After death, without memories - Capítulo 14
- Inicio
- Todas las novelas
- After death, without memories
- Capítulo 14 - 14 Un sueño - Parte 2
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
14: Un sueño – Parte 2 14: Un sueño – Parte 2 Al fin terminé la última serie.
Mis brazos ardían como si los llevara envueltos en fuego, y al observar mis palmas, noté que la piel ya comenzaba a enrojecerse.
Una fina línea se marcaba sobre la carne: el inicio de una ampolla.
—No te preocupes por eso —dijo Ravenscroft al notar mi expresión—.
Es algo normal.
El cuerpo se adapta.
Las primeras veces duele, claro… pero con el tiempo, se formarán callos.
Y cuando eso pase, esa piel ya no volverá a romperse… a menos que pases mucho tiempo sin entrenar.
—¿Duele mucho?
—pregunté, sobando la mano con cuidado.
—Sí, pero no es un dolor insoportable.
Es… una molestia necesaria.
Usa alguna pomada que tu madre tenga en casa, si lo necesitas.
Lo miré, sorprendido.
—¿No podría ayudarme con un hechizo de sanación?
¿Algo simple?
—Podría —asintió sin titubear—.
Pero no lo haré.
Me dejó en silencio por un momento antes de explicarse: —No te haré ese favor porque no sería un favor, sería un obstáculo.
Si te acostumbras a que todo se solucione con un chasquido… nunca aprenderás el valor del esfuerzo.
El dolor, aunque leve, es la señal de que estás creciendo.
Y lo recordarás mejor si lo sientes en carne propia.
Reflexioné sobre sus palabras.
Nunca habría imaginado que una simple ampolla podía contener una enseñanza tan profunda.
—Muy bien —dijo entonces, volviendo a un tono más práctico—.
Ahora dejaremos los balanceos por un momento.
Es hora de trabajar tus posturas defensivas.
—¿Defensa antes que ataque?
—Exacto.
Una defensa perfecta no solo evita que te hieran… también puede darte la apertura para un ataque grandioso.
En el arte de la espada, protegerse no es retroceder.
Es preparar el terreno para avanzar.
Asentí en silencio, sintiendo que ese día había aprendido mucho más que simples movimientos.
Había descubierto el peso del dolor, la importancia del control… y que, quizás, un día no tan lejano, el mundo entero podía cambiar por una verdad escrita en una tabla mágica.
—Continuemos —dijo Ravenscroft, su voz recobrando esa firmeza que precedía a cada nueva lección—.
Ahora trabajarás en tus posturas defensivas.
Sus palabras resonaron con una seguridad casi ceremonial.
Era como si cada frase escondiera años de experiencia puestos en pocas palabras.
—Observa con atención —prosiguió, adoptando una posición firme—.
El filo de tu espada debe estar en diagonal, apuntando hacia la cabeza de tu oponente.
Tus pies, separados a la altura de los hombros, te darán una base estable.
Luego, tu pierna dominante un poco adelantada… así facilitarás los desplazamientos hacia adelante o hacia atrás sin perder el equilibrio.
Me mostró la postura con precisión, como una escultura en movimiento.
Cada parte de su cuerpo hablaba sin palabras.
Observé con atención la posición de su espada, la fluidez de sus movimientos.
No era solo una pose: era una promesa de acción controlada.
—Esta guardia se conoce como pflug —añadió—.
Guardia del arado.
Sencilla, eficaz y versátil.
En mi opinión, la más equilibrada entre defensa y ataque.
Asentí, guardando ese nombre con cuidado.
Pflug.
Como la herramienta que surca la tierra… interesante metáfora para algo que también podía cortar carne y hueso.
—Y otra cosa importante —continuó, señalando mi postura—.
Tu mano izquierda está demasiado expuesta.
Si no la usas, no es más que un blanco fácil, un pedazo de carne cual cortar.
Colócala pegada a la cadera.
De esa manera no solo la proteges, sino que puedes usarla para estabilizarte o lanzar una estocada más precisa.
Mientras hablaba, comenzó a rebuscar entre las ramas bajas de un árbol cercano.
Lo observé con curiosidad, hasta que encontró lo que buscaba: un palo largo, recto y ligeramente torcido en la punta Lo giró en su mano, probando su peso.
Entonces me miró.
—Primera lección real de defensa: te atacaré desde distintos ángulos.
Tú deberás bloquear cada intento y regresar de inmediato a la posición inicial.
Fluidez, precisión, reflejo.
¿Entendido?
Tragué saliva.
Mi espada de madera temblaba apenas entre mis dedos.
No por miedo, sino por anticipación.
—Maestro… dijo “ángulos” y “diagonales”.
Son palabras nuevas para mí.
¿Podría explicarlo de otra forma?
Su expresión se suavizó.
Asintió.
—Claro.
No todos entienden los mismos términos.
Llamémoslo zonas del cuerpo: arriba, abajo, a los costados… incluso estocadas directas al centro.
Lo importante es que aprendas a leer el movimiento antes de que impacte.
Quizá sí había escuchado esas palabras alguna vez, pensé.
En libros, o cuando papá hablaba de medidas y construcciones en la mesa.
Pero jamás les presté atención real.
No como ahora… con una espada en las manos y un maestro apuntándome con un palo de madera.
Me coloqué en la postura que me había enseñado.
El pie dominante un poco adelante, la espalda recta, los brazos tensos pero no rígidos.
Sentía mi respiración a la mensura de mis latidos.
—Lo primero será soltar la tensión —indicó, alzando el palo como si fuera una espada real—.
Chocaremos nuestras armas varias veces, sin fuerza, solo para que tus muñecas se acostumbren a los giros.
¿Estás listo?
—Listo —respondí, firme.
Sentía cómo el peso de la espada se integraba a mis gestos.
Como si el arma y yo estuviéramos aprendiendo a conocernos.
Como si ese baile de choques y retrocesos fuera el lenguaje secreto entre guerrero y acero.
Mi corazón latía con fuerza.
No de miedo.
De entusiasmo.
De esa emoción pura que solo se siente cuando sabes que estás dando los primeros pasos en algo que cambiará tu vida para siempre.
En un abrir y cerrar de ojos, el bastón de Ravenscroft golpeó mis piernas.
No fue un impacto brutal, pero sí certero.
Como si, en vez de golpearme, me hubiera enganchado con su bastón y me levantara del suelo Caí con torpeza, sin entender del todo lo que había pasado.
—Cuida tus piernas y muévelas más —dijo con voz grave, sin pizca de burla—.
En una batalla real, ya habrías perdido ambas.
Me incorporé de inmediato, con el orgullo más adolorido que las piernas.
Asentí en silencio y volví a mi postura, más decidido que antes.
—Aquí voy… —murmuré, apretando los dientes.
Cruzamos armas de nuevo.
Esta vez, sus golpes eran controlados, no como ese primero que me derribó.
Uno tras otro: arriba, derecha, izquierda… Yo retrocedía con cada impacto, buscando mantener la distancia, intentando seguirle el ritmo.
Mis pies se arrastraban con torpeza por la hierba húmeda, mi cuerpo ya exhausto por la carrera anterior.
*** El sudor me empapaba.
Mis piernas ardían.
La fatiga ya no era solo un susurro en mi cuerpo, era un grito constante.
Hasta que, finalmente, no pude más.
Caí sentado, jadeando, sintiendo el calor en cada exhalación.
Ravenscroft se acercó, moviendo suavemente el pequeño barrilete en su mano.
Esta vez no dudé.
Lo tomé sin que me lo ofreciera y bebí con desesperación, como si esa agua tuviera el poder de sanarme desde dentro.
—Lo hiciste bien para ser tu primera vez —comentó, sin rastro de ironía—.
Pero aún queda mucho camino.
Ponte de pie en cuanto recuperes el aliento.
No hemos terminado.
Asentí con dificultad.
No tenía fuerzas para discutir.
Apenas terminamos con la espada, mis brazos pedían descanso, pero mi maestro no creyó que fuera suficiente.
Tocaba enfrentar la segunda mitad del castigo: la magia.
Solo de pensarlo, mis piernas temblaban de agotamiento.
Literalmente.
—¿Listo para los veinte pasos?
—preguntó él con su tono habitual, impasible.
—No… —dije sin ocultar el dolor—.
Mis pies duelen demasiado.
No creo que pueda.
Ravenscroft me observó un momento, como si mi queja era una excusa o una realidad.
—Bien.
Solo por hoy, entrenarás magia sentado.
Pero a cambio… harás las esferas de agua más grandes posibles, usando ambas manos.
Me dejé caer sobre la hierba y, aun con los brazos entumecidos.
Empecé.
Concentrado.
Lento.
Las esferas crecían poco a poco, alimentadas por mi maná.
Pero pronto se estancaron, alcanzando apenas el tamaño de mi brazo extendido.
Lejos de las que él solía crear.
Ravenscroft no dijo nada al principio.
Solo me observaba con esa mirada suya, paciente pero exigente.
—No están mal —dijo finalmente—.
Pero puedes hacerlo mejor.
Si crees que ya alcanzaste el límite… Alzó su mano y la abrió lentamente, como si sostuviera el mismo aire.
—…entonces quiero que las reduzcas.
Al tamaño más diminuto que puedas.
De golpe.
Sin pausas.
Cerró el puño con fuerza.
—Es casi lo mismo que desvanecer un hechizo.
Pero más difícil.
Mucho más difícil.
—Entiendo —dije con voz ronca.
Y lo intenté.
El cambio era brutal.
De lo grande a lo minúsculo.
La energía vibraba en mis brazos.
Las palmas me picaban con intensidad, como si pequeñas agujas se clavaran bajo la piel.
El maná se consumía a una velocidad alarmante.
No solo era extenuante.
Era como querer detener una avalancha con las manos.
—¿Por qué…?
—jadeé—.
¿Por qué hago esto, si no me servirá en un combate real?
Entonces, con su habitual falta de delicadeza, Ravenscroft colocó su puño cerrado sobre mi cabeza y empezó a presionar con un dedo, firme y repetitivo.
—Porque incluso un instante puede significar la diferencia entre vivir… o morir —dijo sin rodeos—.
Hacerlo aunque sea un poco más rápido que tu enemigo te dará una ventaja.
Y esa ventaja podría salvarte la vida.
Sus palabras se clavaron en mí.
Frías.
Reales.
Lo odié un poco en ese instante.
Por exigirme tanto.
Por no darme tregua.
Por empujarme más allá de mis límites.
Pero también lo admiré.
Porque sabía que tenía razón.
Si quiero estar listo para lo que viene… debo ser más rápido que la muerte.
*** El entrenamiento había terminado, y mientras caminaba de regreso, pensé que me cruzaría con papá en el camino.
Pero quizá me había tardado más de lo previsto.
Al llegar, lo encontré ya en casa, sentado en silencio, mientras mamá terminaba de preparar la cena.
Aproveché para darme un baño rápido antes de sentarme a la mesa con ellos.
Estábamos reunidos cenando tranquilamente.
Al parecer mis padres tenían algo más que mencionar pero ninguno de los dos quería llevar la conversación.
Hacían preguntas vagas como “¿Cómo fue tu entrenamiento?”, “¿No hay algo más que quieras hacer?” Y cosas similares.
Así que decidí romper el silencio preguntando hacia mamá —Mamá… ¿era necesario ser tan directa con el señor Ravenscroft?
Ella no titubeó.
— Completamente —respondió con firmeza.
—Tal vez tú lo tienes confianza pero nosotros aún no del todo Lo pensé por un momento.
En verdad… si que fue un poco descuidado de mi parte —Pero podrías haberlo suavizado un poco, o no papá.
— Miré a papá esperando su apoyo, pero él solo hizo cara de sorprendido Mamá se le quedó mirando en silencio, con unos ojos asesinos.
Mientras que papá solo negó con la cabeza mientras decía —Fue algo brusco, sí.
Pero necesario, Drake.
¿De verdad confiaste en él desde el principio?
Fue…
imprudente.
—No lo sé… —admití—.
Es difícil de explicar.
Nunca me sentí incómodo a su lado.
Era como si…
ya lo conociera.
—Pues esta vez tu instinto te salvó —añadió mamá con severidad—.
Pero no siempre tendrás esa suerte.
Prométenos que no volverás a confiar tan ciegamente.
No sin pensar.
Por un momento, me pregunté si mi instinto había sido ingenuo.
¿Y si las cosas hubieran salido mal?
¿Si Ravenscroft no fuera quien decía ser?
Tragué saliva.
Esa idea me perseguiría hasta estar seguro de quién era realmente.
La conversación se volvió más fluida a partir de ahí, como si aquel momento se hubiera liberado la tensión.
Aproveché para lanzar la pregunta que me había estado rondando la mente desde el entrenamiento: —Mamá, papá, ¿puedo preguntar algo más ?
—Claro —dijo mamá, con la voz ya más suave.
—Te escuchamos, Drake —afirmó papá.
—Hoy, durante el entrenamiento con el señor Ravenscroft… mencionó algo que me dejó pensando.
Quería saber si ustedes conocen el Instituto de Magia de Aurenthia.
El silencio fue inmediato.
Denso.
Ambos intercambiaron una mirada rápida, casi imperceptible.
Fue papá quien rompió la pausa.
—Sí.
Lo conocemos.
¿Crees que… alguna vez podrías ir?
—Se escucha interesante —respondí encogiéndome de hombros—.
Pero… no es como si tuviéramos los recursos para algo así.
Y con tantos nobles en la capital, dudo que haya lugar para alguien como yo.
Fue entonces cuando vi el leve temblor en el ceño de mamá.
Como si mis palabras hubieran sido una ofensa.
—Drake… —dijo con tono herido—.
Puede que hoy no tengamos títulos, pero fuimos una de las familias más respetadas del reino.
Y más importante aún… un título no mide la grandeza de una persona.
Papá asintió, mirándome con seriedad.
—Tu madre tiene razón.
Lo que cuenta no es el linaje, sino las acciones.
Y justamente eso es lo que queríamos contarte hoy.
Se hizo un silencio más íntimo, uno que solo precede a las revelaciones importantes.
—Ya lo habíamos hablado… Queremos que vayas al Instituto de magia, cuando cumplas once años.
Ni más ni menos Sentí que el mundo se detenía por un momento.
—¿Están… hablando en serio?
—Completamente —respondió mamá—.
Fue tu maestro quien lo propuso.
Aún faltan detalles por discutir, pero ya sembramos la primera semilla.
Lo hablamos.
Lo decidimos.
Ahora solo queremos saber si tú estás dispuesto.
Piensalo unos días y dinos tu respuesta una vez que estes listo No supe qué responder al instante.
Era demasiado.
Todo el entrenamiento, el dolor, las palabras de Ravenscroft… y ahora esto.
—Sí… —murmuré, sin poder ocultar el temblor en mi voz—.
Está bien.
No comimos mucho después de eso.
El silencio volvió, pero esta vez era diferente.
No incómodo.
Solo… lleno de pensamientos.
Me fui a la cama con el estómago revuelto y la mente hecha un caos.
Pero el cansancio me venció antes de poder procesarlo todo.
Me hizo caer en cama y dormir como un tronco.
Sin saber nada más que un sueño largo *** Al día siguiente…
Todo.
De pies a cabeza.
Todo el cuerpo me dolía.
¿Caminar?
Dolía.
¿Respirar?
un poco.
Solo dolor es lo que conocía en este momento.
Y sentía que el día de hoy tendré otra tortura —Buenos días maestro —saludé, arrastrando las palabras.
—Buenos días, Drake —respondió con calma, mirándome de arriba abajo—.
Por tu cara, supongo que estás viviendo un verdadero tormento.
No importa.
Hoy no te perseguiré… solo caminaremos, luego trotarás… y después correrás.
—Gracias —susurré, sin fuerzas ni para quejarme.
La rutina me ayudó a aflojar los músculos, aunque el dolor no desapareció del todo.
Seguía allí, como un recordatorio constante.
Pero era soportable.
Lo suficiente como para seguir.
—Como pudiste vivir ayer, el movimiento de los pies es fundamental para el manejo de espada, así que antes de la practica implementaremos juegos de pies para mejorar tu velocidad y resistencia Ahora con su bastón en mano.
Dibujó unas escaleras de mano en el suelo —Mira con atención.
—Se colocó a la izquierda de la escalera y dijo— Levantando tu rodilla para el inicio te deslizaras con pequeños saltos de lado a lado, siempre dejando uno de tus pies en el centro del cuadro —Como apoyo puedes decir: Afuera, adentro y afuera.
Así coordinaras tus movimientos rápidamente.
Primero serán tres repeticiones empezando con tu pie derecho, después otras tres iniciando con el izquierdo.
¿Entendido?
Asentí con la cabeza y me posicioné aun lado de donde me había indicado y comenzaba murmurando: Afuera, adentro, afuera.
Mientras me desplazaba lentamente, tratando de seguir el ritmo —Muy bien.
Ahora más rápido.
Levanta más la rodilla.
Vamos.
Lo hice.
No perfecto.
Pero lo hice.
—Para el siguiente ejercicio iras intercambiando pies.
Primero abrieras un poco más tus pies sobre la altura de tus hombros, agachándote un poco desplazaras tu pie derecho hacia adelante, luego con un pequeño salto pondrás el izquierdo por delante, así hasta que llegar al final del escalón —Lo haré una vez, para que no te quede dudas sobre ello Los movimientos de mi maestro fueron rápidos y precisos, no solo basto con llegar al final si no retrocedió sin perder la vista hacia al frente.
Como si tuviera un enemigo enfrente de el —Una vez que llegues, regresaras así como yo, de espaldas sin mirar hacia otro lado, siempre tu vista hacia tu enemigo.
¿Entendido?
—Si… lo intentaré —respondí, con la respiración ya entrecortada.
Lo imité lo mejor que pude.
Tropecé.
Me equivoqué.
Pero también aprendí.
A mitad del recorrido, los pensamientos empezaron a colarse: ¿Realmente podré seguir con el camino del guerrero tanto tiempo?
¿Que me inspira a seguir?
¿Y si lo abandono?
Pero si abandono ahora… ¿qué quedaría de mí?
¿Volvería a ser el niño que era antes de tomar la espada?
—No… —murmuré para mí, negando con la cabeza.
—¡Drake!
—exclamó Ravenscroft—.
¡Deja de distraerte y sigue mirando al frente!
El tiene razón.
Y estos pensamientos no son dignos de mi.
Dejar las cosas a la ligera… eso nunca.
Se claramente que el camino no será nada fácil desde que decidí aceptar la ayuda de Ravenscroft.
Si… es muy temprano para rendirme, y ahora con la posibilidad de ir al instituto de magia.
Porque ya no soy el mismo niño que comenzó este camino… y si quiero ganarle a mi destino, primero debo aprender a no rendirme.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES ManuelTP11 😉
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com