After death, without memories - Capítulo 5
- Inicio
- Todas las novelas
- After death, without memories
- Capítulo 5 - 5 Primera travesura
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
5: Primera travesura 5: Primera travesura Los días pasaron y, poco a poco, me di cuenta de que mamá y papá estaban cada vez más ocupados con Thomas.
Yo entendía que era pequeño y necesitaba atención… pero entenderlo no significaba que me gustara Aquella tarde, mientras deambulaba en busca de algo entretenido que hacer, noté que todo seguía igual de monótono.
Nada parecía salirse de lo común.
Mamá estaba absorta en Thomas, como si el resto del mundo hubiera dejado de existir.
No me molestaba… no del todo, al menos.
Pero, ¿acaso no podían mirarme a mí también?
—¡Drake!
Una voz potente interrumpió mis pensamientos.
—¿Sí?
Giré la cabeza y vi al señor Joseph, el carnicero del pueblo.
—Tu padre pasó temprano por aquí y dejó un encargo.
¿Podrías llevarlo a casa?
—¡Claro!
Me acerqué al bazar y esperé a que me entregara lo que debía llevar.
El hombre soltó una carcajada repentina.
Lo miré con el ceño fruncido, algo confundido.
—¿Por qué la risa, señor Joseph?
—Tu padre predijo que estarías por aquí con cara de aburrimiento, y vaya que acertó.
Entrecerré los ojos.
—Hmm… eso suena como algo que él diría.
Justo cuando iba a tomar la cesta con el encargo, algo llamó mi atención.
—Señor Joseph… esa pata de cerdo sobrante, ¿qué hará con ella?
—Oh, eso también forma parte del pedido, pero es por encargo de tu madre.
—Ya veo… jeje.
Una idea brillante cruzó mi mente.
Tomé la cesta, donde había algunas chuletas y la pata de cerdo.
—Cuídate, Drake.
Y mándale saludos a tu madre y al pequeño Thomas.
—¡Sí, lo haré!
Muchas gracias, señor Joseph.
Con su permiso.
La noche no tardó en caer.
Todos en casa tenían un rol asignado.
Papá cuidaba de Thomas, mamá preparaba la cena… pero yo no tenía nada que hacer.
—Mamá, ¿puedo ayudarte con la cena?
—Por supuesto, mi niño, pero… ¿a qué se deben esas ganas de ayudar —Últimamente has estado muy ocupada con Thomas, así que quiero ayudarte a aligerar tu carga… además, quiero cortar esa pata de cerdo.
Mamá me miró con una ceja alzada.
—Mmm… eso será complicado para ti, amor.
¿Por qué mejor no le quitas el exceso de grasa a las chuletas?
Fruncí el ceño.
—Eso es aburrido… pero está bien.
Si no puedo, te avisaré.—Adopté la expresión más tierna que pude, como un gatito suplicando por un poco de comida.
Aun así, noté la intranquilidad en el rostro de mamá.
Sabía que se preocupaba por mí, pero yo tenía otros planes en mente.
—Mmm… bueno, está bien.
Pero por favor, ten mucho cuidado.
El plan de nombre en clave: “Susto” comenzaba.
Mamá me indicó que primero debía cortar las pezuñas, ya que las cocería aparte para darle un toque especial a la comida.
—Está bien, mamá.
Tomé el cuchillo y empecé a cortar deliberadamente despacio, esperando el momento perfecto.
Pero mamá era astuta.
No me quitaba los ojos de encima.
Hasta que… la oportunidad de oro llegó.
—¡Waaaaa!
Thomas comenzó a llorar.
Mamá giró de inmediato en dirección al sonido.
—¡Ethan!
¿Qué sucede?
—gritó preocupada.
Aproveché el instante.
Tomé el cuchillo y lo clavé entre las pezuñas de la pata de cerdo, acomodándolo de tal manera que pareciera atravesar mi propia mano.
Luego la escondí bajo mi manga y la cubrí con la otra.
Para darle más realismo, había preparado un poco de pintura roja… pero ni siquiera fue necesaria.
La sangre de la carne hizo todo el trabajo por mí.
Me arqueé un poco, preparándome para lo que venía, pero antes de que pudiera decir algo más… mamá ya estaba encima de mí.
—¡Drake!
¿Qué pasa?
—Nada, mamá… solo que… mmm… creo que corté mal.
—Drake, muéstrame la mano.
No pasa nada, déjame ver.
—En serio, mamá, no es nada.
Mejor ayuda a papá con Thomas.
Su voz se volvió más seria, tensa.
—Drake… déjame ver.
—Mmm… no.
—No es gracioso.
¡Enséñamela ahora mismo!
No me dio tiempo de reaccionar.
Me tomó de la muñeca y, con un movimiento firme, destapó la supuesta herida.
—¡AHHHH!.—Un grito de terror retumbó en la casa.
El cuchillo aún estaba allí, la sangre manchaba la madera de la mesa y su corazón martilleaba en sus oídos.
Sintió que el aire le faltaba y las piernas le temblaron antes de caer al suelo.
Mamá cayó al suelo, cubriéndose la boca con las manos, los ojos abiertos como platos.
Estaba completamente horrorizada.
El estruendo llamó la atención de papá, quien corrió a la cocina con Thomas en brazos.
—¡Angie!
¿Qué sucede?
Su mirada se posó en mí… en el cuchillo, en la sangre… No lo dudó.
Se acercó de inmediato.
Tranquilo, hijo.
Vamos a… —Su voz se apagó de repente.
Sus ojos se enfocaron mejor en la escena.
Su respiración se detuvo por un instante, y luego… la verdad se reveló ante él.
Sus ojos se enfocaron mejor en la escena.
Y ahí lo entendió.
No era mi mano.
Era la pata de cerdo.
Hubo un segundo de silencio… uno interminable.
Vi la confusión en los ojos de papá y el horror en el rostro de mamá.
Y entonces… no pude evitarlo.
Solté una pequeña carcajada.
—Tranquila, mamá.
No fue mi mano… es solo la pata de cerdo.
A mí no me pasó nada.
—dije con una enorme sonrisa.
Papá suspiró.
Mamá, por otro lado, se puso de pie en un instante, con el rostro rojo de furia.
—¡Drake!
Las nalgadas fueron inevitables.
—Ahora sí te pasaste de listo, hijo.
—dijo papá, negando con la cabeza.
—¡Idiota!
Con eso no se juega.
—soltó mamá, con lágrimas en los ojos y todavía temblando de la impresión.
—¿Por qué lo hiciste?
Miré a ambos, aún sintiendo el ardor en mi trasero por la reprimenda, pero sin poder contener una risita.
—Solo quería divertirme un poco… jeje.
—¿Cómo puedes llamar a eso diversión?
—La voz de mamá temblaba, una mezcla de rabia, angustia y alivio.
La tensión en el aire era tan densa que casi podía tocarse.
Sus ojos seguían fijos en mí, aún brillantes por las lágrimas.
—No te imaginas el dolor que sentí en ese momento.
—Su voz se quebró un poco.
—Deja de decir tonterías y dime, ¡¿por qué lo hiciste?!
El peso de sus palabras cayó sobre mí.
En mi mente, aquello no había sido más que una simple broma… pero para mamá había sido algo mucho más grande.
Un golpe directo a su corazón.
¿Se lo digo?
¿Me entenderán?
¿O se enojarán más?
Pero… no puedo seguir guardando esto… Bajé la mirada, incapaz de sostenerle la vista.
El remordimiento comenzó a hundirse en mi pecho.
—La verdad es… —murmuré apenas, sintiendo un nudo formarse en mi garganta.—estoy celoso Papá frunció el ceño y su tono se volvió más serio.
—¿Por qué estarías celoso, Drake?
El silencio se hizo eterno.
Sentía los ojos de mamá y papá clavados en mí, esperando una explicación.
Mi pecho se apretaba… las palabras estaban ahí, atrapadas, pero no salían.
Hasta que… no pude más.
Tomé aire.
—Por Thomas.
Mis palabras flotaron en el aire como un secreto pesado.
—Estoy feliz de tener un hermanito menor… —mi voz temblaba un poco— pero… él consume casi todo su tiempo.Todo el tiempo de ustedes dos.
Y… me dejan de lado a mí.
Un silencio sepulcral invadió la cocina.
Los ojos de mamá y papá se abrieron como platos.
Parecían sin palabras.
¿Los había sorprendido tanto?
Papá miró a mamá, y ella a él, como si intentaran procesar lo que acababan de escuchar.
¿Era posible que un niño de apenas cuatro años pudiera expresar sus sentimientos con tanta claridad?
Mamá se llevó una mano al pecho, sus ojos reflejaban una mezcla de tristeza y culpa.
—Oh… mi niño… Papá dejó escapar un suspiro pesado, agachándose un poco para quedar a mi altura.
—Drake… —su voz sonaba más suave ahora, con un matiz de ternura que hacía que mis ojos comenzaran a picar.
La verdad había salido.
Y aunque no sabía exactamente qué significaban sus miradas, me sentí un poco más ligero.
No había querido lastimarlos.
Solo… quería que me miraran de nuevo.
Angie se arrodilló suavemente frente a Drake, envolviéndolo en un abrazo cálido mientras acariciaba su cabello con ternura.
Su voz, apenas un susurro lleno de culpa y amor, llegó a sus oídos: —Oh, mi pequeño… nunca te dejaríamos de lado.
Perdónanos por no habernos dado cuenta antes.
Ethan se acercó, agachándose junto a ellos.
Puso una mano firme pero reconfortante sobre el hombro de Drake, y con una sonrisa cálida, le dijo: —Te lo prometo, campeón… a partir de ahora pasaremos más tiempo juntos.
Solo tú y yo, como antes.
*** Después de aquel incidente, todo cambió.
Mamá y papá comenzaron a dedicarme más tiempo, y aunque Thomas aún requería mucha atención, ya no me sentía invisible.
Me sentía… amado de nuevo.
Aquella noche en particular era tranquila.
La luz de la luna se filtraba por la ventana de mi habitación, creando sombras suaves que bailaban en las paredes.
Papá estaba conmigo, sentado al borde de mi cama, sosteniendo a Thomas en brazos mientras el pequeño dormía plácidamente.
Escuchaba con atención mientras papá me relataba historias… aquellas que hablaban de mis abuelos y tíos.
Sin embargo, esta vez, sus palabras tenían un tono distinto, como si cada recuerdo pesara más en su alma.
—Todos ellos fueron grandes personas… —murmuró papá, su voz cargada de un orgullo silencioso, pero también de una tristeza que parecía pesar en su corazón—.
Pero… —hizo una breve pausa, como si las palabras dolieran al salir— ya no están con nosotros.
Una sombra cruzó su mirada.
—¿Por qué?
—pregunté con inocencia.
Papá suspiró, su mirada se perdió por un momento en la lejanía.
—Por culpa de una guerra… una guerra que lo cambió todo.
El silencio que siguió pesaba como una losa.
No pude evitar preguntar lo que rondaba en mi mente desde hacía rato.
—Papá… —mi voz sonaba más seria de lo normal— ¿No te da rabia?
¿No sientes deseos de… vengarte?
Papá no respondió de inmediato.
Su mirada se volvió hacia la ventana, contemplando el cielo estrellado como si buscara respuestas en las estrellas.
El brillo de la luna iluminaba su rostro, mostrando una mezcla de calma y reflexión.
—No te voy a mentir, hijo.
—Su voz sonaba más grave ahora, casi como si las palabras le pesaran.—Hubo un tiempo… —hizo una pausa, como si recordara algo lejano— en el que esos pensamientos… me consumían.
La rabia me mantenía despierto por las noches y soñaba con hacer justicia por los que ya no estaban.
Sus ojos se entrecerraron, como si sintiera el peso de esos recuerdos.
—Imaginé muchas veces cómo podría lograrlo.
Pero… —sus labios se curvaron en una leve sonrisa melancólica— el tiempo cambió muchas cosas.
Por un momento, su silencio me preocupó.
¿Y si papá… aún deseaba venganza?
Su mirada perdida en la lejanía parecía debatirse entre el pasado y el presente.
Y entonces… Volteó a verme, su mirada ahora suave, cargada de ternura.
—Compartir mis días con tu madre y luego… —murmuró papá, su voz cargada de una dulce nostalgia, dejando que el silencio hablara por un instante.
Sus dedos acariciaron con delizacadeza la cabeza de Thomas antes de continuar— te tuve a ti… y ahora a tu hermano.
Una calidez inexplicable llenó mi pecho al escucharlo.
—Estoy viviendo los momentos más felices de mi existencia.
¿En verdad… tomar venganza ahora tendría sentido?
¿Valdría la pena sacrificar todo esto?
Sentí un nudo en la garganta.
—Papá… —tragué saliva— esas preguntas… son muy complicadas para mí ahora.—Solté una risita nerviosa para disfrazar.
Papá también sonrió, su expresión relajada de nuevo.—Lo siento, Drake.
—Se pasó una mano por el cabello, como si quisiera borrar la seriedad del ambiente.
—A veces me dejo llevar… Su tono cambió, volviéndose más firme pero lleno de amor.
—Pero escucha esto bien, hijo… la venganza nunca es el camino correcto.
Puede devorarte por dentro y convertirte en alguien que nunca quisiste ser.
Las palabras de papá resonaban en mi mente… pero en lo más profundo de mi corazón, me preguntaba si algún día tendría que enfrentar esa elección.
Y si llegaba ese momento… ¿sería lo suficientemente fuerte para mantener mi promesa?
Asentí, sintiendo el peso de esas palabras.
—Lo entiendo.
Nunca… tomaré ese camino.
La sonrisa orgullosa de papá iluminó la habitación más que la propia luna.
—Me alegra escuchar eso.
—Sus dedos revolvieron suavemente mi cabello—.
Mantén siempre esas palabras en tu corazón, Drake.
Por un instante, nuestros ojos se encontraron… y sin necesidad de palabras, entendí.
Papá no solo me estaba dando una lección, me estaba confiando un pedazo de su alma.
Y yo… estaba listo para honrarlo.
*** Al día siguiente, el escenario era casi el mismo: solo papá y yo, mientras mamá se encontraba cuidando a Thomas en la otra habitación.
El sol de la tarde filtraba su luz dorada por la ventana, iluminando suavemente la estancia y llenando el ambiente de una calma reconfortante.
—Papá… ¿cómo se conocieron tú y mamá?
—pregunté con curiosidad, rompiendo el silencio.
En cuanto escuchó mis palabras, una sonrisa cálida y nostálgica apareció en su rostro.
Sus ojos brillaban con ese tipo de luz que solo se enciende cuando alguien recuerda los momentos más hermosos de su vida.
Una chispa de felicidad, tan pura, que por un momento parecía viajar en el tiempo.
—Es una historia que merece ser contada por los dos… —dijo suavemente, y sin dudarlo, se puso de pie.
Me sorprendió verlo salir apresurado de la habitación, como si temiera que aquella historia pudiera perderse si no la contaba de inmediato.
Regresó poco después, esta vez de la mano de mamá, quien sostenía a Thomas en brazos.
A pesar de que el pequeño apenas tenía fuerzas para mantenerse despierto, parecía increíblemente alerta, como si también estuviera ansioso por escuchar la historia.
Se sentaron juntos en la cama, mamá acunando a Thomas con dulzura, mientras yo me acomodaba en el regazo de papá, sintiendo el calor protector de su abrazo.
La escena era perfecta… casi como si el tiempo se detuviera para darnos ese momento solo para nosotros.
Entre risas y miradas cómplices, comenzaron a relatar sus aventuras.
Hablaron de cómo sus caminos se cruzaron cuando eran apenas unos niños nobles, llenos de sueños y travesuras.
Se contaban anécdotas con tanto entusiasmo que parecía que las estaban viviendo de nuevo.
Me asombraba verlos así: tan vivos, tan jóvenes en espíritu, como si la inocencia de aquellos días nunca los hubiera abandonado.
Sin embargo, lo que más me impresionaba no era la historia en sí, sino lo que había detrás de esas palabras… el esfuerzo, el sacrificio y el amor incondicional que los había llevado a construir este hogar lleno de calor y felicidad.
Apenas tenían veintitrés años, y sin embargo, habían logrado tanto.
Se habían entregado por completo el uno al otro, y ahora, a nosotros.
Papá miró a mamá con una ternura profunda, su amor brillando en sus ojos, como si aquel sentimiento nunca hubiera cambiado con el paso del tiempo.
—Algún día, hijo… —dijo, su voz llena de convicción mientras mantenía sus ojos fijos en ella—, encontrarás a esa persona por la que querrás darlo todo… sin importar lo que cueste.
Tras pronunciar esas palabras, le dio un beso suave a mamá, sellando ese momento con un gesto lleno de promesas silenciosas.
—Y juntos… —continuó, su mirada descendiendo hacia Thomas y hacia mí—, construirán una familia tan hermosa como esta.
Dos hijos maravillosos a quienes proteger y amar.
Extendió sus brazos y nos envolvió a los cuatro en un abrazo cálido, donde el tiempo pareció detenerse.
En ese instante, sentí algo muy profundo en mi corazón… una paz inmensa, como si ese abrazo hubiera llenado un vacío que ni siquiera sabía que existía.
A pesar de que para mí eran adultos, en realidad eran tan jóvenes… tan increíblemente jóvenes.
Pero su amor y su dedicación nos habían dado todo: un hogar donde el amor era la fuerza que lo mantenía todo unido, donde cada risa y cada historia era una semilla de felicidad plantada en mi alma.
Cerré los ojos por un momento, sintiendo ese calor envolvente que solo una familia puede dar.
No podía pedir una vida mejor que esta.
Esa sensación de paz… de pertenencia… era como si mi corazón la hubiera anhelado durante mucho tiempo sin siquiera saberlo.
Y ahora, por fin, la tenía.
*** Era evidente que mamá y papá necesitaban un respiro.
Entre niños, deberes, travesuras y noches sin dormir, era justo que tuvieran un momento solo para ellos.
Aprovecharon la visita de mi tío Leo para escaparse un tiempo.
No es mi tío de sangre, pero eso nunca importó.
Leonard ha estado presente en mi vida desde que tengo memoria: protector, aventurero y siempre dispuesto a compartir una historia.
Para mí, siempre será mi tío.
Mi tío Leo.
Allí estaban ellos, juntos en el umbral de la puerta, tomados de la mano, con esa complicidad que solo tienen los que realmente se aman.
—Drake —dijo mamá con dulzura—, tu papá y yo saldremos un momento.
Leo se quedará con ustedes.
—Sí, mamá.
No te preocupes —respondí, tratando de sonar más maduro de lo que era.
Sabía que debía portarme bien.
Ese pequeño instante que se tomaban para ellos era algo valioso, algo que merecían.
A pesar de lo jóvenes que eran, cargaban una responsabilidad enorme, y aun así, el amor entre ellos no se había desgastado.
Solo necesitaban un respiro… y yo debía respetarlo.
Leo, con Thomas dormido entre sus brazos, se volvió hacia nosotros con expresión seria, aunque sus ojos siempre transmitían una ternura que contrastaba con su voz firme.
—Ethan, cuídense mucho.
Y si pasa algo —me miró directamente—, ven a buscarme sin dudarlo.
Yo me encargaré.
Papá sonrió con esa calma que siempre lo acompañaba.
—No se preocupen, regresaremos solo un poco tarde.
Apretó la mano de mamá y, mirándome con picardía, agregó: —Nos vemos, Drake.
Pórtate bien.
Los observé alejarse mientras los últimos rayos del atardecer bañaban sus siluetas.
La imagen quedó grabada en mi mente como una pintura cálida: dos figuras alejándose, pero dejando tras de sí el eco de su amor.
—Bueno, Drake… —dijo Leo, rompiendo el silencio— ¿qué quieres hacer?
Me tomó salir de mis pensamientos.
—La verdad, estoy indeciso… ¿ya me enseñarás a usar la espada?
—No tan rápido —rió—.
Tu padre fue muy claro: nada de espadas hasta que cumplas cinco.
—Vamos… podrías al menos darme una idea, algo para empezar por mi cuenta.
Leo se lo pensó un momento, mirándome con una ceja levantada.
—Hmm… ya veremos.
Por ahora, ¿tienes hambre?
—Sí, pero de conocimiento.
Él soltó una carcajada.
—Jajaja… no te rindes, ¿eh?
Está bien.
Pero prométeme que no lo pondrás en práctica aún.
—No prometo nada —dije con una sonrisa traviesa.
Leo me devolvió la sonrisa y se agachó un poco para quedar a mi altura.
—Lo primero que debes saber es que la espada no se trata solo de fuerza o velocidad.
Todo comienza con los balanceos.
Debes conocer su peso, su ritmo… sentir cómo se mueve contigo.
—¿Su… sensación?
—pregunté, algo desconcertado.
—Sí.
Porque una espada no es solo un objeto.
Es una extensión de tu cuerpo, y también tu guardiana.
Muchos espadachines hablan con sus espadas.
No porque estén locos, sino porque ese vínculo… ese entendimiento, puede marcar la diferencia entre la vida y la muerte.
Me quedé boquiabierto.
Había imaginado la espada como un simple instrumento, una herramienta de combate… pero para Leo era casi algo vivo.
Un compañero.
—¿Tú también le hablas a tu espada?
Leo asintió con una sonrisa nostálgica.
—Al principio se sentía ridículo.
Pero con el tiempo… se volvió parte de mi rutina.
Y en momentos de soledad, créeme, no es tan mala compañía.
Reí con fuerza.
—Si no hubieras explicado todo eso antes, habría pensado que tú y los demás están… bueno, un poco locos.
Leo se echó a reír también, con esa risa grave que siempre llenaba la habitación.
—Probablemente lo estamos, Drake.
Pero a veces, un poco de locura es lo que se necesita para sobrevivir.
—Pero dime algo, Leo… —insistí— ¿por qué no debería empezar por mi cuenta?
¿Qué tiene de malo practicar solo?
Leo me miró con seriedad, esa clase de mirada que no necesita levantar la voz para imponerse.
Luego respiró hondo antes de responder.
—Porque si comienzas sin guía, te formarás con errores que ni siquiera sabrás que estás cometiendo.
Y esos errores… se vuelven hábitos.—Su voz era firme, casi como un eco de experiencia vivida—.
Mala postura, movimientos desbalanceados, reflejos mal entrenados… Tal vez creas que avanzas, que estás aprendiendo.
Pero en realidad estarías cavando tu propia tumba.
Fruncí el ceño, un poco desconcertado.
—¿Tanto así…?
—Sí.
—Leo asintió con gravedad—.
Puedes volverte rápido, incluso hábil.
Pero llegará el día en que te enfrentes a alguien que no solo tenga fuerza o técnica… sino verdadero control.
Y ese día, Drake, no importará cuánta experiencia hayas reunido por tu cuenta….
porque un solo error puede arrebatarte todo antes de que tengas siquiera tiempo de comprender lo que hiciste mal.
Sus palabras cayeron sobre mí como una piedra en el pecho.
No era una amenaza.
Era una advertencia nacida del deseo de protegerme.
—La espada no perdona la arrogancia —añadió en voz baja—.
Por eso necesitas aprender con humildad, paso a paso, desde el principio.
No para que seas fuerte rápido… sino para que vivas lo suficiente como para llegar a ser realmente fuerte.
En ese momento comprendí que la espada no era solo un juego.
Era una promesa.
Una que debía honrarse con respeto… o podía volverse contra ti —Ya veo… entonces no tengo más opción que esperar —dije finalmente, resignado pero sin dejar de lado la esperanza.
Leo asintió con una leve sonrisa.
—Sabia decisión.
Pero mi curiosidad seguía palpitando, como una llama que se niega a apagarse.
—Aun así… podrías contarme un poco más, ¿no?
Algo que me ayude a entender mejor cómo empezar, aunque sea con la teoría.
Leo soltó un suspiro largo, pero no molesto.
Más bien, como quien recuerda su propia juventud.
—Escucha bien, porque esto vale más que mil entrenamientos Me senté con los ojos bien abiertos, como si cada palabra fuese oro.
—Para comenzar con buen pie, el entrenamiento debe hacerse con una espada de madera —empezó—.
No solo por seguridad, aunque eso también importa.
Sino porque antes de aprender a herir… debes aprender a controlar.
—¿Control?
¿A qué te refieres?
—A tu cuerpo, a tus impulsos, a tu juicio.
Muchos creen que una espada sirve solo para atacar, pero no.
Sirve para medir tu temple, para forjar paciencia.
Y eso empieza con un arma que no mate, sino que enseñe.
Asentí lentamente, absorbiendo cada palabra.
—Y cuando llegue el momento de usar una espada real… —prosiguió Leo—, deberás comenzar con la más gastada que puedas encontrar.
Sin filo, sin brillo.
Que parezca inútil.
Fruncí el ceño, confundido.
—¿Pero por qué?
¿No sería mejor una espada bien cuidada?
—Esa es precisamente la trampa —respondió con tono grave—.
Las espadas nuevas cortan sin esfuerzo.
Te hacen pensar que eres mejor de lo que realmente eres.
Pero la realidad… no siempre te dará lo mejor.
Y si nunca te acostumbraste a las limitaciones, entonces, el día que tu espada falle, tú fallarás con ella.
Hubo un momento de silencio antes de que continuara.
—Además… hay una verdad que pocos enseñan: una espada sin filo no perdona errores.
Cada corte mal hecho duele en los brazos.
Cada desvío exige corrección.
Y cuando te enfrentes a alguien con un arma mejor, tú ya habrás entrenado bajo la peor condición.
Para ti, cortar será natural.
Para ellos… será la primera vez que el camino no se les da fácil.
Me quedé boquiabierto.
Esa forma de pensar era completamente nueva para mí.
—Pero hay algo más importante que todo eso —añadió Leo, con un tono más bajo, más íntimo—.
Nunca cambies de espada por capricho.
Ella no es una herramienta que tiras cuando deja de servir… es tu compañera de vida.
Su hoja es testigo de cada batalla, cada caída, cada victoria.
Y tú debes ser digno de su lealtad, así como ella lo será de la tuya.
—Así como una espada desgastada revela tus fallas, los días difíciles revelan tu carácter Tragué saliva, sintiendo que algo muy dentro de mí había sido tocado.
—Wow… nunca lo había pensado así —dije, con los ojos muy abiertos—.
Como si tuviera alma… Leo sonrió, y en sus ojos había un brillo que hablaba de años vividos con acero en las manos y fuego en el corazón.
—Porque sí la tiene, Drake.
O al menos… tú le das una al compartir tu destino con ella.
Aún no podía blandir una espada… pero ya empezaba a entender su peso.
—Y recuerda, Drake…
las heridas de la espada sanan.
Las de la arrogancia, no siempre Quizá, cuando llegue el día en que por fin tome una espada real… papá vea en mí el reflejo de todo lo que construyeron juntos: amor, disciplina y propósito.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com