After death, without memories - Capítulo 4
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4: La joya 4: La joya ¡Hola!
Mucho gusto.
Mi nombre es Drake Sapphirús y tengo tres años.
Mi mami siempre dice que soy muy inteligente, que aprendo rápido y que entiendo cosas que otros niños aún no pueden.
A veces la escucho decir que estoy “muy adelantado para mi edad”, aunque para mí solo es natural hacer preguntas y descubrir el mundo.
Pero lo que más me gusta es cuando me abraza fuerte y me dice que me quiere muchísimo.
Mi papi… él dice que soy su mayor orgullo.
“Eres mi joya más preciosa”, me susurra cuando me carga en sus hombros y me lleva a recorrer la casa como si fuera un caballero en su corcel.
Me gusta hacerlos felices, porque cuando lo están, todo brilla más a mi alrededor.
Soy un niño muy bien portado o al menos intento serlo.
Si me porto bien, mis papis sonríen más, me abrazan más, me miman más… ¡y a veces me compran juguetes nuevos!
Aunque más que los juguetes, me gusta cuando me cuentan historias o me enseñan cosas nuevas.
Aprendí a leer y contar muy rápido gracias a ellos.
Me lo explicaban con paciencia, como si fuera un juego.
Y cuando por fin pude leer solito, me dieron un regalo especial: mi comida favorita y un vaso de café… ¡como el que ellos siempre toman!
Lo probé con emoción, pero… ¡puaj!
Era amargo, horrible, como morder una planta seca.
Mi mami se rió y con una mirada divertida, añadió un poco de leche y azúcar.
El sabor cambió por completo—ahora sí me gustó.
Me sentí grande, como ellos.
Cada noche, antes de dormir, mi papi me cuenta historias.
No son cuentos comunes, no.
Son relatos sobre el gran héroe Charles Von Mondragon y sus diez valientes aliados.
Ellos fueron quienes trajeron la paz al mundo, luchando con fuerza y honor.
Cierro los ojos y me imagino a esos guerreros con sus armaduras brillantes, sus espadas que resplandecen bajo la luz de las estrellas… Quisiera ser como ellos algún día.
El tiempo en nuestro mundo es diferente, y al principio era difícil de entender.
Un año tiene cuatrocientos ochenta y cuatro días y está dividido en once meses.
Cada mes dura cuarenta y cuatro días, y una semana tiene once días.
Suena raro, ¿verdad?
Al principio yo también pensé lo mismo.
Pero mi papi me explicó que todo fue decidido en honor a los once grandes héroes que trajeron la paz.
Antes, la gente no tenía una forma exacta de medir el tiempo, así que lo marcaron con algo significativo, algo que nunca olvidaran: los nombres de aquellos que salvaron el mundo.
Ahora, cada día, cada mes, cada año, recordamos a esos guerreros.
Sus nombres están escritos en nuestra historia, en el cielo, en el tiempo mismo.
Y algún día, tal vez, mi nombre también estará ahí.
*** Aproximadamente cinco meses después, en una tranquila noche, me desperté de repente con una sensación incómoda en el estómago.
Tenía ganas de ir al baño y, ya que estaba despierto, también aprovecharía para tomar un poco de agua.
Con pasos suaves y adormilados, salí de mi habitación y me adentré en el pasillo oscuro.
Todo estaba en calma, o al menos eso pensé… hasta que escuché unos sonidos extraños provenientes de la habitación de mis padres.
Me detuve en seco.
No era un ruido familiar.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza mientras me acercaba lentamente a la puerta, tratando de descifrar qué estaba pasando.
Justo en ese momento, un grito ahogado de mamá me puso nervioso.
—Ah… Ethan… Mi piel se erizó.
¿Estaba en peligro?
¿Le pasaba algo malo?Llevado por la inquietud, acerqué la mano temblorosa al picaporte y abrí la puerta con cuidado.
Lo que vi dentro… no tenía sentido para mí.
Mis padres estaban en la cama, desnudos, abrazándose con fuerza mientras sus cuerpos se movían de una manera extraña.
Parecían agitados, su piel brillaba con sudor y sus respiraciones eran pesadas, como si hubieran estado corriendo… pero no hacía calor y no habían salido de la cama.
Mi confusión fue tal que tuve que interrumpirlos.
—Mamá… papá?
—mi voz sonó insegura en el silencio de la habitación.
El cuerpo de mi madre dio un brinco inmediato y se cubrió con las sábanas, el pánico reflejado en su rostro.
—¡Drake!
—exclamó con sorpresa.
Parpadeé varias veces, tratando de entender lo que estaba viendo.
—¿Qué están haciendo?
—pregunté, incrédulo.
Mis padres intercambiaron una mirada nerviosa, sin saber qué responderme.
Algo pasaba, pero yo no lograba entender qué era.
Mi padre soltó una risa nerviosa antes de responderme con voz calmada.
—Mira, hijo mío… cuando mamá y yo nos amamos mucho, encontramos formas de fortalecer aún más ese amor.
—¿Eso significa que siempre estaremos juntos?
—pregunté con la inocencia reflejada en mi voz.
Mi padre sonrió con calidez y abrió los brazos, invitándome a acercarme.
—Por supuesto, mi niño.
Mi hermosa joya.
Ven, Drake… y sigamos siendo una familia feliz para siempre.
Sin dudarlo, corrí hacia él y me refugié en su abrazo.
Sentí el calor reconfortante de su cuerpo y el aroma familiar que siempre me hacía sentir seguro.
Ese momento quedó grabado en mi corazón como un recuerdo imborrable.
Pero la tranquilidad no duró mucho.
—Drake, ¿qué haces despierto tan tarde?
—preguntó mamá, esta vez con un tono levemente molesto.
—Tenía que hacer pipí… y también quería un poco de agua.
—respondí con sinceridad.
Ella suspiró y me miró con una mezcla de ternura y firmeza.
—Ve al baño y regresa a dormir de inmediato.
Si no lo haces, te castigaré.
—Sí, mamá.
—asentí y me giré para salir de la habitación.
Justo cuando iba a cruzar la puerta, escuché sus voces decir al unísono.
—Te amamos, Drake.
Me detuve un momento y, con una gran sonrisa en los labios, respondí con el mismo cariño.
—Y yo a ustedes.
Sin saberlo, aquella noche marcó el inicio de algo más grande… porque en ese preciso momento, mis padres estaban dándole vida a mi próximo hermano menor.
*** Ahora tengo cuatro años.
Papá me dijo que cuando cumpliera cinco, comenzaría a enseñarme a manejar la espada.
No es un guerrero, pero sabe lo suficiente para defenderse, y yo quiero aprender también.
La idea de blandir una espada me emociona, me hace sentir fuerte… aunque, en realidad, no sé si seré capaz de hacerlo.
A veces, las personas dicen cosas extrañas sobre mí.
Algunos comentan que parezco alguien de otro mundo.
Nunca les he dado demasiada importancia, pero… esas palabras han resonado en mi cabeza más de una vez.
¿Será cierto?
No lo sé.
Tal vez solo sean cosas que dicen los adultos cuando quieren hacer sentir especial a un niño.
Lo que sí ocupa mis pensamientos ahora es algo completamente diferente.
Mamá está en las etapas finales de su embarazo.
Pronto tendré un hermano o hermana, y eso me llena de emoción… y también un poco de celos.
Todos están muy pendientes de ella, de su bienestar, de lo que necesita, y aunque entiendo que es importante, no puedo evitar sentir que ya no soy el centro de atención.
Los embarazos suelen durar entre seis y siete meses, dependiendo de la salud del bebé y de cualquier complicación.
Por eso estoy nervioso.
Quiero que todo salga bien.
Y aunque deseo con todas mis fuerzas tener un hermanito para jugar con él, si es una hermanita… la cuidaré con todo mi corazón.
La protegeré con mi cuerpo si es necesario.
*** El momento llegó.
Mamá estaba a punto de dar a luz.
Un médico y una señorita vinieron a ayudarla, asegurándole a papá que todo estaba bajo control.
Con profesionales a cargo, no había motivo para estar nervioso… ¿verdad?
Y, sin embargo, mi pecho se sentía apretado.
La ansiedad me llevó al extremo de querer estar presente.
No me dejaron ver mucho, pero los gritos de mamá me hacían imaginarlo todo.
No podía quedarme quieto.
Me acerqué un poco más, queriendo entender lo que ocurría.
Y entonces la vi.
Sangre.
Estaba esparcida en la cama, en las sábanas, en las manos del médico.
Mi estómago se revolvió.
—Vaya… esto es… sorprendente.
Y ahí terminó mi curiosidad.
El mareo me golpeó de inmediato y mi visión se volvió borrosa.
No recuerdo en qué momento caí, pero lo siguiente que supe fue que estaba en el suelo, desmayado.
Fue bastante patético de mi parte.
Al despertar, además de la risa de papá, escuché la voz suave de mamá.
—¿Se encuentra bien, Gregory?
No quiero que ahora tenga que atender a dos personas… —bromeó, aunque su voz sonaba cansada.
Mi cara ardía de vergüenza, pero verla sonreír me tranquilizó.
Cuando terminé de asimilar lo que había pasado, vi a mi padre riéndose con diversión.
—La curiosidad mató al gato… bueno, en tu caso, lo desmayó.
—soltó una carcajada mientras yo me incorporaba con una mueca de vergüenza.
Tal vez no estaba listo para ver algo así… pero al menos, la espera había terminado.
Mi hermanito o hermanita ya estaba aquí.
Me acerqué lentamente a mamá, que descansaba con el bebé en brazos.
Sus ojos reflejaban agotamiento, pero también una felicidad inmensa.
Me acerqué con paso tímido, sintiendo que mi corazón latía más rápido de lo normal.
Era extraño… una mezcla de nervios, emoción y curiosidad.
—Mamá… —susurré, casi temiendo romper aquella paz.
Ella giró el rostro hacia mí, su sonrisa suave iluminó la habitación.—Mira, Drake… —susurró con ternura, acercándome un poco más—.
Es tu hermanito, Thomas.
Mis ojos se posaron en él.
Era tan pequeño… su carita sonrosada y sus manitas pequeñitas se movían suavemente, como si soñara con algo hermoso.
Me quedé sin palabras.
Un sentimiento cálido me envolvió el pecho.—¿Thomas…?
—repetí en voz baja, saboreando el nombre.
Mamá asintió, acariciando suavemente su cabecita.—Sí, mi amor.
Ahora tendrás a quien contarle todas esas historias de héroes que tanto te gustan… y también enseñarle lo que significa ser parte de nuestra familia.
Sentí una chispa de orgullo encenderse dentro de mí.—Prometo hacerlo, mamá.
—sonreí con determinación, aunque mis ojos brillaban por la emoción.
*** El tiempo pasó, y mi promesa comenzó a cumplirse.
Una tarde tranquila, mientras mamá preparaba algo para comer, me quedé a cargo de Thomas.
Estaba recostado en su cuna, mirándome con esos ojos curiosos que parecían querer descubrir el mundo.
—Escucha bien, Thomas… —le hablé en voz baja, inclinándome para que pudiera verme mejor.
Él balbuceaba y agitaba sus manitas como si realmente entendiera, así que seguí hablando.
—Nosotros somos Sapphirús… y eso significa algo importante.
—Mi voz sonó más seria ahora, como si compartiera un secreto.
—Papá dice que nunca debemos mencionar nuestro apellido fuera de casa… —hice una pausa, midiendo mis palabras—.
No porque sea algo malo, sino porque aquí, en nuestro pueblo, todos somos iguales.
Un apellido no hace que una persona valga más o menos.
Miré a Thomas con una sonrisa cálida.—Recuerda esto siempre, pequeño… lo que realmente importa es quién eres y cómo tratas a los demás.
Thomas me miró fijamente… y entonces ocurrió algo mágico.
Soltó una risita suave, como si hubiera entendido cada palabra.
Sus ojitos brillaban de alegría, y sus manitas se agitaban emocionadas.
Mi corazón dio un vuelco.
Tal vez no entendía todavía… o quizás sí.
Pero en ese instante, sentí que nuestras almas conectaban.
—¿Te gustó eso, eh?
—reí suavemente, acariciando su cabecita—.
Me alegra mucho tener un hermano al que pueda contarle todo… y enseñarle a ser fuerte y bueno.
Thomas respondió con otra risita encantadora.
Y en ese momento, supe que jamás estaría solo.
Porque ahora tenía a alguien a quien proteger, cuidar… y amar con todo mi corazón.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES ManuelTP11 Un capítlo de los más corto de la novela jeje
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