Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

After death, without memories - Capítulo 6

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. After death, without memories
  4. Capítulo 6 - 6 ¿Un viejo conocido
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

6: ¿Un viejo conocido?

6: ¿Un viejo conocido?

Los días pasaban con una rutina casi reconfortante.

Las charlas con mamá y papá se habían vuelto parte de mi vida diaria, como el amanecer tras la noche.

Siempre había algo que contar, una historia que escuchar.

Sin embargo, aquella tarde en particular, una pregunta que llevaba tiempo rondando mi cabeza decidió salir a flote.

—Mamá, tú y papá… son jóvenes todavía, pero… ¿a qué edad se casaron realmente?

Ella sonrió con esa calidez suya que podía derretir cualquier duda.

Sus ojos brillaban con una mezcla de nostalgia y ternura.

—Nos comprometimos cuando apenas teníamos ocho años —respondió como si hablara de algo tan natural como aprender a caminar—.

Y nos casamos oficialmente a los diez.

—¿¡Qué!?

—me atraganté con mi propia sorpresa— ¡Eso no puede ser cierto!

Me estás mintiendo… —Te lo juro.

Si no me crees, puedes preguntárselo a tu papá cuando vuelva.

Él te contará lo mismo.

Fruncí el ceño, atrapado entre la confusión y el asombro.

La incredulidad danzaba como una mariposa en mi cabeza.

—Pero… ¿por qué?

¿Por qué harían algo así siendo solo unos niños?

Mamá suspiró suavemente.

Su expresión cambió, tornándose un poco más seria, como si lo que iba a contar ya no formara parte de una historia encantadora, sino de una realidad compleja.

—Como te explicamos hace tiempo, provenimos de familias nobles.

Y en ese mundo, las costumbres pesan más que los sentimientos.

Era muy común comprometer a los hijos desde temprana edad para asegurar alianzas entre familias.

—Un matrimonio podía ser un contrato, una garantía, una estrategia para ganar poder… o para evitar perderlo.

A veces la boda se realizaba de inmediato; otras, años después.

Todo dependía de la conveniencia.

—Eso suena… cruel —murmuré, incapaz de contener mi descontento—.

¿Entonces todo era por conveniencia?

¿Por beneficios?

—En muchos casos, sí.

Pero en el nuestro fue un poco diferente.

No fue una imposición, aunque nuestra libertad tampoco era total.

Estaba permitido enamorarse… siempre y cuando ese amor trajera ventajas a la familia.

Guardó silencio por un momento, como si buscara en su memoria la pieza exacta de un rompecabezas perdido.

Luego continuó con una voz más suave.

—Yo conocí a tu padre cuando tenía más o menos tu edad.

Y aunque ahora te parezca imposible, era un niño muy distraído.

Vivía soñando, buscando travesuras que hacer.

Tú le recuerdas mucho, ¿sabes?

Solo que tú eres más… imaginativo.

Sonreí sin poder evitarlo.

Aquella imagen de papá de niño, tan parecida a mí, me resultaba divertida.

—Con el tiempo, estar con él se volvió diferente que estar con cualquier otra persona.

Había algo en su forma de mirarme, de escucharme.

Supongo que fue amor a primera vista… mutuo.

No queríamos separarnos.

Día tras día, estar juntos era simplemente lo natural.

—¿Y cuándo supiste que estabas enamorada de verdad?

—pregunté, curioso.

—Cuando lo vi hablando con otras niñas… sentí algo extraño.

Celos, rabia, tristeza, todo al mismo tiempo.

No entendía qué era eso que me revolvía el pecho.

Se lo conté a mi madre y ella me ayudó a darle nombre.

Ahí supe que lo que sentía era amor.

Con el tiempo, nos comprometimos y… hasta hoy, seguimos juntos.

Hizo una pausa, como si escondiera un recuerdo que prefería no desenterrar.

Luego sonrió otra vez —Cada día doy gracias por haber tenido una vida tan tranquila y hermosa a su lado.

Un silencio se extendió entre nosotros, cálido y pesado como una manta de invierno.

Pero en medio de esa quietud, una nueva duda empezó a formarse en mi mente, una que no podía ignorar.

—Mamá… no estarás pensando en hacer lo mismo conmigo, ¿verdad?

Ella entrecerró los ojos con una sonrisa que no supe si era broma o advertencia.

—La verdad… he estado pensándolo un poco.

¿Qué te parecería casarte con Anne, la hija de Gregory?

—¡¿Qué?!

—me levanté de un salto— ¡¿Cómo podría casarme con ella?!

¡Nos llevamos demasiados años!

—Drake —dijo, pronunciando mi nombre con esa mezcla de dulzura y autoridad que no dejaba lugar a réplica—.

Créeme, esto les beneficiaría más a ellos que a nosotros.

Y conociendo a Gregory… no creo que su hija tenga muchos problemas en aceptar.

Me quedé en silencio, entre confundido y escandalizado a partes iguales.

A veces, el mundo de los adultos era simplemente absurdo.

Ella no pudo contener una risa suave y contagiosa.

Aquella risa que siempre parecía desarmar cualquier tensión.

—Es solo una broma, cariño.

No creo que a estas alturas todavía se practiquen esos antiguos arreglos —dijo con una chispa divertida en los ojos.

Pero yo no me reí.

En el fondo, algo en su tono no sonaba del todo inofensivo.

—Aun así… madre —dije con cautela—, la posibilidad… por más pequeña que sea, existe, ¿no?

Ella me miró, y por un instante su expresión se suavizó, volviéndose más seria.

—Puede que sí —admitió, encogiéndose ligeramente de hombros—.

Pero ese no es nuestro caso.

No somos nobles, y mucho menos estaría dispuesta a entregar a mi hijo tan fácilmente.

Su respuesta me tranquilizó… solo un poco.

—Tal vez ahora ya no casen a los niños —dije, bajando la mirada—.

Pero lo que no creo que haya cambiado… es que a los dieciséis ya te consideren un adulto.

Tragué saliva antes de atreverme a hacer la pregunta que me rondaba la cabeza.

—¿Y qué pasará entonces… cuando yo cumpla dieciséis?

Un silencio breve, casi imperceptible, precedió a su cambio de expresión.

Su sonrisa se transformó en algo más travieso… más inquietante.

Una sonrisa que decía más de lo que estaba dispuesta a confesar con palabras.

—Mmm… no lo sé —murmuró, apoyando el mentón en la palma de su mano—.

Si para entonces sigues aquí, sin casarte ni haberte ido por tu cuenta… tal vez tengamos que hacerlo realidad.

Hizo una pausa, y sus ojos brillaron con picardía.

—O… podrías simplemente salir de casa antes de que tome cartas en el asunto.

Me quedé mirándola en silencio, sin saber si acababa de hacerme una broma… o si acababa de firmar una amenaza diplomática.

*** Mi preocupación no disminuyó en los días siguientes.

De hecho, crecía con cada visita inesperada que mamá traía a casa.

Comenzó a volverse una especie de costumbre: yo debía presentarme con una sonrisa impecable, la espalda recta y los modales afilados como una espada recién forjada.

—Mucho gusto.

Me llamo Drake y tengo cinco años —decía, mientras alzaba mi mano derecha en un gesto cortés, deslizaba la izquierda detrás de mi espalda y hacía una leve inclinación, como me había enseñado mamá.

Al principio me parecía divertido, casi como jugar a ser alguien más por un rato.

Pero pronto noté una pauta inquietante: la mayoría de las visitas eran señoras mayores y con miradas demasiado atentas.

Ellas respondían a mi actuación con una mezcla de halagos exagerados y propuestas que, aunque disfrazadas de broma, no dejaban de ponerme los pelos de punta.

—¡Qué niño tan hermoso!

Angie, deberías presentarlo a mi sobrina, le encantaría conocerlo… —Aún es muy joven, claro, pero quién sabe… quizá en unos años pueda casarse con alguna de mis nietas.

Yo fingía reír, o al menos sonreír, mientras por dentro me retorcía.

¿Casarme?

¿Con alguien que probablemente tenía muchos, muchísimos más años que yo?

Todo muy lindo y respetuoso, sí, pero había algo profundamente incómodo en aquellas insinuaciones.

Poco a poco, empecé a evitar estar en casa durante las tardes.

Prefería perderme por las calles del pueblo, explorar rincones olvidados, escuchar conversaciones en la plaza o simplemente caminar sin rumbo fijo.

Cualquier cosa era mejor que seguir siendo el centro de ese extraño desfile de posibles “posteriores esposas”.

Tal vez era una exageración de mi parte.

Tal vez mamá solo intentaba enseñarme a ser educado, a presentarme bien ante los demás.

Pero no podía evitar sentir que había algo más detrás de todo eso.

Algo que no entendía del todo, pero que me hacía querer salir corriendo cada vez que tocaban la puerta.

*** Por sugerencia de papá, decidimos pasar unos días en la vieja casa junto al lago.

En el pasado, ese lugar solo servía como refugio ocasional, un sitio donde dejar atrás las responsabilidades, desconectar de la rutina y simplemente… respirar.

Pero ahora las cosas habían cambiado.

Desde hace algún tiempo, Leo se había instalado allí entre una aventura y otra.

Antes de partir nuevamente, nos pidió que fuéramos a visitarlo.

Dijo que había preparado una sorpresa para toda la familia.

Así que, sin más pretextos, todo coincidió perfecto para nuestro pequeño escape familiar.

Y, para ser honesto, me vino de maravilla.

Mamá no había cesado con sus “visitas sociales” desde aquella famosa travesura mía.

Aún sospecho que era su peculiar forma de castigo.

Lo admito, me lo gané… fui un poco lejos con esa broma, pero ¿no creen que ya fue suficiente?

¡Ya cumplí mi penitencia con creces!

O al menos eso quiero creer.

El viaje hasta la casa me pareció mucho más largo de lo habitual.

Antes, cuando era más pequeño y lo recorría en brazos o dormitando sobre el lomo de algún caballo, el trayecto parecía fugaz, como un suspiro.

Ahora, con cada paso sobre el camino de tierra, me doy cuenta de lo mucho que han cambiado mis piernas… y quizás, también yo.

Nuestra primera actividad en familia fue pescar a la orilla del lago.

Mamá dijo que sería una experiencia “tranquila y significativa”.

Para mí, muuuy aburrido.

¿Sentarse un largo tiempo esperando que algo pique?

¡No gracias!

Así que, en lugar de quedarme mirando un hilo tenso en el agua, decidí explorar con la mirada los alrededores.

A primera vista, no había mucho: árboles altos, viejos y cubiertos de musgo, con ramas que se estiraban como brazos dormidos hacia el cielo.

Sin embargo, el paisaje tenía algo… esa clase de belleza silenciosa que te atrapa sin que te des cuenta.

Entonces se me ocurrió una idea simple: encontrar el árbol más grande del lugar.

No tardé en dar con él.

Destacaba incluso entre sus hermanos mayores, con un tronco retorcido y ramas que sobresalían de una manera inusual, como si quisieran tocar algo que solo él pudiera ver.

Pero había algo más… algo que no encajaba.

Entre la penumbra que los árboles creaban al entrelazar sus copas, las sombras ocultaban más de lo que dejaban ver.

Me acerqué, curioso.

Quería observar mejor aquello que sobresalía, saber qué era eso que llamaba mi atención.

Y fue entonces que lo noté.

Algo se movió entre las ramas, con una fluidez que no tenía nada que ver con el viento.

No fue un temblor, ni el crujido de la madera; fue intencional.

Una presencia.

El miedo me golpeó en el pecho con la fuerza de un tambor.

Algo estaba allí.

Algo grande.

Si desde donde estaba ya parecía enorme… no quería imaginarlo de cerca.

Y entonces… esa cosa se movió.

En un instante, emergió de entre las ramas y se lanzó al cielo con un aleteo ensordecedor.

No fue un simple vuelo, fue un escape veloz, como si supiera que lo había descubierto.

Solo alcancé a vislumbrarlo por un segundo antes de perderlo en el horizonte.

Pero lo poco que vi fue suficiente.

¿Un ave?

Tal vez.

Pero ninguna que yo haya visto antes.

Era descomunal, y su silueta parecía envuelta en un tono rojo oscuro, como fuego contenido bajo plumas.

No alcancé a ver sus ojos ni su rostro… pero su sola presencia me hizo sentir pequeño.

Por suerte, huyó.

No quiero imaginar qué habría pasado si, en lugar de escapar, hubiera decidido venir hacia mí.

Suspiré con fuerza, tratando de calmar los latidos desbocados de mi corazón.

—Qué demonios era eso… Y por primera vez en mucho tiempo, no tenía ganas de saber la respuesta.

También decidí huir de aquel lugar.

La extraña criatura ya no se veía, pero su presencia aún pesaba en el aire como una sombra persistente, y mis pies no tardaron en llevarme de vuelta a la cabaña.

Al llegar, me encontré con una escena entrañable que calmó un poco mi agitación: mamá seguía sentada con la caña en mano, paciente como solo ella podía ser, mientras papá jugaba con Thomas a orillas del lago, levantándolo en el aire y haciéndolo reír con carcajadas limpias.

Por un momento, me quedé ahí, observándolos en silencio, sintiendo cómo ese instante se grababa en mí como uno de esos recuerdos que uno guarda para siempre, pequeños tesoros de la infancia.

Tan absorto estaba, que no vi la tabla mal colocada.

Tropecé con ella de forma torpe, apenas un saliente del suelo, casi imperceptible… pero lo suficiente como para interrumpir mi contemplación.

No era de extrañar: la cabaña ya tenía sus años, y hacía tiempo que pedía a gritos un mantenimiento.

Pensé en ajustarla por mí mismo, así que levanté el pie y pisé con fuerza para intentar encajarla de nuevo en su sitio.

Pero al hacerlo, un sonido seco y sordo retumbó desde otra parte de la casa.

Me detuve en seco.

¿Había provocado eso?

¿Acaso toda la estructura estaba tan deteriorada que podía caerse a pedazos si insistía?

La curiosidad venció a la duda, y comencé a seguir el origen del ruido.

Unos pasos más y encontré otra tabla mal asegurada.

Repetí la acción, y esta vez el crujido provino justo detrás de mí.

Me giré rápidamente y ahí estaba: una pequeña grieta entre las maderas, apenas visible, pero lo suficientemente ancha como para que un rayo de luz se filtrara a través del suelo.

Me agaché, presionando las rodillas contra la madera.

Entre algunas briznas de césped, raíces, tierra y las hojas secas, algo sobresalía apenas.

Una línea metálica, oscura por el tiempo… ¿era una manija?

Mi corazón empezó a latir con fuerza.

Me incliné más cerca, tanteando con los dedos, y confirmé mi sospecha: era una especie de agarradera oculta, incrustada entre los tablones.

Intenté mover la madera que la cubría, pero por más que lo intenté, no pude hacerlo solo.

Necesitaba más manos, más fuerza.

Me levanté de inmediato y corrí hacia donde estaban mis padres.

Llegué casi sin aliento, pero la emoción era más fuerte que el cansancio.

—¡Mamá, papá!

¡Encontré algo raro bajo la cabaña!

¡Hay una trampa o una entrada o… no sé, pero algo hay!.

Ambos se miraron con curiosidad, y sin decir una palabra, se levantaron al instante.

Nos dirigimos juntos al lugar que señalé.

Cuando papá vio la manija oculta, una sonrisa asomó en su rostro.

—Sí… —murmuró, entre divertido y sorprendido—.

Definitivamente, esta debe ser la sorpresa que Leo mencionó.

—¿Qué se supone que es esto, Ethan?

—preguntó mamá con cierta duda en la voz, observando la manija metálica medio oculta entre las tablas del suelo.

Papá se incorporó lentamente y, mientras se dirigía en busca de algo, respondió: —Es un pequeño sótano.

Leo me lo mencionó alguna vez… lo construyó para guardar cosas valiosas.

Aunque también podría funcionar como escondite si alguna vez llegáramos a necesitarlo.

Pocos instantes después, regresó con una barra metálica larga.

Parecía hecha a medida para una tarea específica.

Sin decir más, la introdujo con precisión entre las ranuras de la madera y, con un movimiento firme hacia abajo, logró que una de las tablas se desprendiera.

Repitió el proceso con otras dos hasta que, poco a poco, se reveló una trampilla camuflada con gran cuidado en el suelo.

Papá y mamá trabajaron juntos para levantar la pesada compuerta.

A simple vista, la entrada parecía estrecha, pero cuando un rayo de luz se filtró hacia el interior, quedó claro que el espacio se extendía más de lo que parecía.

No era tan amplio como una habitación convencional, pero sí lo suficiente como para ser utilizado sin dificultad.

Lo primero que llamó la atención fue una cama individual, colocada contra una de las paredes.

A su lado, algunos baúles medianos descansaban cubiertos por una ligera capa de polvo, como si hubiesen estado esperando por alguien desde hacía mucho tiempo.

Había unos cuantos escalones de madera que descendían hacia la penumbra.

Bajé el primer peldaño con cautela, asegurándome de no perder el equilibrio.

En ese momento, llevaba a Thomas entre los brazos, y aunque dormía plácidamente, la combinación del aire seco, el leve movimiento y la nube de polvo que se levantó con mis pasos provocaron que soltara un pequeño estornudo.

—Ethan, deberíamos cerrar esto por ahora —dijo mamá con suavidad, pero con firmeza—.

No necesitamos nada de aquí en este momento, y no quiero arriesgarme a que alguno de los niños se enferme.

Papá asintió mientras se limpiaba las manos con el pantalón.

—Tienes razón, Angie.

Luego me miró.

—Drake, hazte un poco a un lado.

Vamos a cerrar esto por el momento.

—Claro —respondí mientras retrocedía, lanzando una última mirada curiosa al interior.

El hueco volvió a cubrirse, quedando otra vez camuflado bajo las viejas tablas de la cabaña, como si nunca hubiese estado ahí.

Parte de mí deseaba volver a explorarlo, pero sabía que ese lugar debía esperar.

Después de aquel descubrimiento, el ave misteriosa no volvió a aparecer.

Los días siguientes transcurrieron con una calma casi irreal.

Nuestra rutina se volvió sencilla: pesca por la mañana, juegos al mediodía, siestas interminables por la tarde, y por la noche, el dulce silencio del bosque arrullando nuestros sueños.

Fue el descanso perfecto para la familia.

Cuando por fin regresamos a casa, algo cambió.

Las visitas constantes de aquellas señoras que mamá solía invitar desaparecieron como por arte de magia.

Ya no había preguntas incómodas ni miradas demasiado interesadas.

Me sentía más tranquilo… aunque no podía evitar seguir escapándome de vez en cuando, por si acaso.

Porque uno nunca sabe cuándo el pasado… o un viejo conocido, puede volver a llamar a la puerta.

*** Deambulaba como de costumbre, en busca de aventuras.

Yo, joven, apuesto, y con el mundo a mis pies, cuando un anciano encapuchado, apoyado en un bastón de madera, apareció de repente frente a mí.

Había algo extraño en él.

¿Por qué sentía que ya lo había visto antes?

—Niño, ¿De casualidad sabes leer?

—preguntó con una voz áspera, aunque no del todo hostil.

—Sí, solo porque mis padres me enseñaron —respondí, sin mucho interés.

—Perfecto.

Entonces, te daré un consejo muy valioso.

Practica esgrima: ganarás fuerza y músculos.

Lee libros de magia: ganarás sabiduría y madurez.

Haz estas dos cosas, y tendrás un futuro prometedor.

—Me gusta la esgrima, pero leer…

solo tengo cuentos de héroes y sus hazañas adaptados para niños.

No me terminan de convencer, así que lo he dejado un poco de lado —repliqué con firmeza.

El anciano soltó un largo suspiro, como si mi respuesta fuera la mayor de las decepciones.

—Escúchame, muchacho.

Lee de nuevo.

Sé lo que te digo.

—Que no —insistí.

El viejo rebuscó en sus bolsillos, murmurando para sí mismo, hasta que finalmente dijo: —Creo que tengo algo para ayudarte…

espera…

mmm… ¡toma!

Y antes de que pudiera reaccionar, me dio un golpe en la frente con su bastón.

—¡Ay!

¡Oye, viejo loco!

¡Eso duele!

—¡Cállate, mocoso!

—respondió con autoridad—.

¿Es que en tu casa no te enseñaron modales?

No le hables así a tus mayores.

Como sea, te lo repito: lee más libros y practica esgrima.

¿Entendido?

¿O quieres otro?

—¡No, no, no!

Ya entendí, ¡no me pegue más, viejo gruñón!

El anciano soltó una carcajada que resonó en el aire.

—Jajaja, está bien, chico.

Nos vemos.

Que la suerte te acompañe.

Y desapareció tan rápido como había llegado.

Me llevé la mano a la frente, todavía adolorido.

—Ayy…

mi frente.

Ese viejo tonto.

¿Por qué le pega a un niño?

¡Eso es abuso infantil!

Se lo voy a contar a mi padre para que le dé su merecido.

Me quedé pensando por un momento, y una duda inquietante cruzó por mi mente.

—Espera…

¿acaso no tenía rostro?

¡No lo recuerdo!

Maldición, así no podré acusarlo.

Tuviste suerte, anciano.

Pero me las pagarás algún día…

REFLEXIONES DE LOS CREADORES ManuelTP11 Aviso amistoso: los siguientes capítulos son muy, muy largos.

Así que prepárate un café, ponte cómodo y disfrútalos sin prisa.

¡La historia se pone interesante!

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo