Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

After death, without memories - Capítulo 13

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. After death, without memories
  4. Capítulo 13 - 13 Un sueño - Parte 1
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

13: Un sueño – Parte 1 13: Un sueño – Parte 1 El entrenamiento continuaba, y todo indicaba que la cena entre mis padres y el señor Ravenscroft había sido un éxito inesperado.

Ninguno de los dos me interrogó sobre mi salida ni insinuó saber más de la cuenta.

Ni siquiera una ceja levantada, ni un “¿y tú a dónde vas tan temprano?”.

Solo… silencio.

¿Qué les habrá dicho para ganarse su confianza tan rápido?

No lo sabía.

Pero lo averiguaría con calma.

Sin levantar sospechas.

Cuando llegué al claro, él ya estaba allí, como siempre.

Su silueta se recortaba contra la luz de la mañana, y por primera vez desde que lo conocí, parecía… entusiasmado.

Llevaba consigo una espada colgada al cinto y sostenía un pequeño barrilete de madera.

Al verlo, algo dentro de mí se agitó: intuición, ansiedad… o quizá una combinación peligrosa de ambas.

—Buenos días, Drake —saludó con una sonrisa en los labios.

—Buenos días —respondí, algo intrigado.

—Hoy es el día.

Empezaremos a preparar tu cuerpo para la esgrima.

Mi corazón dio un salto.

¡Por fin!

El momento que más había esperado desde que comencé a entrenar había llegado.

Pero antes de que pudiera saborearlo, algo me empapó los zapatos.

Una bola de agua me había impactado de golpe, apenas lo suficiente para mojarme… pero lo bastante inesperado como para desconcertarme.

—¿Eh?

¿Y eso?

—pregunté, mirando mis pies—.

¿Ya empezamos?

—Huye —respondió él, alzando la mano.

Y entonces lo vi.

Frente a su palma, una nueva esfera de agua comenzaba a formarse… pero esta vez no era una inocente gota juguetona.

Era un torrente contenido, una bola que crecía con rapidez desmedida, como si tuviera vida propia.

—¿Huir hacia dónde?

—solté, retrocediendo un paso.

—¡Corre, Drake!

¡Corre!

No era una orden vacía.

Aquella bola era ya del tamaño de una carreta y no dejaba de crecer.

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.

Esa cosa era real… y venía hacia mí.

Así que corrí.

Corrí como si me persiguiera una bestia salvaje.

Como si el destino del mundo dependiera de mis piernas.

Porque si algo había aprendido en las últimas semanas, era que Ravenscroft no hacía amenazas vacías.

Si decía que corriese… era porque lo iba a lanzar.

Y lo lanzó.

Durante un momento pensé que alguien que nos viera desde la distancia creería que era parte de una obra de teatro absurda: un niño corriendo, perseguido por una enorme bola de agua conjurada por un elfo elegante y aparentemente desequilibrado.

Corrí hasta que las piernas me dolieron, hasta que el sudor me nubló la vista.

Ya ni siquiera sabía por qué huía.

Solo sabía que no quería acabar empapado, sobre todo porque me había duchado antes de salir… aunque eso ya no importaba.

Y entonces, lo inevitable.

Splash.

La bola me alcanzó de lleno.

No fue doloroso, más bien como si una almohada húmeda gigante me empujara al suelo.

Caí de espaldas sobre la hierba, completamente empapado, con el cabello pegado al rostro y la ropa chorreando.

Me sentía como una sopa humana.

Ravenscroft se acercó tranquilamente, con el barrilete bajo el brazo, como si nada hubiera pasado.

—Fue una buena distancia —dijo con tono evaluativo, acercándome el barrilete como si nada.

—¿En serio tenía que perseguirme con eso?

—bufé, escupiendo un poco de agua.

—No.

—Su sonrisa se curvó con picardía— Pero me pareció gracioso.

Lo miré entre frustrado y resignado… y terminé soltando una risa.

—Bueno… supongo que sí lo fue.

—¿Y esto?

—pregunté, tomándolo con recelo—.

¿No acabo de tomar suficiente agua con el hechizo?

—Esa era para despertarte —respondió con una media sonrisa—.

Esta es para que recuperes fuerzas.

Bebe despacio.

Miré el barrilete.

¿Solo agua?

¿O algo más?

Su aroma era neutro, sin rastro de magia o especias.

Aun así, no pude evitar sospechar.

No de mala manera… pero con él nunca se sabía.

—La guardaremos para más tarde si no te apetece —dijo, encogiéndose de hombros—.

Ahora estira.

Es importante evitar lesiones.

—¿No se suponía que eso debía hacerlo antes de que me lanzara una esfera gigante?

—protesté mientras me agachaba.

—Consideré que la caminata desde tu casa bastaba como calentamiento.

Pero ten presente esto: si no caminas antes, siempre debes calentar.

La esgrima exige precisión, y la fatiga o un músculo mal preparado pueden ser tu ruina.

Sus palabras tenían el peso de la experiencia.

Me incorporé y lo vi observarme detenidamente.

—Drake… hoy comenzaremos con el entrenamiento de espada.

Y lo haremos con espada corta, o bastarda.

Al ver a tu padre, deduje que esta arma te irá mejor.

—¿Entonces… no soy apto para una espada larga?

—pregunté, con un dejo de inseguridad.

—No es cuestión de capacidad, sino de propósito —explicó con paciencia—.

Tú entrenarás tanto espada como magia.

La espada corta te da movilidad, velocidad… y margen para reaccionar.

Una espada larga es poderosa, sí, pero también limita tus opciones en combate si debes lanzar hechizos al mismo tiempo.

—¿Y qué hay de cuchillos?

¿Podría usarlos?

—Se les llama dagas, y son muy diferentes a los cuchillos, muchacho.

Y sí, podrías entrenar con ellas… pero en manos inexpertas, son más un riesgo que una ventaja.

Requieren sigilo, velocidad extrema y gran precisión.

Una espada, en cambio, te dará alcance, control y fuerza.

—¿Quieres entrenar con dagas?

Me quedé en silencio un momento antes de negarme.

—No.

Siempre quise empuñar una espada.

Cambiar ahora… no me gustaría.

—Perfecto —respondió, y se acercó para descolgar la que llevaba al cinto—.

Pero antes de tocar el acero, debes dominar la madera.

Me tendió una espada de práctica.

De inmediato supe lo que venía a continuación.

Las palabras de Leo resonaban en mi mente… pero esta vez, saldrían de labios de otro maestro.

—Antes de herir, debes aprender a controlar, ¿cierto?

—lo interrumpí antes de que hablara.

Ravenscroft arqueó ambas cejas, sorprendido.

—Exactamente.

¿Te enseñaron eso tus padres?

—No.

Fue mi tío Leo.

—¿Y qué más te explicó?

—A controlar mis impulsos.

A practicar balanceos.

A usar una espada real con poco filo al inicio.

A no cambiar de arma por capricho.

A mantenerla en buen estado.

Y… —hice una pausa— que la espada no perdona la arrogancia.

Ravenscroft sonrió con satisfacción.

—Solo teoría, ¿verdad?

—Sí.

—Entonces déjame decirte que tu tío hizo un excelente trabajo.

Ahora veamos qué tanto aprendiste.

Lanza una patada al aire.

Sin pensarlo.

—¿Una patada?

—fruncí el ceño, pero lo hice.

Mi pierna derecha se alzó casi por instinto.

—Listo.

Pierna dominante determinada.

—¿Eso lo dedujo con solo una patada?

—Claro.

El cuerpo revela más de lo que la mente admite.

Adoptó una postura firme y me indicó con un gesto que lo imitara.

—Coloca el pie dominante un paso atrás.

Toma la espada con ambas manos.

La mano derecha arriba, justo bajo la guarda.

La izquierda debajo, sin que sobresalgan los dedos.

Firme, pero sin tensión en las muñecas.

Copié sus movimientos.

—Tu cabeza debe mirar siempre al frente.

A tu oponente.

Pero no a los ojos.

Mira su pecho.

—¿No sería mejor verlo a los ojos?

—No.

Los ojos delatan.

Si dudas, si piensas demasiado… todo se refleja en ellos.

Un oponente inteligente lo notará.

El pecho, en cambio, te da la dirección del cuerpo sin revelarte del todo.

Asentí lentamente, procesando cada instrucción.

—Ahora lleva la espada detrás de tu cabeza… y bájala con fuerza.

Pero despacio.

Controlado.

Lo harás cincuenta veces.

Tres series.

—¿No puedo hacerlas seguidas?

—No.

Necesitas descansar entre series.

La disciplina es más importante que la prisa.

Ahora… empieza.

Y empecé.

Las primeras repeticiones fueron fáciles.

Sentía que podía continuar sin parar.

Pero no pasaron muchas más antes de que mis brazos comenzaran a protestar.

Respiré hondo y seguí.

—Dobla bien los codos al llevarla atrás —me corrigió con calma—.

No te apresures.

Aun cuando creas que lo haces bien, siempre hay algo que pulir.

Cuando terminé la segunda serie, me dejó sentarme un momento.

Fue entonces cuando retomó la lección con voz más seria.

—Hablemos de rangos —dijo—.

Son similares pero se avalúan un poco diferente al momento de asignarse, se empieza por principiante, le sigue intermedio, para después avanzado, maestro y el más alto de todos soberano ó rey.

Dependiendo de la región se le puede conocer de ambas formas.

—¿Y hay algo más allá de eso?

—Sí.

Si alguna vez alcanzas un dominio absoluto… podrías ser reconocido como el representante de un dios.

Como Quetzalcóatl, por ejemplo.

—¿Por qué no simplemente llamarlo “dios del viento” o algo así?

—Porque no puedes medir la fuerza de un dios.

Solo puedes representar su esencia.

Pero eso no quiere decir que conserves el puesto por siempre.

Pueden arrebatártelo —¿Y qué pasó con ellos?

¿Desaparecieron?

—Desaparecieron, sí… pero dejaron algo atrás.

Sus templos aún existen, escondidos en rincones del mundo.

No puedes buscarlos.

Ellos te encuentran… si eres digno.

—¿Y si no lo soy?

—Entonces seguirás tu camino como cualquier otro guerrero o mago.

Pero si lo eres, el templo te otorgará una conexión única con el elemento del dios.

—¿Podría ser elegido por uno o más templos?

—En teoría, no.

Pero es extremadamente raro.

De cada diez, solo tres encuentran un templo.

Y no todos comprenden lo que hallan.

Algunos no están listos.

—Entonces… podría no ser elegido en absoluto.

—Así es.

Pero no te obsesiones con eso, Drake.

Entrena.

Aprende.

Fortalece tu espíritu.

Lo demás… vendrá cuando tenga que venir.

*** Mientras finalizaba la última serie de balanceos, con los brazos ya temblando por el esfuerzo, no dejaba de darle vueltas a algo que mi maestro había mencionado antes.

Las palabras seguían resonando en mi mente como un eco persistente.

No me cuadraban del todo.

—Maestro… —dije, aún sin detenerme del todo—.

Hace un momento mencionó que alguien podía llegar a ser el representante de un dios, ¿cierto?

Ravenscroft, que hasta entonces me observaba en silencio, asintió con naturalidad.

—Correcto.

—Pero… ¿cómo es posible algo así?

Me refiero… ¿cómo alguien puede representar a un dios?

¿Cómo se reconoce oficialmente?

—Buena pregunta —respondió con calma, caminando lentamente a mi alrededor—.

Para que alguien obtenga ese título, no basta con alcanzar poder… debe desafiar al actual representante.

Y vencerlo.

Me detuve, apoyando la espada de madera en el suelo mientras intentaba asimilar esa revelación.

—¿Y cómo saben los demás que es verdad?

¿Que no es solo un farsante reclamando un título?

—Porque no es algo que se diga… es algo que se ve —explicó, cruzando los brazos—.

En cada iglesia consagrada a un dios, hay una tabla mágica.

Una reliquia ancestral.

En ella se inscriben los nombres de los representantes vigentes.

Cuando uno muere o es derrotado, su nombre desaparece al instante… y el del nuevo elegido aparece en su lugar, como si la propia divinidad lo confirmara.

Me quedé boquiabierto.

El simple hecho de imaginar algo así me erizaba la piel.

—Eso es… increíble.

¿Y cómo funcionan esas tablas?

Una sonrisa se dibujó en los labios de Ravenscroft, la clase de sonrisa que uno solo muestra cuando habla de algo que lo intriga de verdad.

—Mmm… la verdad, nadie lo sabe con certeza.

Lo único que se ha confirmado es que fueron los enanos quienes descubrieron cómo fabricarlas.

Pero incluso entre ellos, pocos conocen el secreto completo.

—Entonces… ¿nadie entiende cómo funcionan en realidad?

—A día de hoy, no —dijo con un leve encogimiento de hombros—.

Pero eso no significa que debamos resignarnos a la ignorancia.

Hay muchas cosas por descubrir aún… y alguien con suficiente curiosidad, disciplina y hambre de conocimiento podría llegar más lejos de lo que imagina.

Mi mente se lleno con nuevas preguntas.

—¿Y dónde podría encontrar información sobre eso?

¿Libros… investigaciones antiguas…?

—En un lugar donde el conocimiento es el pilar principal —respondió, con una mirada que escondía algo más—.

En un instituto.

—¿Un instituto?

—repetí, ladeando la cabeza.

—Sí… concretamente, el Instituto de Magia de la capital, en Aurenthia.

Allí no solo se enseña magia.

Se estudian artefactos antiguos, lenguas perdidas… incluso la historia más oculta del mundo.

Pero no me preguntes más a mí —añadió, bajando un poco la voz—.

Mejor… háblalo con tus padres un día de estos.

Me detuve por completo.

¿Con mis padres?

¿Por qué ellos?

¿Qué sabían que yo no?

¿Por qué tenía que hablar con ellos sobre esto en lugar de continuar esta conversación con él?

Lo peor no era no saber.

Lo peor… era que mis padres sí sabían algo.

Y no me lo habían contado  No dije nada más, pero esas preguntas se quedaron flotando en mi mente como niebla espesa.

—Está bien… —murmuré finalmente—.

Le tomaré la palabra.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES ManuelTP11 ¡Gracias de antemano por seguir acompañando esta historia!

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo