After death, without memories - Capítulo 11
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11: Descubierto – Parte 1 11: Descubierto – Parte 1 El día anterior había logrado lanzar mi primer hechizo.
Una pequeña hazaña, tal vez… pero para mí, se sentía como tocar el cielo con la punta de los dedos.
La emoción seguía latiendo en mi pecho, imposible de disimular.
Supongo que para mamá y papá debió ser extraño verme tan animado sin razón aparente; sin embargo, no preguntaron nada.
Eso, de alguna manera, me resultó aún más sospechoso.
Desde el infame incidente de la pata de cerdo, habían estado mucho más atentos a mis cambios de humor, mis travesuras y mis silencios.
Quizá esta vez estaban esperando que fuera yo quien, por voluntad propia, eligiera confiar en ellos.
Si llegaban a preguntar, ya tenía preparado un plan: diría que estaba ansioso por volver a entrenar con el tío Leo.
Una mentira a medias, una forma de proteger la sorpresa que, llegado el momento, les revelaría con orgullo.
Y como si mis pensamientos hubieran invocado al destino, esta mañana papá me interceptó justo cuando estaba a punto de salir.
—Drake —me llamó, con esa voz que siempre parecía contener una sonrisa—.
¿No quieres que te enseñemos algo de esgrima mientras Leo regresa a la ciudad?
Me detuve, disimulando los nervios que me recorrieron el cuerpo.
—No, papá, estoy bien —respondí con la mejor serenidad que pude fingir—.
Seré paciente y esperaré su regreso.
Ya he esperado cinco años… unos cuantos días más no harán diferencia.
Papá me observó en silencio, los ojos entrecerrados, como quien intenta ver más allá de las palabras.
Yo mantuve su mirada, decidido a no ceder…
pero entonces sentí algo más.
Un escalofrío, una presión en el ambiente.
Con disimulo, moví mis ojos hacia los lados, y allí la vi: mamá, plantada en el umbral de la cocina, con el ceño fruncido y los brazos cruzados, observando cada gesto nuestro como un halcón.
Ahora no era un simple intercambio de miradas entre padre e hijo.
Era un duelo de tres frentes, una guerra silenciosa donde yo era el campo de batalla.
El tiempo pareció detenerse.
Nadie se movía.
Nadie hablaba.
Finalmente, fue papá quien rompió la tensión.
—Ah, casi lo olvido —dijo, como si de verdad hubiera recordado algo.
Se acercó a mamá y le plantó un beso ligero en la mejilla, luego se inclinó para besar la frente de Thomas, que jugaba en el suelo, y le susurró algo que no alcancé a oír.
—¡Nos vemos luego, los amo!
—gritó mientras abría la puerta y se alejaba bajo la luz de la mañana.
Mamá respondió de inmediato, su voz resonando como un escudo alzado: —¡Nosotros también!
Y allí quedamos, ella y yo, mirándonos como dos duelistas que no bajan la guardia ni después de que suena la campana.
Decidí actuar con la estrategia más antigua del mundo: retirada.
Me giré lentamente hacia la salida, soltando una sonrisa forzada, temblorosa, como un prisionero que intenta parecer inofensivo ante su carcelero.
Mamá no dijo una palabra.
No necesitaba hacerlo.
Su ceño fruncido me acompañó hasta que crucé la puerta… y así terminó aquel pequeño duelo silencioso.
Un duelo que, en otras circunstancias, podría haber costado mucho más que unas simples miradas *** Seguía concentrado en el ejercicio de los veinte pasos con la esfera de agua flotando entre mis manos.
Aunque ya no sentía el mismo agotamiento que al principio, cada intento terminaba de la misma forma: la esfera colapsaba antes de alcanzar siquiera el décimo paso.
¿Qué me falta?
¿Qué detalle estoy pasando por alto para lograr los diez pasos sin romper la concentración?
—Te noto frustrado, Drake —dijo Ravenscroft, su tono tranquilo pero atento, como si hubiera estado observando cada intento sin intervenir—.
¿En qué estás pensando?
—En el noveno paso —respondí, sin ocultar mi irritación.
—¿Y por qué precisamente ese?
—Siento que me falta algo… como si hubiera una pieza del rompecabezas que no consigo ver.
Un error sutil.
Pero real.
—Y si en vez de buscar lo que te falta —sugirió con un dejo de picardía—, ¿por qué no intentas buscar otro camino?
Me quedé en silencio, meditando sus palabras.
—¿Otro camino?
Podría intentar reducir el tamaño de la esfera… pero eso requeriría aún más precisión.
Hacerla más grande solo consumiría más maná y sería insostenible… John sonrió levemente.
Sus ojos brillaban con un orgullo silencioso.
Sabía que no necesitaba darme la respuesta; solo debía empujarme a buscarla yo mismo.
—¿Y si… la divido?
—musité—.
Partirla en dos mitades… Tal vez eso me dé más control.
No lo pensé más.
Disolví la esfera original y reuní maná en ambas manos.
Sentí cómo me drenaba más rápido, pero no de la misma forma que antes.
Había algo distinto, algo más estable… aunque más exigente.
Es un riesgo.
Pero vale la pena.
Creé dos esferas más pequeñas.
Aunque el esfuerzo era mayor, me sorprendió no sentirme al límite tras los primeros pasos.
Avancé con cautela.
Uno.
Dos.
Tres.
La tensión en mi cuerpo aumentaba con cada paso, pero todavía me sostenía.
Cuatro.
Cinco.
Las piernas se volvían más pesadas, como si cada movimiento exigiera más determinación, pero no se rendían.
Sé que esto no es gratis.
Algo me va a cobrar este esfuerzo.
Pero quiero descubrir hasta dónde puedo llegar.
Al llegar al octavo paso, sentí que tocaba mi límite.
Respiré hondo.
El sudor resbalaba por mi frente.
Avancé con cautela… y lo logré.
El noveno paso quedó atrás.
Apenas tuve tiempo de celebrarlo cuando me impulsé al décimo.
Entonces, las fuerzas abandonaron mis piernas.
Caí de rodillas, jadeando con violencia.
El suelo estaba frío, pero mi cuerpo ardía.
El corazón me golpeaba dentro del pecho como si quisiera escapar.
¿Este es el precio… por usar magia en ambas manos?
—Felicidades, Drake —escuché la voz de John, calmada pero genuinamente satisfecha—.
Has dado diez pasos.
¿Cómo te sientes al lograrlo?
—Sorprendido… y completamente agotado —dije entre jadeos, sin alzar la cabeza.
—Dime, ¿crees que elegiste el camino más fácil o el más difícil?
—No lo sé… —murmuré, aún luchando por recuperar el aliento—.
Solo sé que funcionó.
—Y eso es lo que importa —asintió con aprobación—.
Tomaste la ruta más compleja… pero también la más gratificante.
Eso, irónicamente, es la verdadera esencia de la magia: observar, analizar, adaptarse… crear.
Se acercó, con una seriedad tranquila en la voz.
—Drake, algún día si te los propones, no solo repetirás hechizos… los crearás.
Porque con disciplina, claridad mental y una imaginación sorprendente, el único límite será el cielo.
*** Estaba a punto de salir, como de costumbre, rumbo a mi entrenamiento.
El sol aún no había alcanzado su cenit, y la brisa fresca de la mañana acariciaba mi rostro.
Sin embargo, antes de que pudiera cruzar la puerta, la voz de mi madre me detuvo.
—Drake… —su tono era suave, pero cargado de sospecha—.
Últimamente has estado mucho fuera de casa.
¿Algo que quieras decir al respecto?
Su mirada era inquisitiva, como si ya sospechara la verdad.
Un escalofrío recorrió mi espalda.
No puedo seguir ocultándolo… Sabía que tarde o temprano me descubrirían.
Ya no había escapatoria.
—Era… —titubeé, buscando las palabras correctas— una sorpresa para ti y papá.
Mamá frunció el ceño, su rostro reflejaba una mezcla de incredulidad y desconfianza.
—¿No estarás pensando en hacer otra de tus bromas, verdad?
—preguntó, con ese tono que hacía que mi estómago se encogiera.
—No, no… —negué de inmediato, intentando calmar sus sospechas—.
No es nada de eso, te lo prometo.
Tragué saliva.
La garganta se me secó y el corazón latía como un tambor.
Si mamá se enteraba de la verdad… ¿qué pensaría?
¿Qué harían ella y papá?
El alivio suavizó sus facciones, pero su curiosidad no desapareció.
—Entonces… —su mirada se clavó en mí— ¿qué es?
Tragué una vez más saliva.
Había llegado el momento.
—Estoy aprendiendo magia y esgrima.
El silencio que siguió pareció eterno.
Su expresión cambió de sorpresa a preocupación.
—¿Magia…?
—susurró, como si temiera pronunciar la palabra—.
¿Quién te está enseñando?
¿Acaso es… Leo?
¿Ya regreso a la ciudad?
—No.
—Sacudí la cabeza—.
No es el tío Leo.
—¿Entonces…?
—Mi maestro es John Ravenscroft.
El nombre pareció revolotear en el aire, dejando una inquietud palpable.
Mamá parpadeó, tratando de recordar si ese nombre significaba algo para ella… pero no encontró nada.
—¿Drake…?
—su voz bajó un poco, casi con cautela—.
¿Habría algún problema si tu padre y yo conociéramos a esa persona?
El cambio en su tono me puso en alerta.
No dijo “papá”, dijo “padre”.
Esa formalidad solo aparecía cuando desconfiaba… y ahora, dudaba de mi maestro.
—Claro que no, mamá.
—Forcé una sonrisa—.
¿Qué te parece si lo invito a cenar con nosotros uno de estos días?
—Me parece… perfecto.
—Aunque aceptó, su mirada seguía nublada por la incertidumbre.
*** Me dirigí a mi entrenamiento con el corazón aún un poco agitado.
La conversación con mamá rondaba en mi mente, pero intenté sacudírmela mientras cruzaba el campo en dirección al claro donde solía practicar.
Al encontrarme con Ravenscroft, lo saludé con una inclinación leve, como me había enseñado, y sin pensarlo demasiado solté la pregunta que llevaba repitiéndome mentalmente desde que salí de casa.
—Maestro… mi mamá quería saber si le gustaría venir a cenar con nosotros, algún día de estos.
Su expresión se congeló por un instante.
No fue miedo… pero sí una especie de cálculo silencioso, como si en su mente ya se desplegaran mil escenarios posibles.
—Claro… ¿por qué no?
—respondió con una sonrisa que tardó un poco más de lo habitual en llegar a sus labios—.
Dile que dentro de dos días estaría bien.
Así tengo tiempo para… prepararme como se debe.
¿Prepararse?
Fruncí el ceño.
Es solo una cena… ¿no?
—Perfecto —dije, aunque no pude evitar sentir que su respuesta escondía algo más de lo que estaba dispuesto a decir—.
Se lo diré a mamá.
Asintió y, tras un breve silencio, retomó su postura.
Pero durante el resto del entrenamiento, no pude evitar notar cómo sus movimientos, aunque precisos como siempre, estaban cargados de cierta tensión.
Como si, por dentro, él también supiera que esa cena sería mucho más que una simple velada familiar.
*** El día esperado llegó.
La cena con mi maestro y mi familia.
Todo estaba dispuesto: la mesa adornada con esmero, los aromas llenando la casa, las sillas esperando ocupantes como si supieran que esa noche no sería como las demás.
Solo faltaba él.
—Toc, toc.
Los nudillos contra la madera retumbaron más fuerte de lo que debían.
O quizás fue mi imaginación.
Mamá fue la primera en reaccionar, adelantándose a papá con la compostura de quien sabe que la primera impresión puede marcarlo todo.
—Buenas noches, señorita.
Me presento, soy John Ravenscroft, el maestro de su pequeño.
Un placer conocerla.
—El placer es mío.
—Soy Angie, la madre de Drake —respondió mamá, con una sonrisa amable, aunque sus ojos aún evaluaban con cuidado.
Papá apareció enseguida junto a ella, como si no quisiera dejarla sola frente a aquel hombre enigmático.
—Es un gusto conocerlo, señor Ravenscroft.
—Soy Ethan, el padre de Drake —dijo, estrechando su mano con firmeza.
Su tono era cordial, pero su mirada, inquisitiva.
Como si cada palabra del maestro pasara por un filtro invisible.
—Gracias por recibirme.
De verdad, aprecio esta invitación —respondió John con serenidad—.
Es un honor compartir la mesa con una familia tan… singular.
Entonces, John extendió las manos con un gesto ceremonioso.
—Permítanme ofrecer un pequeño obsequio, como muestra de respeto.
Para mamá, un ramo de rosas amarillas.
Extraño color.
¿Simbolizarían algo?
¿Amistad, quizá?
¿Admiración?
Para papá, una elegante botella de licor oscuro, de los que solo se abren en ocasiones especiales.
Tomé nota mental: Cuando sea el momento, yo también aprenderé a presentarme así.
Nos sentamos.
Las sonrisas eran medidas, educadas.
El ambiente estaba cargado de cortesía… y algo más.
Como si todos supiéramos que esa cena no era solo para compartir alimentos.
Era una prueba.
Un examen mutuo.
Cada gesto, cada palabra, era observado con atención.
Durante un rato, solo se escuchaban los cubiertos y el crujido del pan.
Hasta que mamá rompió el silencio con naturalidad, como quien tantea el terreno antes de dar el primer paso en falso.
—Señor Ravenscroft, ¿puedo preguntarle cuántos años tiene?
—Por supuesto.
A día de hoy, tengo doscientos veintidós años —respondió sin inmutarse, como si hablara del clima.
Mamá arqueó las cejas, divertida.
—Quitando un par de siglos, estaría muy cerca de nuestra edad.
Ethan y yo apenas tenemos veinticuatro.
John soltó una sonrisa leve, pero genuina.
—Debe estar bromeando.
Ambos, sin duda, aparentan menos.
Yo les habría dado, con suerte, dieciocho.
Pude notar cómo, pese a su porte firme, mamá se sonrojó ligeramente.
Fue un gesto tan sutil como inesperado.
Papá, sin perder el ritmo, tomó la palabra.
—Hablando por los dos, lo agradecemos.
Aunque con niños pequeños, mantener el aspecto fresco es casi un milagro.
—Eso lo entiendo muy bien, señor Ethan —respondió John, con una inclinación de cabeza.
La conversación fluyó con más soltura después de eso.
Y entonces, papá cambió de tema.
—Y dígame, señor Ravenscroft… ¿está casado?
—Sí, por supuesto —respondió, con un tono que no daba pie a muchas más preguntas, pero sin cerrarse del todo.
—Disculpe la pregunta.
Es solo curiosidad.
Hasta ahora, he conocido muy pocos elfos, y la mayoría viajaba solos.
Muchos preferían la compañía del camino antes que la de una pareja.
—Lo comprendo —asintió John, con una leve nostalgia en la mirada—.
Hay algo profundamente liberador en viajar solo.
Decidir por uno mismo, sin tener que considerar a nadie más.
Pero también… hay momentos en que compartir el trayecto con alguien lo convierte en algo aún más valioso.
Hizo una pausa, como si recordara algo.
—Aunque, sí… solía disfrutar más de los caminos cuando no llevaba equipaje emocional.
Supongo que todos pasamos por esa etapa.
Papá soltó una risa breve, relajada.
—Sí… yo también la viví.
Hace no tanto, en realidad.
La tensión inicial ya no era tan densa.
Los rostros se habían suavizado.
Las palabras comenzaban a fluir sin la carga de las dudas iniciales.
Y yo, sentado entre todos, solo tenía una misión esa noche: escuchar.
Aprender.
Yo, sentado entre ellos, comprendí que esa cena no era solo para conocerse… era también para observar.
Para aprender.
Para entender cómo los adultos juegan sus propias partidas, aunque los platos estén llenos de comida y las copas apenas tocadas.
Y justo cuando el ambiente parecía alcanzar cierta armonía, un llanto infantil rompió el equilibrio.
Era Thomas.
Mamá se levantó de inmediato, con la naturalidad que solo una madre puede tener.
—Disculpen… —dijo con una sonrisa cansada mientras se alejaba de la mesa.
—No tiene por qué preocuparse —respondió Ravenscroft, con una voz serena que parecía envolver la habitación en calma.
Cuando mamá regresó con Thomas en brazos, el silencio fue absoluto.
Pero no por incomodidad, sino por sorpresa: el bebé, ahora en brazos, había dejado de llorar.
Se limitaba a mirar fijamente a John, con esos ojos grandes que parecían ver más de lo que uno esperaría.
—Él es Thomas, señor Ravenscroft —dijo mamá, meciendo al pequeño con ternura.
John observó al niño con una expresión suave, casi paternal.
—Se parece más a usted, señorita Angie —comentó—.
Mientras que Drake… lleva mucho del señor Ethan en la mirada.
—Eso es cierto —asintió papá, con una media sonrisa.
—Señor Ravenscroft —intervino mamá, con curiosidad sincera—, ¿usted fue aventurero alguna vez?
—Durante mucho tiempo, sí —respondió John, sin jactancia—.
Ahora tengo un trabajo diferente, más tranquilo… aunque aún acepto misiones de vez en cuando.
No me gusta perder la práctica.
—¿Y es tan peligroso como dicen?
—preguntó ella, inclinándose un poco hacia adelante.
John se tomó un instante antes de responder.—En estos tiempos… no tanto.
Pero el peligro nunca desaparece del todo.
Solo cambia de forma.
Mamá lo escuchaba con atención, incluso mientras acunaba a Thomas.
Era evidente que no le interesaban las gestas heroicas, sino la clase de vida que alguien como John podía llevar.
Mientras tanto, papá guardaba silencio.
Observaba.
No solo a John, también a mí.
A veces me miraba de reojo, como si intentara leer mis pensamientos.
Aunque la atmósfera se había vuelto más ligera, ellos dos seguían alertas.
Como si supieran que, detrás de cada palabra amable, aún había mucho por descubrir.
*** Las conversaciones se extendieron.
El tema ya no eran peligros ni misiones, sino trivialidades: climas, recetas, anécdotas que no captaban mi atención.
Para mi edad, aquello era una sobremesa eterna.
Y mi cuerpo lo sabía.
Los párpados me pesaban.
Cabeceaba.
Me esforzaba por parecer interesado, pero Thomas y yo nos dábamos por vencidos al mismo tiempo.
Hasta mamá empezó a bostezar en silencio, intentando ocultarlo tras su mano.
Solo papá y John parecían inmunes al cansancio.
Conversaban sin pausa, como si cada palabra formara parte de una estrategia.
Había más cercanía, sí… pero también cierta resistencia.
Nadie cedía del todo.
Cada gesto era medido, cada mirada tenía doble filo.
No lo llamaría hostilidad, pero sí una danza de cautela mutua.
Para mí, ya era suficiente.
—Con su permiso… me retiro.
Muero de sueño —dije, levantándome con lentitud.
—Está bien, hijo —respondió papá, sin perder la compostura.
—Nos vemos mañana, Drake —añadió Ravenscroft con una leve inclinación de cabeza.
—Nosotros también nos vamos —dijo mamá mientras sostenía a Thomas, que ya dormía profundamente—.
Buenas noches, señor Ravenscroft.
—Descanse bien, señorita Angie —respondió John con cortesía impecable.
Me alejé mientras las voces se apagaban a mi espalda.
No quise escuchar más.
No por desinterés, sino porque sentía que, al cruzar esa puerta, dejaba atrás un mundo de adultos que aún no me pertenecía.
Un mundo que observaba, que me rodeaba… y que tarde o temprano también me llamaría por mi nombre.
Pero por ahora, solo quería dormir.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES ManuelTP11 Para asegurar que cada capítulo tenga la calidad que ustedes merecen, las actualizaciones no serán tan frecuentes como antes.
Les pido una disculpa por adelantado
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com