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After death, without memories - Capítulo 9

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  4. Capítulo 9 - 9 Un vasto mundo - Parte 1
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9: Un vasto mundo – Parte 1 9: Un vasto mundo – Parte 1 El día siguiente llegó antes de lo esperado.

El sol apenas había comenzado a filtrarse entre las ramas de los árboles cuando me encontré nuevamente en el mismo claro donde había entrenado el día anterior.

Esta vez, sin embargo, todo se sentía distinto.

Esta vez, sin embargo, todo se sentía distinto Fue entonces, mientras moldeaba con esfuerzo otra esfera de maná, que una duda comenzó a rondar mi mente.

Al principio, intenté ignorarla, pero la curiosidad terminó por vencerme.

—Maestro… hay algo que no puedo dejar de pensar —dije, rompiendo el silencio.

Ravenscroft detuvo su inspección de mi técnica y me dedicó una mirada atenta.

—Adelante, muchacho.

Pregunta.

—¿Cómo son realmente las razas del mundo?

—solté de golpe, sintiendo que esa pregunta llevaba demasiado tiempo en mi cabeza—.

Me refiero a cómo son… en su esencia.

En casa, los libros hablan de proezas y hazañas, pero casi nunca mencionan cómo son realmente cada uno de ellos.

Y… bueno, eso me hizo preguntarme cómo es cada raza, más allá de lo que cuentan las historias.

Ravenscroft arqueó una ceja, como si no esperara esa pregunta, pero pronto una leve sonrisa cruzó su rostro.

—Es una pregunta interesante… y no sencilla de responder —dijo, con un tono reflexivo—.

Pero haré lo posible por satisfacer tu curiosidad.

Se cruzó de brazos y comenzó a hablar, su voz adquiriendo un matiz casi nostálgico.

—Nosotros, los elfos, somos seres tranquilos y reservados por naturaleza.

Nos sentimos profundamente conectados con la magia, como si fuera una extensión de nuestra propia esencia.

Esa afinidad nos permite comprender el flujo del maná de manera casi instintiva… pero también nos hace distantes para muchos.

No es por desdén, sino porque valoramos el equilibrio y la paz por encima de todo.

Hizo una breve pausa antes de continuar.

—Los demonios… —su tono se volvió más serio— son distintos.

Sabios, sin duda, pero su temperamento es como el fuego: ardiente e impredecible.

Son guerreros natos, orgullosos y apasionados.

Para ellos, el combate no es solo una necesidad… es una forma de vida.

Prefieren resolver las disputas con la fuerza antes que perder tiempo en conversaciones innecesarias.

Y aunque su orgullo puede ser su mayor virtud, también es su mayor debilidad.

Mis ojos se abrieron con asombro al imaginar aquella descripción tan vívida.

Pero Ravenscroft no había terminado.

—Las bestias… —prosiguió— son diferentes.

Serenas, audaces y leales hasta la médula.

Su vínculo con su nación y su manada es inquebrantable.

Esa misma lealtad los convierte también en guerreros formidables, dispuestos a luchar hasta su último aliento para proteger aquello que aman.

—Pero sobre todo debes tener cuidado, ya no son llamadas bestias a día de hoy, ahora se les conoce como semi humanos.

Parpadeé, sorprendido.

No era solo un cambio de nombre… era un recordatorio de que los prejuicios podían enterrarse bajo nuevas identidades.

—Comprendo, ¿Y qué hay de los dragones?

—pregunté, incapaz de ocultar mi interés.

Una chispa apareció en los ojos de Ravenscroft.

—Ah, los dragones… —musitó—.

Ellos son… especiales.

Siempre lo han sido.

Pero con el tiempo, su naturaleza ha cambiado.

La unión entre humanos y dragones, impulsada por el héroe Charles, aceleró ese proceso de cambio.

Ahora son más… complejos.

No es solo su poder lo que los define, sino su sabiduría y su capacidad de adaptación.

Llamarlos “especiales” es, quizás, la única forma correcta de describirlos.

—¿Y los enanos?

—pregunté, cada vez más intrigado.

Ravenscroft rió suavemente.

—Ah, los enanos… —su tono se volvió casi cálido—.

Excelentes camaradas y aún mejores herreros.

Su destreza con el metal y la piedra es incomparable.

Escultores magníficos… y, claro, maestros bebedores.

No hay celebración en la que un enano no deje su huella, y su lealtad es tan firme como la roca que forjan.

—¿Y los acuáticos?

—susurré, casi temiendo la respuesta.

El rostro de Ravenscroft adoptó una expresión más cautelosa.

—Los acuáticos… —dijo en voz baja— son un caso aparte.

Orgullosos.

Vanidosos.

No todos son fáciles de tratar, y muchos de ellos desprecian a los que consideran inferiores.

Su cultura es rica y profunda, pero su arrogancia puede ser peligrosa si no sabes cómo manejarla.

Te aconsejo que seas cuidadoso si alguna vez tratas con ellos.

Me quedé en silencio, procesando cada palabra.

Era como si de pronto el mundo se hubiera vuelto mucho más grande y complejo de lo que imaginaba.

—Gracias, maestro… —murmuré, sintiendo que ese conocimiento me había cambiado de alguna manera.

Ravenscroft asintió con una leve sonrisa.

—El conocimiento es poder, muchacho.

Y ahora… —su tono volvió a ser serio— volvamos a la práctica.

Aún hay mucho que aprender —¿Y cómo es que se diferencian unos de otros, maestro?

—pregunté, incapaz de disimular mi curiosidad.

Ravenscroft sonrió levemente, como si aquella fuera una pregunta que había respondido muchas veces antes.

—Ah, distinguir a las razas… —murmuró, llevándose una mano al mentón—.

No es tan complicado una vez que sabes en qué fijarte.

Hizo una pausa y comenzó su explicación, su tono adoptando la calma de un sabio que comparte conocimientos ancestrales.

—Empecemos por los elfos… —dijo, señalando sus propias orejas largas y puntiagudas—.

Nuestra apariencia es quizás la más reconocible.

Las orejas afiladas son nuestro rasgo más distintivo, pero también hay otros detalles sutiles.

Algunos elfos llevan pendientes elaborados, y estos no son meros adornos.

Simbolizan su estatus dentro de la sociedad élfica.

Cuantos más pendientes, mayor es su prestigio o linaje.

Hay quienes pueden distinguir incluso el linaje de un elfo solo con un vistazo a sus joyas.

Se detuvo un momento antes de continuar.

Los dragones… —prosiguió, su tono volviéndose más grave— son majestuosos y temibles.

Justo al borde de sus ojos, extendiéndose sutilmente hacia la frente, podían verse pequeñas escamas, tan duras y resistentes como el acero.

Aunque diminutas, brillaban con un tenue reflejo bajo la luz, como si guardaran en su interior la esencia de una criatura ancestral.

Su disposición era casi simétrica, formando un patrón intrincado que parecía esculpido por manos divinas, recordando a quien las miraba que esa piel no pertenecía a un ser común.

Ravenscroft caminó unos pasos antes de hablar del siguiente grupo.

—Los demonios son igual de fáciles de identificar, aunque su aspecto puede variar.—Su voz adquirió un matiz más serio—.

Sus cuernos y dientes afilados son su sello distintivo.

Pero hay algo más… —me miró fijamente—.

La cantidad de cuernos, su forma y la posición en la cabeza no son meras características físicas.

Reflejan su linaje, su poder y, en ocasiones, su rol dentro de su sociedad.

Algunos tienen cuernos curvos como los de un carnero, otros los llevan rectos como lanzas, y algunos… —bajó un poco la voz— poseen cuernos partidos, señal de una herencia oscura.

No pude evitar estremecerme al escuchar aquello.

—Las bestias… —continuó, suavizando su tono— son más fáciles de reconocer.

Sus cuerpos suelen ser fornidos y tonificados, reflejo de su naturaleza salvaje y su instinto guerrero.

Pero lo que realmente los delata son sus orejas y colas, rasgos que varían dependiendo del tipo de bestia.

Pueden parecer lobos, felinos, o incluso criaturas más exóticas, pero esas características nunca pasan desapercibidas.

—¿Y los enanos?

—pregunté con curiosidad.

Ravenscroft rió suavemente, como si la respuesta fuera obvia.

—Ah, los enanos… —dijo con una sonrisa—.

Bueno, no hay mucho misterio con ellos.

Son pequeños, robustos y… sus barbas son su mayor orgullo.

No importa la ocasión, un enano siempre cuidará su barba como si fuera un tesoro.

Es más que una simple tradición… es un símbolo de honor y madurez.

Los enanos juzgan la valía de uno de los suyos por la longitud y el cuidado de su barba.

Así que si ves a un enano con una barba larga y bien trenzada… —hizo una pausa, con una chispa divertida en los ojos— mejor muéstrale respeto.

No pude evitar sonreír, imaginando a un grupo de enanos compitiendo por ver quién tenía la barba más majestuosa.

—Ahora que lo sabes… —Ravenscroft cruzó los brazos y me miró con seriedad—, recuerda siempre que las apariencias pueden decir mucho, pero es lo que hay dentro lo que realmente define a una raza.

No te dejes llevar solo por lo que ves.

Asentí lentamente, sintiendo que había aprendido algo más valioso de lo que imaginaba.

—Gracias, maestro… —murmuré, lleno de nuevas preguntas que aguardaban respuestas.

—No hay de qué, muchacho.

—Su sonrisa se desvaneció mientras volvía a centrarse en mi entrenamiento —Ahora que lo menciono, maestro… —mi voz salió más insegura de lo que pretendía mientras sostenía el orbe de agua entre mis manos—.

¿Cómo podría diferenciar entre los guerreros y la nobleza en otras razas?

—Hice una breve pausa, recordando que ya me había explicado sobre los elfos—.

Con ellos ya me lo dijo… pero, ¿y las demás razas?

Me concentré tanto en la conversación que no me percaté de que el orbe seguía estable, flotando con una tranquilidad engañosa entre mis manos.

Pero mis dudas aún no estaban resueltas, y mi mente seguía inquieta, divagando entre las imágenes que mi maestro había plantado con sus explicaciones.

—Perfecto.

—La voz de Ravenscroft interrumpió mis pensamientos, llena de satisfacción—.

Ahora que lograste estabilizarlo, mantén ese control lo mejor que puedas… y da diez pasos.

Asentí sin dudar, decidido a cumplir su instrucción.

Pero ni siquiera había despegado el pie del suelo cuando la esfera de agua se desmoronó por completo.

El líquido cayó pesadamente al suelo, dispersándose entre la hierba.

—¡¿Qué?!

—exclamé, incrédulo.

¿Cómo pudo romperse tan fácilmente?

Hace un momento tenía el control absoluto,y un solo movimiento había deshecho todo mi esfuerzo en un instante.

Ravenscroft soltó una leve risa, divertida pero llena de comprensión.

—Asombroso, ¿verdad?

—sus ojos brillaban con ese destello de sabiduría que tanto admiraba—.

Esa es una de las razones por las que los magos, cuando conjuran hechizos, suelen permanecer completamente quietos o hacen movimientos mínimos.

—La magia… es como un río, fluye de ti hacia el hechizo.

Pero si tu cuerpo se mueve sin control, interrumpes ese flujo.

Es por eso que los grandes magos aprenden a anclar su mente y su cuerpo, permitiendo que la energía se canalice sin interrupciones.

Se cruzó de brazos y se inclinó ligeramente hacia adelante, observándome con esa calma inquebrantable.

—Pero no te preocupes, joven aprendiz de la fuerza.

—Su voz adoptó un tono más suave, casi paternal—.

Yo te guiaré en este camino… y esto no será un obstáculo para ti.

Mis labios temblaron ligeramente al escuchar esas palabras.

Su confianza en mí era inquebrantable, incluso cuando yo mismo dudaba de mis habilidades.

—Comencemos de nuevo.

—Su mirada se volvió seria, pero alentadora—.

Hasta que logres dar esos diez pasos… y cuando lo consigas, te responderé esa pregunta que tanto te inquieta.

El resto del día se convirtió en una lucha constante.

Intenté una y otra vez mantener el equilibrio del orbe mientras daba pasos, pero el control se me escapaba a cada mínimo movimiento.

Apenas lograba dar dos pasos antes de que la esfera colapsara, deshaciéndose como si jamás hubiera existido.

El sudor cubría mi frente, y mis músculos ardían por el esfuerzo.

¿Cuánto tiempo más me tomaría lograrlo?

¿Por qué era tan importante si ni siquiera podía completar un hechizo en condiciones?

El cansancio comenzaba a pesarme, pero la promesa de respuestas me mantenía firme.

—Bien… —la voz de Ravenscroft rompió el silencio cuando finalmente logré mantener el orbe estable durante dos pasos más.

Aún no son diez… pero has avanzado.

—Maestro, tengo una pregunta más… —dije con cautela, aún intrigado por todo lo que había aprendido.

Ravenscroft exhaló lentamente, cruzando los brazos con fingida exasperación.

—No hables más —su voz sonó firme, pero no dura—.

Ya fueron demasiadas preguntas por hoy.

Fruncí el ceño, negándome a rendirme tan fácilmente.

—Pero…  —Sin peros —me interrumpió con una leve sonrisa, una chispa divertida en sus ojos—.

Primero, los diez pasos.

Abrí la boca para insistir, pero su mirada me dejó claro que no habría excepciones.

Tragué mis palabras y asentí, resignado.

Y así, sin darme cuenta, comenzó una pequeña tortura.

No física, sino algo peor: la tortura de la paciencia.

De repetir el mismo ejercicio una y otra vez, con el agua escapándose de mi control en el momento menos esperado.

De sentir que cada intento era un fracaso.

De escuchar la misma advertencia una y otra vez: “Calma.

Ancla tu mente.

Deja que la magia fluya.”

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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