligroso.
Su aroma.
No magia pura.
No licantropía salvaje.
Era una mezcla imposible de luna, sangre antigua, promesa.
Había tenido que anclarme con toda mi voluntad para no reaccionar como el alfa que era, para no dejar que el instinto me delatara, para no acercarme más de lo debido, más de lo necesario cuando ella me sostuvo para sacarme de las catacumbas.
Contro, me recordé.
Siempre control.
Porque si lo perdía, no solo revelaría quién soy yo, sino que también la pondría en peligro.
El recuerdo de la mujer de cabellos blancos cruzó por mi mente, como una hoja afilada.
La herida en mi costado palpitó con gran fuerza.
Ella no había atacado para matar.
Había atacado para marcar.
Para debilitar.
Para enviar un mensaje.
Y aún así, al amanecer, Adam Wolf se presentó a trabajar.
Como siempre.
Entrené.
Observé.
Corregí posturas.
Di órdenes con la voz apenas firme.
Nadie notó el leve retraso en mis movimientos.
Nadie, lo notó al menos eso creí.
Sentí la mirada de alguien sobre mí.
Aila.
Lo supe cuando crucé la mirada durante el entrenamiento.
No dije nada.
No la expulsé.
Pero no dejó de observarme.
Al final de la clase, cuando el resto de los estudiantes se retiraron, ella no se fue, permaneció quieta junto a las armas de practica.
—Instructor—dijo con calma—.
Está herido.
No me giré de inmediato.
—No estoy herido.
—Sí lo está—replicó ella—.
Y no debería forzarse.
Silencio.
Cerré los ojos por un instante antes de girarme.
Seguí siendo igual que siempre, ósea que Adam siguió mostrándose impenetrable, pero ya no negué nada.
—No es asunto tuyo…
Aila dio un paso adelante.
—Lo es si se desmaya frente a todos.
Eso me arrancó una exhalación seca, casi una risa.
—Terca—murmuré.
A ella poco le importó.
—Aprendí de los mejores—respondió ella.
Finalmente, se resignó.
Se sentó en el banco de piedra de aula vacía, apartando la chaqueta.
La herida estaba peor de lo que había admitido.
Aila no se mostró sorprendida.
Extendió la mano, concentrándose.
La energía surgió con suavidad, con calidez, no invasiva, ni mucho menos brusca.
Una luz tenue, plateada, envolvió sus dedos mientras el sello bajo su manga respondía con un pulso controlado.
No había dolor.
Solo calor contenido.
Reparador.
Apreté la mandíbula, soportando la sensación sin emitir sonido alguno.
—No debería poder hacer esto tan rápido—murmuró ella, concentrada—.
Algo en usted…
resiste.
—Siempre lo hago—respondí.
La herida comenzó a cerrarse lo suficiente para que pudiera moverme sin llamar la atención.
No era una cura completa.
Solo lo necesario para soportar el resto del día.
Cuando Aila retiró la mano, dio un paso atrás.
—No diré nada—dijo—.
Pero no vuelva a ignorar algo como esto.
Me puse de pie lentamente, ajustando la ropa.
—Gracias—dije finalmente.
Ella asintió.
No preguntó.
No exigió explicaciones.
Se dio la vuelta y salió del aula.
Permanecí inmóvil varios segundos, sintiendo aún el eco de su poder, de su presencia, de lo cerca que había por estado de perder algo que llevaba años sosteniendo con sangre y silencio.
Estuvo a un paso de descubrirme, pensé.
Y aun así…
eligió ayudar.
Eso es más que cualquier herida, fue lo que realmente me desestabilizó.
***** AILA No supe por qué lo ayudé, mucho menos entendía el cómo era posible que tuviera los mismos vendajes que había puesto de forma improvisada en el cuerpo del rey alfa, los mismos lugares, heridas, la forma de estas, era ilógico, pero el no saber era más fácil.
Por lo que me limité simplemente a curar sus heridas las cuales no sabía cómo se hizo, Me a clase con Draven, era tarde cuando llegué.
No era porque quisiera haber querido llegar tarde, sino porque el peso de lo sucedido aún vibraba bajo la piel.
El aula—invernadero estaba a media luz, los círculos arcanos ya activados y el aire cargado de esa electricidad incómoda que predecía a las pruebas de la profesora Draven.
Y entonces la vi.
Sasha estaba dentro del círculo central.
No luchaba contra una criatura tangible.
Luchaba contra algo mucho peor.
El suelo bajo sus pies se convirtió en una superficie líquida, oscura, como un espejo roto.
De él, emergía una figura muy parecida a ella, en esencia era idéntica a mi amiga, pero con los ojos vacíos, la expresión rígida, la piel marcada por cicatrices de garras antiguas.
—No…—jadeó Sasha, retrocediendo—.
No ERES REAL.
La ilusión sonrió.
—Lo soy cuando fallas—respondió con su misma voz—.
Cuando dudas.
Cuando no eres lo suficientemente fuerte para proteger a quienes amas.
Sentí un nudo en el estómago.
El miedo de Sasha no era morir, no era el dolor.
Sino más fallar como mate de un alfa.
A no ser lo suficientemente fuerte para Heiner quien la diosa luna le concedió como su mate.
A no ser un peso.
Sasha lanzó un hechizo defensivo que se deshizo al tocar a la figura.
La ilusión avanzó, implacable.
—Siempre serás la que observa detrás—continuó—.
La que ama a un alfa sabiendo que algún día él elegirá al deber por encima de ti.
—¡Cierra la boca!—gritó Sasha, con lágrimas ardiendo en sus ojos.
El círculo respondió a su angustia, vibrando con fuerza.
La ilusión extendió la mano y la empujó contra el suelo.
—¡Sasha!—exclamé, dando un paso al frente.
—Quieta—ordenó Draven sin alzar la voz, pero con una autoridad absoluta—.
Esta no es tu lucha.
Apreté los puños, impotente.
En el suelo, Sasha respiraba con dificultad.
La ilusión se inclinó sobre ella.
—Sí él cae…
será por tu culpa.
Algo cambió entonces.
Sasha dejó de retroceder.
Dejó de llorar.
Alzó la mirada con una mirada llena de determinación que reconocí al instante.
—No—dijo con la voz rota, pero firme—.
Si cae…
yo estaré ahí.
Si falla caeremos juntos.
La ilusión se detuvo.
El reflejo comenzó a resquebrajarse, como vidrio bajo presión.
—No soy débil por amarlo—continuó Sasha, levantándose—.
Y no soy menos por tener miedo.
Soy fuerte porque elijo quedarme.
El círculo estalló en luz.
La figura se desintegró en partículas oscuras que se disiparon en el aire.
Draven avanzó y colocó una mano sobre el hombro de Sasha.
—Bien hecho—dijo sin más—.
Reconocer el miedo sin dejar que gobierne…
es una forma de poder que muy pocos han llegado a dominar.
Solté aire que no sabía que estaba conteniendo y corrí hacia mi amiga en cuanto el círculo se desactivó.
—Oye…—susurré, ayudándola a ponerse de pie—.
Me asustaste.
Sasha esbozó una sonrisa temblorosa.
—A mí también.
Nuestras miradas se cruzaron, y sin decirlo, ambas entendiendo algo: Los miedos no eran tan diferentes.
Solo habían cambiando de forma.
Desde el fondo del aula, Helena me observaba con atención renovada.
Porque si mi amiga había enfrentado el miedo a fallar…
el mío aún estaba esperando su turno.
Y no sería indulgente.
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