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After death, without memories - Capítulo 15

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  4. Capítulo 15 - 15 Sombras del mundo - Parte 1
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15: Sombras del mundo – Parte 1 15: Sombras del mundo – Parte 1 Habían pasado apenas dos días, pero sentí como si hubieran sido arrastrados por una tormenta feroz.

El tiempo se me escurría entre los dedos, y aunque cada amanecer reafirmaba mi decisión de ir al Instituto de Magia, aún quedaban dudas en mi mente.

Mis padres insistían en que lo tenían todo previsto, que no debía preocuparme…

pero, ¿realmente podría quedarme en el Instituto?

¿O terminaría viviendo con el maestro Ravenscroft y su esposa?

¿Tendría que trabajar para alguien?

¿Sería simplemente un mantenido en un mundo que no me pertenece?.

Y si todos allá son nobles…

¿cómo verán la llegada de un plebeyo como yo?

“¿Por qué todos están tan tranquilos mientras yo me rompo la cabeza pensando en esto?” Esa pregunta me rondaba como un eco constante.

Pero no había tiempo para detenerme.

Acabando la parte de esgrima y los ejercicios de pies.

Mi cuerpo me lo gritaba a su modo, entre dolores y latidos desbocados, pero no de agotamiento, sino de orgullo.

De hambre.

Hoy sería el día.

Hoy rompería la barrera de los veinte pasos.

Sabía que aún me faltaba mucho por aprender con la espada, que mi técnica era rudimentaria, joven, apenas nacida.

Pero los entrenamientos de los últimos días carrera tras carrera, esfuerzo tras esfuerzo, habían templado mis piernas.

Y si había un momento para demostrarlo, era ahora.

Inspiré profundo, extendí los brazos y formé las dos esferas mágicas en mis manos.

Avancé.

Dos pasos.

Cuatro.

Ocho.

El número catorce llegó como una muralla invisible: el peso de mis músculos se volvió plomo, mis pies parecían hundirse en la tierra.

Pero no.

No hoy.

Hoy sería diferente.

—¡No!

—grité hacia dentro, como un desafío a mi propio límite.

La respiración se volvió jadeo.

El corazón latía como si quisiera escapar de mi pecho.

Pero cada paso era una promesa, un rugido que decía “no voy a rendirme”.

Diecinueve… veinte…  Ravenscroft observaba desde la distancia.

Su rostro era inescrutable, entre sonrisa y atención silenciosa.

Tal vez se divertía, o tal vez esperaba intervenir si colapsaba.

Pero yo lo sentía allí.

Siempre atento.

Siempre preparado.

Pero no me detuve.

Veintiuno.

Veintidós.

Veintitrés…  Cada parte de mi cuerpo ardía, pidiendo tregua.

Pero me aferré a la idea de ir más allá del objetivo, como si dar un paso extra pudiera cambiar algo profundo en mí.

Y cuando finalmente mis fuerzas se esfumaron, caí de rodillas.

El suelo me recibió como un castigo y un alivio al mismo tiempo.

Aun así, sonreí.

Sonreí con furia, con orgullo.

—¡Ya!

—jadeé, con el pecho agitándose—.

Más de veinte pasos… Tras recuperar algo de aliento, levanté la mirada y, sin perder ese hilo de victoria, exigí: —Ahora cumpla su palabra, maestro.

Prometió explicarme cómo distinguir entre nobles y guerreros.

Ravenscroft arqueó una ceja, su sonrisa ladeada como un lobo viejo.

—Y yo que pensaba que ya te habías olvidado de eso.

—Para nada —repliqué, aún recuperando el aire.

—Muy bien —dijo, cruzando los brazos—.

Aunque te advierto… es más complejo de lo que parece.

Tiene sus matices.

—¿Por qué?

—Porque los rasgos físicos pueden engañar.

Tener un atributo noble no te hace noble.

Hay excepciones.

Anomalías.

Sangre mezclada.

O simple azar.

—¿A qué se refiere?

—Por ejemplo, entre los demonios, el cabello carmesí suele estar ligado al linaje más alto.

Después vienen el dorado y el plateado, que a veces se consideran iguales.

Más abajo están los azules, los verdes… y cualquier otro color fuera de esa escala se asocia a castas inferiores.

—¿Y los cuernos?

—pregunté con genuina curiosidad.

—Ah, los cuernos son fundamentales.

Aquellos que se curvan hacia abajo, como los de carnero, suelen tener una afinidad fuerte con la magia.

En cambio, los que apuntan al cielo, afilados como lanzas, son guerreros natos.

Pero los más peligrosos… —su voz bajó un tono— son los que tienen cuernos partidos como ya lo había comentado.

—Sí, pero ¿por qué?

—Como vienen de herencias oscuras.

Tienen afinidad tanto para el combate como para la magia, y rara vez siguen reglas.

Si alguna vez te cruzas con uno… reza para que no esté de mal humor.

Me quedé en silencio, procesando cada palabra.

Había tanto que desconocía, tanto que apenas empezaba a rozar con la punta de los dedos.

El mundo era más vasto y más complejo de lo que jamás imaginé.

—Entre los dragones —continuó Ravenscroft—, el linaje plateado se alza por encima de todos.

No solo por su poder mágico, sino por el peso de la sangre que corre por sus venas.

Son los herederos de los primeros vínculos con el fuego celestial Hizo una pausa, meditando sus siguientes palabras.

—Pero no te confundas.

Otros colores poseen sus propias virtudes.

El negro, por ejemplo, tiende a producir individuos más agresivos, impredecibles… como tormentas contenidas bajo una piel de escamas.

El rojo, el dorado, el esmeralda…

cada uno refleja un matiz distinto del alma dracónica.

Pero eso —dijo entrecerrando los ojos— tendrás que descubrirlo por ti mismo.

Hay cosas que no se comprenden con palabras… solo con experiencia.

—Y algo más —añadió, como si recordara un detalle importante—.

Tanto los dragones como los demonios poseen alas.

Abrí los ojos, sorprendido.

—¿Alas… de verdad?

—Sí —asintió —.

Alas reales, tan majestuosas como letales.

Pero no son algo que vayas a ver con facilidad.

Su uso está fuertemente restringido fuera de sus territorios.

—¿Por qué?

—pregunté, incapaz de ocultar mi curiosidad.

—Porque en este mundo, incluso el vuelo puede ser un acto de guerra —respondió con un tono grave—.

Cuando un dragón o un demonio despliega sus alas en tierra ajena, se interpreta como una amenaza directa.

Un gesto político que podría desatar conflictos a gran escala.

Así de frágil es la paz.

Hizo una mueca sutil, como si le disgustara el tema.

—Y créeme, hijo… si te hablara de política ahora mismo, perderíamos semanas, y tu entrenamiento se iría al abismo.

No quieres escucharme dar cátedra sobre tratados, pactos y traiciones.

Solté una risa breve, pero asentí.

—Entiendo.

Entonces… ¿qué hay de los semi humanos?

—Ellos… son distintos.

No creen en linajes ni en títulos.

La nobleza, para ellos, es una construcción inútil.

Su respeto no se hereda: se gana.

Solo siguen a líderes que han demostrado su valor con hechos, no con sangre.

Lo pensó un momento, y luego murmuró con cierto aprecio: —Son la raza más unida que conozco.

Entre ellos no existe el abandono, ni la traición por conveniencia.

Su fuerza está en la manada… y en la lealtad.

Quizás, de todas las razas, son los que más han entendido lo que realmente significa pertenecer a algo.

Los humanos… podrían aprender mucho de ellos.

Guardé silencio, esta vez no por falta de palabras, sino por respeto.

Respiré hondo, dejando que el momento se asentara como una piedra lanzada en un lago en calma.

Luego, con cierta vacilación, reuní el valor para hablar.

—También quería preguntarle… ¿cómo son realmente los acuáticos?

—dije, rebuscando en mi memoria—.

Solo recuerdo haber oído que son vanidosos y orgullosos, pero no mucho más.

—¿Ah, sí?

Vaya, entonces me equivoqué… —dijo con una media sonrisa—.

Perdona, a veces mi memoria me juega trucos.

—Los acuáticos… son esculturas vivientes.

Caminar junto a uno es como contemplar una obra de arte en movimiento.

Su piel refleja la luz como el agua misma, sus ojos parecen contener fragmentos del océano, y su voz, cuando cantan, es como el murmullo de una corriente profunda.

Belleza… sí, pero también misterio.

Hizo una pausa —Ahora bien, entre ellos, los nobles no solo destacan… brillan.

No hay comparación posible.

No es una belleza común, es como si el mismo mar les hubiese dado forma.

Su nobleza no se mide en joyas o castillos, sino en la fuerza ancestral que llevan en la sangre.

Algunos dicen que fueron los primeros en hablar con el dios del agua.

Tal vez sea cierto.

Tal vez no.

Pero lo que es seguro… es que su presencia deja una huella.

—Hay algo más, una característica única entre los acuáticos —dijo Ravenscroft, con ese tono pausado que usaba cuando revelaba conocimientos antiguos.

—¿Característica?

¿A qué se refiere?

—La metamorfosis —respondió, dejando que la palabra flotara en el aire como un secreto ancestral.

Fruncí el ceño.

—¿Metamorfosis…?

Asintió lentamente.

—Sí.

Los acuáticos poseen la capacidad de alterar por completo su forma física.

Es una transformación profunda, no solo superficial.

Adaptan sus cuerpos para caminar entre nosotros como si hubieran nacido en tierra firme.

Cambian sus extremidades, su piel, incluso su respiración.

Es un proceso tan natural para ellos como lo es para nosotros respirar… aunque no deja de ser un acto sagrado, reservado solo para quienes tienen motivos de peso.

Hizo una breve pausa, y en sus ojos se reflejaba algo más que simple conocimiento: respeto.

—No es un hechizo, ni una ilusión.

Es una transición real, un rito que, en su cultura, implica abandonar momentáneamente la esencia del mar para convivir con quienes habitan bajo el sol.

Algunos dicen que, durante la metamorfosis, sienten como si su alma se dividiera en dos: una parte queda anclada al océano… y la otra, se aventura a caminar la tierra.

Asentí en silencio, fascinado.

Aquello era mucho más que un simple cambio físico.

Era como renunciar, aunque fuera por un tiempo, a la voz del agua que les daba sentido.

Entonces, sin darme tiempo para digerirlo todo.

El tono de su voz cambió.

Se volvió más sobrio, más íntimo.

Ravenscroft prosiguió con suavidad: —Como te mencioné antes, nosotros vivimos tanto tiempo que la nobleza como tal pierde sentido.

La eternidad borra los títulos.

Pero sí tenemos símbolos, y uno de los más importantes son los pendientes.

No se trata de adorno.

Cada uno representa un acto, un mérito, una vida de valor.

Un líder de aldea lleva al menos tres.

Un héroe puede cargar dos.

Los ingenieros, eruditos y sanadores más respetados también los llevan… no por vanidad, sino por lo que representan.

Se giró levemente hacia mí.

—No necesitas saberlo todo sobre los elfos, Drake.

Solo recuerda esto: si no sabes quién tienes enfrente, basta con inclinar la cabeza y mostrar respeto.

Eso puede salvarte más de una vez.

Y si alguna vez ves a un elfo con más de tres pendientes… recuerda que estás ante alguien que ha dado su vida por los suyos.

Guardé silencio un momento, reflexionando.

Luego solté lo que venía dándome vueltas desde hacía tiempo: —Maestro… ¿no cree que es un poco injusto para nosotros los humanos?

—¿Injusto?

—repitió él, sin burla, solo con curiosidad.

—No nacemos con alas.

No tenemos cuernos ni escamas ni colas.

Las demás razas tienen más afinidad mágica, viven más, soportan mejor las heridas… y nosotros, solo… somos humanos.

Frágiles.

Comunes.

—Tal vez tengas razón —admitió, sin rodeos—.

Pero nunca subestimes lo que un humano puede hacer cuando decide empujar sus propios límites.

No por nacimiento.

No por privilegio.

Sino por voluntad.

Sus palabras cayeron como un eco profundo.

Y, de pronto, entendí algo más que lo físico.

Entendí que, quizás, nuestra mayor fuerza era justamente esa: no tener nada… y, aún así, quererlo todo.

Pero incluso así, una duda seguía clavada en mi mente, y aunque no la dije en voz alta, me acompañó el resto del día.

Mi maestro… siempre tan elegante, tan reservado.

Pero a diferencia de mi madre, jamás le he visto un pendiente.

Ni uno solo.

¿Los ocultará a propósito?

¿Será que su historia es más oscura… o más luminosa de lo que imagino?

Tal vez algún día lo descubra.

O tal vez no.

Tal vez hay historias que incluso los más sabios prefieren enterrar.

Incluso, algún día, yo mismo tenga una que esconder.

*** El día siguiente llegó con la rapidez de una flecha disparada al cielo.

Tras despertar, seguí mi rutina habitual: un baño antes del almuerzo, y luego, entrenamiento.

Mis pensamientos vagaban hacia otra dirección.

Desde que había aprendido a conjurar agua, llenar la vieja tina de madera se había vuelto cosa del pasado.

Pero se acercaba el invierno, y con él, el frío implacable que calaba los huesos.

Si pudiera encontrar una forma de calentar el agua mágicamente, sin tener que depender de la leña, tal vez… podría hacer las cosas más fáciles en casa.

Acaricié la superficie del agua con la yema de los dedos, pensativo.

—¿Qué puedo perder con solo intentarlo?

—murmuré.

Alcé una mano con cautela, evocando lo que había aprendido con Ravenscroft.

Cerré los ojos y recordé el calor de la chimenea, el rojo vivo de las llamas, el crujido reconfortante de la leña al arder.

El fuego apareció en mi palma, vivo e inquieto.

Luego, con la otra mano, invoqué una esfera de agua, serena, translúcida.

El contraste era inmediato.

El agua, tranquila y solemne.

El fuego, vibrante y feroz.

Intenté mantener ambos al mismo tiempo, pero el fuego no conservaba la forma perfecta que lograba con el agua.

Sus llamas danzaban sin obedecer, como si se burlaran de mis intentos.

Suspiré.

Estaba claro que no era tan simple.

—Más vale que le pregunte a Ravenscroft antes de incendiar la casa —dije, medio en broma, medio en serio—.

Aunque… pensándolo bien, al estar con él, expando mi vocabulario de forma asombrosa.

*** Mientras estiraba los músculos para iniciar el trote diario, me decidí a abordar el tema.

—Maestro, usted me dijo que comenzaría con el agua.

Pero… ¿qué pasaría si también empezara a practicar con el fuego?

Ravenscroft ni siquiera se inmutó.

Solo giró la cabeza hacia mí con una sonrisa leve.

—Nada.

Al contrario, sería lo mejor para ti.

Te lo dije desde el primer día: la magia es imaginar… y crear.

—¿Y no hay ningún problema con aprender por mi cuenta?

—Puedes hacerlo, claro.

Pero si lo haces sin guía, solo tocarás la superficie: esferas de agua, fuego, tierra, viento.

Pero otras magias como el rayo, el hielo, la luz o la oscuridad… esas requieren mucho más.

Estructura.

Hechizos.

Recitación.

Y comprensión.

—¿Y si quiero ir más allá de las esferas?

—pregunté.

—Entonces deberás aprender a recitar.

Estudiar.

Fallar.

Y volver a intentarlo.

No me opongo, Drake.

Prefiero a un alumno autodidacta antes que a uno que solo espera órdenes.

—Le preguntaba porque esta mañana pensaba en una forma de hervir agua para las duchas del invierno.

Pero… no quiero acabar incendiando mi casa —confesé, encogiéndome de hombros.

Ravenscroft rió suavemente.

—Excelente razonamiento.

Hay una forma, sí, pero no es sencilla.

Requiere precisión, equilibrio… y paciencia.

Piénsalo.

—Hmm… ¿usar agua y fuego al mismo tiempo?

—Bien, pero piensa un poco más.

¿Cómo evitarías que el agua apague el fuego?

Me quedé en silencio.

Ravenscroft me observaba con una ceja alzada y esa expresión suya de “veamos si eres más cabeza dura que curioso”.

—¿Fuego en una mano y agua en la otra…?

¿Y los acerco lo máximo posible?

—¿Crees que eso bastará para calentar toda el agua?

—No… solo será una parte.

—Exacto —asintió—.

Debes encontrar el punto exacto donde ambas fuerzas puedan coexistir… sin destruirse.

El equilibrio entre contrarios.

Es difícil, pero no imposible.

—¿No es muy complejo de lograr?

—¿Cuándo ha sido fácil el camino de la magia?

—respondió, casi con burla amable.

Entonces, sin decir más, extendió el brazo hacia un lado y giró levemente la mano.

Una pequeña corriente de agua comenzó a fluir desde su palma.

Silenciosa… hasta que vi el vapor.

Me acerqué sin pensarlo.

Toqué con la punta del dedo… y solté un quejido.

Estaba caliente.

Me había quemado.

Lo miré, atónito.

Él no dijo nada.

Solo me dedicó una sonrisa.

No era de burla… era de enseñanza.

De esas que dicen sin palabras: así se hace… cuando lo entiendes de verdad.

Aquel gesto, tan simple en apariencia, marcaría un antes y un después.

No era solo una muestra de poder.

Era una lección.

El mundo no siempre espera a que uno esté listo.

La magia me abría puertas… pero la oscuridad también sabía encontrar las suyas.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES ManuelTP11 ;v

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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