After death, without memories - Capítulo 8
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- Capítulo 8 - 8 Maestro – Parte 2
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8: Maestro – Parte 2 8: Maestro – Parte 2 Seguí practicando con determinación, concentrando toda mi energía en aquel propósito.
En mi segundo intento, una tenue luz comenzó a titilar en la palma de mi mano, como una chispa de esperanza en la penumbra.
Sentí cómo la magia respondía a mi llamado, acercándome cada vez más al objetivo.
Inspirado por ese pequeño avance, reuní toda mi voluntad para intentarlo una vez más.
Al tercer intento, finalmente lo logré.
Un pequeño orbe transparente tomó forma en mis manos, pulsando con una energía sutil pero estable.
Se sostuvo allí durante varios instantes, como si aguardara mi siguiente movimiento, como si fuera parte de mí.
—¡Señor Ravenscroft, lo conseguí!
—exclamé con emoción, sintiendo la vibración mágica fluir entre mis dedos—.
Pero… ¿cómo le doy forma de un hechizo?
Me observó con una expresión serena y llena de sabiduría.
Sus ojos parecían contener siglos de conocimiento, y su voz, pausada pero firme, disipó mis dudas.
—No te apresures, pequeño.
La magia no solo es fuerza, sino también comprensión —dijo con paciencia—.
Antes de moldearla, debes conocer su esencia.
Hizo una pausa y, con un movimiento de su bastón, trazó en el aire antiguos símbolos arcanos que brillaban con luz propia.
—Más allá de los cuatro elementos primordiales: agua, fuego, tierra y viento, existen fuerzas superiores que trascienden la naturaleza común.
Estas energías arcanas son la luz, la oscuridad, el rayo y el hielo.
Cada una está vinculada a una deidad ancestral, cuya esencia impregna el mundo y nos permite canalizar su poder.
Las palabras de Ravenscroft parecían cobrar vida en mi mente.
El orbe en mi mano tembló levemente, como si respondiera al conocimiento ancestral que acababa de recibir.
—El agua, fluida y eterna, proviene del dios Jörmundgander, la gran serpiente de los océanos.
El fuego, ardiente e incontrolable, es un legado de Hefesto, el herrero divino.
La tierra, firme y protectora, está regida por Gea, la madre de la vida.
El viento, libre e impredecible, sigue la voluntad de Quetzalcóatl, el dios emplumado.
Lo interrumpí y pregunté: —Señor Ravenscroft, ¿es realmente necesario nombrarlos a todos de esa manera?
Frunció ligeramente el ceño, tomó una profunda bocanada de aire y respondió con firmeza: —Sí, es absolutamente necesario.
Ahora, guarda silencio y presta atención.
No me quedó más opción que seguir escuchando su enseñanza.
—El sol, fuente de calor y guía en la oscuridad, pertenece a Amaterasu, la diosa de la luz.
La sombra, silenciosa y misteriosa, es dominio de Érebo, el dios de la oscuridad.
—El rayo, veloz y destructivo, responde al mandato de Zeus, el rey del trueno.
El hielo, frío y letal, emana del poder de Skadi, la diosa de la tundra.
Cada nombre parecía traer consigo un eco de poder ancestral.
Sentí cómo mi pequeña esfera de energía se agitaba, como si en su interior habitara una voluntad que aún no comprendía del todo.
—Ahora solo imaginarás las cosas y me dirás qué sensaciones experimentas —dijo Ravenscroft con su tono calmado, pero lleno de expectativa.
Asentí, aunque no comprendía del todo el propósito del ejercicio.
—Está bien… —Cierra los ojos —continuó—.
Imagina el agua de un lago, serena y fresca, deslizándose entre tus dedos.
Al principio, no sentí nada especial, pero decidí concentrarme más.
Visualicé el lago en mi mente: la superficie cristalina reflejando el cielo, las suaves ondas moviéndose con el viento, el frescor del agua acariciando mi piel.
De repente, una extraña sensación recorrió mis manos.
Un escalofrío húmedo, como si realmente estuvieran sumergidas en el agua.
Abrí los ojos con sorpresa y miré mis palmas, pero no había rastro de humedad.
—Mis manos… se sienten húmedas —susurré, maravillado.
Ravenscroft sonrió levemente.
—Ahora, concéntrate en el fuego.
Imagina las llamas danzando ante ti, sintiendo su calor envolverte.
Obedecí, aunque aún confundido.
Pensé en la chimenea de casa, en las llamas crepitantes iluminando la habitación en las noches frías.
En el calor reconfortante que emanaba, en la forma en que mis manos se acercaban al fuego sin tocarlo.
Y entonces, lo sentí.
El calor subió por mis dedos, como si realmente estuviera acercándolos a una fogata.
No era doloroso, pero era real.
—¡Es increíble!
—exclamé, abriendo los ojos de golpe.
—Exacto —dijo Ravenscroft, satisfecho—.
Lo mismo sucede con los demás elementos.
La imaginación es la clave para darles forma y esencia.
Antes de lanzar un hechizo, debes familiarizarte con cada sensación.
Solo cuando comprendas su naturaleza podrás manipularlos con precisión.
Sus palabras resonaron en mi mente.
No se trataba solo de repetir movimientos o recitar palabras mágicas.
La verdadera magia requería sentir, visualizar y creer.
Ese era el primer paso para convertirme en un verdadero hechicero.
—Para empezar, te enseñaré hechizos prácticos y de uso cotidiano.
Son fundamentales, ya que forman la base de los conjuros más avanzados.
En este momento, nos enfocaremos en el agua, pues es un elemento esencial.
Ya sabes qué hacer, ahora ponlo en práctica.
—¡Está bien!
—afirmé con determinación.
Cerré los ojos y concentré mi maná en las manos.
Gracias a la detallada explicación de Ravenscroft, el proceso resultaba más sencillo de lo que imaginé.
Una vez más, visualicé aquel lago tranquilo, sintiendo cómo la humedad se extendía por mis palmas.
Y entonces, ante mis propios ojos, el agua apareció flotando sobre mi mano.
No tenía una forma definida; era caótica, como un brochazo desordenado sobre un lienzo, pero estaba ahí.
Lo había logrado en mi primer intento.
Con una sonrisa de pura emoción, exclamé: —¡Lo logré, señor!
John asintió con aprobación, pero su expresión se mantuvo seria.
—Bien hecho, niño.
Pero esto es solo el comienzo.
Tal como lo has manifestado ahora, este hechizo no es más peligroso que si te arrojara un simple vaso de agua.
¿Crees que eso sería suficiente para causar daño en combate?
Medité por un momento y luego negué con la cabeza.
—Mmm… tiene razón.
Entonces, ¿qué sigue?
—Ahora debes darle forma.
La magia sin control es inútil.
Tu siguiente tarea será moldear el agua en una esfera perfecta y estable.
Solo entonces habrás dado el primer paso real en el dominio de este elemento.
—Señor, antes de continuar… ¿podría llamarlo maestro?
El elfo alzó una ceja con curiosidad antes de esbozar una leve sonrisa.
—Claro, adelante.
Ahora sigue con el ejercicio.
Inspiré profundamente y volví a intentarlo.
Esta vez, me concentré aún más en controlar el agua.
Pero algo era distinto… A medida que intentaba darle forma, noté que vibraba sin cesar, como si tuviera vida propia y se negara a obedecerme.
La sensación era extraña, frustrante incluso.
Bastó un instante de distracción y, en un parpadeo, el agua se desplomó en mis manos, empapando el suelo.
John asintió, sin rastro de decepción en su mirada.
—Buen intento.
De verdad.
Pero necesitas más práctica.
Vuelve a intentarlo mientras te explico algunas cosas.
Asentí rápidamente y retomé el hechizo, decidido a mejorar.
—Lo que estás haciendo ahora no requiere conjuración —continuó él—.
Es una manifestación básica de tu maná, una que por sí sola no representa ningún peligro.
Sin embargo, hoy en día existen atajos y formas más eficientes de controlar la magia que hace cientos de años no estaban al alcance de nadie… Mientras hablaba, logré darle forma al agua nuevamente, pero aún no era perfecta.
La esfera temblaba y fluctuaba, incapaz de mantenerse estable por completo.
—Puedes jugar con el límite entre conjurar y no conjurar.
Es un punto intermedio entre control y liberación.
Por ahora, enfócate en mantener esa esfera de agua el mayor tiempo posible.
Asentí con determinación, pero mientras sostenía la esfera inestable, una serie de preguntas comenzaron a rondar por mi mente: ¿Cuál será mi capacidad real de maná?
¿Cuántos años me tomaría alcanzar una cantidad verdaderamente impresionante?
¿Qué ocurre cuando alguien agota por completo su energía mágica?.
Cuanto más me adentraba en el mundo de la magia, más preguntas surgían.
Pero sabía que solo había una forma de encontrar las respuestas: seguir entrenando.
No pasó mucho tiempo antes de que el hechizo se deshiciera una vez más.
Esta vez, sin embargo, noté un leve cansancio en mi cuerpo.
No era un agotamiento extremo, pero sí una fatiga sutil que se iba acumulando.
Ahora comprendía lo que el señor Ravenscroft me había explicado antes: mi reserva de maná estaba disminuyendo.
—Empiezo a sentir algo de cansancio, señor —admití, tratando de regular mi respiración.
Ravenscroft me observó con interés, con esa mirada analítica que parecía atravesarme.
—¿Sientes que estás llegando a tu límite?
—Todavía no, pero si sigo así, probablemente lo alcance pronto.
—¿En serio?
—arqueó una ceja, como si evaluara mis palabras—.
Entonces, hazlo una vez más.
Asentí con determinación.
A pesar del agotamiento, volví a intentarlo.
Esta vez, formar la esfera me resultó un poco más sencillo.
Se moldeaba con mayor fluidez en mis manos, como si mi cuerpo estuviera empezando a acostumbrarse al proceso.
—Impresionante —comentó Ravenscroft, con un tono que denotaba un genuino asombro—.
No es común que un niño de tu edad pueda repetir el mismo ejercicio varias veces sin quedar completamente exhausto.
—¿De verdad?
—pregunté con cierta incredulidad.
—Así es.
Para la mayoría, este proceso es lento y tedioso.
Muchos lo toman con demasiada calma… y otros simplemente lo abandonan.
Sus palabras me hicieron pensar.
Aún no comprendía del todo el maná, pero había algo que me inquietaba.
—Señor, todavía no entiendo bien cómo funciona el maná.
Aquellos que nacen con poca cantidad… ¿su reserva crece de manera natural con el tiempo?
Ravenscroft sonrió levemente, como si esperara esa pregunta.
—Sí, crece… pero muy poco.
Imagínalo así: si ahora mismo tu reserva de maná es como una jarra de agua, cuando tengas seis años quizás tengas una jarra y un vaso adicional.
No es una diferencia significativa.
Fruncí el ceño, meditando sus palabras.
—Entonces, ¿con entrenamiento es posible expandir esa reserva?
—Exactamente.
El objetivo es que esa pequeña jarra pase a ser un barril pequeño… luego un barril mediano… y así sucesivamente.
—Eso significa que, en teoría, no hay un límite en la cantidad de maná que alguien puede almacenar.
Ravenscroft asintió con gravedad.
—Correcto, pero no te dejes llevar solo por la ambición.
Aunque una gran reserva de maná puede marcar la diferencia en una batalla, su uso excesivo es un arma de doble filo.
Si no se maneja con cuidado, puede traer consecuencias devastadoras.
Sus palabras resonaron en mi mente, dejándome con una mezcla de emoción y preocupación.
Seguí con el ejercicio, intentando enfocarme, pero una pregunta seguía rondando como un murmullo persistente en mi cabeza.
Al final, no pude contenerme.
—Maestro… —mi voz salió más suave de lo que esperaba, casi temerosa de romper el frágil equilibrio del momento—.
¿Cómo llegó hasta este pueblo?
John se detuvo.
El leve sonido de la brisa meció las hojas cercanas mientras él tomaba aire.
Por un instante, su mirada pareció perderse en algún recuerdo lejano, uno que no estaba listo para compartir.
—Tuve una… discusión fuerte con mi esposa.
—Su voz era tranquila, pero había algo en su tono, una sombra de dolor bien disimulada—.
Eso es todo lo que necesitas saber por ahora.
Sus ojos se posaron en los míos, no con dureza, sino con una silenciosa súplica.—Por favor, continúa concentrándote.
Sabía que no debía insistir.
El peso de sus palabras era suficiente para advertirme que ese tema era una herida aún abierta.
*** El sol comenzaba a descender en el horizonte, tiñendo el cielo de tonos anaranjados y dorados.
Las sombras se alargaban, y el cansancio comenzaba a hacer mella en mí.
Mis movimientos ya no eran tan ágiles, y el sudor caía por mi frente.
—Drake… —la voz de John sonó suave, pero firme—.
Es suficiente por hoy.
Mis piernas temblaban ligeramente, y aunque mi orgullo me decía que podía seguir, sabía que no estaba en condiciones óptimas para continuar.
—Lo hiciste bien.
—John esbozó una leve sonrisa, pero sus ojos aún reflejaban esa lejana preocupación.
El entrenamiento había terminado…
pero yo sabía que la verdadera batalla apenas comenzaba.
No contra alguien más, sino dentro de mí mismo.
John se cruzó de brazos y me miró con seriedad.
—Escucha bien, Drake.
Te entrenaré a diario y será un régimen exigente.
Cada mañana practicaremos magia, combinada con caminatas y ejercicios de movilidad.
Por las tardes, esgrima.
Mantendremos este ritmo durante ocho días seguidos y luego dedicaremos dos días enteros a fortalecer tu mente con lectura, aritmética avanzada y juegos estratégicos.
Seguiremos este ciclo durante aproximadamente dos o tres años.
Sonreí con entusiasmo, aunque una duda cruzó por mi mente.
—Me parece perfecto, maestro.
Pero… ¿su esposa no se enfadará con usted por estar ausente tanto tiempo?
John soltó una leve risa.
—Créeme, me irá mejor si me ausento un tiempo que si regreso demasiado pronto.
Aun así, no pude evitar insistir: —¿No le preocupa estar lejos de ella tanto tiempo?
¿Y si le pasa algo?
El elfo me observó con paciencia antes de responder: —Entiendo tu inquietud, muchacho.
Pero debes recordar que las razas longevas como la mía percibimos el tiempo de manera muy distinta a los humanos.
Ladeé la cabeza, aún sin comprender del todo.
Él lo notó y añadió: —Para que lo entiendas mejor, lo que para ti son dos años, para nosotros los elfos es apenas un suspiro.
A lo mucho, dos semanas en nuestra percepción.
Todo depende de la mentalidad y las ocupaciones de cada uno.
Guardé silencio.
Tal vez nunca llegaría a percibir el tiempo como él… pero comprendí algo importante: para los elfos, la eternidad no era un concepto lejano.
Era su día a día.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES ManuelTP11 Para facilitar la lectura, continuaré dividiendo los capítulos más extensos en partes.
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