Acero y Aflicción: El Ascenso del Rey Mercenario - Capítulo 354
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Capítulo 354: Trato (1)
Marcus estaba sentado en el suelo frío e irregular, con la espalda apoyada contra el tronco de un árbol nudoso. Llevaba la ropa rota y sucia, y un cansancio se cernía sobre él como una nube. A su lado, Lucius estaba sentado con las piernas cruzadas, el rostro ensombrecido por una culpa que parecía más pesada que la mochila que cargaba.
—La hemos cagado, pero bien —masculló, frotándose las manos para protegerse del frío penetrante del aire nocturno.
Lucius exhaló profundamente, con la mirada fija en el suelo. —Es culpa mía. Deberíamos haber escapado antes. No dejaba de pensar que había más tiempo, que aún podíamos ganar. Si hubiera actuado más rápido… ahora estaríamos en casa. Dicen que la perseverancia es una virtud, pero para nosotros pareció ser lo contrario.
Marcus giró la cabeza, con expresión firme a pesar del agotamiento en sus ojos. —Eso no fue perseverancia, sino terquedad. Aun así, ya no importa, Lucius. Lo hecho, hecho está. Estamos juntos en esto. Siempre lo hemos estado y siempre lo estaremos. No te culpo por nuestra situación, todo el mundo comete errores, no te preocupes.
Lucius no respondió de inmediato. Se limitó a asentir, aunque la culpa no desapareció de su rostro.
La banda de rebeldes llevaba una semana y media en movimiento, en una marcha lenta y desesperada a través de densos bosques y terrenos irregulares. Cada noche, el sonido de pasos que se escabullían en la oscuridad se hacía más frecuente a medida que hombres y mujeres desertaban de uno en uno o de dos en dos. Su número se había reducido a solo cuatrocientos treinta, una mísera parte de la fuerza con la que habían comenzado. En cuanto la comida empezó a escasear, la gente con familia probó suerte por su cuenta.
«Probablemente ya estén muertos…», pensó Lucius, pues, después de todo, primero tendrían que cruzar el bosque, esperar no ser atrapados por el ejército que los perseguía y confiar en encontrar una aldea que no solo no hubiera sido saqueada, sino que estuviera dispuesta a desprenderse de algo de comida.
De hecho, las provisiones de comida estaban casi agotadas. El pan duro y la carne seca se habían racionado hasta las migajas, y las últimas existencias apenas les durarían un día más. El hambre les roía las entrañas, haciendo que los ánimos se encendieran y la moral se hundiera aún más.
A Marcus y a Lucius no les quedó más remedio que quedarse con los restos desmoronados de los rebeldes. Cada paso parecía más pesado que el anterior, y la creciente desesperación era palpable, un peso que todos cargaban. Ambos sabían de quién era la culpa, y fue un gesto amable por parte de Marcus no señalarlo, como muchos otros habrían hecho.
Marcus se removió incómodo, sus ojos recorriendo el campamento. Se mordisqueó el labio, sus dedos jugueteando con un hilo suelto de su manga. Finalmente, se volvió hacia Lucius, con voz baja e insegura. —¿Crees que él… ya sabes…? —dudó, y luego levantó una mano temblorosa hacia su cuello e hizo un gesto de cortar.
La cabeza de Lucius se giró bruscamente hacia Marcus, su rostro una mezcla de incredulidad y exasperación. —No seas ridículo. Inor nos necesita vivos. Somos su única baza. No es tan estúpido como para matar la única moneda de cambio que tiene; sin nosotros, no tiene nada, aunque tampoco es que tenga mucho ahora. No creo que se dé cuenta del poco valor que tenemos y de que ahora mismo tiene las peores cartas.
Marcus negó con la cabeza, su expresión ensombreciéndose. —No me refería a Inor.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire como una espesa niebla. A Lucius se le cortó la respiración y miró fijamente a Marcus, con el rostro pálido. —Que los Dioses no lo quieran —dijo bruscamente, negando con la cabeza—. Me niego a creer que le haría algo así a sus propios hombres. A nosotros, que marchamos con él desde las arenas de Arlania. Eso tiene que valer algo.
Marcus se inclinó más, su voz un susurro áspero. —Ahora es un monarca, Lucius. Eso lo cambia todo. ¿Recuerdas lo que dijo cuando aceptamos este trabajo? No dejar rastro. Ni cabos sueltos. Tendría más sentido que lo hiciera… a que no, seguro que te das cuenta. Nos hemos convertido en un inconveniente. —Se interrumpió, con un nudo en la garganta al pensarlo, porque incluso mientras intentaba defender su argumento, comprendía que estaba eligiendo ver el lado más oscuro de su ya negrísima situación.
Lucius apretó los puños, su voz temblorosa pero resuelta. —No. No, él no es así. No lo haría. Incluso me hizo un regalo por mi boda, unas botellas de sidra y jabón… de esas cosas que solo tienen los nobles. ¿De verdad crees que un hombre así le haría algo tan terrible a sus hombres? ¿A aquellos con los que caminó hacia la libertad?
Marcus suspiró profundamente, bajando la mirada al suelo. —Espero que tengas razón, de verdad que sí. Pero lo único que podemos hacer ahora es rezar para que tenga piedad de sus hombres. De nosotros.
Lucius no respondió. Se dio la vuelta, mirando las sombras parpadeantes de la hoguera, con la mandíbula tensa por la preocupación y la duda, y se estremeció cuando las palabras de Marcus empezaron a cobrar sentido.
Mientras estaban inmersos en su discusión, para gran disgusto del guardia que quería un poco de silencio, una figura sombría se acercó de repente a uno de los vigilantes que estaba cerca de ellos. El hombre se inclinó, susurrándole algo urgente mientras señalaba a Marcus y a Lucius.
Sus ojos se posaron en los dos hombres sentados cerca del fuego agonizante, entrecerrándose con recelo. Se ajustó la lanza en la mano y comenzó a caminar hacia ellos con pasos medidos.
—Levantaos —ladró el vigilante, su voz rasgando la quietud de la noche.
Marcus y Lucius intercambiaron una mirada cautelosa, pero obedecieron, levantándose con movimientos lentos.
—¿De qué se trata? —preguntó Lucius, intentando mantener un tono firme a pesar de la aprensión que se enroscaba en su pecho.
Los labios del vigilante se curvaron en una leve mueca de desdén. —Inor quiere veros. Ahora.
Marcus tragó saliva, con la garganta seca. —¿Para qué?
—¿Acaso os he pedido que habléis? —espetó el vigilante, su mano apretando el asta de la lanza—. Moveos. Ya es bastante malo tener que estar cuidando de vosotros dos.
Sin decir una palabra más, dio media vuelta y les hizo un gesto para que lo siguieran. Marcus y Lucius dudaron un instante antes de ponerse en marcha, con pasos pesados por el pavor mientras eran conducidos a las profundidades del campamento rebelde, hacia el destino que les aguardara.
Marcus y Lucius caminaban con dificultad por el campamento tenuemente iluminado.
El estado del campamento rebelde era imposible de ignorar. Rostros demacrados asomaban bajo capas andrajosas, con los ojos hundidos y vacíos por días de hambre. Una mujer estaba sentada cerca de un fuego humeante, acunando a un niño que gemía débilmente. Cerca de allí, un grupo de hombres discutía en susurros por una tira de carne seca, sus voces afiladas por la tensión.
Unos pocos rebeldes estaban sentados, golpeando piedras entre sí como entretenimiento con la poca fuerza que les quedaba, sus movimientos lentos. Otros se acurrucaban en pequeños grupos, murmurando quejas o mirando fijamente al suelo sin expresión. La sensación de derrota era palpable incluso para alguien sin manos; el espíritu antes desafiante de los rebeldes se había reducido a un silencio fatigado.
Marcus le dio un codazo a Lucius y gesticuló sutilmente a su alrededor, describiendo lo que hasta un niño pequeño podría haber notado. —Están en las últimas —murmuró.
—¡Silencio! —gritó el vigilante al oír hablar a sus espaldas, y siguió caminando.
El centro del campamento estaba un poco más animado, aunque no mucho. Una gran hoguera crepitaba, proyectando sombras parpadeantes sobre los rostros cansados que la rodeaban. En el corazón de todo ello se sentaba Inor, con expresión sombría y las manos aferradas a una abollada copa de metal que se llevaba a los labios de vez en cuando. Era una de las cosas que habían saqueado dentro de la fortaleza de Stitz, una copa de plata dorada de la que bebía el comandante enemigo y que Inor había tomado como botín.
Frente a él, sentado en un tronco toscamente tallado, había un hombre cuya presencia parecía extrañamente serena en medio de la desesperación del campamento. Era delgado y de mirada penetrante, con su oscura capa cuidadosamente colocada para ocultar gran parte de su complexión. Su postura era demasiado compuesta, demasiado discordante con su entorno.
Lucius sintió que se le paraba el corazón al reconocer al hombre. Era el mismo individuo que habían encontrado al principio de su misión; un mensajero, o eso había afirmado entonces.
La mirada del hombre se desvió, fijándose en Lucius y Marcus mientras se acercaban. Su expresión no cambió, pero había una inconfundible chispa de reconocimiento en sus ojos. Inclinó ligeramente la cabeza, con una leve sonrisa dibujándose en sus labios mientras los estudiaba como un depredador que calibra a su presa. Esta vez no llevaba capucha, lo que mostraba sus rasgos faciales a todo el que tuviera ojos. Y, desde luego, era un hombre de aspecto corriente, sin nada digno de mención, ni cicatrices, ni características que merecieran ser observadas. Era la definición literal de insulso.
Marcus se inclinó ligeramente hacia Lucius y le murmuró por lo bajo: —¿Lo conoces?
Lucius asintió, con voz tensa. —Ya nos lo hemos encontrado antes. Debe de estar aquí por nosotros.
Los ojos de Inor escanearon a Marcus y a Lucius. Contempló sus desaliñadas figuras: los rostros manchados de tierra, las mejillas hundidas, el cansancio grabado en cada línea de sus cuerpos. Un destello de algo —desprecio, quizás, o piedad— cruzó su rostro antes de que su boca se torciera en una leve sonrisa sin humor.
—Aquí están —dijo Inor, su voz cargada con el mismo cansancio que parecía impregnar todo el campamento. Hizo un gesto vago hacia Marcus y Lucius, dirigiéndose al hombre al otro lado de la hoguera—. Como puedes ver, están bastante bien. Me he asegurado de que los cuidaran. No han sufrido ningún daño como nuestros invitados.
El hombre al otro lado de las llamas se reclinó ligeramente, dejando que su mirada se detuviera en los dos cautivos. —Un poco demacrados, ¿no te parece? Supongo que no han comido muy bien. Aunque veo que no son los únicos. —Su voz era suave, casi burlona, pero tenía una frialdad que le revolvió el estómago a Lucius.
Inor soltó una risa sorda y sin humor, inclinándose para calentarse las manos junto al fuego. —La comida ha sido… un bien escaso últimamente. —Hizo un gesto vago hacia el campamento, donde los rostros demacrados y hundidos de los soldados que le quedaban contaban la historia que él no necesitaba verbalizar—. Nos gustaría mucho recibir algo antes de empezar las… conversaciones, por supuesto.
El hombre al otro lado del fuego enarcó una ceja, con una leve sonrisa tirando de la comisura de sus labios. —Naturalmente —murmuró, aunque su tono dejaba claro que la difícil situación de Inor le parecía tanto divertida como patética, o quizás sonreía por algo completamente distinto.
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