Acero y Aflicción: El Ascenso del Rey Mercenario - Capítulo 313
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Capítulo 313: Gran Incursión (3)
Las llanuras, habitualmente anodinas, bullían de actividad ese día; los oficiales gritaban órdenes mientras sus soldados se apresuraban a tomar formación. Órdenes tajantes resonaban en el frío aire de la mañana, mezclándose con el relincho de caballos inquietos y el entrechocar de las armaduras. Bajo la atenta mirada de sus líderes, los arqueros imperiales tomaron posiciones al frente, con sus aljabas repletas de flechas, mientras disciplinadas filas de infantería se alineaban detrás de ellos. En la retaguardia, la caballería esperaba en silenciosa alerta, y sus corceles acorazados piafaban sobre el terreno con impaciencia.
Mavius recorría las filas a caballo, contemplando a su ejército. A pesar de que los superaban en número casi dos a uno, se mantenían firmes y disciplinados, con sus pulidas armaduras reluciendo bajo la luz del alba. Su fuerza ascendía a 2000 soldados de infantería, 600 arqueros y 250 catafractarios.
Al otro lado del campo, el enemigo tomaba posiciones. De los 6500 hombres de las tribus originales, quedaban 5300; seguían siendo una horda abrumadora, y sus filas, una masa salvaje de guerreros sin coordinación alguna. Se desplegaron por el terreno en una formación dispersa y desorganizada, y su falta de disciplina era más que evidente. Sin orden ni mando discernible, no eran más que una marea incontenible de cuerpos, cada hombre armado con lo que había podido encontrar.
Mavius los observó con atención. Sus exploradores habían confirmado que los incursores no poseían ni arqueros ni caballería, lo que los dejaba en una desventaja crítica. La movilidad y los ataques a distancia serían la clave, y las fuerzas imperiales contaban con ambas. Sus arqueros diezmarían las filas enemigas antes de que la infantería entrara en combate, mientras que su caballería golpearía en el punto más débil del enemigo.
Mavius, montado en su caballo, mantenía la vista fija en el caótico frente enemigo. A medida que el sol ascendía, se percató de un movimiento inusual que ondulaba por las filas de los hombres de las tribus. Entrecerró los ojos y se inclinó un poco hacia delante en la silla de montar para asegurarse de que veía bien.
—¿Qué, en el nombre de los dioses…? —masculló por lo bajo.
Un grupo de guerreros se había adelantado desde la dispersa primera línea enemiga. Estaban completamente desnudos, y sus cuerpos, cubiertos de sudor y pintura de guerra, relucían mientras se arrodillaban en el suelo, formando una fila. Detrás de ellos, otros hombres comenzaron a agitar frenéticamente largos palos en el aire, cantando y balanceándose como si estuvieran poseídos por un extraño frenesí.
La escena dejó a Mavius momentáneamente perplejo. A su alrededor, los soldados imperiales se removían, incómodos, y murmuraban entre ellos.
—¿De qué va eso? —dijo un soldado de infantería, con la voz teñida por una mezcla de confusión e inquietud.
—Probablemente alguna tradición de salvajes —sugirió otro, con un tono mitad despectivo, mitad inseguro—. ¿Crees que van a follarse entre ellos?
Una oleada de comentarios similares se extendió por las líneas imperiales a medida que más soldados se percataban del estrafalario espectáculo.
—¡Cierren la boca, hombres! —llegó el grito seco de un oficial, que silenció los murmullos.
—¡La vista al frente! ¡Concéntrense! —ordenó otro, con voz severa e inquebrantable.
Las órdenes devolvieron la compostura a las tropas, aunque un leve murmullo de inquietud persistió. Mavius frunció el ceño, sin dejar de estudiar el peculiar ritual. ¿Estaban rezando? ¿Invocando el valor?
Una oleada de movimiento recorrió el ejército de los hombres de las tribus, y la masa desorganizada empezó a avanzar.
—Ellos mueven primero —murmuró, más para sí que para nadie.
Los hombres de las tribus avanzaron, su gran número empujando hacia delante como una marea creciente. Se dirigían lentamente hacia ellos, pero entonces, para sorpresa de Mavius, se detuvieron.
Toda la línea de guerreros se detuvo en seco, a no más de medio kilómetro del ejército imperial. Una ligera polvareda se levantó de la tierra pisoteada mientras permanecían allí, un mar caótico de armas y rostros pintados que esperaba en un silencio inquietante. Todos excepto un pequeño grupo —no más de ciento cincuenta hombres— que se desgajó del grueso de la fuerza.
Mavius frunció el ceño, confuso. El grupo de guerreros desnudos empezó a cargar, con los cuerpos pintados con símbolos toscos y embadurnados de barro y ceniza. Se movían a una velocidad alarmante, y sus gritos de guerra resonaban por las llanuras.
—¿Solo ellos? —masculló uno de sus oficiales, incrédulo.
Mavius no respondió, con la mirada clavada en la estrafalaria escena. El resto del ejército de los hombres de las tribus permanecía inmóvil detrás de las figuras que cargaban, observando cómo sus camaradas corrían a toda velocidad hacia las líneas imperiales.
«¿Por qué no avanzan con ellos?», pensó Mavius, mientras su mente se esforzaba por descifrar la intención del enemigo. No se parecía a nada que hubiera visto antes. Una carga frontal con toda su fuerza habría tenido sentido, aunque fuera temeraria, ¿pero enviar sola a esta pequeña banda de desnudos?
Los pensamientos de Mavius se desviaron hacia los extraños rituales que había presenciado antes de la batalla. ¿Eran esos hombres una especie de ofrenda? ¿Sacrificios para sus dioses, enviados para demostrar su valor y obtener el favor divino? Menuda panda de salvajes…
Las llanuras resonaban con los gritos salvajes de los guerreros desnudos que cargaban, y sus voces se alzaban en una cacofonía casi bestial. Corrían como energúmenos hacia las líneas imperiales, con movimientos erráticos y carentes de toda disciplina. Algunos arrojaban sus escudos al correr, otros clavaban sus espadas en la tierra, quedando completamente desarmados. Cuerpos desnudos y pintados, embadurnados de barro y ceniza, se precipitaban hacia delante, relucientes de sudor bajo el sol de mediodía.
Mavius sintió un escalofrío recorrerle la espina dorsal, una inquietud insidiosa que no pudo reprimir del todo. No eran hombres; eran algo primario, algo desconcertante. Volvió a aferrarse a las riendas, y sus nudillos se pusieron blancos mientras luchaba por mantener la compostura.
No había formación ni coordinación; solo una masa de carne y furia que se abalanzaba sobre su ejército sin la menor intención de defenderse. Ni un solo escudo en alto, ni un solo paso vacilante.
Los oficiales a lo largo de la línea imperial gritaban por encima de la confusión, dando órdenes a voz en cuello para que los arqueros se prepararan.
—¡Arqueros! ¡Fuego!
A la orden le siguió una ráfaga de movimiento cuando los arqueros imperiales lanzaron su primera andanada. El cielo se oscureció por un instante mientras cientos de flechas describían un arco ascendente antes de precipitarse sobre la horda que cargaba.
Los proyectiles dieron en el blanco.
Las flechas se clavaron en hombros, pechos y piernas con una precisión espantosa. La carne se abría y la sangre salpicaba, pero, aun así, los guerreros no flaquearon.
Ni un solo grito de dolor surgió de entre los hombres que cargaban.
Aun con las flechas que sobresalían grotescamente de músculos y carne, siguieron corriendo, con los rostros contraídos en una enajenada determinación. Un hombre con una flecha clavada en lo profundo del muslo ni siquiera miró hacia abajo, y su paso apenas flaqueó. Otro tenía dos astiles que le atravesaban el pecho y, sin embargo, sus brazos se movían con un fervor implacable, con la vista fija en las líneas imperiales.
Los arqueros dispararon una y otra vez, y las flechas cayeron como granizo sobre la turba enloquecida.
Aun así, no se oyeron gritos. Ni vacilación, ni un solo traspié. Los guerreros desnudos se abalanzaron hacia delante como si fueran inmunes a la agonía, sin dejar de proferir sus guturales y enloquecedores gritos.
Mavius apretó aún más las riendas, con el estómago revuelto mientras la escena se desarrollaba ante él. No era un hombre que se inmutara con facilidad, pero esto… esto era distinto. No eran guerreros que luchaban por su vida; eran algo mucho más aterrador: hombres a los que no les importaba vivir o morir, como si el propio concepto de la muerte como final de la vida les resultara completamente ajeno.
Era imposible que un hombre no temiera a la muerte, pues incluso los que la afrontaban con valentía daban por sentado que su coraje era más fuerte que su miedo; sin embargo, los que corrían hacia su línea ya no eran humanos.
Ese no era un estado que pudiera inculcarse en las masas mediante el entrenamiento o la disciplina, pues el propio concepto del dolor y el miedo les era ya ajeno. Mavius comprendió que les habían hecho algo.
Y era repugnante.
Las flechas seguían lloviendo, oleada tras oleada surcando el aire con precisión letal. Cada andanada golpeaba a los hombres que cargaban con una fuerza espantosa. Sin embargo, la escena que se desarrollaba ante los soldados imperiales era absolutamente espeluznante.
Algunos de los guerreros desnudos tenían media docena de flechas incrustadas en la carne, que sobresalían grotescamente como las púas de un erizo. Otros llevaban hasta una docena, con los astiles asomando por hombros, muslos, pechos e incluso cuellos, lo que los hacía caer tras una docena de pasos. La sangre corría a raudales, pintando sus cuerpos con vetas carmesí, pero la mayoría de ellos no redujo el paso.
Seguían corriendo, algunos tambaleándose pero sin llegar a caer, con la mirada clavada en las líneas imperiales con una intensidad feral que helaba el corazón más endurecido.
—Dioses… —masculló un veterano curtido, con voz temblorosa—. No… no son humanos.
A su lado, otro arquero buscaba torpemente la siguiente flecha, con las manos temblorosas mientras se esforzaba por ajustarla a la cuerda.
—Son monstruos —susurró alguien, con palabras apenas audibles por encima de las frenéticas órdenes de los oficiales—. No son hombres. Son monstruos.
A pesar de la incesante lluvia de flechas, los enloquecidos guerreros parecían impermeables al miedo, al dolor o a la propia muerte. Sus cuerpos se sacudían y retorcían con cada impacto, pero se negaban a caer. Un hombre, con flechas que le atravesaban ambos muslos y el abdomen, siguió corriendo a toda velocidad, con sus movimientos impulsados por una demencia que desafiaba toda comprensión.
Los veteranos, hombres que habían visto los peores horrores de la batalla, se sintieron sacudidos hasta la médula. Aquello no era la guerra. Era algo completamente distinto.
—¡Sigan disparando! —rugieron los oficiales, aunque sus propias voces dejaban traslucir un deje de inquietud—. ¡Acaben con ellos!
Pero incluso los soldados más disciplinados dudaban, con la determinación hecha añicos mientras observaban el grotesco espectáculo. Era como si estuvieran disparando a algo antinatural, algo más allá del mundo de los hombres.
A pesar de todos sus años de servicio, de toda la carnicería que habían presenciado, esto era diferente. No eran guerreros; eran pesadillas hechas carne, impulsadas por una fuerza que ninguna mente cuerda podía comprender.
Los arqueros, con las aljabas casi vacías, se retiraron con rapidez tras la línea de infantería. Tenían el rostro pálido y las manos todavía les temblaban mientras echaban un vistazo a la horda de enloquecidas figuras atravesadas por flechas que avanzaba, dando gracias a los dioses por no ser ellos quienes tendrían que enfrentarse a su carga. Habían disparado la última andanada, pero parecía que de poco había servido.
Por orden de Mavius, la infantería alzó los escudos y aprestó las lanzas, formando un sólido muro de disciplina y defensa. Se prepararon para la embestida mientras los hombres desnudos cargaban, y sus salvajes e implacables gritos se extendían por el campo.
Fue solo entonces, a unas decenas de metros de que los primeros guerreros enloquecidos colisionaran con la línea imperial, cuando Mavius advirtió movimiento en el grueso de las fuerzas enemigas. La masa de hombres de las tribus, que hasta entonces había permanecido inmóvil, empezó a avanzar. Su movimiento era lento y deliberado, en marcado contraste con el caótico y frenético asalto de los hombres desnudos.
«¿Por qué ahora?», se preguntó Mavius.
El sonido del acero contra la carne y el hueso devolvió bruscamente su atención a la primera línea. Los hombres desnudos se estrellaron contra los soldados imperiales como olas contra una costa rocosa.
Fue entonces cuando Mavius comprendió la razón por la que habían cargado solos.
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