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After death, without memories - Capítulo 18

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  4. Capítulo 18 - 18 Las dos caras de la aventura
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18: Las dos caras de la aventura 18: Las dos caras de la aventura Drake Sapphirús He vivido ignorando, casi sin querer, el mundo a mi alrededor.

No sé por qué esta ciudad es conocida por su comercio en joyas, metales y alimentos traídos del pueblo vecino.

No me había preguntado nunca por qué aquí casi no se ven otras razas, ni por qué la mayoría de sus habitantes son adultos y no jóvenes correteando en las calles.

No es del todo culpa mía.

Crecí rodeado de amor y comprensión, protegido por mi familia, lejos de la maldad y del peso de la realidad.

Mi mundo era sencillo, pequeño… seguro Pero ahora empiezo a notar grietas en esa burbuja.

Recuerdo lo que dijo Ravenscroft, quizá en tono de broma: “Aprenderás a valorar lo que tienes cuando abras los ojos.” Y tenía razón.

Un accidente, los entrenamientos y las primeras lecciones de caza me obligaron a ver más allá.

Incluso en lo cotidiano hay detalles que antes me parecían irrelevantes.

La educación, por ejemplo: aquí todos saben al menos lo necesario.

No porque sean eruditos, sino porque la vida lo exige.

Un campesino no puede cultivar sin medir, calcular o prever.

Un mercader no podría vender sin cuentas básicas.

No es que ignoren, es que su prioridad no es aprender por aprender, sino sobrevivir.

Después de semanas de entrenamiento y de cazar algunos limos en el bosque, guardé las piedras que dejaban al morir.

Al inicio quise dárselas a mis padres, pero ellos rechazaron el gesto: —Son fruto de tu esfuerzo, por más pequeño que sea.

Tenían razón, es una cantidad minima que se gana de limos.

Sin embargo, como se dicen.

De poco en poco, se hace un montón.

Y ahora, con Ravenscroft, me dirigía por primera vez al gremio de aventureros de la ciudad.

El edificio se alzaba imponente, como si hubieran unido cuatro casas en una sola.

Por fuera parecía normal, pero al cruzar sus puertas, el aire cambió.

No era hostil, pero sí denso, pesado, cargado de voces, humo y miradas.

Grupos de tres, cinco o seis personas se reunían frente a tablones repletos de carteles, mapas y avisos.

Algunos bebían entre carcajadas roncas; otros discutían sobre rutas o botines.

La mayoría eran humanos, pero alcancé a ver varios enanos con sus trajes de cuero curtido y hachas colgando del cinto.

Era un mundo completamente distinto al mío, vibrante y peligroso, lleno de historias que no conocía.

Estaba absorto hasta que Ravenscroft me tocó el hombro.

—Vamos.

Nos acercamos al mostrador, donde una joven destacaba como un destello de color en medio del ambiente áspero.

Piel nívea, ojos violetas, cabello del mismo tono que caía en ondas suaves… y dos cuernos pequeños, casi ocultos.

Me quedé mirándola más de lo debido.

No había pelaje ni rasgos semi humanos; concluí que era una demonio.

—Buenos días, Odette —saludó Ravenscroft.

—Buenos días, John… y buenos días, pequeño.

Me sonrojé un poco.

—Buenos días.

—Me permites tu placa John por favor —Claro — Ravenscroft sacó una pequeña placa, de lo parecía fuera de plata.

Nada llamativa, sencilla.

Linda a simple vista.

Ella tomó la placa de Ravenscroft, escribiendo con calma en un papel, mientras me observaba con una sonrisa ligera.—¿Cómo te llamas?

—Soy Drake.

Un gusto conocerla.

—Qué niño tan educado.

Yo soy Odette.

Su cabello se deslizó al lado, mostrando el cuerno con claridad.

—Veo que no apartas la mirada de ellos.

¿Tienes curiosidad, verdad?

—Sí, mucha.

—No soy un demonio completo.

Soy mitad humana, mitad demonio… como tú.

—Fascinante —respondí sin pensar.

Rió con suavidad y pasó a la rutina del gremio.

—Bien, John.

¿Qué misión tomarás hoy?

—Muéstrame algunas de nivel C —pidió Ravenscroft con calma.

—Enseguida.

Mientras ella buscaba entre los documentos, mis ojos se perdieron en el salón.

La mayoría de los presentes eran adultos: hombres y mujeres curtidos por la experiencia, con miradas duras, cicatrices y el peso de sus armas siempre a la vista.

Entre ellos, sin embargo, distinguí a alguien diferente: un niño, apenas un poco mayor que yo, quizá diez años.

Se movía con soltura, como si el gremio fuera su segunda casa.

Una punzada de curiosidad se clavó en mí.

¿Podría ser yo como él dentro de unos años?

¿Un aventurero de verdad?

Sin pensarlo demasiado, me giré hacia la recepcionista.

—Señorita Odette, ¿yo podría registrarme en el gremio?

—pregunté con toda la seriedad que pude reunir.

Ella me miró sorprendida, sus ojos violetas entrecerrándose con una mezcla de ternura y duda.

—Eres muy pequeño aún, Drake… ¿cuántos años tienes?

—Cinco.

Odette negó con la cabeza suavemente, aunque en su gesto no había burla ni dureza, solo un aire de protección.

—Lo siento, es imposible por ahora.

—¿Por qué?

—Porque la edad mínima para solicitar el ingreso es de ocho años —explicó con paciencia—.

Y aun entonces, deben superar varias pruebas para confirmar que son aptos.

Mi ceño se frunció.

—¿Y si alguien es rechazado, puede intentarlo de nuevo?

—Por supuesto, pero debe esperar al menos un mes antes de volver a postularse.

No es un castigo, Drake.

Es una manera de dar tiempo a que los jóvenes crezcan, aprendan y adquieran más experiencia.

Guardó silencio un instante, como midiendo sus palabras.

Luego añadió: —Verás, las misiones son peligrosas.

Sería un crimen mandar a un niño a pelear directamente.

Pero… la necesidad existe.

Todos buscan la forma de llevar comida a casa.

Se inclinó un poco hacia mí, con voz más suave.

—Por eso, los menores pueden acompañar a aventureros en tareas seguras: recolectar materiales, ayudar a cargar equipo, aprender observando.

Aquí procuramos que reciban consejo, cierta protección… y un pago justo.

—Suena muy bonito todo eso —interrumpió Ravenscroft sin apartar la vista de un par de carteles—.

Pero no le escondas la otra cara del gremio.

Odette suspiró, sus dedos se crisparon sobre los papeles.

—Lamentablemente, es cierto.

No podemos controlar lo que ocurre durante las misiones.

Hay abusos, maltratos… incluso abandonos.

Se investiga y se intenta hacer justicia, pero no siempre basta.

Algunos aceptan ese riesgo con tal de ganar unas monedas.

Hizo una pausa, la voz le tembló apenas.

—Hace poco, en un mismo grupo murieron tres infantes.

—¿Tres?

—Ravenscroft clavó sus ojos dorados en ella, con un reproche helado—.

Eso ya no es casualidad.

—Fueron misiones de gran dificultad.

Nadie sabe con certeza qué ocurrió allí.

Es cruel, injusto… pero también es la verdad.

La vida de aventurero siempre muestra sus dos caras.

Yo no supe qué responder.

Solo alcancé a murmurar: —Gracias… Ravenscroft dio un paso adelante y tomó un cartel.

—Nos quedamos con esta misión.

Odette lo observó con el ceño ligeramente fruncido.

—¿Ustedes dos solos?

—Así es —contestó él, firme.

Ella bajó la mirada por un instante, como si quisiera decir algo más, pero al final suspiró resignada.

—Ya veo… entonces les deseo mucha suerte.

—Gracias, Odette —dijo Ravenscroft, guardando el documento.

—Muchas gracias, señorita —añadí yo, y antes de apartarme, me atreví a preguntar—: ¿Cree que… cuando regresemos, pueda hacerle algunas preguntas?

Ella arqueó una ceja, sorprendida, y desvió la mirada hacia Ravenscroft.

Él, sin cambiar el gesto, asintió con un leve movimiento de cabeza.

—Sí, no hay problema —respondió finalmente, con una sonrisa amable.

—Perfecto.

Muchas gracias —dije, inclinando un poco la cabeza.

Nos retiramos enseguida.

Sin embargo, pude notar las miradas que nos seguían: algunas de desconfianza, otras de curiosidad, unas pocas incluso cargadas de recelo.

No les di importancia y seguí el paso de Ravenscroft, con el corazón latiendo rápido.

*** Mientras caminábamos a mi primera misión oficial.

Tuvimos una charla amena  —¿Qué te pareció el gremio de aventureros?

— Comento Ravenscroft —Un tanto peculiar — Respondí acariciando mi barbilla con los dedos —Tiene su encanto verdad que si.

—Si, aunque dentro se siente un poco pesado el ambiente.

Ravenscroft asintió levemente.

—Con el entrenamiento, tus sentidos se vuelven agudos.

A esto se puede usar el nombre de aura: es la energía o vibra de una persona o lugar.

Claro ejemplo el gremio de aventureros.

—¿Aura…?

—repetí en voz baja.

—Por sí solo el aura no es nada espectacular —continuó él—, pero entrenada puede ser algo muy útil.

Me miró de reojo antes de seguir hablando: —Sirve, por ejemplo, con cosas prácticas para ver las intenciones de una persona.

Pero para ello también debes confiar en tus instintos.

Cualquier persona se puede acercar a ti con buenas intenciones, y podrían cambiar en el momento menos esperado.

—Entonces el aura es como una advertencia… —comenté, pensativo.

—Exacto.

El gremio si bien su ambiente es pesado no quiere decir que sea peligroso totalmente.

Así que te puedes guiar y mantenerte alerta.

—La forma más útil a mi parecer es para intimidar.

Como aquella infame vez de la niña.

Recorde el incidente y asentí.

—Sí… Lo recuerdo.

En ese momento mi instinto me decía que me apartara  —Exactamente, no se necesita entrenar el aura para reaccionar ante esas situaciones.

Hizo una pausa, bajando la voz —Aunque puedas ver el aura de las demás personas es difícil ocultar la propia.

Al momento que tú quieres ver el aura de alguien más, tú también te expones al que vean la tuya.

—Un riesgo mutuo — Afirmé —Asi es.

Lo agregaré a tu entrenamiento para que la ocultes lo mejor posible, más sin embargo, habrá momentos que se pueden escapar tus intenciones.

Mantener el aura controlada mucho tiempo es agotador.

—Se tú mismo.

Y cuando tengas que ocultarla, lo harás.

Así de simple.

Asentí con la cabeza dejándolo terminar en su enseñanza —El aura para intimidar puede tomar forma de animales o criaturas, puede ser cualquiera, desde una tortuga hasta un dragón.

Fruncí el ceño —¿Cómo podría intimidar una tortuga?

—Imagínate una tortuga del tamaño de una casa, con sus ojos brillando como brasas —replicó con calma—.

Puede infundir tanto miedo como cualquier bestia.

Sonreí con incredulidad.

—Bueno… visto así.

—Puede adoptar muchas formas como ya dije.

Pero las que más han llamado la atención o no tiene del explicación del por que, relacionados con los elementos son: Relacionada con el agua el imponente leviatán, es el más llamativo de todos.

Del fuego un cerbero implacable, es de las más raras.

—De la tierra un poderoso león.

Del viento un hermoso quetzal.

De la luz un majestuoso jaguar.

De la oscuridad una sigilosa serpiente.

Del rayo un águila colosal.

Del hielo un feroz oso polar  —Si Jörmundgander el dios del agua, por que el aura adopta el del Leviatán.

O con el fuego, por que no se adopta un fénix, seria lo mejor.

— Pregunté dudoso.

Cómo puede haber esos disparates —A veces, estas formas no tienen sentido para nosotros —añadió Ravenscroft—, pero quizá sí para los dioses.

Tal vez no muestran su verdadera forma, sino algo que podamos comprender… o que tenga un significado que aún no hemos descubierto.

—Esto puede explicarse un poco con que no todos los relacionados con el elemento del agua obtienen el aura del leviatán, también portan serpientes marinas o diferentes animales acuáticos.

—Del fuego hay registro de tanto fénix, cerbero, un caballo, hasta un burro.

Del rayo tanto águila, una cabra, como un toro.

Las posibilidades son infinitas —Realmente es algo espectacular pero son cosas realmente imposibles de comprender.

—Eso… es demasiado para procesar —admití, frotándome la frente.

Ravenscroft dejó escapar una ligera risa.

—Y eso que apenas comenzamos.

Tanta explicación me dejo un poco aturdido, lo entendía poco pero no lo suficiente.

Demasiado revuelto.

—Mira, esa es nuestra misión.

No tuve tiempo de ordenar mis pensamientos.

Frente a nosotros, una manada de seis lobos devoraba lo que parecía ser el cadáver de un ciervo, aunque apenas podía distinguirlo bajo los gruñidos y el festín sangriento.

Sin embargo, había algo extraño en ellos.

No eran lobos comunes, no con esos ojos que parecían brillar con un fulgor malsano.

—¿Lobos?

—pregunté, intentando disimular la inquietud que me erizaba la piel.

—Lobos mágicos, para ser precisos —aclaró Ravenscroft, con su tono calmado pero inflexible—.

Los enfrentarás tú solo.

Yo solo observaré.

Intervendré únicamente si es necesario.

Sentí que la garganta se me cerraba, pero asentí.

—Está bien.

Avancé con cautela, cuidando cada paso.

Los lobos notaron mi presencia de inmediato; sus cabezas se alzaron al unísono y sus colmillos se tiñeron de saliva espumosa.

En un instante, comenzaron a moverse en círculos a mi alrededor, cerrando el perímetro.

Adopté la posición de Alber, conteniendo la respiración para mantener el pulso firme.

Mi corazón quería desbocarse, pero me obligué a mantenerlo bajo control.

El ataque llegó sin aviso.

Se abalanzaron todos al mismo tiempo, perfectamente coordinados, como si una sola mente guiara sus cuerpos.

Giré sobre mis talones y alcé la espada en un tajo amplio.

El acero rozó carne y hueso, desgarrando a cuatro de ellos.

Se apartaron con aullidos de dolor, dejando dos aún en pie, heridos pero desafiantes.

De pronto, uno levantó la cabeza y lanzó un aullido prolongado que heló mi sangre.

—No… —murmuré.

Antes de que pudiera reaccionar, sombras emergieron entre los árboles.

Otros lobos.

Cinco, seis… diez en total.

Ahora me encontraba rodeado por una jauría hambrienta y encolerizada.

El ritmo de mi corazón se aceleró, esta vez imposible de contener.

Con mi mano libre formé una pequeña esfera de agua.

Mi primer impulso había sido recurrir al fuego, pero un incendio en el bosque sería mi condena.

Apenas logré compactar el líquido cuando tres lobos se me abalanzaron.

La esfera los golpeó de lleno, frenándolos por un instante.

Otros cuatro atacaron desde distintos ángulos.

El entrenamiento con Ravenscroft se volvió mi instinto: cortar, esquivar, retroceder, impulsarme.

Durante un momento, creí que lo lograría.

Pero los lobos no eran limos ni muñecos de práctica.

—¡Ahhh!

Un dolor punzante estalló en mi tobillo.

Uno se había escabullido y hundido sus colmillos en mi pierna derecha.

Otro me mordió el brazo izquierdo, desgarrando piel y músculo.

Apenas logré cortar al primero cuando otro me derribó, lanzándose directo a mi cuello.

A duras penas interpuse la espada y lo empujé hacia un lado, rebanando su costado.

Pero no había respiro: uno atrapó mi brazo derecho y otro mi pie.

Estaba inmovilizado.

Mordidas brutales me sacudían, agitándome como si fuera un juguete.

—¡Hah… hah!

—jadeaba, incapaz de respirar con normalidad.

La sangre brotaba en chorros calientes, empapándome.

Pateaba, golpeaba, intentaba liberarme, pero el agarre de sus fauces era inhumano.

El dolor era insoportable.

Mi espada ya no respondía a mi voluntad.

En un arranque desesperado intenté formar una bola de fuego, pero la llama se apagó antes de nacer.

Lo noté entonces: un destello rojo brillaba en los ojos de los lobos, y con él, su fuerza se intensificaba.

El dolor, la ferocidad, todo crecía.

Y de pronto… el mundo cambió.

El miedo me aplastó como una montaña.

Mi cuerpo temblaba sin control, mis ojos se inundaron de lágrimas.

Era un terror primitivo, absoluto, como si la muerte misma se hubiera manifestado frente a mí.

Los lobos también lo sintieron.

Soltaron mis miembros y retrocedieron aullando, con la cola entre las patas.

Algunos cayeron al suelo, convulsionando, chillando de terror.

El bosque entero se estremecía.

Los árboles crujían, el suelo se agrietaba bajo una presión invisible.

El aire se volvió pesado, imposible de respirar.

Y lo vi.

Una energía desbordante emergió como llamas azules, expandiéndose en una esfera gigantesca que devoraba la oscuridad.

Entre el resplandor, nueve cabezas reptilianas o tal vez de dragón, como en los cuentos se materializaron, cada una rugiendo en silencio, mirando hacia todas direcciones.

Mi corazón amenazó con estallar.

El aire me faltaba.

Iba a morir.

Y en un parpadeo… todo desapareció.

Los lobos yacían muertos.

La presión se desvaneció.

Las cabezas se disiparon como humo.

Solo quedaba el eco de mi propio corazón desbocado.

Cuando logré mover un dedo, alcé la cabeza y lo vi.

Ravenscroft.

De pie, imperturbable, mirándome.

—Lo hiciste bien.

Mejor de lo que esperaba.

—Su voz era calma, casi paternal—.

Déjame curarte… y dame tu pantalón.

Has tenido un pequeño accidente.

El calor me subió al rostro cuando noté la humedad en mis piernas.

Me había orinado encima.

No era un miedo cualquiera: era el miedo absoluto, el de sentir que tu vida podía extinguirse en un instante.

Retrocedí cuando él se acercó, arrastrándome con torpeza, aún temblando.

—Déjame ver tus brazos —insistió.

Dudé, apreté los ojos, y finalmente extendí los miembros ensangrentados.

Sus manos, suaves y firmes, los sostuvieron con cuidado.

—Madre Naturaleza —entonó con solemnidad—, protectora de toda vida.

Yo, tu hijo, te imploro: asísteme en mi camino y cura sus heridas.

Sanación.

Un calor tibio recorrió mis brazos.

El dolor desapareció, y una corriente de agua cristalina limpió la sangre.

Cuando abrí los ojos, las heridas habían desaparecido como si nunca hubieran existido.

Ni un rasguño.

Ni una cicatriz.

Me despojé con torpeza de la ropa empapada.

Ravenscroft no mostró ni asco ni burla; simplemente limpió y secó mis prendas con viento y agua, mientras yo permanecía desnudo, tembloroso, indefenso.

Aún podía ver, grabada en la memoria, la imagen de aquellas nueve cabezas que lo envolvían.

Y aunque él actuaba como si nada hubiera sucedido, yo lo sabía: mi maestro no era un simple elfo.

Había visto el rostro del monstruo que dormía en su interior.

*** Ya con la ropa limpia y seca, sentía cómo la respiración poco a poco volvía a un ritmo más estable.

Aun así, la tensión seguía en mis músculos como un eco difícil de borrar.

Fue Ravenscroft quien rompió el silencio.

—Esos lobos tienen la capacidad de robar maná y reforzarse con él.

Por sí solos no son un gran problema, pero en manada… el riesgo se multiplica —explicó, con la calma de quien dicta una lección en vez de hablar de la muerte que casi me había alcanzado.

Lo miré de reojo, aún con un nudo en la garganta.

—No miento al decir que lo hiciste bien.

Pero, una vez más, tus descuidos te jugaron en contra.

Dime, ¿por qué usaste agua y no fuego?

Tardé en responder.

La voz apenas me salía, como si las palabras tropezaran antes de alcanzar mis labios.

—Por… el bosque —susurré, evitando sus ojos, clavando la mirada en mis propias manos aún temblorosas.

Él asintió despacio.

—Es comprensible.

Pero recuerda: mientras yo esté aquí, jamás permitiré que un incendio se salga de control.

Su respuesta me encendió una chispa de rabia.

—¿Y cuando no esté usted?

—pregunté con dureza, forzando mi voz a salir, quebrada pero firme—.

Con el agua, asumí que el pelaje se les cargaría, que perderían movilidad.

Era lo mejor que tenía a mano.

Un destello de aprobación brilló en sus ojos.

—Tu razonamiento es válido —concedió.

Luego señaló hacia el suelo con el dedo—.

Pero observa dónde terminó el agua.

Seguí su gesto.

Los charcos que había dejado brillaban débilmente, iluminados por fragmentos de piedras maná.

—Absorben energía, sí, pero siguen siendo frágiles ante hechizos.

Además, como notaste, son veloces y coordinados.

Tu apertura con la postura de Alber fue impecable.

Pero cometiste un error: no remataste a los dos que sobrevivieron.

Eso les dio la oportunidad de llamar refuerzos.

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.

—Tu segundo error fue en la conjuración.

Recitaste mal el hechizo de agua.

Lo lanzaste rápido, te funcionó… pero te drenó demasiado.

No hubo explosión de maná porque no era un hechizo complejo, pero el costo te debilitó.

Lo escuchaba en silencio, apretando los dientes.

Hasta que ya no pude contenerme.

—¿Y qué fue eso?

—pregunté, con un tono entre furia y miedo.

Ravenscroft me sostuvo la mirada.

—¿Qué fue qué exactamente?

—Ese monstruo… de nueve cabezas.

¿Era su aura?

El elfo asintió, sin apartar los ojos de mí.

—En efecto.

Eso era.

Tragué saliva.

Sentí la garganta áspera, como si cada palabra me desgarrara desde dentro.

—Eso… no tenía nada de simple.

Ni de divertido, como había dicho.

Ravenscroft apoyó las manos sobre las rodillas y respondió con firmeza: —Lo dije.

Intimidación.

Es simple.

Lo que viste fue mi aura manifestándose.

Tú lo sufriste más porque aún no puedes controlar la tuya, y la diferencia de poder te golpeó como un cañón directo al pecho.

Guardó silencio un instante y, con una sombra de ironía en su voz, añadió: —Lo divertido era en las formas que puede adoptar.

No en andar asustando a cualquiera.

—Entonces… ¿qué era eso?

Él tomó aire profundamente, luego exhaló con fuerza, como si pesara cada palabra antes de soltarla.

—La Hidra.

Mis ojos se abrieron de par en par.

La sola mención de aquel nombre me dejó helado.

Una criatura de las leyendas, un monstruo inmortal que solo existía en cuentos.

Y, sin embargo, lo había visto con mis propios ojos.

—¿Cómo…?

—alcancé a decir, mi corazón acelerándose otra vez.

Ravenscroft levantó una mano, deteniéndome.

—Basta.

No ahora.

Necesitas calmarte antes de poder procesar lo que viste.

No tuve fuerzas para replicar.

Solo asentí.

Se inclinó hacia un costado y me tendió su barrilete de agua.

Lo tomé con ambas manos, bebiendo con avidez, el líquido fresco bajando como bálsamo por mi garganta.

Nos quedamos allí, uno junto al otro, en silencio.

Sin palabras, sin necesidad de ellas.

Solo el murmullo lejano del bosque y el peso invisible de lo que acababa de presenciar.

*** Miraba mis brazos una y otra vez.

La piel estaba intacta, sin marcas, pero en mi mente aún sentía el ardor de los colmillos clavándose, el peso de los cuerpos sobre mí, la desesperación de no poder moverme.

Era como si mi memoria hubiera quedado atrapada en aquel instante, repitiéndolo sin descanso.

Me costaba respirar.

Me costaba aceptar que, al menos en apariencia, todo había pasado.

¿Cómo se supone que debo sentirme después de algo así?

¿Aliviado?

¿Aterrorizado?

¿Más fuerte… o más débil?

La conversación con Odette tendría que esperar.

Ravenscroft me ordenó volver a casa, y él se encargaría del resto.

No protesté; solo asentí y obedecí, arrastrando mis pasos en silencio.

Un escalofrío me recorrió la espalda, tan frío como agua helada, haciéndome estremecer.

Todo a mi alrededor parecía distinto: los ruidos más nítidos, las sombras más densas, los movimientos de la gente más claros.

Mis sentidos estaban afilados hasta el extremo, como si mi cuerpo se negara a bajar la guardia.

Cuando crucé la puerta de casa, la escena me golpeó con una fuerza inesperada.

Mi madre estaba allí, sonriendo, jugando con Thomas.

Sus risas llenaban la habitación con una calidez que me resultaba casi irreal.

Yo, que hacía apenas un momento había sentido la muerte respirar en mi nuca, los veía ahora tan ajenos, tan felices, tan… inocentes.

Ellos no tenían la culpa.

No sabían lo que había ocurrido.

Para ellos yo seguía siendo solo un niño que salía a entrenar.

Y, sin embargo, en ese instante me sentí insignificante, como un grano de arena perdido en un mundo demasiado vasto y cruel.

Mi madre levantó la vista y me miró, sorprendida por mi regreso.

—¿Qué sucede, Drake?

—Nada, mamá.

—Regresaste temprano.

¿Quieres algo de comer?

—No.

Estoy bien.

Solo terminamos antes, eso es todo.

Tragué saliva.

¿Cómo podría decirle que estuve cara a cara con la muerte?

¿Cómo explicarle que el aura, ese poder invisible, puede ser tan espeluznante y devastador?

No quería.

No debía.

Quiero que mi familia permanezca lejos de ese mundo, del mundo que yo ya estoy conociendo en carne propia.

Sin decir más, caminé directo al baño.

Necesitaba cerrar la puerta, estar a solas, y dejar que el temblor de mis manos terminara de desaparecer.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES ManuelTP11 Mis disculpas por la ausencia.

He estado bastante ocupado con el trabajo y la universidad, lo que me ha impedido escribir con la constancia que deseo.

🙁

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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