After death, without memories - Capítulo 10
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10: Un vasto mundo – Parte 2 10: Un vasto mundo – Parte 2 Seis días pasaron como un suspiro.
El sol salía y caía, marcando el ritmo de mis intentos infructuosos.
Ocho pasos.
Solo ocho miserables pasos.
Estaba desplomado en el suelo, con el cuerpo adolorido y el orgullo herido.
Mi respiración era pesada, el sudor empapaba mi frente y mi corazón martilleaba en mi pecho, recordándome lo cerca que había estado… y lo lejos que aún me sentía.
¿Dos pasos?
¿Solo dos malditos pasos para alcanzar la meta?
Y, sin embargo, mis dudas seguían sin ser respondidas.
Pero ahora, más preguntas bullían en mi mente, inquietas y persistentes, como espinas clavadas en mi conciencia.
—Maestro… —mi voz salió más débil de lo que pretendía mientras levantaba la mirada hacia él—.
Nos hemos enfocado tanto en la magia que… —hice una pausa para tragar saliva—.
¿Acaso ha olvidado enseñarme esgrima?
El silencio que siguió fue tan espeso que casi podía escucharlo.
Ravenscroft desvió la mirada por un instante, como si estuviera eligiendo cuidadosamente sus palabras.
—Para serte sincero… —su tono era despreocupado, demasiado para mi gusto— la verdad es que sí, un poco.
¿Qué?
Sentí como si me hubieran dado un puñetazo directo al estómago.
Mi mente tardó en procesar esas palabras, dichas con tal calma que me desconcertaron aún más.
—¿¡Se le olvidó!?
—Mi incredulidad era palpable.
¿Cómo podía decir algo así tan tranquilo?
Pero antes de que pudiera replicar, su sonrisa confiada disipó parte de mi frustración.
—Tranquilo, muchacho.
—Su voz adquirió ese tono enigmático que siempre usaba cuando estaba a punto de soltar algo importante—.
No comas ansias.
Sé exactamente lo que hago.
—Pero maestro… —intenté protestar, pero él levantó una mano para detenerme.
—Te prometo que todo este esfuerzo dará frutos extraordinarios.
Sus palabras, aunque tranquilizadoras, no disiparon del todo mis dudas.
Pero… ¿cuándo me había fallado antes?
—Bueno… —suspiré, intentando calmar la tormenta dentro de mí—.
Si usted lo dice… —Ve a casa y descansa.
—Su tono fue más suave esta vez, casi paternal—.
Mañana empezaremos fortaleciendo tu mente.
*** Llegué más nervioso que nunca.
Fortalecer la mente… ¿Qué significaba eso exactamente?
¿Juegos estratégicos?
¿Ejercicios mentales?
¿O era otra de sus formas retorcidas de ponerme a prueba?
Nos encontramos en el claro de siempre, pero esta vez, mi maestro sostenía algo diferente.
—Drake, sígueme.
—Ordenó con un tono misterioso mientras cargaba un maletín de madera en su mano.
¿Un maletín?.
Sin decir nada, lo seguí en silencio, mi mente trabajando a toda velocidad para imaginar qué clase de “fortalecimiento mental” me esperaba.
Llegamos a una taberna.
Durante el día, el lugar servía comida y bebida para viajeros y mercaderes, pero por la noche… se transformaba en un bullicioso bar lleno de risas, canciones y apuestas.
Nos sentamos uno frente al otro en una mesa apartada, lejos del ruido que poco a poco comenzaba a llenar el lugar.
—Maestro… —rompí el silencio, incapaz de contener mi curiosidad—.
¿Por qué el maletín?
Una sonrisa traviesa apareció en su rostro, ese tipo de sonrisa que me ponía los nervios de punta.
—Aquí… —dijo mientras posaba el maletín sobre la mesa con cuidado— contengo uno de los mejores juegos de estrategia jamás creados en este mundo.
Abrí los ojos de par en par.
¿Un juego?
¿Esto era su idea de fortalecer la mente?
Ravenscroft abrió el maletín con un movimiento preciso, casi ceremonial, como si estuviera revelando un tesoro ancestral.
Dentro, había un tablero peculiar: cuadros blancos y otros del color de la madera, perfectamente alineados.
Las piezas, delicadamente talladas, estaban dispuestas con precisión.
Algunas tenían formas curiosas: caballos, torres, y otras figuras que no lograba identificar.
—¿Qué es esto, maestro?
—pregunté, incrédulo, inclinándome hacia adelante para observar mejor.
—Ajedrez.
—Dijo su nombre con un entusiasmo casi infantil.
—¿Ajedrez?
—repetí, confundido—.
¿Qué es un ajedrez?
—¿Eres o te haces?
—Ravenscroft me miró con una ceja arqueada y una sonrisa burlona pintada en su rostro—.¡Obviamente se puede comer!
¿Qué?.
Entendí de inmediato que se estaba burlando de mí.
Pero si él quería jugar, yo también podía seguirle el juego.
—¿En serio?
—Sonreí de forma inocente, tomando una de las piezas con forma de caballo—.
Pues… buen provecho.
Llevé el caballo hacia mi boca, fingiendo que iba a morderlo.
Por un segundo, vi una chispa de auténtico pánico en los ojos de Ravenscroft.
—¡No lo hagas, niño!
—exclamó, con una mezcla de miedo y horror genuino.
Solté una carcajada y dejé el caballo en su lugar.
—Entonces… explíqueme qué es el ajedrez, maestro.
Ravenscroft suspiró, aliviado, pero no pudo evitar soltar una leve risa.
—Muy bien, pequeño bromista… —dijo mientras comenzaba a colocar las piezas en sus posiciones originales—.
Escucha bien.
—Este es un juego de estrategia, —empezó, su tono cambiando a uno más serio—.
El objetivo es capturar al rey enemigo.
Sus manos se movieron con destreza, señalando las distintas piezas mientras hablaba.
—Ambos tenemos dieciséis piezas.
Estos de aquí, con cabeza redonda, son peones.
Avanzan poco, pero si los subestimas… podrías perder.
—¿Y estos?
—pregunté, señalando las piezas que tenían forma de torres.
—Ah, las torres.
—Una leve sonrisa curvó sus labios—.
Firmes, poderosas y letales si las usas bien.
—¿Y los caballos?
—Mis ojos se posaron en las figuras que había estado a punto de “comer”.
—Juguetones y astutos, —dijo, con un destello de admiración en la mirada—, capaces de saltar sobre las piezas y atacar desde ángulos inesperados.
—¿Y estos?
—señalé las piezas con una forma afilada, como dagas.
—Los alfiles… —susurró, casi con reverencia—.
Verdugos silenciosos, que cortan diagonales con precisión mortal.
Finalmente, sus dedos rozaron la pieza más majestuosa del tablero.
—La reina.
—Su voz bajó un poco, casi como si temiera pronunciar ese nombre—.
Hermosa… pero letal.
Puede moverse en cualquier dirección y arrasar con todo a su paso.
—¿Y el rey?
—pregunté, notando que había guardado esa pieza para el final.
—El más importante.
—Su mirada se clavó en la figura del rey—.
El que debes proteger a toda costa.
Si pierdes al rey… —hizo una pausa, dejando que el peso de sus palabras cayera sobre mí— todo está perdido.
Un escalofrío recorrió mi espalda.
Este no era solo un juego.
Esto era… guerra.
—¿Listo para aprender, Drake?
—susurró Ravenscroft, con una chispa de desafío en los ojos.
—Listo, maestro.
—respondí, sintiendo que algo dentro de mí acababa de cambiar.
Con calma, coloqué cada pieza en su lugar.
El eco de la madera resonó suavemente sobre el tablero cuando la última figura encontró su posición.
Entonces, él comenzó a hablar.
—Aprenderás que la mente es tu mejor arma.
Este juego… —hizo una pausa, dejando que el silencio envolviera sus palabras— puede enseñarte más de lo que imaginas.
Su dedo recorrió lentamente el borde del tablero, deteniéndose en una esquina.
—Esta esquina es “a”, la siguiente “b”, y así hasta llegar a “h”.
—Su voz era firme, pero había un dejo de paciencia, como quien transmite un conocimiento ancestral—.
Los números van del uno al ocho… pero si juegas con negras, deberás verlo al revés: del ocho al uno, y de “h” hasta “a”.
Siempre sigue el mismo orden, sin importar si llevas las piezas blancas o negras.
Sus ojos se clavaron en mí, buscando asegurarse de que comprendía.
Asentí en silencio, y él continuó.
—Los peones… —tomó uno con delicadeza, como si fuera un soldado esperando órdenes— avanzan cuadro por cuadro, lentos, constantes, pacientes.
Pero en su primer movimiento, pueden avanzar dos casillas.
Y si un peón enemigo avanza junto al tuyo con ese salto… —hizo una pausa para darle peso a sus palabras— puedes capturarlo al paso, en diagonal.
—¿Sin excepción?
—pregunté, casi en un susurro.
—Sin excepción.
—Asintió con gravedad, colocando el peón de vuelta en su lugar—.
Los peones siempre van en la segunda fila, al frente de todos, como la primera línea de defensa.
—Como en las guerras… ¿verdad, maestro?
Una sonrisa fugaz cruzó su rostro.
—Exacto.
Un ejército disciplinado puede ser lo más valioso para la supervivencia de un reino.
Tomó una torre y la deslizó suavemente.
—Las torres… —dijo, su voz adquiría ahora un matiz de autoridad— se mueven recto, adelante, atrás o a los lados.
Firmes.
Inquebrantables.
—Colocó la torre en la esquina del tablero—.
Siempre ocupan las esquinas, vigilantes desde lejos.
A su lado, los caballos aguardaban.
Tomó uno y lo movió con precisión.
—Los caballos… —sus ojos brillaron al hablar de ellos— son impredecibles.
Se mueven en forma de “L”, saltan sobre las demás piezas.
Un buen jugador sabe que los caballos pueden ser mortales si se mueven con astucia.
Sus dedos encontraron ahora los alfiles, deslizándolos por el tablero en movimientos diagonales.
—Los alfiles… —susurró— se deslizan en diagonales afiladas, como cuchillas silenciosas.
Pero cuidado… —me advirtió, con una mirada seria— pueden quedar atrapados si su camino es bloqueado.
Y entonces llegó la reina.
La sostuvo por un momento, como si pesara más que las demás piezas.
—La reina… —dijo casi en reverencia— es la pieza más poderosa del tablero.
Puede moverse en todas direcciones, tan letal como versátil.
Pero… —sus ojos se oscurecieron— un mal uso de su poder puede acarrear la ruina.
Por último, tomó al rey.
—Y el rey… —su voz se volvió solemne— él es lento… solo puede moverse un cuadro en cualquier dirección, pero su protección es vital.
Si el rey cae… —dejó la pieza en su lugar con suavidad— el reino entero cae con él.
El tablero estaba completo, las piezas listas para la batalla.
Me miró fijamente, como si el verdadero juego estuviera apenas por comenzar.
—Recuerda… —su voz era casi un eco—, en este tablero, como en la vida, cada movimiento puede cambiar el destino.
—Tendré piedad contigo… No haré que el juego termine tan pronto.
—Su voz resonó con una calma inquietante, como si ya supiera el desenlace.
—Vaya, qué considerado, maestro.
Sería un abuso si no lo hiciera.
—Respondí con una sonrisa que escondía nervios.
Así comenzó mi primera partida de ajedrez.
Me asignaron las piezas blancas, y con un movimiento decidido, avancé el peón a e4.
Él, imperturbable, replicó mi jugada con una precisión casi mecánica.
Luego, desplacé otro peón a d3, y una vez más, su respuesta fue idéntica.
Era como si cada uno de mis movimientos estuviera siendo reflejado en un espejo invisible.
—Maestro… ¿quién fue el creador de este juego?
—pregunté mientras mis dedos rozaban la torre, analizando el tablero.
—Dicen que fue un aventurero… alguien que estaba muy adelantado a su tiempo.
Un ser… que bien podría haber venido de otro mundo.
“¿Otro mundo?” Esa palabra quedó suspendida en mi mente, como un eco que se negaba a desvanecerse.
Sentí un leve escalofrío recorrer mi espalda.
Algo en esa idea me inquietaba más de lo que debería.
—¿Y qué sucedió con él?
—Mi voz apenas fue un murmullo, casi temiendo la respuesta.
—Murió hace mucho… pero su legado perdura en este juego fascinante.
—¿No tenía un nombre?
—Nadie lo sabe.
Se llevó ese secreto a la tumba.
El silencio que siguió no fue incómodo, pero pesaba como una sombra.
Mis ojos volvieron al tablero, pero mi mente seguía vagando… ¿Y si ese “otro mundo” no era solo una metáfora?
¿Y si aquel aventurero dejó algo más que un juego tras de sí?
Poco a poco, comencé a comprender el juego.
No se trataba solo de mover piezas al azar, sino de anticipar el siguiente movimiento de mi oponente, de pensar más allá de la jugada inmediata.
Era una idea fascinante, como un duelo de mentes en el que cada decisión podía sellar el destino de la partida.
Pero antes de que pudiera planear mi siguiente movimiento, la voz de mi maestro resonó con calma y certeza: —Jaque mate.
Parpadeé, confundido.
—¿Qué?
¿Qué significa eso?
Ravenscroft esbozó una leve sonrisa, apoyando los codos sobre la mesa.
—La frase “jaque mate” hace alusión a la captura del rey, a un punto en el que ya no tiene ningún movimiento que le permita escapar.
En ese momento, la partida termina.
Me incliné hacia adelante, intrigado.
—Oh… eso suena increíble.
¡Otra partida, por favor!
Mi maestro asintió con satisfacción.
—Por supuesto, para eso estamos aquí.
Pero ahora que ya comprendes lo básico, agregaremos un poco más de dificultad.
Fruncí el ceño con curiosidad.
—¿A qué se refiere?
—Mira, cada vez que una pieza ataca directamente al rey, se le llama “jaque”.
Cuando eso sucede, tienes la obligación de protegerlo, moverlo o eliminar la pieza que lo amenaza.
Observé el tablero con atención y tomé el alfil, deslizándolo con cuidado hasta que quedó en posición de ataque.
—Creo que entendí… si coloco mi alfil aquí y amenaza a su rey, usted tiene que moverlo, protegerlo o capturar mi alfil.
Ravenscroft asintió con aprobación.
—Exactamente.
Ahora bien, hay otro movimiento especial que debes conocer.
Cuando las piezas que separan al rey de la torre han sido desplazadas, puedes ejecutar una maniobra estratégica conocida como “enroque”.
Este movimiento coloca al rey en una posición más segura detrás de una línea de peones y activa la torre, haciéndola más útil en la partida.
Me quedé boquiabierto.
—¡Eso es increíble!
—Y aún hay más.
A veces, puedes sacrificar una pieza para atraer a tu oponente a una trampa, ofreciéndole lo que parece un regalo, pero que en realidad es un engaño.
A esta estrategia se le conoce como “gambito”.
Mis ojos brillaron con emoción.
—¿Entonces eso significa que estoy haciendo un sacrificio por un bien mayor?
Ravenscroft sonrió con orgullo.
—Exactamente.
Y si aprendes a usarlo bien… el verdadero jaque mate será siempre el tuyo.
—Ahora, Drake, tengo una pregunta para ti.—La voz de mi maestro adquirió un tono intrigante, como si estuviera a punto de revelarme un gran secreto.
Parpadee con curiosidad antes de esbozar una sonrisa entusiasta.
—¿De verdad?
¿Cuál es?
Se inclinó ligeramente la cabeza, observándome con una mezcla de seriedad y diversión.—Dime… ¿sabes sumar?
Solté una risita, casi ofendido por la simplicidad de la pregunta.
—¡Por supuesto!
Mis padres me enseñaron.
También sé restar.
—Vaya, eso es impresionante —respondió cruzándose de brazos—.
Entonces, supongo que no necesitarás aprender aritmética avanzada.
Ladee la cabeza, confundido.
—Enserio… ¿sumar y restar es aritmética avanzada?
—Claro que sí.
—afirmó mi maestro con calma.—No todos en el reino tienen el privilegio de conocer siquiera lo básico de las matemáticas.
Poder sumar y restar ya te pone por encima de muchos.
Abrí la boca para responder, pero sus palabras me dejaron pensativo.
Siempre había asumido que todo el mundo sabía lo mismo que yo, que estos conocimientos eran primordiales —No lo sabía… Pensé que cualquiera podría aprenderlo.
El suspiró, con una leve sonrisa melancólica.
—No tienes la culpa de pensar así, Drake.
Has crecido en un hogar donde la educación es un derecho, no un lujo.
Pero ahora que lo sabes, es importante que comprendas el valor del conocimiento… y que no lo des por sentado.
Guardé silencio por un momento, como si aquella idea se asentara lentamente en su mente.
Finalmente, asentí.
—Supongo que con el tiempo lo comprenderé mejor, ¿no?
Mi maestro sonrió con aprobación.
—Así es.
Y ese, es el primer paso hacia la verdadera sabiduría.
*** Así pasaron dos días enteros dedicados al ajedrez, donde cada partida se convertía en una batalla mental, hasta que finalmente regresamos al entrenamiento de magia.
Retomamos justo donde lo habíamos dejado, y ahora podía avanzar ocho pasos con mayor facilidad.
Sin embargo, aún no alcanzaba la meta de los diez.
—Maestro, entiendo que no quiera responder mis preguntas… —dije con cautela—.
Pero ¿por qué aún no me ha enseñado ningún hechizo?
Ravenscroft me miró con una expresión enigmática, como si ya hubiera esperado esa pregunta.
—Hmmm… Hagamos un trato —dijo tras unos segundos de reflexión—.
Te enseñaré un hechizo ahora, pero las preguntas que tenías antes de completar los diez pasos… solo las responderé cuando llegues a veinte.
Fruncí el ceño, debatiéndome internamente.
La oferta era tentadora, pero un hechizo… Un hechizo valía más que cualquier respuesta.
—De acuerdo, tenemos un trato.
¡Por favor, enséñeme un hechizo!
—Está bien.
Usa la esfera de agua que formaste antes —instruyó—.
Ahora, recita estas palabras: “Bola de agua”.
No parecía complicado.
Tomé aire y pronuncié con firmeza: —¡Bola de agua!
Apenas terminé de decirlo, sentí una presión abrumadora sobre mi cuerpo, como si un peso invisible se aferrara a mis hombros.
Al mismo tiempo, un escalofrío me recorrió la espalda cuando mi energía comenzó a drenarse de golpe.
—¿Qué rayos…?
—jadeé, sorprendido.
Ravenscroft esbozó una leve sonrisa.
—Lo sentiste, ¿verdad?
Como si algo estuviera empujándote hacia abajo.
—¡Sí!
¿Cómo es posible?
Antes no sentí nada parecido al manipular el agua… —Porque ahora estás invocando una fuerza mayor.
En otras palabras, ya no solo usas tu propia energía, sino que estás canalizando el poder de los dioses.
Sus palabras hicieron que un escalofrío recorriera mi espalda.
—Ahora, disuelve el hechizo.
Es momento de enseñarte algo más.
—¿Cómo lo hago?
—Concéntrate en la energía acumulada y, como si abrieras tu mano tras apretar un puño, deja que se disperse.
Cerré los ojos y seguí sus indicaciones.
Con un poco de esfuerzo, sentí cómo la tensión desaparecía, como si liberara una tensión que me sujetaba con fuerza.
—Mucho mejor —asintió el maestro—.
Ahora que lograste conjurar tu primer hechizo, es momento de aprender a lanzarlo.
—Toma una piedra —dijo, lanzándome una pequeña—.
Siente su peso, nota su textura en tu mano y graba esa sensación en tu mente.
Seguí sus instrucciones, concentrándome en el objeto en mi palma.
—Ahora, lánzala.
Y enfócate en cómo deja tu mano.
Obedecí sin cuestionar.
La piedra voló por el aire y aterrizó a una corta distancia frente a mí.
—Para lanzar hechizos, el principio es el mismo —explicó Ravenscroft—.
Con la práctica, lo harás de manera natural, sin siquiera pensarlo.
Ahora, forma el hechizo otra vez y lánzalo con todas tus fuerzas.
Inspiré profundamente, recreando la sensación en mi mente.
Esta vez, la esfera de agua surgió con mayor estabilidad en mi mano derecha.
Recordando la lección de la piedra, llevé el orbe hacia atrás, a la altura de mi cabeza, y con todas mis fuerzas lo arrojé.
—¡Bola de agua!
La bola de agua salió disparada a una repidez sorprendente.
Apenas tuve tiempo de seguirlo con la mirada antes de que impactara contra un árbol, dejando un agujero lo suficientemente grande como para que una familia de aves hiciera su nido en él.
Mi maestro observó el resultado con una mezcla de aprobación y satisfacción.
—Impresionante.
Yo, en cambio, estaba boquiabierto.
—¡Wow!
¿En serio hice eso?
Pensé que el daño sería menor… Ravenscroft alzó una ceja con una expresión divertida.
—¿Acaso dudaste de mis métodos de entrenamiento?
Apreté los labios, sintiendo un ligero nudo en la garganta.
—Bueno… un poco.
Para mi sorpresa, soltó una leve risa.
—No te preocupes, no te regañaré por ello.
Pero nunca más dudes de mí, Drake.
Te guiaré con éxito en el camino de la magia REFLEXIONES DE LOS CREADORES ManuelTP11 Si quieres estar al tanto de las actualizaciones de la novela o apoyar este viaje, puedes seguirme en: https://x.com/ManuelBrr07
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com