Adicto a Ella: La Irresistible Compañera por Contrato del Alfa - Capítulo 9
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- Capítulo 9 - 9 Capítulo 9 Tengo que escapar
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9: Capítulo 9: Tengo que escapar 9: Capítulo 9: Tengo que escapar Desperté con la luz del sol filtrándose a través de las gruesas cortinas, mi cuerpo era un mapa de dolores y ecos.
Era el quinto día o, al menos, eso era lo que mi mente nublada reconstruía de la bruma de los últimos.
El celo se había desatado durante tres días interminables, una tormenta brutal que Elías finalmente había sofocado, no por bondad, sino por un retorcido sentido de posesión.
Dioses, el recuerdo de aquello todavía me provocaba escalofríos.
Esas primeras horas a solas habían sido un puro tormento: mi centro contraiéndose en espasmos interminables y vacíos, los fluidos empapándolo todo, un dolor como carbones al rojo vivo abrasándome por dentro.
Había suplicado, gritado, con las muñecas en carne viva por las cuerdas, mi voz quebrándose en sollozos mientras sus feromonas me tentaban sin darme alivio.
Los omegas no estábamos hechos para la negación; nuestra biología exigía sumisión, consumación, o nos quebraríamos.
Cuando finalmente cedió, no fue con delicadeza.
—Pequeña traidora patética —se había burlado de mí.
Yo había garabateado mi nombre entre lágrimas, el bolígrafo resbalando entre mis dedos húmedos por los fluidos, cambiando libertad por alivio.
Y alivio me dio, en aquellos tres días de enredo febril.
Su nudo encajándose dentro de mí, aliviando el fuego con cada embestida, sus feromonas inundando mis sentidos hasta que el dolor se atenuó a una punzada sorda.
Pero siempre venía acompañado de burlas.
—Suplícalo, Naomi —me provocaba, manteniéndose fuera de mi alcance hasta que yo gemía—.
Demuéstrame cuánto necesitas al alfa que odias.
Sus caricias eran posesivas, brutales, dejando marcas en mis muslos y caderas que ahora todavía florecían en un tono morado.
El agotamiento se había apoderado de mí después, dos días de sueño intermitente, mi cuerpo recuperándose de la terrible experiencia.
Músculos doloridos, piel sensible, un dolor persistente en mi centro…
como si me hubieran estirado y rehecho.
Pero el celo había desaparecido, dejándome hueca, exprimida como un trapo.
Ahora me sentía mejor, al menos físicamente.
El fuego se había reducido a brasas, mis fluidos ya no eran una traición constante.
¿Pero emocionalmente?
Estaba hecha un desastre: humillada, atrapada, resintiendo cada segundo bajo su techo.
Unos suaves golpes en la puerta me sacaron de mi aturdimiento.
La puerta se abrió, revelando a una sirvienta beta, con expresión neutra y un aroma suave y nada amenazante.
—Señorita Naomi —dijo con amabilidad—, el Maestro Elías solicita que se una a él para el desayuno.
Permítame ayudarla a prepararse.
Asentí débilmente, demasiado agotada para protestar.
Me ayudó a levantarme de la cama, mis piernas temblaban como las de un cervatillo recién nacido.
El baño fue una bendición: el agua tibia aliviando mis moratones, sus manos eficientes mientras me lavaba el pelo, restregando los restos de sudor y…
otras cosas.
Hice una mueca de dolor cuando la esponja rozó un punto especialmente sensible en mi muslo interno, una marca de mordisco de la «ayuda» de Elías.
—¿Le duele?
—preguntó, con un atisbo de preocupación en sus ojos.
—Un poco —murmuré, pero era más que eso.
El dolor era un recordatorio de mi vulnerabilidad, de cómo se había burlado de mí incluso en la intimidad.
Vestida con un sencillo camisón —una tela suave que no rozaba mi piel sensible—, la sirvienta me condujo escaleras abajo.
La mansión era opulenta, toda de maderas oscuras y bordes dorados, una jaula disfrazada de lujo.
El estómago se me revolvió por los nervios cuando entramos en el comedor.
Elías estaba sentado a la cabecera de la larga mesa, impecablemente vestido con una camisa pulcra, su pelo oscuro bien peinado, y aquellos ojos grises se alzaron para encontrarse con los míos.
Guapo como siempre, pero frío, ahora siempre tan frío.
Evité su mirada, deslizándome en el asiento frente a él, concentrándome en la comida dispuesta: huevos, fruta, pan fresco.
Mi apetito era vacilante, pero me obligué a comer; la comida me anclaba a la realidad.
El silencio se alargó, roto solo por el tintineo de los cubiertos.
Finalmente, no pude contenerme más.
—Quiero…
quiero encontrar trabajo en otro sitio.
No puedo quedarme aquí sin hacer nada —dije, todavía sin levantar la vista.
Él se detuvo, con el tenedor a medio camino de su boca.
Luego, una risa grave que me heló la sangre.
—¿Trabajar en otro sitio?
Oh, Naomi, qué ocurrencia.
¿Ya planeas escaparte con tu otro alfa?
¿Ese con el que me has estado engañando todo este tiempo?
Levanté la cabeza de golpe, un ardor inundando mis mejillas; no de excitación, sino de ira.
—¡No hay otro alfa!
¿Cuántas veces tengo que decirlo?
Él se reclinó, sonriendo con suficiencia, con aquel brillo burlón en sus ojos.
—Supongo que tantas como haga falta para que te crea.
Pero tus mentiras se acumulan, pequeña omega.
Primero, lo niegas, luego asientes con la cabeza solo para manipularme.
¿Y ahora esto?
Buscando «empleo»…
¿qué, como la calientacamas de algún rival?
Tienes un gran talento para el engaño.
Agarré la servilleta, con los nudillos blancos.
Dioses, qué grosero era ahora, peor que antes.
En el pasado, sus puyas tenían un toque de juego, una chispa que insinuaba afecto bajo la fanfarronería de alfa.
¿Pero esto?
Puro veneno, mezclado con una sospecha que retorcía cada palabra que yo decía.
—No es así —protesté, con la voz más firme de lo que me sentía.
Un dolor residual palpitó entre mis piernas al moverme, un agudo recordatorio de las secuelas del celo—.
No puedo quedarme aquí sin trabajar.
Necesito independencia.
No seré tu mascota.
La risa de Elías fue cortante, resonando en las paredes.
—¿Independencia?
¿Del alfa que acaba de anudarte durante tu celo?
Qué rápido olvidas, Naomi.
Me estabas suplicando: «Lo que sea, Elías, por favor», retorciéndote como una puta en mi cama.
¿Y ahora quieres irte revoloteando a «trabajar»?
Ahórrate el numerito.
Seguramente estás conspirando con mis enemigos otra vez, usando esa cara bonita para abrirte paso en otra manada.
Las lágrimas asomaron a mis ojos, pero parpadeé para reprimirlas.
El dolor emocional golpeaba más fuerte de lo que el físico lo había hecho jamás: la humillación de aquellos días, su fría burla convirtiendo la intimidad en un interrogatorio.
—¡Lo estás tergiversando todo!
Firmé tu estúpido contrato porque no tenía otra opción, pero eso no me convierte en tu esclava.
Quiero un trabajo, algo normal.
¿Por qué no puedes entenderlo?
Dejó el tenedor sobre la mesa con un ruido metálico, su expresión se endureció.
—Porque no confío en ti, por eso.
Huiste hace tres años, desapareciste esa noche después de que nosotros…
después de todo.
Ayudaste a mis rivales, me traicionaste.
¿Y ahora, recién salida de mi cama, quieres «buscar empleo en otro sitio»?
Es de risa.
Patético, en realidad.
Las omegas como tú creen que pueden jugar, pero al final solo son peones.
—¡Yo no te traicioné!
—repliqué, alzando la voz.
La discusión subió de tono, mi pecho oprimido por la frustración—.
¿Es que nunca escuchas?
Siempre asumiendo lo peor, burlándote de mí como si fuera una villana conspiradora.
Elías se levantó bruscamente, la silla chirrió al arrastrarse hacia atrás.
Sus feromonas se dispararon —dominantes, abrumadoras—, haciendo que mi cuerpo respondiera instintivamente con un aleteo en el bajo vientre, incluso ahora.
Traicioneros instintos de omega.
—Sigue diciéndote eso, Naomi.
Pero no lo olvides, ahora eres mi compañera legal.
Ese contrato te ata.
Intenta huir, y te arrastraré de vuelta.
Todas.
Las.
Veces.
Dicho esto, dio media vuelta y salió a grandes zancadas, dejándome sola con el desayuno que se enfriaba.
Me desplomé en la silla, y las lágrimas por fin se derramaron.
El dolor ya no eran solo los moratones; era más profundo, un dolor en el alma por su crueldad implacable.
Me había ayudado a superar el celo, sí, pero ¿a qué precio?
Burlas, sospechas, una jaula creada por él.
¿Cómo habíamos llegado a esto?
Me sequé los ojos.
No podía seguir así, atrapada y menospreciada.
Pero ¿escapar de un alfa como Elías?
Parecía imposible.
Aun así, tenía que intentarlo.
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