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After death, without memories - Capítulo 3

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  4. Capítulo 3 - 3 Ethan Sapphirús
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3: Ethan Sapphirús 3: Ethan Sapphirús Si alguien me preguntara cómo es mi vida diaria, respondería sin dudar que es un remanso de placer y felicidad.

Pero, como todos en este mundo, no estoy exento de los caprichos del destino ni de las sombras que a veces oscurecen el camino.

Nací en el seno de una familia noble, rodeado de comodidades y con un poder que muchos desearían, pero que yo, en mi inocencia, apenas comprendía.

Mi infancia fue un sueño hecho realidad, tejida con hilos de amor y armonía.

Mis padres, un faro de ternura y sabiduría; mis hermanos, modelos de virtud y valentía.

Crecí entre risas sinceras y amistades inquebrantables, en un mundo donde las preocupaciones eran ajenas a mi alma y las necesidades, un concepto desconocido.

Todo lo que un niño podría desear estaba a mi alcance, y la felicidad era mi única realidad.

Soy el menor de cinco hermanos, el último eslabón de una dinastía marcada por la grandeza y el peso de un legado inquebrantable.

Mi hermano mayor, Maximiliano, es la imagen de la disciplina y el deber; le sigue Christopher, astuto y calculador en cada una de sus acciones; luego está Estephan, cuya naturaleza impetuosa lo distingue de los demás; y mi única hermana, Scarlett, una mujer de temple inquebrantable y mirada afilada como una daga.

Y, finalmente, estoy yo: Ethan, el más joven de los Sapphirús.

Mi relación con mis hermanos es sólida y auténtica, como la de una familia que ha aprendido a caminar junta a través del tiempo.

Nos conocemos profundamente, y aunque, como es natural, no estamos exentos de los roces típicos entre hermanos, nuestra unión es firme.

No caemos en conflictos triviales o innecesarios; más bien, cada desacuerdo se convierte en una oportunidad para crecer y resolver.

Hemos adoptado una política familiar que nos ha servido como faro en momentos de tensión: cuando uno de nosotros tiene un problema o algo le incomoda, nos reunimos sin dudarlo, cara a cara, para hablar y encontrar una solución.

La comunicación abierta y el entendimiento mutuo son las bases de nuestro acercamiento.

En aquellos casos en los que las palabras no son suficientes para calmar la incomodidad o el estrés, existe la opción de un duelo amistoso, una forma simbólica de liberar la tensión acumulada, siempre bajo la supervisión de los más sabios y con el compromiso de mantener la armonía.

Este enfoque ha sido nuestro refugio, una herramienta para resolver nuestras diferencias de manera pacífica, sin dejar que los pequeños malentendidos fracturen la cercanía que tanto valoramos.

Gracias a este equilibrio, hemos logrado mantenernos unidos, enraizados en un amor profundo y el respeto por el vínculo que compartimos.

Nuestro apellido no es solo un nombre, es un emblema, un reflejo de la riqueza y el poder que nuestra familia ha forjado a lo largo de generaciones.

Se dice que “Sapphirús” proviene de una gema de un azul profundo y enigmático, una piedra preciosa que, en los albores de nuestra estirpe, representó la clave de nuestra prosperidad.

Nuestros ancestros construyeron su fortuna entre joyas y metales preciosos, estableciendo los cimientos de un linaje que, con el tiempo, se expandió mucho más allá del comercio de piedras preciosas, extendiendo su influencia a ámbitos donde el verdadero valor no siempre se mide en quilates, sino en alianzas, poder y estrategia.

Hoy en día, el apellido Sapphirús es sinónimo de prestigio, una marca que inspira respeto, pero también despierta envidias y rivalidades.

Ser parte de esta familia no es solo un privilegio, sino una responsabilidad que pesa sobre los hombros de cada uno de nosotros.

Y aunque soy el más joven, sé que mi destino está entrelazado con la historia de mi linaje, con todo el esplendor y las sombras que ello conlleva.

A medida que dejaba atrás la infancia y mi visión del mundo se expandía, fui comprendiendo que el poder de mi familia no era solo un privilegio, sino también una carga.

Con él venían responsabilidades ineludibles y enemigos ocultos entre las sombras, aguardando el momento oportuno para atacar.

Sin embargo, entre todos ellos, ninguno representaba una amenaza tan latente como la familia Ciavattini.

Mi padre, con su voz grave y llena de historia, solía decir que el conflicto entre nuestras familias se extendía a lo largo de generaciones, tejido en la misma sangre que nos daba identidad.

Durante décadas, el odio y la desconfianza habían sido el cimiento de nuestra relación, un equilibrio frágil sostenido únicamente por acuerdos diplomáticos que evitaban el estallido de una guerra abierta.

Pero en un mundo donde el poder lo era todo, ¿cuánto tiempo más podrían contenerse las llamas de la inevitable confrontación?

*** A la edad de dieciséis años, mi padre me encomendó una misión que, en apariencia, no era más que un simple viaje de negocios: una visita a tierras lejanas bajo el pretexto de supervisar la expansión de uno de nuestros bienes más valiosos.

Sin embargo, incluso a esa edad, comprendía que en nuestra familia nada era tan simple como parecía.

No viajaba solo.

A mi lado estaba Angie Winters, mi amiga de la infancia y esposa, cuya presencia no solo servía como compañía, sino también como símbolo de los lazos que unían a nuestras familias.

Los Winters, aunque de un rango nobiliario medio, eran comerciantes excepcionales y aliados indispensables en la consolidación de nuestra fortuna.

Desde generaciones atrás, su habilidad para el comercio había fortalecido nuestra casa, convirtiéndolos en piezas clave dentro de nuestro entramado de poder.

A pesar de la diferencia de estatus, la unión entre Angie y yo nunca fue motivo de disputa.

Mi padre, un hombre de ambiciones calculadas pero de pensamiento pragmático, nos había otorgado a mis hermanos y a mí la libertad de escoger con quién casarnos, siempre y cuando la elección trajera algún beneficio a nuestra familia.

En su mundo, el amor era un lujo secundario frente a la estabilidad y el crecimiento del legado familiar.

Sin embargo, en aquel viaje, lejos de la seguridad de nuestro hogar, pronto descubriría que ni el linaje, ni los acuerdos entre familias, ni siquiera la bendición de mi padre podían protegernos de los peligros que acechaban más allá de nuestras fronteras.

Que sorpresa nos depararía en el futuro El viaje sería extenso y desafiante.

Solo el trayecto de ida nos tomaría aproximadamente dos meses, un total de ochenta y ocho días recorriendo caminos inciertos, enfrentando los caprichos del clima y los peligros ocultos en las rutas menos transitadas.

Una vez en nuestra destino, nos esperaba un período de al menos seis meses dedicados a la exploración y negociación.

Debíamos evaluar minuciosamente la fertilidad de las tierras y la autenticidad de las joyas cuya reputación las precedía en los informes.

Por orden de nuestras familias, Angie y yo debíamos prescindir de nuestros apellidos al entablar acuerdos.

No éramos Sapphirús ni Winters en esas tierras, solo dos viajeros en busca de oportunidades.

La estrategia de mi padre era impecable: si queríamos establecer lazos sólidos con los comerciantes y agricultores, debían surgir del respeto y la confianza mutua, no de la influencia de un nombre poderoso.

De esta forma, los acuerdos serían genuinos y beneficiosos a largo plazo, sin la sombra de la conveniencia o el temor a una familia noble.

Era una jugada astuta, una más de las muchas que lo hacían un hombre admirable.

**** Ocho meses después, habíamos logrado establecer las bases de una red de contactos sólida.

Algunos acuerdos ya estaban en marcha, y nuestras raíces en esas tierras se hacían cada vez más profundas.

Habíamos construido una pequeña casa, modesta y discreta, suficiente para aparentar la vida de una familia sencilla: un hogar pensado para dos padres y tres hijos.

No era ostentosa ni llamativa, pero precisamente por eso era perfecta.

Un refugio donde podíamos vivir con tranquilidad, lejos de los ojos de quienes podrían reconocer quiénes éramos en realidad.

A Angie y a mí nunca nos incomodó la falta de lujos.

Por el contrario, la simplicidad nos brindaba algo que pocas veces habíamos tenido: privacidad, cercanía… un espacio solo para nosotros.

Nos amábamos con una intensidad que no necesitaba adornos ni riquezas.

Si el destino nos hubiera hecho nacer lejos de las familias que nos dieron nuestro linaje, sin títulos ni responsabilidades, esta sería mi vida soñada.

Una existencia pacífica, junto a la mujer que amaba, lejos de intrigas y conflictos.

Pero incluso en aquella paz, nuestros pensamientos miraban al futuro.

Sabíamos que el siguiente paso natural sería formar una familia propia.

Y con cada noche de pasión compartida, era inevitable que, tarde o temprano, Angie concibiera nuestro primer hijo.

Solo imaginarlo hacía que mi felicidad aumentara, dándole un nuevo propósito a nuestra historia.

La idea de verla con nuestro hijo en brazos, de tener un pequeño reflejo de nuestro amor creciendo entre nosotros, llenaba mi corazón de un anhelo que jamás había sentido antes.

*** Tres semanas después, la tragedia se esparció como un eco fúnebre por toda la región: las familias Sapphirús, Winters, Ferrer y Zannier habían sido aniquiladas sin piedad por la familia Ciavattini.

No fue un simple conflicto entre casas rivales, sino una masacre meticulosamente planeada.

Los rumores hablaban de una siniestra alianza con la Iglesia, que habría respaldado la traición a cambio de una parte de las riquezas, propiedades y el vasto arsenal que pertenecía a nuestras familias.

Aquellos que una vez ostentaban poder e influencia ahora yacían en el olvido, sus nombres borrados por el filo de la traición y la avaricia.

Si no fuera por Angie y por mí, nuestras casas habrían desaparecido por completo.

Éramos los últimos vestigios de cuatro linajes que habían gobernado durante generaciones.

Y el mundo creía que estábamos muertos.

Nuestro aparente fallecimiento no fue más que un golpe del destino, una coincidencia extraordinaria que nos alejó del mismo filo que segó las vidas de los nuestros.

Cuando partimos hacia la ciudad de Auspect, era necesario cruzar un pequeño pueblo llamado Monfigt.

Sin embargo, justo en el momento de nuestra llegada, una feroz batalla estalló entre caballeros y criaturas de pesadilla.

El caos se apoderó de la aldea, cubriendo los caminos con fuego y sangre.

Las fechas encajaron con precisión macabra.

Aquellos que conocían nuestra ruta asumieron que habíamos perecido junto a los desafortunados que fueron masacrados en Monfigt.

Pero la realidad era muy distinta.

Nuestra salvación se debió a un presentimiento de Angie.

Recuerdo su inquietud creciente aquella noche, su piel pálida y su respiración entrecortada, como si una fuerza invisible oprimiera su pecho.

Se veía alterada, consumida por un malestar que no lograba explicar.

“No podemos seguir”, me dijo con un hilo de voz, aferrándose a mi brazo como si su vida dependiera de ello.

Su angustia era tan genuina que no dudé en hacer caso a su intuición.

Decidimos acampar cerca de unas montañas a las afueras del pueblo, lejos del camino principal.

Esa decisión nos salvó la vida.

Desde la distancia, observamos el resplandor de las llamas devorando Monfigt, los gritos sofocados por el estruendo del combate, el eco de los cascos de guerra chocando contra la tierra.

De haber continuado con nuestro plan original, habríamos quedado atrapados en medio de la masacre.

Cuando la batalla terminó y el pueblo quedó reducido a cenizas, comprendimos que, por un cruel juego del destino, ahora estábamos muertos para el mundo.

Pero en esa muerte simbólica se encontraba nuestra única oportunidad.

Mientras todos nos creían desaparecidos, teníamos la ventaja de actuar desde las sombras, de reconstruirnos desde el exilio.

La venganza no tardaría en germinar en nuestros corazones.

Y tarde o temprano, haríamos pagar a la familia Ciavattini por lo que nos arrebataron.

*** Un año pasó como un susurro en el viento, veloz y sin dejar rastro de respuestas.

No había noticias concretas sobre la masacre que extinguió a nuestras familias, solo rumores dispersos que llegaban con el ajetreo del comercio en la ciudad de Auspect.

Mientras tanto, Angie y yo continuábamos con nuestras vidas, construyendo una nueva existencia bajo identidades comunes, alejados de la sombra de nuestro linaje.

Pero la paz es un lujo efímero.

Y la verdad, por más que intentes sepultarla, siempre encuentra una forma de emerger.

*** Seis meses después, en una mañana como cualquier otra, me encontraba en el mercado local, eligiendo provisiones para nuestro desayuno del día siguiente.

Entre el bullicio de los comerciantes y el ir y venir de compradores, un joven aventurero emergió de la multitud y se acercó a mí con urgencia.

Su mirada estaba cargada de desesperación y su respiración era errática, como si hubiese corrido una larga distancia para encontrarme.

—Señor, ¿usted… usted se llama Ethan?

—preguntó con voz entrecortada.

Me tensé de inmediato.

Había algo inquietante en su actitud.

No era un comprador común ni alguien en busca de un trato comercial.

Su frenesí y la forma en que escaneaba mi rostro con insistencia me decían que esto no era una simple coincidencia.

Durante un instante, pensé en ignorarlo y seguir mi camino, pero había algo en sus ojos que me hizo quedarme.

—Sí, soy Ethan —respondí con calma medida—.

Un comerciante.

Dígame, ¿acaso está interesado en comprar o venderme algún producto?

A pesar de que su ansiedad no desapareció del todo, noté cómo sus facciones se suavizaban apenas un poco.

—Sí… sí, quisiera ver algunos productos —dijo rápidamente, pero su tono tenía un peso distinto.

Como si esas palabras no fueran más que una excusa para lo que realmente quería decir—.

¿Podría ser de inmediato?

Era una petición extraña, demasiado abrupta y directa para ser un simple negocio.

Algo no encajaba.

Por un instante, consideré la posibilidad de que fuera un ladrón, un espía o incluso un asesino enviado a terminar el trabajo que la familia Ciavattini había comenzado.

Pero Angie y yo no éramos ajenos al peligro.

Ambos habíamos sido entrenados en esgrima, y si este joven tenía intenciones ocultas, se encontraría con más resistencia de la que esperaba.

Sin demostrar desconfianza, asentí y lo guié de regreso a nuestra casa.

Al llegar, el joven no perdió tiempo en inspeccionar cada rincón de nuestro hogar con un detenimiento inusual.

Sus ojos no eran los de un comprador común; examinaba cada objeto, cada detalle, como si intentara confirmar algo que solo él sabía.

Fue entonces cuando Angie entró por la puerta, con su gracia habitual, y fijó su mirada en el joven con ligera sospecha.

—Mi amor, ¿es tan importante este negocio?

—preguntó, observando la escena con curiosidad.

Apenas su rostro quedó al descubierto, el extraño reaccionó con una mezcla de asombro y alivio.

Se irguió de inmediato y, con una reverencia solemne, pronunció las palabras que hicieron que la habitación entera se congelara.

—Mi señora Winters… es un honor verla con vida.

El aire se tornó pesado.

Angie entreabrió los labios, con incredulidad pintada en su rostro.

—¿Serás tú… Leo?

—preguntó en un susurro dudoso.

—Sí, mi señora.

—Angie, ¿conoces a este hombre?

—intervine, sintiendo que el suelo bajo mis pies comenzaba a desmoronarse.

Ella asintió lentamente, aún procesando lo que veía.

—La última vez que lo vi era solo un niño… Has crecido mucho, Leo.

Me alegra saber que estás bien.

Él sonrió con nostalgia, pero su expresión pronto se ensombreció.

—Mis señores… he venido porque deben saber la verdad.

Nos sentamos alrededor de la mesa, y en ese momento, la historia de la traición se desplegó ante nosotros como un pergamino maldito.

Todo comenzó con una reunión secreta entre las casas más influyentes: Sapphirús, Winters, Ferrer, Zannier, Ciavattini, Herbert y Bernadotte.

Se suponía que aquel encuentro sellaría una nueva era de diplomacia entre las familias, estableciendo normas y acuerdos que garantizaran la prosperidad mutua.

A simple vista, era un pacto que prometía estabilidad, beneficios equitativos y alianzas inquebrantables.

Pero no era más que una vil mentira.

Los Ciavattini, Herbert y Bernadotte ya habían firmado su propio acuerdo en las sombras, uno en el que nuestras familias eran el sacrificio necesario para consolidar su poder.

La Iglesia, en su afán de eliminar cualquier amenaza a su influencia, les ofreció su bendición y su apoyo a cambio de impunidad.

Y así, en medio de la falsa diplomacia, se selló el destino de nuestras casas.

Fue una ejecución meticulosamente planeada.

En cuanto la reunión comenzó, los guardias se volvieron contra sus propios señores, las puertas se cerraron y las dagas fueron desenvainadas.

Uno a uno, los patriarcas y sus herederos fueron asesinados, sus cuerpos cayendo sobre suelos que una vez habían pisado con honor.

No hubo juicio, no hubo advertencia… solo sangre derramada y gritos que se ahogaron en la traición.

La justificación de la masacre fue tan despiadada como efectiva: se propagó el rumor de que nuestras familias conspiraban para derrocar al recién coronado rey Charles Von Mondragon XII, quien había ascendido al trono mientras su predecesor se desmoronaba, atrapado entre la fragilidad de la vejez y el avance implacable de la enfermedad.

En un instante, pasamos de leales súbditos a traidores, no por nuestros actos, sino por la codicia de quienes ansiaban nuestra caída.

La verdad nunca importó; solo la ambición de aquellos que convirtieron la mentira en su arma más letal Con esa excusa, los verdugos, con sonrisas falsas de rectitud, no solo fueron eximidos de culpa, sino que se erigieron como héroes de una causa inventada.

Se les premió con lo que alguna vez fue nuestro: tierras que durante generaciones pertenecieron a nuestras familias, negocios prósperos que construimos con esfuerzo, forjas repletas de acero listo para la guerra… Todo nos fue arrebatado en cuestión de días, como si nunca hubiera sido nuestro, como si nuestra existencia misma pudiera ser borrada con una mentira bien contada.

Así, el reino, que debía ser un refugio de justicia, se convirtió en un tribunal de corrupción y traición.

Leo nos relató cómo logró escapar, escondido entre los escombros de la matanza, huyendo bajo el amparo de la oscuridad.

Durante meses, había estado recolectando información, siguiendo los hilos de la conspiración, buscando respuestas… y ahora, finalmente, nos había encontrado.

Cuando terminó, la habitación quedó en silencio.

Solo se escuchaba el crepitar tenue de la vela sobre la mesa y nuestras respiraciones contenidas.

Mis manos estaban crispadas en puños, mis nudillos blancos por la tensión.

Angie tenía la mirada clavada en la mesa, sus labios entreabiertos, incapaz de hablar.

Habíamos perdido todo.

Pero ahora, al menos, sabíamos la verdad.

Y con la verdad, venía el primer paso para hacer justicia.

Para hacerlos pagar.

Después de que la tensión en el ambiente se disipara y la calma volviera a reinar, tomamos una decisión que cambiaría el rumbo de la vida de Leo.

Era aún muy joven, un alma errante que había perdido su hogar y que ahora vivía al día como aventurero.

Aunque se ganaba el pan con esfuerzo, carecía de un lugar al cual llamar suyo.

Su hogar temporal era una modesta posada cerca del gremio, un sitio donde solo podía descansar entre misiones, pero que nunca le brindaría la estabilidad que necesitaba.

Nosotros teníamos una propiedad a las afueras de la ciudad, un refugio rodeado por un bosque frondoso y un lago cristalino que parecía sacado de un sueño.

Era nuestro santuario personal, un rincón donde escapábamos cuando la vida en la ciudad se volvía demasiado agobiante.

Allí encontrábamos paz, lejos de las responsabilidades y el bullicio, un lugar donde el tiempo parecía transcurrir más lento.

Le ofrecimos a Leo la oportunidad de vivir allí, de hacer de ese paraje su hogar.

Al principio, se mostró reacio, movido quizás por su orgullo o por el peso de aceptar un favor tan grande.

Pero Angie, con su dulzura y persuasión innata, logró hacerle ver que no se trataba de un acto de caridad, sino de una solución beneficiosa para ambos.

—Piensa en ello, Leo —le dijo con una sonrisa tranquilizadora—.

No tendrías que seguir pagando alquiler en la posada, podrías guardar tus pertenencias sin temor a que te las roben, y ya no cargarías con todo cada vez que salieras de viaje.

Además, si necesitas ausentarte por largos períodos, siempre tendrás un hogar al cual regresar.

Las palabras de Angie parecieron calar hondo en él.

Era una propuesta que tenía mucho sentido.

Un techo seguro, un lugar donde descansar sin preocuparse por ladrones o gastos innecesarios… Al final, con un suspiro y una leve sonrisa de resignación, aceptó, aunque con un tinte de vergüenza reflejado en sus ojos.

—Está bien… pero solo porque ustedes insisten tanto —dijo, cruzándose de brazos—.

A cambio, me aseguraré de que el barrio esté protegido.

Nunca se sabe cuándo la familia Ciavattini podría aparecer.

Angie y yo intercambiamos una mirada cómplice antes de soltar una pequeña risa.

—Nos parece perfecto —dije, apoyando una mano en su hombro—.

Y quién sabe… en el futuro, quizás también necesitemos a alguien que cuide a nuestros hijos.

Leo se quedó paralizado un instante, mirándonos con los ojos entrecerrados antes de soltar un suspiro de resignación.

—No me digas que ya están planeando darme trabajo de niñera gratis… —Oh, no te preocupes —respondió Angie con una sonrisa traviesa—.

Es un trabajo de alto honor.

Y así, sin habérselo imaginado, Leo pasó de ser un aventurero errante a tener un hogar propio, un refugio en el que siempre encontraría un lugar donde descansar.

*** Una semana transcurrió en total calma, sin noticias que alteraran la rutina, hasta esta noche.

—Ethan, mi amor… tengo algo que hablar contigo.

La voz de Angie interrumpió el silencio de mi despacho.

Cuando levanté la vista, la vi entrar con una expresión radiante, aunque en sus ojos brillaba una sombra de inquietud.

Trataba de disimularlo, pero la conocía demasiado bien.

Aun así, verla ahí, con su dulce sonrisa y ese gesto adorable de fingida despreocupación, bastó para que mi corazón se acelerara de pura felicidad.

Dejé lo que estaba haciendo y me apoyé en el escritorio, dedicándole una sonrisa.

—Claro, mi cielo.

Siéntate mientras preparo algo para beber… ¿Té o café?

—Un té, por favor.

Aproveché la excusa para levantarme y ocultar el revoltijo de pensamientos que se agolpaban en mi mente.

Aunque, siendo honesto, también era una oportunidad perfecta para molestarla un poco, hacerla enojar y luego compensarla con una noche de besos y caricias.

Pero no, Ethan, contrólate.

Esta es una de esas conversaciones serias… Y si la fastidio, no habrá nada de nada.

Regresé lo más rápido posible con la bandeja y, con una exagerada reverencia, me presenté como si fuera su mayordomo personal.

—Señorita Angie, le traigo su té especial de la casa, preparado con el mayor esmero.

Ella dejó escapar una risita juguetona y respondió con la misma teatralidad.

—Vaya, eres el nuevo empleado… Me pareces encantador, pero ¿podrías traer de vuelta a mi esposo?

—Como usted ordene, mi señora.

El ambiente se aligeró con esa breve interacción y supe que la había hecho relajarse un poco.

Sonriendo, serví el té en su taza y la mía, antes de mirarla con dulzura.

—Bien, amor, dime… ¿de qué querías hablarme?

Angie sostuvo la taza con ambas manos, le dio un pequeño sorbo y, sin rodeos, dejó escapar las palabras que cambiarían nuestras vidas para siempre.

—Estoy embarazada.

El mundo entero pareció detenerse.

Mi mente quedó en blanco, las palabras se evaporaron en mi boca y, por primera vez en mucho tiempo, no supe cómo reaccionar.

Solo la miré, incapaz de procesar lo que acababa de decir.

—¿Ethan?

—preguntó con suavidad—.

¿Estás bien?

Parpadeé varias veces antes de poder articular algo.

—Angie… ¿No estás bromeando?

Por favor, dime que no juegas con esto.

Sus ojos brillaron con un destello de emoción, y su voz tembló apenas cuando respondió: —No estoy bromeando, amor.

Lo digo en serio.

Fue todo lo que necesité escuchar.

Me levanté de un salto, la rodeé con mis brazos y la alcé en el aire, riendo entre jadeos emocionados.

—¡Angie, voy a ser papá!

¡Voy a ser papá!

Ella rió conmigo, aferrándose a mi cuello mientras las lágrimas de felicidad inundaban sus mejillas.

—Sí, Ethan… Vas a ser padre.

No pude evitarlo.

Llené su rostro de besos, murmurando entre ellos palabras de amor y gratitud.

—Gracias, Angie… Gracias, gracias, gracias… —¿Por qué agradeces?

—dijo ella entre risas, con su rostro sonrojado—.

También es mi hijo.

—Por todo.

Mi felicidad se desbordó más allá de lo que creí posible.

—Eres un exagera… No la dejé terminar.

Antes de que pudiera añadir algo más, la besé con toda la pasión y ternura que sentía en ese momento.

Nada más importaba.

Nuestra familia estaba creciendo, y con la llegada de nuestro hijo, nuestro amor alcanzaba una nueva dimensión *** Aún era temprano, muy temprano, pero el peso de la incertidumbre ya me oprimía el pecho.

Angie estaba a punto de dar a luz a nuestro primer hijo.

Podía suceder en cualquier instante, en el momento menos esperado..

Aunque habíamos tomado todas las precauciones necesarias, la sombra del miedo seguía acechando en mi mente.

¿Y si algo salía mal?

¿Y si no podía protegerlos?

Esa incertidumbre me carcomía el alma, robándome la paz.

Todo estaba preparado.

El medico Gregory, un hombre cuya experiencia era tan vasta como su compasión, estaría a nuestro lado.

Su hija, Anne, seguiría sus pasos como asistente, lo que me parecía conmovedor.

Ver a un hijo continuar el legado de su padre debía ser uno de los mayores orgullos que alguien podría sentir.

Aquella imagen me hizo soñar con el futuro… imaginando a mi pequeño siguiendo mis pasos, heredando no solo mi nombre, sino también mis valores y enseñanzas.

Y entonces, el milagro ocurrió.

El llanto de una nueva vida llenó la habitación, rompiendo el silencio y haciendo que mi corazón latiera con fuerza descontrolada.

Las palabras del doctor llegaron como un bálsamo que alivió todas mis preocupaciones.

—Felicidades… Es un niño sano y fuerte.

—dijo Gregory, con una sonrisa cálida mientras acercaba al bebé a Angie para que lo sostuviera por primera vez.

Y ahí estaba él.

Tan pequeño, tan frágil… pero al mismo tiempo, tan perfecto.

Mis ojos se humedecieron al contemplar aquella pequeña maravilla que ahora era parte de nosotros.

Su cabello castaño claro, igual al de Angie, enmarcaba su carita angelical, mientras que sus ojos, de un azul profundo, reflejaban mi propia mirada.

Era como si hubiera sido esculpido a partir de nuestras almas… una mezcla inconfundible de ambos.

—Lo hiciste increíble, amor.

—mi voz apenas salió como un susurro emocionado—.

Es… es perfecto.

Angie, agotada pero radiante, acarició suavemente su mejilla, mientras sus labios esbozaban una sonrisa llena de amor y ternura.—Ethan… —susurró, con los ojos brillando de emoción—.

Mira… es nuestro bebé.

Nuestro hijo.

Esas palabras resonaron en mi mente, haciendo que mi corazón se hinchara de orgullo y felicidad.

Gregory interrumpió el momento con delicadeza.—Y bien, familia… ¿cómo van a llamar a este pequeño milagro?

Ya teníamos su nombre decidido.

Un nombre que honraba mi linaje, una promesa que perduraría a través de las generaciones de los Sapphirús.

—Drake.

—pronuncié con firmeza, pero con el corazón latiendo a mil Gregory asintió, complacido.—Un nombre poderoso para un pequeño que seguramente traerá grandes cosas.

—Nos retiramos por ahora.

—agregó Anne, con una sonrisa cálida—.

Si necesitan algo, estaremos cerca.

—Gracias por todo, Gregory.

Y a ti también, Anne.

Ambos hicieron una ligera reverencia antes de marcharse, dejándonos finalmente a solas… los tres.

Esa noche, bajo la luz suave de la luna, todo cambió.

Angie dormía profundamente, agotada después de traer al mundo a nuestro hijo.

No podía pedirle más… ella ya había hecho lo imposible.

Ahora, era mi turno de velar por ellos.

Y ahí estaba él.

Drake, acurrucado entre nosotros dos, respiraba tranquilamente, su pequeño pecho subía y bajaba al compás de un sueño sereno.

Una leve brisa nocturna acariciaba su piel, y un tenue destello plateado se posaba sobre su carita angelical, dándole un aura casi divina.

No pude resistirlo.

Me acerqué despacio, cuidando de no interrumpir su paz.

Rozando suavemente su mejilla con la yema de mis dedos, le susurré con la voz quebrada por la emoción:—Aquí es donde comienza tu historia, mi pequeño Drake Sapphirús… —mi voz tembló, mientras una lágrima de felicidad escapaba por mis ojos—.

Mi preciosa joya… Y en ese momento, con Angie a mi lado y nuestro hijo en mis brazos, supe que no había nada más grande en este mundo que ese instante.

Nuestra familia estaba completa.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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