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After death, without memories - Capítulo 17

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  4. Capítulo 17 - 17 Crecimiento
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17: Crecimiento 17: Crecimiento Después de aquel incidente, los entrenamientos se intensificaron de manera brutal.

Ya no bastaban los ejercicios de pies: ahora también mis brazos eran puestos a prueba sin descanso.

Ravenscroft decía que una espada no era solo acero y filo, sino un peso que moldeaba cuerpo y voluntad.

Me enseñó nuevas guardias, cada una con sus ventajas y trampas.

Ochs —“la guardia del buey”—, con la espada junto a la cabeza, los brazos tensos como cuernos amenazantes.

Parecía una posición poderosa, pero sostenerla mucho tiempo consumía los músculos.

“Te salvará de un tajo a la cabeza”, decía, “pero nunca olvides que todo tu cuerpo sigue siendo un blanco”.

Vom Tag, la posición del halcón al acecho, con la espada a la altura del pecho lista para caer en diagonales feroces.

Era versátil, buena tanto para defender como para atacar sin aviso.

Y finalmente Alber, “la postura de los tontos”.

La punta de la espada apuntando al suelo, el torso descubierto, la cabeza sin defensa.

Cualquiera creería que era un error fatal… y sin embargo, era la más peligrosa de todas.

Un señuelo.

Una provocación.

“Con Alber incitas al enemigo a atacar donde cree que eres débil.

Entonces… lo cortas desde abajo, sin piedad”.

Ravenscroft incluso me hizo colocar el brazo libre tras la espalda, como un gesto de arrogancia.

Una burla al rival, un modo de decirle: eres tan inferior que ni necesito ambos brazos para derrotarte.

En el mundo, las batallas no eran solo choques de acero, sino juegos de orgullo y engaño.

“Quien cede a la tentación”, repetía, “ya perdió antes de blandir su espada”.

Yo apenas era un principiante en magia, pero el, me puso una meta absurda: caminar cien pasos sin tropezar ni dudar, y recién entonces me enseñaría un hechizo complejo.

Al principio pensé que era imposible.

Pero con Ravenscroft no había imposibles.

Cada día el tiempo parecía volar, y con él mi cuerpo cambiaba.

Sentía cómo me arrancaban de la infancia, paso a paso.

En cuanto a mis dudas sobre Ravenscroft y Leo… seguían sin respuesta.

Desde aquella cena en la que sus miradas parecieron cruzar más de lo necesario, no hubo nuevos encuentros entre ellos.

Yo, por supuesto, intenté sonsacar a mi maestro en más de una ocasión, pero siempre recibí respuestas vagas, evasivas, casi ensayadas.

Como si el solo hecho de tocar ese tema le incomodara.

Algunas noches me preguntaba si de verdad había algo más oculto, o si solo era mi imaginación jugando conmigo, uniendo piezas que no encajaban.

Tal vez no fuera más que una coincidencia, una de esas que el destino coloca frente a nosotros para hacernos perder el tiempo.

Y aun así, la sospecha no se extinguía del todo.

Seguía latiendo en silencio, como una astilla en la mente.

Pero el entrenamiento era implacable; no me dejaba espacio para divagar demasiado.

Entre el dolor en los músculos, los cortes mal ejecutados y las noches en vela, terminé por arrinconar esas preguntas en algún rincón de mi memoria.

Por ahora, debía seguir adelante.

*** No solo me entrenaba en esgrima y magia.

Ravenscroft, con esa obsesión suya por hacerme “completo”, decidió añadir combate cuerpo a cuerpo.

—Los puños, justo debajo de las mejillas.

No los bajes jamás.

—me indicó, colocándose frente a mí—.

Los pies… ya sabes cómo colocarlos.

Lo imité.

Mis puños se alzaron y mis pies se separaron de manera automática, siguiendo lo aprendido en las prácticas previas.

—Ahora —continuó— adelanta ligeramente el izquierdo.

No mucho, apenas lo suficiente para que tu rival piense que atacarás por ese costado.

Su instinto le hará protegerse… y allí es donde cometerá el error.

Obedecí, desplazando el pie como él decía.

—Entonces, —Ravenscroft dio un paso al frente, encarnando al oponente imaginario— levanta un poco ese mismo pie, apóyalo en la punta.

Que tu cuerpo gire como si buscaras golpearle el hígado.

Él morderá el anzuelo, bajará la guardia.

Y ahí… Se detuvo frente a mí, el rostro endurecido.

—Ahí conectas un derechazo limpio al mentón.

Con tu peso, con tu cadera, con todo.

Si lo haces bien, Drake, no se volverá a levantar.

Su silencio posterior pesó más que la instrucción misma.

Al cabo de un instante añadió: —Puedes apuntar al rostro, sí… romperle la nariz, reventarle la boca.

Pero escucha esto y grábalo: nunca golpees por golpear.

Si vas a hacer daño, que sea con propósito.

Es mejor noquear que dejar al rival sufriendo.

Su mirada, afilada como una cuchilla, me hizo tragar saliva.

—Cuando alguien está en combate, no siente el dolor de inmediato.

Por eso, lo certero siempre vence a lo aparatoso.

Termina rápido… o terminarán contigo.

Se cruzó de brazos y concluyó: —Recuerda: rápido y tenaz.

Nunca lento y ostentoso.

Aquella frase me persiguió durante días, repitiéndose como un eco cada vez que fallaba un golpe o me descubría cansado.

*** El tiempo pasó.

Días y noches se mezclaban en una rutina marcada por la fatiga, hasta que una mañana partimos más allá de la casa del lago, adentrándonos en lo profundo del bosque.

La caminata fue larga y silenciosa.

Yo no sabía a qué íbamos, pero la seriedad en el rostro de Ravenscroft me obligó a no preguntar.

A mitad del sendero, algo extraño se arrastraba entre la maleza.

—Mira bien —dijo mi maestro, señalando con la barbilla—.

Ese será tu primer oponente.

En el camino oscilaba una masa gelatinosa, verde y translúcida.

Respiraba, o al menos lo parecía, hinchándose y contrayéndose como una criatura torpe.

No tenía garras, ni colmillos, ni siquiera un rostro.

Más que un monstruo parecía una burla.

—¿Eso es un monstruo?

—pregunté incrédulo.

—Un limo.

—Ravenscroft cruzó los brazos—.

Frágil, lento, repugnante… y aún así, un monstruo.

Subestímalo, y perderás más que el orgullo.

Tragué saliva, sin poder rebatirle.

Avancé con cautela, la espada en guardia.

El limo reaccionó, como si sintiera mi presencia.

Se deslizó lentamente hacia mí… hasta que, de pronto, saltó.

—¡¿Qué rayos…?!

Caí de espaldas, aplastado bajo esa cosa viscosa y fétida.

Se pegaba a mí como si fuera parte de una lengua inmensa.

El asco me revolvía el estómago.

—¡Jajaja!

—Ravenscroft reía sin contenerse—.

Te derribó un limo… ¿quieres que le pida disculpas en tu nombre?

De una patada seca lo apartó.

El limo cayó con un sonido húmedo contra el suelo.

—Despabílate y acaba con él.

Es bajo, sí… pero sigue siendo un monstruo.

Esta vez me puse en pie con seriedad.

Un corte firme bastó para partirlo en dos.

—¿Es un animal, entonces?

¿O algo más?

Mi maestro se inclinó sobre el cuerpo partido.

Una llama nació en su mano, ardiente y precisa.

—Es un monstruo.

Lo sabrás porque, al morir, el maná se condensa.

—la llama comenzó a quemarlo lentamente— Y dejan esto.

El limo se redujo a un charco humeante, y en el centro brilló una piedra pequeña, luminosa.

—¿Siempre hay que… quemarlos?

—pregunté, incómodo.

—No.

Pero acelera el proceso.

Apenas empiezas, así que no perderemos el día esperando.

Me quedé mirando la piedra.

Tan simple… tan extraña.

—Así que esta fue mi primera pelea… contra una gelatina pestosa.

—dije con mueca amarga.

Mientras el humo se disipaba, una certeza se clavó en mí.

No era culpa.

Tampoco satisfacción.

Solo una intuición: aquello era apenas el principio.

¿Qué demonios vendría después?

—Maestro… —pregunté en voz baja—, ¿qué diferencia hay entre un monstruo y un demonio?

—El habla.

Lo miré confundido.

—Los monstruos no hablan.

Pueden ser astutos, organizarse en grupos, tener instinto.

Tal vez tengan un idioma que no comprendemos.

Pero lo que diferencia a un monstruo de un demonio es… esa chispa.

La palabra.

El pensamiento detrás de los colmillos.

—suspiró, y sus ojos se endurecieron un instante—.

A veces me pregunto, Drake… si los verdaderos monstruos no son precisamente los que nos parecen más humanos.

Guardé silencio.

No importaba cuántas posturas hubiese memorizado, ni cuántas veces hubiera lanzado una esfera de agua en los entrenamientos.

En el instante en que esa cosa se abalanzó sobre mí, todo lo aprendido se desmoronó.

Ese fue el día en que comprendí que el entrenamiento no era el combate.

El combate era otra bestia.

*** Dos meses pasaron con rapidez.

Sin embargo en la rutina diaria que combinaba esgrima y magia, mis lecciones con mi maestro parecían interminables, cada momento un desafío al que nunca podía escapar.

El sol apenas se filtraba a través de la ventana, pero mi mente ya estaba enfocada, esperando aprender algo nuevo.

Hoy, me enseñaba hechizo básico para invocar espíritus de luz.

¨ Diosa de la luz, sé me guía y ilumina mi camino.

Espíritus, surjan ¨ No se trataban de entidades poderosas, sino más bien de seres ligeros, casi etéreos, que podían ser útiles en tareas cotidianas, como iluminar o guiar el camino en la oscuridad.

Me sentí nervioso, pero esa tensión se transformó en concentración.

Levanté la mano a la altura de mi pecho, los dedos extendidos y la palma abierta.

Cerré los ojos por un momento, dejándome envolver por el silencio.

Un susurro de energía comenzó a recorrer mi cuerpo, y sentí un calor intenso que se expandía, comenzando en mi pecho y fluyendo hacia mis extremidades.

Era como si mi sangre hirviera lentamente, como si todo mi ser estuviera preparándose para una explosión de poder.

Mi respiración se aceleró.

Mi corazón retumbaba en mis oídos, haciendo eco de una pregunta que me rondaba constantemente: ¿Lo lograré?

—¡Surjan!

—exclamé con todo el empeño que pude reunir.

Pero en el instante en que la palabra salió de mis labios, lo que sucedió fue totalmente inesperado.

Un golpe impactó mi rostro con tal fuerza que mi visión se nubló al instante.

El suelo pareció abrirse debajo de mí, y antes de darme cuenta, ya estaba en el suelo, el dolor punzante en mi mejilla.

El mundo a mi alrededor giraba de manera frenética.

—¡Idiota!

—rugió una voz familiar que me sacó de mi confusión.

Mi mente aún nublada trataba de enfocar mi vista.

Fue entonces cuando logré distinguir la silueta de mi maestro.

Su presencia era inconfundible, imponente, como una sombra que cubría todo lo demás.

Su rostro estaba marcado por la ira, sus ojos ardían con desdén.

—Te lo dije, la magia no funciona así de fácil.

No quieras pasarte de gracioso.

El golpe que me había derribado fue solo el principio.

Antes de que pudiera reaccionar, vi cómo su codo descendía hacia mí con la velocidad de un martillo de guerra.

No hubo tiempo para evitarlo.

La presión en mi pecho se volvió insoportable, el aire desapareció de mis pulmones, y el impacto me dejó completamente vacío, aplastado contra el suelo con la fuerza de un caballo *** Recuperándome lentamente de la caída, el dolor seguía punzando en mi cuerpo, pero logré reincorporarme.

Mi maestro estaba de pie ante mí, la mirada fija en mis ojos, su presencia aplastante.

Su voz, grave y cortante, retumbó en mis oídos.

—Lo que acabas de hacer no es del todo correcto.

—Cuando un hechizo falla, puede liberar una explosión de maná… o algo peor.

Así que ten cuidado.

— Hizo una pausa, sus ojos como dagas perforando cada rincón de mi mente—.

Como lo dije antes, si bien es posible conjurar magia sin recitar palabras, es sumamente complicado.

Solo aquellos que entrenan incansablemente, repitiendo el mismo hechizo una y otra vez durante años, logran dominarlo.

A algunos, les toma toda una vida apenas para aprender a lanzar de uno a diez hechizos sin necesidad de palabras Mi respiración era más tranquila, pero mi mente seguía procesando sus palabras.

Sentí una especie de vacío en mi pecho, como si la realidad se hubiera desplomado sobre mí.

Me miró con una intensidad que me hizo querer apartar la mirada, pero me obligué a mantenerla.

—Solo aquellos que nacen con el don de la magia o los verdaderos prodigios pueden reducir de manera abismal el tiempo necesario para lograrlo.

Pero créeme, son pocos los magos que han existido a lo largo de la historia con tal habilidad.

Una ligera sonrisa apareció en sus labios, como si intentara darme un atisbo de esperanza, un resquicio de aliento.

Pero, al mismo tiempo, sus ojos no abandonaban la fría severidad.

—Te enseñaré lo que un buen mago puede hacer con dedicación y, sobre todo, con mucho entretenimiento.

Pero después, seguirás practicando el hechizo de los espíritus de luz.

Sus palabras se tornaron más duras.

—Y nada de más trucos sin palabras.

Con ese tono, me indicaba que mis errores no solo eran fallos personales, sino una falta de respeto hacia la magia misma.

Como si toda mi ignorancia estuviera manchando lo que debía ser un arte noble.

Para que entendiera verdaderamente el alcance de su poder, mi maestro me ordenó que lanzara una roca lo más alto y lejos posible.

Apreté los dientes, desafiando el dolor que aún recorría mi cuerpo.

La roca voló de mis manos, y vi cómo ascendía, perdiéndose en el cielo.

Luego, mi maestro adoptó una postura imperturbable.

Puso una mano sobre la otra, y lentamente, entre sus palmas, comenzó a formarse una pequeña esfera de fuego.

La luz del sol se reflejaba en su superficie, danzando con una intensidad que hacía que todo a su alrededor pareciera apagarse en comparación.

Con un simple gesto, entrecerró sus dedos dejando apenas abiertos el índice y el medio, como si obedeciera su voluntad el fuego se concentró en las puntas de sus dedos, chisporroteando con una ferocidad que casi podía sentir en mi piel.

Observé con la boca seca, maravillado por la energía que emanaba de él, una energía que parecía controlada, perfectamente dirigida.

¿Cuánto tiempo tendría que entrenar para alcanzar siquiera un fragmento de ese dominio?

Con un movimiento fluido, separó las manos, formando un arco invisible en el aire.

Su postura lo decía todo: estaba preparando algo.

Y en un parpadeo, la flecha de fuego disparó desde su mano derecha, atravesando el aire con una velocidad cegadora.

El rastro ardiente que dejó a su paso iluminó el cielo, como una estela de poder absoluto.

El proyectil alcanzó la roca que yo había lanzado momentos antes, y en un abrir y cerrar de ojos, la piedra estalló en mil fragmentos, reducida a cenizas por el calor abrasador.

Mi respiración se aceleró.

Mi corazón latía con una mezcla de miedo y admiración, mi cuerpo incapaz de moverse.

Ese era el poder de mi maestro.

*** Intenté una vez más formar el hechizo.

Esta vez cuidé cada sílaba, pronunciando despacio, casi con exagerada corrección… pero algo estaba torcido.

Las palabras salían de mi boca, sí, pero dentro de mí no había esa chispa, esa conexión que había sentido en el intento previo.

Era como si hablara al vacío.

El silencio pesó.

Cerré el puño con frustración.

—Maestro… no logro formar el hechizo —admití al fin, con un hilo de voz.

Ravenscroft me observó unos instantes, sin pestañear.

Su tono, aunque más calmo que antes, cargaba con la severidad de quien no olvida los errores recientes.

—Recítalo en voz alta.

Esta vez completo.

Asentí, tragando saliva.

Respiré hondo y me atreví: —Diosa de la luz, sé me guía y ilumina mi camino.

Espíritus, surjan.

Lo siguiente fue un suspiro áspero.

Mi maestro se llevó la palma a la frente con un gesto de exasperación.

Apenas se apartó la mano, su mirada se clavó en mí como un cuchillo.

—Drake… —su voz tenía un filo cortante, sin necesidad de gritar— no solo intentaste comerte palabras, también lo memorizaste mal.

Alzó la mano con calma, como para mostrarme la diferencia, y recitó con firmeza: —Diosa de la luz, sé mi guía y ilumina mi camino.

Espíritus, surjan.

El aire vibró de inmediato, ligero, cálido, como si la misma atmósfera respondiera a su llamado.

Frente a mí, apareció un ser diminuto, del tamaño de un brazo, translúcido y majestuoso en su simpleza.

Flotaba sobre Ravenscroft, girando a su alrededor.

Luz pura.

No tenía rostro, pero su resplandor imponía respeto.

—Con tu dedo puedes dirigirlo —explicó con calma— o darle instrucciones verbales.

Obedecerá.

Pero no esperes palabras, ni pensamientos.

No son interlocutores.

Solo cumplen.

Me quedé observando aquella pequeña manifestación, incapaz de apartar los ojos.

Una mezcla de asombro y vergüenza me recorría el cuerpo.

Dos cosas quedaron grabadas en mí en ese momento.

La primera: una vez más el nerviosismo me había vencido, igual que aquel día con el limo.

Mi propia ansiedad era un enemigo más, uno que tendría que aprender a derrotar.

Y la segunda: jamás volvería a buscar atajos en la magia.

No con Ravenscroft.

No si quería conservar mis dientes en su sitio.

*** Pero eso era solo el inicio.

Cada día traía un nuevo castigo disfrazado de enseñanza.

En una ocasión, ató pequeñas campanas a mi cintura y muñecas, y me ordenó caminar por un pasillo improvisado de piedras mientras mantenía el equilibrio sin hacerlas sonar.

“Un espadachín que hace ruido antes de atacar no vive para un segundo intento”, dijo con esa calma suya que a veces dolía más que un grito.

Llego a colgar objetos con sogas en un árbol y hacer que se balanceen mientras el me ataca yo tendría que esquivarlos.

Otro día me hizo practicar cortes precisos con una espada de madera, no contra un enemigo, sino contra hojas colgando de hilos.

Si la hoja se partía mal, era porque mi ángulo había sido incorrecto.

Si no caía con limpieza, debía repetir todo el ejercicio.

Una y otra vez.

Mis brazos ya no dolían: ardían.

Los músculos se tensaban incluso al dormir.

Las noches las pasaba empapado de sudor, soñando con formas y posturas, con números que ordenaban los cortes: diagonal uno, vertical dos, horizontal tres… y así hasta el infinito.

La magia no fue más compasiva.

Ravenscroft empezó a exigirme combinaciones.

Crear una esfera de agua mientras mantenía equilibrio sobre un solo pie.

Lanzarla mientras giraba el torso.

Absorberla de vuelta sin perder el control.

“La batalla no te esperará a que conjures con calma.

Te exigirá pensar, moverte y atacar… al mismo tiempo.” Incluso me hizo lanzar proyectiles mientras esquivaba los objetos colgantes.

Si fallaba uno, comenzábamos desde el principio.

Cada hechizo mal lanzado era corregido con un golpe seco de su bastón.

No con fuerza, pero sí con precisión.

Lo suficiente para recordarme que el error, en combate, se paga.

Y luego estaba el ajedrez.

Las partidas rápidas se volvieron letales.

No para el rey… sino para mí.

Cada vez que perdía una pieza, debía realizar una serie física: diez sentadillas, cinco flexiones, una carrera corta.

Si perdía la partida… corría dos vueltas al claro, sin agua.

Si ganaba… podía preguntar una sola cosa.

Y si la pregunta no valía la pena, no me la respondía.

Me entregó libros sin descanso.

Algunos con palabras que no entendía.

Me hizo leer sobre aperturas, sobre trampas mentales, sobre partidas históricas de grandes generales y magos estrategas.

Me enseñó a pensar no en jugadas… sino en escenarios.

“Drake, el que solo piensa en mover su espada… pierde contra quien piensa con la mente del enemigo.” Y ahí comprendí que lo que estaba haciendo ya no era solo entrenar.

Estaba siendo reconstruido.

Reforjado.

Ya no era solo Drake el niño que soñaba con aventuras.

Era un arma en formación.

*** John Ravenscroft Los meses transcurrieron con una rapidez sorprendente, casi como si el tiempo mismo se desdibujara en la rutina del entrenamiento.

No puedo negar que ha sido una experiencia gratificante y, en cierta medida, revitalizante.

Compartir mis días con este muchacho ha traído una chispa inesperada a mi existencia.

Drake es un torbellino de energía y curiosidad.

Su impulsividad a veces roza lo imprudente, pero, paradójicamente, es también parte de su encanto.

Tiene una mente aguda, siempre hambrienta de conocimiento, como si dentro de él existiera un barril sin fondo que jamás se llena.

No se conforma con lo que sabe, siempre quiere más, siempre busca superar sus límites.

Y, si sigo puliéndolo a este ritmo, no hay duda alguna de lo que lograré.

En cuanto a combate se refiere… estoy creando un auténtico monstruo.

El destino es un ente caprichoso, siempre jugando con los hilos del azar.

Quién hubiera pensado que, tras una discusión con mi esposa y días de vagar sin rumbo, terminaría cruzándome con un niño fuera de lo común.

Parece el inicio de una historia cliché, una de esas que se repiten a lo largo del tiempo… pero esta vez, no cometeré el mismo error dos veces.

Drake es un prodigio en toda regla.

Su dominio innato de la magia y la esgrima es algo que pocos en el mundo podrían igualar.

Sin embargo, su mayor virtud es también su mayor peligro: su talento desbordante podría convertirse en un lastre si llegara a confiar demasiado en él.

Es demasiado joven para comprender el peso que conlleva un don como el suyo.

Por eso, he tomado una decisión.

No le hablaré de su extraordinario potencial ni le haré ver lo excepcional que es.

No quiero que se pierda en la arrogancia de quien cree que su talento es suficiente.

En su lugar, lo forjaré con esfuerzo y disciplina.

Haré que cada avance sea el fruto de su sudor y su dedicación, no solo un reflejo de su talento nato.

El verdadero poder no reside en la facilidad con la que se aprende algo, sino en la voluntad de perfeccionarlo.

Y si Drake ha de convertirse en alguien grande, lo hará por mérito propio… no por simple destino.

—Drake —alcé un poco la voz, cortando el ritmo de su entrenamiento.

—¿Sí?

—respondió sin apartar la vista de lo que hacía, aún concentrado.

—Cuando termines habrá que cortarte el cabello.

Siempre debes estar presentable.

El muchacho se pasó una mano rápida por el flequillo, despeinándose más de lo que ya estaba.

—Creo que sí… lo tengo un poco largo.

He visto hombres con el cabello trenzado, ¿usted sabe qué significa?

Esbocé una sonrisa leve.

—Antaño, las trenzas eran símbolo de poder.

Distinción entre nobles de alto rango o guerreros que querían hacerse notar.

Hoy en día… es más una cuestión de gusto o de creencias personales.

Lo miré con seriedad.

—En tu caso, lo mejor será pasar desapercibido hasta que hayas pasado unos años en el Instituto.

Si después quieres trenzarte el cabello, bien por ti.

Pero, por ahora… lo llevarás corto.

Él asintió sin más, resignado.

—Está bien.

Lo observé mientras volvía a centrarse en sus movimientos.

Su espalda recta, su respiración pesada, el sudor resbalando por sus sienes.

El niño que conocí hace unos meses ya no era exactamente un niño.

Estaba cambiando, y yo era parte de ese cambio.

Tal vez la historia se repita.

Tal vez no.

Pero esta vez… tengo la esperanza de que el desenlace sea distinto.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES ManuelTP11 Fvck collage :/

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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