Acero y Aflicción: El Ascenso del Rey Mercenario - Capítulo 347
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Capítulo 347: He aquí mis cosas (2)
Para la mayoría, la vida empezaba y terminaba en el mismo lugar. Generaciones enteras trabajaban la misma parcela de tierra, sus vidas ligadas a los campos y aldeas familiares donde sus antepasados habían vivido y muerto. Incluso entre los hombres libres de la Confederación —esos extraños vagabundos de los mares que buscaban saqueo y gloria—, las verdaderas maravillas seguían siendo esquivas. Sus incursiones podían ofrecer fugaces atisbos de leones o lobos, criaturas míticas para la mayoría, pero tales bestias no eran más que sombras lejanas, de las que se oía hablar más en cuentos que se veían con los propios ojos.
Sin embargo, nada en su experiencia —ni las humildes vidas de los aldeanos ni las legendarias hazañas de los incursores marinos— podría haber preparado a los señores libres reunidos y a sus séquitos para lo que Blake Elio reveló en la Llamada. No era el propio Blake, aunque su imponente presencia atraía la atención como el hierro a una piedra imán, pues él era el hombre que había liderado el ascenso del pueblo libre, el que había conquistado la isla de Harmway renovando la edad de oro de la Confederación, sino que lo asombroso fue la visión que lo seguía. Lo que trajo no era una mera rareza; era una imposibilidad hecha carne, tan extravagante y extraordinaria que incluso los más duros y curtidos en batalla entre ellos quedaron mudos a su paso.
Cabalagaba erguido sobre el lomo de un animal como la mayoría jamás había visto: una criatura de patas largas y delgadas y una espalda jorobada que se alzaba muy por encima de las cabezas de los hombres más altos. Su andar era extraño, un movimiento oscilante y acompasado que parecía casi antinatural, pero Blake iba sentado en lo alto como si hubiera nacido para dominar a semejante bestia.
Tras Blake le seguía una procesión que desafiaba la imaginación. Aves imponentes, tan altas como un hombre y aún más anchas, avanzaban acechantes sobre unas patas poderosas. Sus largos cuellos se estiraban hacia el cielo, sus plumas brillaban a la luz del sol con tonos grises y crema. Sus ojos penetrantes, enclavados en unas cabezas esbeltas, escrutaban los alrededores con curiosidad.
Le seguía una jaula enorme, arrastrada por un equipo de hombres que se esforzaban contra su peso. Dentro, un león descansaba con una melena oscura que relucía como obsidiana pulida, sus ojos ambarinos fijos con pereza en la multitud, como si los considerara indignos de su total atención. Cuando bostezó, su boca cavernosa reveló hileras de dientes como dagas.
Y luego estaba el perro; o lo que los espectadores supusieron al principio que era un perro. Su cuerpo era esbelto pero musculoso, su pelaje un hipnótico patrón de manchas negras y doradas que se ondulaba con cada uno de sus movimientos. Una pequeña y desaliñada crin adornaba su cuello, dándole una apariencia salvaje e indómita. Sus hombros se inclinaban hacia delante, su andar era desgarbado.
La multitud no pudo hacer más que quedarse boquiabierta, sus murmullos apenas audibles ante el espectáculo que tenían delante. Incluso los nobles, que eran sin duda los más entendidos del grupo, no pudieron hacer otra cosa que asombrarse y dejarse asombrar por la increíble visión.
Los hombres libres reunidos murmuraban entre sí, con voces apagadas pero teñidas de una mezcla de asombro, envidia e incredulidad. Se apiñaban en pequeños grupos; sus capas de tejido basto y jubones de cuero los identificaban como hombres acostumbrados al mar y a la espada, pero incluso ellos estaban conmocionados por lo que veían.
—¿Has visto el tamaño de ese pájaro? —dijo uno, con los ojos desorbitados por la incredulidad—. Es una cabeza más alto que cualquier hombre aquí, ¡y mira esas patas! ¿Alguna vez has visto un pájaro caminar sobre dos patas sin echar a volar? ¿Puede volar?
—¿Qué coño es ese… perro, en nombre del Dios del Mar? —dijo otro, dándole un codazo a su compañero.
—¡Mira a ese hijo de puta, se está riendo mientras me mira! ¡Tú eres el que está en la jaula, zorra! —gritó un hombre al presenciar por primera vez la risa de una hiena.
—Ni siquiera sabía que los animales podían reír…
—¿Y qué me dices de esa… cosa que está montando? —preguntó otro, con un tono lleno de incredulidad mientras señalaba a Blake sobre su montura—. Su espalda… ¿qué le pasa a su espalda? Está toda torcida e hinchada, como si llevara barriles bajo la piel.
—No es un caballo, eso seguro —masculló otro, negando con la cabeza, desconcertado.
Los murmullos continuaron, pero el tono subyacente era claro: Blake Elio había hecho algo que ninguno de ellos había imaginado. Había traído lo exótico, lo desconocido y lo temible al corazón de la Llamada, exhibiendo su poder y alcance para que todos lo vieran.
El movimiento oscilante de Blake sobre su montura era extraño pero imponente, y cada paso del animal arrancaba un murmullo de asombro de la multitud. Sostenía las riendas con soltura en una mano, mientras la otra descansaba sobre la empuñadura de su hacha.
Hablaban de él, de su riqueza, su audacia y su poder. El asombro en sus voces le hinchó el pecho de orgullo. Blake sintió el peso de su atención no como una carga, sino como una corona. Y hoy, cabalgando a través de la Llamada, sintió como si hubiera reclamado el trono de los hombres libres sin haber necesitado nunca el título.
Detrás de él, su tripulación marchaba con la cabeza bien alta, sus botas golpeando la piedra con pasos resueltos. Llevaban el porte de su capitán como una segunda piel, con los hombros rectos y los rostros llenos de orgullo.
Mientras los murmullos de los hombres libres reunidos se arremolinaban como la brisa marina, una voz atronadora se abrió paso entre el estruendo.
—¡Blake Elio! ¡Sigues pavoneándote como un pavo real, ya veo!
La cabeza de Blake se giró bruscamente al oír la voz familiar. Sus ojos oscuros se entrecerraron antes de suavizarse, y una sonrisa rara y genuina curvó sus labios. Dirigió la mirada hacia su origen y allí estaba: un hombre tan ancho como una roca que avanzaba hacia él con pasos decididos y pesados, haciendo que el suelo bajo sus pies pareciera temblar.
La barba del hombre había crecido desde su último encuentro; salvaje e indómita, estaba salpicada de mechones grises que acentuaban su formidable presencia. Su pecho de barril estaba cubierto por una gruesa armadura de cuero, desgastada y marcada por incontables batallas, y sus brazos, gruesos como mástiles de barco, se balanceaban con la confianza de un hombre que no temía a nada.
Blake se bajó del camello con un movimiento practicado, y la bestia soltó un gruñido gutural al cambiar de peso. Le entregó las riendas a un miembro de la tripulación cercano y empezó a caminar con paso firme hacia la figura que se aproximaba, con sus botas crujiendo contra la tierra compacta bajo sus pies.
—Kroll —llamó Blake, con una calidez en la voz que rara vez se oía en su tono. Su sonrisa se ensanchó a medida que acortaban la distancia entre ellos.
El rostro de Kroll se abrió en una amplia sonrisa, sus dientes brillando bajo la salvaje extensión de su barba. Cuando estuvieron al alcance de la mano, Blake extendió la suya, pero Kroll tenía otros planes.
—¡Basta de esas tonterías formales! —bramó Kroll, envolviendo a Blake en un abrazo que rompía los huesos.
Blake se rio —un sonido tan raro como un mar en calma durante una tormenta— y palmeó torpemente la espalda del hombre más grande, soportando el abrazo de oso con buen humor.
—Ha pasado demasiado tiempo, Kroll —dijo Blake mientras se separaban, con una sonrisa persistente.
—Sí, así es —respondió Kroll, con su voz profunda retumbando como un trueno lejano. Le dio una palmada en el hombro a Blake con una mano tan pesada que casi hizo tambalear al hombre más joven—. Y mírate, dominando bestias y hombres por igual. Has hecho honor a tu nombre.
Los agudos ojos de Kroll se posaron en el camello del que Blake acababa de bajar, sus espesas cejas se fruncieron mientras su mirada recorría a la criatura. La joroba en su espalda, las largas y desgarbadas patas, y su peculiar expresión… todo parecía tan absurdo que el veterano guerrero no pudo contenerse.
—¿Qué demonios es esa cosa en la que estabas montado, en nombre de los dioses del mar? —exigió Kroll, su voz medio risa, medio incredulidad genuina.
Blake sonrió de lado, inclinando la cabeza hacia el camello, que permanecía allí masticando perezosamente, completamente indiferente a la atención que atraía. —Eso, amigo mío, es mi más reciente botín.
—¿Botín? —ladró Kroll.
La sonrisa de Blake se ensanchó mientras se cruzaba de brazos. —Ah, si crees que eso es impresionante, espera a oír el resto. La plata que trajimos de la incursión fue suficiente para llenar un barco; una fortuna digna de reyes. Pero no solo trajimos plata. El resto de los barcos estaban cargados de maravillas.
Kroll enarcó una ceja escéptica. —¿Maravillas? ¿Te refieres a más de estos… comosellamen? —Hizo un gesto hacia el camello con un ademán despectivo.
Blake se rio entre dientes, negando con la cabeza. —No, cosas mucho más grandiosas. En ese viaje, vi criaturas que desafiaban toda creencia; a algunas intenté capturarlas, aunque sin éxito. Había una… enorme, ancha como tres barcos juntos, con una piel como una armadura y dientes que podían hacer astillas la madera. Intentamos capturarla, pero la bestia era demasiado rebelde, demasiado fuerte. Uno de mis hombres se acercó demasiado, y lo atrapó como un bocado antes de arrastrarlo al río. El agua se tiñó de rojo, y fue lo último que vimos de él. Juro que era tan fuerte como gordo.
—Y luego —continuó Blake, feliz de tener a alguien con quien hablar de las cosas que había visto, con la voz teñida de asombro—, había gigantes: bestias imponentes con orejas como velas y trompas que podían arrancar árboles del suelo. Pensamos en intentar capturar uno, pero cuando rugió, la tierra pareció temblar bajo nuestros pies. Ni siquiera mis hombres más valientes se atrevieron a acercarse, y no los culpo.
Kroll soltó un silbido bajo, su habitual bravuconería atenuada por el relato de Blake.
—Y finalmente —añadió Blake, con un tono cada vez más bajo—, había monstruos que se movían en silencio por los ríos, con los ojos apenas visibles sobre el agua. Podían esperar durante horas, inmóviles como la muerte, y cuando atacaban, era como un rayo: rápido, brutal. Uno de ellos arrastró a un marinero bajo el agua tan rápido que ni siquiera vimos la salpicadura. —Encontró la mirada de Kroll, sus propios ojos oscurecidos por el recuerdo—. Entrar en el agua con esas cosas era un suicidio. Algunos de mis hombres que fueron a nadar al río las confundieron con troncos; no hace falta decir que el resto de nuestro tiempo allí lo pasamos lejos del agua, al menos de la de los ríos.
Kroll se rascó la barba, su sonrisa vaciló solo un instante antes de volver, aunque ahora teñida de inquietud. —Por los dioses, Blake, de verdad que lo has visto todo. Y yo que pensaba que había vivido una vida digna de contar.
Blake soltó una carcajada, dándole una palmada a Kroll en el hombro. —Oh, créeme, viejo amigo. Después de lo que he visto, este que estaba montando parece una mascota inofensiva en comparación.
Kroll negó con la cabeza con fingida incredulidad, su risa se unió a la de Blake antes de que la curiosidad lo venciera. —Está bien, tengo que preguntar: ¿en qué parte de los siete mares fuiste a encontrar estas… cosas?
La sonrisa de lado de Blake se convirtió en una sonrisa de complicidad, sus ojos brillaron mientras pronunciaba el nombre. —Azania.
La palabra quedó suspendida en el aire como el estallido de un trueno. La sonrisa de Kroll se desvaneció como si se la hubieran borrado de la cara, reemplazada por una sorpresa repentina al darse cuenta por fin de lo loco que estaba realmente su amigo.
Después de todo, había una razón por la que los piratas se mantenían alejados de las tierras del sultán.
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