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Airen: Poder y Leyenda - Capítulo 12

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  4. Capítulo 12 - 12 Capítulo 12 – Un Encuentro Peligroso
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12: Capítulo 12 – Un Encuentro Peligroso 12: Capítulo 12 – Un Encuentro Peligroso Al día siguiente hablé con Faelith y pareció gustarle la idea, aunque, cuando le pidió permiso a su abuelo, este tuvo las mismas preocupaciones que yo.

Por ello, decidió acompañarnos.

Yo dije que estaba bien, aun sin consultar con Elidrin, pero no creí que hubiera problemas.

Al parecer, Therion también invitó a Kael, así que en total íbamos siete personas.

Para el viaje, Aerithor consiguió unos caballos y un carruaje en el que cabíamos perfectamente todos y nuestro equipaje.

Era la primera vez que salía tan lejos de la casa donde nací.

De hecho, me sorprendía que, en casi diez años, no hubiera ido más lejos que algunos pueblos cercanos.

Supongo que se debe a la falta de medios de transporte mágicos o portales en este mundo.

El paisaje cambió de un espeso bosque a una pradera con arboledas a lo lejos.

Por lo que sé, el territorio de Pyrenhal termina poco después del bosque, y Lemuel está casi al borde de él, por lo que tiene mucho contacto con las ciudades humanas.

Después de una semana de viaje, llegamos a la ciudad de Lemuel.

La ciudad está dividida en dos partes: la ciudad de las minas y la ciudad real.

En realidad, es una sola ciudad, separada por una muralla que rodea la zona noble.

Como podrían imaginar, la ciudad real es el hogar de nobles, ricos y del palacio de la familia gobernante, mientras que la ciudad de las minas es donde viven los pobres y los trabajadores.

Nos dirigimos directamente a la ciudad de las minas, que es propiedad de los elfos, aunque todos los mineros son humanos, y algunos pocos Vanthraan.

Los elfos que trabajan ahí solo se encargan de supervisar.

Toda Lemuel es quizá la mitad de grande que Pyrenhal y mucho menos majestuosa.

No había edificios altos ni nada realmente impresionante, salvo el palacio que se veía a lo lejos.

La ciudad minera estaba repleta de gente, muchos de ellos sucios por el trabajo en las minas.

Lo que más me llamó la atención fue que, por primera vez, vi a otros humanos que no fueran mi madre.

—¿Esos… son humanos?

—susurró Faelith a su abuelo, quien asintió con la cabeza.

Había señalado a tres hombres con ropa de minero recostados en un muro.

Los observé unos momentos… y noté algo.

Los humanos… son feos.

Me había acostumbrado a los elfos, todos apuestos y elegantes.

En comparación, los humanos lucían sucios, toscos.

Sé que nací como medio elfa, pero no puedo evitar sentir vergüenza de mi antiguo ser humano.

Si me viera como era antes… seguramente me vería así.

También me llamó la atención su manera de caminar: hacían ruido, tambaleándose, como si sus huesos se quejaran.

En cambio, nosotros —incluyéndome— caminamos de forma silenciosa y fluida, como si lo hubiéramos practicado.

Incluso Elidrin camina mejor que esos hombres; seguramente se ha acostumbrado al vivir entre elfos.

—Madre, ¿dónde veremos a tu amiga?

—Ella debe estar en la posada donde nos quedaremos a pasar la noche.

Al llegar a la posada, una mujer salió corriendo hacia nosotros y se lanzó a abrazar a Elidrin.

—¡Elidrin!

¡Me moría de ganas por verte!

—¡Y yo también!

Han pasado más de nueve años… —No has envejecido ni un poco.

¡Y sigues tan hermosa después de tener dos hijos!

Como dice el refrán: el que se junta con lobos… o mejor dicho, ¿el que se junta con elfos?

—rió.

—¿Alguien dijo elfos?

—preguntó Aerithor.

—Aerithor… así que tú también viniste.

—Por supuesto.

No quería que intentaras cosas raras como la última vez —dijo Aerithor, con una sonrisa tensa.

Ambos se sonrieron, pero se notaba cierta tensión, como si hubiera un resentimiento escondido.

—¿Te preocupa que Elidrin te abandone y venga conmigo?

Cuánta confianza tienes… —dijo Annera con una sonrisa.

—Jajaja, ya empiezas con tus bromas —intervino Elidrin—.

Por cierto, esta es mi hija, Airen.

—¡Ah!

¡Es preciosa!

La última vez que la vi era un bebé recién nacido, ni siquiera abría los ojos.

—Mucho gusto —saludé, algo incómoda.

—Hola, pequeña.

Mi nombre es Annera.

Solo soy una vieja amiga de tu madre… pero mírate, eres hermosa.

Incluso más que tu madre a tu edad.

—Ah… umm… gracias… —sus halagos me incomodaban.

A fin de cuentas, yo solía ser un hombre.

Que me llamaran “hermosa” resultaba vergonzoso.

—Y aquí está Therion.

¡La última vez que te vi tenías cuatro años!

¿Te acuerdas de mí?

—Sí, un poco.

—Oh, ya eres todo un hombrecito… ¡hasta te ha cambiado la voz!

—rió.

Therion había cambiado de voz desde hace unos meses; ahora sonaba mucho más grave.

Lo mismo ocurría con Kael y otros chicos.

Ese tipo de cambios solo me hacía recordar que el mío sería completamente diferente… y sinceramente, no sé si quiero tal cosa.

Después de las presentaciones, nos instalamos en la posada.

Elidrin y Annera pasaron horas hablando sobre su infancia, sus travesuras, cómo se conocieron… Al parecer, eran amigas desde que tenían cinco años.

En un momento, escuché algo que me llamó la atención: —¿Sabes?

La verdad vine porque escuché unos rumores —dijo Annera.

—¿Rumores?

—Dicen que encontraron una espada misteriosa en una de las minas de Lemuel.

—¿Has venido por una espada?

—No exactamente.

Escucha… cuentan que un minero encontró un altar en ruinas, casi enterrado, dentro de una mina.

Y en él había una espada en perfecto estado.

El lugar estaba deteriorado… menos la espada.

—¿Y qué pasó?

—Cuando intentó tomarla, su cuerpo estalló en llamas, y el lugar empezó a hundirse.

Sus compañeros lograron escapar y contaron lo ocurrido.

—No me digas que… —Sí.

Creo que la espada de la que hablan es Ignis, una de las Espadas Etéreas.

“Ignis… he leído ese nombre en un libro…” De pronto, sin querer, dejé caer una de las cajas en las que me apoyaba mientras espiaba… —Airen?

¿Qué hacías ahí?

—Eh… nada… —¿Estabas escuchando a escondidas?

Eso es una falta de respeto, Airen.

—Jajaja, me recuerda a alguien que conozco muy bien —dijo Annera—.

¿Te interesa nuestra charla, pequeña?

—Sí… leí en un libro de padre sobre las Espadas Etéreas.

—¿De Aerithor, eh?

Sí, tu madre y yo solíamos buscarlas cuando éramos jóvenes.

Era un pasatiempo, más que una meta real.

Pero yo he seguido buscando.

Y mi búsqueda me trajo hasta aquí.

—¿Es verdad lo de Ignis?

—No lo sé.

De momento solo es un rumor.

Pero si es la verdadera Ignis… haré lo que sea para obtenerla.

—¿Estás loca?

¿Y si te quemas como el minero?

—dijo Elidrin, alarmada.

—Según investigué, las Espadas Etéreas absorben parte del maná del usuario para crear un vínculo.

Si tienes poco maná, mueres.

Pero yo tengo abundante maná y afinidad con el fuego.

Estaré bien.

—Annera, sabes lo que esa espada representa.

Si lo que dices es cierto, la mina estaría bajo custodia del ejército de Valadhiel.

Toda la ciudad estaría llena de nobles y altos mandos buscando la espada.

Y, sin embargo, no hay nadie.

¿Cómo explicas eso?

—De hecho, hace unas semanas sí aparecieron algunas personas del ejército —continuó Annera—.

Investigaron en la mina, pero no encontraron ni rastro del altar.

Justo después de que el minero muriera calcinado, hubo un misterioso derrumbe en varios túneles.

Los nobles y los soldados pensaron que era solo una mentira para hacerlos cavar sin sentido, así que se marcharon enfadados.

Pero yo creo que la espada sigue ahí.

—No lo sé… déjame pensarlo un poco.

—Disculpa… ¿dijiste que el minero tenía poca cantidad de maná?

—pregunté, aún confundida—.

¿Usan magia en la mina?

—No, no usan magia —explicó Annera—.

Hay cristales que absorben maná y pueden reaccionar de forma peligrosa.

Algunos incluso estallan.

El minero simplemente nació con una reserva muy débil de energía mágica.

—¿No aumentó su capacidad con el tiempo?

—pregunté, extrañada.

—¿Aumento de maná?

—repitió ella, arqueando una ceja.

—Verás, Airen —intervino Elidrin—.

Los humanos no pueden incrementar su maná con el tiempo.

Nacen con una cantidad fija y esa se mantiene estable hasta su muerte.

Es normal que un humano adulto tenga la misma reserva que tú tienes ahora.

“¿Entonces… yo, que apenas soy una niña medio elfa, tengo más maná que un humano adulto?” —Se dice que, con mucho entrenamiento, algunos pueden ampliarla un poco… pero no es común.

Además, aprender magia entre humanos es un lujo para los que pueden pagar un maestro particular.

“Ya veo… La magia no solo es un don… también es un privilegio.” —En fin —dijo Annera poniéndose de pie—, en dos días iré a investigar la mina.

Mientras tanto, Elidrin, pasemos algo de tiempo juntas, como en los viejos tiempos.

Al día siguiente, salimos todos de paseo por la ciudad.

A pesar de ser una ciudad minera, Lemuel tenía su propio encanto.

Uno de sus mayores atractivos era la zona de géiseres y pozos de agua burbujeante, cerca del cráter de una antigua montaña que, según los relatos, explotó hace siglos.

Después de ver los géiseres, visitamos el mercado.

Había una gran variedad de cristales mágicos.

En Pyrenhal había visto algunos de luz y agua, pero aquí la diversidad era impresionante.

Los cristales reaccionaban al maná o incluso lo generaban.

Por ejemplo, los de luz podían activarse con una mínima cantidad y brillar durante horas.

Los de agua almacenaban líquido en su interior si se les cargaba sumergidos, y luego lo liberaban al aplicar maná.

Aún no entiendo cómo funciona eso.

Supongo que las leyes de este mundo son distintas a las que conocía.

También había cristales de fuego: al romperse, liberaban una llamarada breve.

En casa usamos una versión que solo emitía calor sin explotar, ideal para calentar habitaciones o cocinar.

La variedad de piedras, metales y cristales con propiedades mágicas era abrumadora.

—¿Para qué sirve esto?

—pregunté al levantar una piedra ovalada y oscura.

—Eso es Amite —respondió el vendedor—.

Absorbe maná.

Ocho de cobre por unidad.

“¡Ocho monedas!

Bastante caro…” Recordé haber leído sobre la Amite.

Actúa como una batería: almacena energía mágica y puede liberarla cuando se necesite.

—¿Y esto otro?

—pregunté, señalando un fragmento negro que parecía absorber la luz.

—¡Ah!

¡Eso es Viod!

No me puedo creer que haya uno aquí.

Bloquea la magia.

—¿Bloquea la magia?

—Sí.

Mientras lo toques, no podrás usar maná.

Hice la prueba, intentando invocar una corriente de viento… pero nada.

Era como si mi energía se estancara dentro de mí.

El vendedor me quitó rápidamente el fragmento y lo examinó.

—Si lo fundes y purificas, el efecto se potencia.

Algunos fragmentos pueden anular la magia incluso sin necesidad de contacto.

—¿Y cuánto cuesta esto?

—Un fragmento como este puede llegar a costar dos monedas de plata.

—¿¡Dos!?

Era una fortuna.

Una moneda de oro equivale a cien de plata, y una de plata a cien de cobre.

El salario de un agricultor no alcanzaría ni la mitad en todo un mes.

—Niña, escucha… no deberías decir que viste esto aquí.

Tener Viod sin permiso está prohibido.

—…Entendido.

“No me interesa realmente… pero qué peligroso sería esto en las manos equivocadas.” Después de eso, regresamos a la posada.

Elidrin se quedó charlando con Annera mientras yo fui a mi habitación a descansar.

Al día siguiente, las cosas cambiaron.

Los adultos salieron por su cuenta.

Y los chicos… también.

—¡¿Se fueron sin nosotras?!

—grité, indignada.

—No te molestes, Airen.

Así son los chicos —respondió Faelith, cruzada de brazos pero con una sonrisa serena.

—¡Incluso mi padre y tu abuelo!

¿Ni siquiera preguntaron si queríamos ir?

—Bueno… sí, molesta un poco.

Pero ya se fueron.

“¡Qué descaro!

¡Esto no es justo!” —¿Sabes qué?

¡Vamos también!

No los necesitamos.

—¿A las minas?

—Sí.

Escuché que hay algo oculto allí… un tesoro increíble.

—¿Un tesoro?

¿De dónde sacaste eso?

—De lo que escuché anoche.

La amiga de mamá vino en busca de una espada… ¿qué dices?

¿Vamos?

—¿Sólo tú y yo?

—¿Tienes miedo?

—¡Claro que no!

Solo que… “Si lo que dice mamá es verdad, entonces la mayoría de los que trabajan allí son humanos sin magia.

A lo mucho, tendrían una reserva de maná básica.

Físicamente pueden ser más fuertes… pero si usamos magia, no tienen ninguna posibilidad.” —Vamos.

No hay nada que temer.

—…De acuerdo.

Pero vamos con cuidado.

Faelith y yo salimos de la posada en dirección a las minas.

No podía evitar pensar en los chicos.

Sí, una parte de mí quería encontrarlos y reclamarles su egoísmo… pero otra parte… quería comprobar con mis propios ojos si la leyenda del altar era cierta.

Por el camino observé a la gente.

Aunque muchos eran mineros, también había comerciantes, granjeros, artesanos y soldados.

La mayoría eran humanos.

Algunos Vanthraan también caminaban por la ciudad, y su presencia no pasaba desapercibida.

Uno de ellos medía casi dos metros, con una musculatura imponente.

Tenía ojos dorados con iris oscuros, orejas altas y afiladas, y una cola larga que se movía lentamente.

Su cabello era gris oscuro, igual que el pelaje de su cola.

Los demás Vanthraan eran parecidos, todos con una presencia intimidante.

Luego supe que muchos de ellos eran de una misma tribu nómada.

—Airen… creo que no debimos venir solas —dijo Faelith, aferrándose un poco más a mi brazo.

—¿Qué…?

—susurré, confundida.

A medida que nos acercábamos a la mina, no me había dado cuenta de que estábamos atrayendo demasiadas miradas.

Al principio, los mineros que nos cruzábamos hacían leves inclinaciones de cabeza o simplemente se apartaban para dejarnos pasar.

“¿Será por ser elfas…?

Tal vez piensen que somos personas importantes…” Pero algo no estaba bien.

Las miradas cambiaron.

Al principio pensé que era simple curiosidad, pero bastó con fijarme un poco más para entender por qué Faelith estaba tan nerviosa.

No eran miradas de respeto.

Eran ojos sucios.

Deseosos.

Llenos de lujuria.

“Ah… olvidé lo que algunos hombres son capaces de hacer…” No necesitaban decir nada.

Bastaba con ver cómo nos observaban.

Viejos con miradas torcidas… ¿Qué podían desear de nosotras?

¡Apenas éramos niñas!

Bueno… yo ni siquiera me había desarrollado, pero Faelith… ella ya mostraba una figura un poco más definida, una cintura levemente estrecha y pequeños senos.

Aun así, ¡seguíamos siendo menores!

—Airen… quizá deberíamos regresar —susurró Faelith, pegándose a mí.

—No te asustes por esa gente —respondí con voz firme—.

Ya te dije que no pueden hacernos nada.

—Pero… —¿Hey, pequeñas?

¿Están perdidas?

—Una voz rasposa nos interrumpió.

Un hombre semicalvo se plantó frente a nosotras.

No debía tener más de cincuenta, aunque su sonrisa desagradable y los dientes manchados de musgo y tabaco le hacían parecer mucho más viejo.

Faelith se quedó paralizada.

Yo, en cambio, lo miré sin miedo.

—Jejeje, si están perdidas, quizá pueda ayudarles… —añadió, con un tono repulsivo.

—No, gracias —le respondí secamente.

—Oh, no seas tímida, pequeña… ¿Por qué no vienen tú y tu amiguita con nosotros?

Vamos a jugar un rato… jejeje… —¡Jajaja!

Hey, Paul, déjalas tranquilas.

Te meterás en problemas si el capataz se entera —gritó otro desde un grupo cercano donde varios mineros reían entre murmullos y miradas descaradas.

—No estamos perdidas.

Así que, si me disculpa… —intenté rodearlo.

Pero él volvió a interponerse, esta vez sin sonreír.

Su voz bajó a un susurro amenazante: —Escucha, niña.

No quiero hacerte daño.

Así que haz lo que te digo… y ven conmigo.

—Se nota que no tienes cerebro —espeté con frialdad.

—¿¡Cómo has dicho, mocosa!?

Dio un paso hacia mí, con la clara intención de agarrarme.

No lo pensé dos veces: concentré maná en mi palma derecha y creé una pequeña bola de fuego.

En un instante, la lancé contra el suelo.

La explosión hizo levantar una nube de humo y polvo que alarmó a todos alrededor.

Paul cayó de espaldas, completamente aterrado.

Elevé mi mano con otra llama encendida y grité: —Solo vinimos a mirar la mina.

¿Hay alguien que tenga problemas con eso?

El silencio se hizo inmediato.

Las risas murieron.

Todos los que antes se burlaban fingieron que nada había ocurrido.

Paul, sin decir palabra, corrió despavorido hasta desaparecer entre los matorrales.

—¿Ves, Faelith?

No hay por qué tener miedo.

—Yo estaba aterrada… ¡Eres increíble, Airen!

Pareces un adulto… —Lo que importa es que estamos bien.

Sigamos.

Las minas eran una red de túneles dentro de una gigantesca montaña.

Aunque también había excavaciones externas, lo más valioso se encontraba en las profundidades.

Estaba prohibido ingresar en horario laboral, pero era día de descanso, así que los túneles estaban vacíos.

Los mineros que vimos antes seguramente solo estaban reunidos.

—Airen… ¿sabes dónde están los chicos exactamente?

—¿Eh?

No… —¿Entonces por qué vinimos?

—Vinieron a las minas, ¿no?

—¡Hay minas por toda la montaña!

¡Pueden estar en cualquier lado!

—¿Qué te pasa?

Estás muy negativa hoy… —Es que… tengo un mal presentimiento… —Es solo tu imaginación.

Nos acercamos a una entrada y entramos al túnel.

La oscuridad no fue un problema: nuestra visión élfica se adaptó rápido.

No es que podamos ver en la oscuridad absoluta, pero con un poco de luz, lo suficiente.

Para mí, una noche sin luna es como un atardecer tenue.

Mientras avanzábamos, pequeñas rocas luminiscentes aparecieron en las paredes, brillando como luciérnagas.

—Vaya… son preciosas —susurró Faelith, embelesada.

—La verdad que sí… aunque no sé qué tipo de roca es.

Seguimos caminando durante varios minutos, cuidando de no perdernos.

A medida que descendíamos, la temperatura subía.

No me faltaba el aire, pero sabía que en las cuevas puede disminuir el oxígeno.

Había que tener cuidado.

Eventualmente, dejamos atrás los túneles reforzados con madera.

Ahora estábamos en una cueva natural.

Estaba pensando seriamente en regresar cuando vi una zona derrumbada más adelante.

“¡Annera dijo que el altar colapsó en un derrumbe…!” Corrí hasta allí y observé los escombros.

—Parece que el techo colapsó a lo largo del pasillo… —No me digas que quieres ir por ahí, Airen… —Exactamente eso.

—¡Estás loca!

¡Tardarías semanas abriéndote paso con las manos!

—Con magia serían minutos… —No sabes usar magia de tierra.

—Cierto… pero conozco a alguien que sí.

¡Y qué coincidencia, está a mi lado!

—¿¡Qué!?

¡Yo no pienso hacerlo!

—¿Por qué no?

—¡Es peligroso!

¿Y si causo otro derrumbe?

—Solo necesitas abrir un pequeño hueco para que pasemos.

Nada más.

—Pero… —Vamos.

Ya llegamos hasta aquí.

—Ugh… Está bien… Faelith accedió a regañadientes.

Su dominio de la magia de tierra no era el mejor, ya que es una de las más difíciles.

Pero con esfuerzo, comenzó a abrir un túnel entre los escombros.

Después de más de quince minutos arrastrándonos entre tierra y piedras, por fin llegamos al otro lado.

Había múltiples caminos, algunos obstruidos por rocas y otros parcialmente colapsados.

Solo tres permanecían despejados.

—Seguro que los derrumbados llevan al tesoro… —¡No pienso cavar más!

—Uuhh… Elegimos uno de los túneles despejados.

Pronto nos internamos en una cueva completamente natural.

Sin señales de excavación.

Caminamos en silencio.

Después de varios giros y bifurcaciones, comencé a preocuparme.

“Creo que me metí en un problema serio…” Mi corazón latía más rápido… hasta que sentí una brisa fresca venir desde un lado.

—¿Y esa brisa…?

¿Será una salida?

—Al menos no tenemos que volver por donde vinimos —dije, aliviada—.

Pero antes quiero investigar un poco más por aquí.

—¿¡Aún quieres continuar!?

¡Yo quiero irme ya!

—Solo un poco más.

Voy a ver qué hay de este lado y te alcanzo.

—Está bien… pero no tardes.

Faelith se quedó en la entrada donde la brisa soplaba.

Yo caminé sola hacia el otro extremo.

Pero entonces… Un crujido sutil me alertó.

Di un paso más y sentí el suelo ceder ligeramente.

—¿Eh?

Intenté correr, pero fue tarde.

El suelo se partió bajo mis pies.

—¡Airen!

—gritó Faelith mientras yo caía al abismo.

Por un momento creí que sería mi fin, pero a pesar de que fue una caída de unos cinco metros, no me lastimé.

Sí que me llevé un buen susto, eso sí.

—¡¿Airen?!

—gritó Faelith desde arriba.

—Estoy bien, no te preocupes —respondí, levantándome.

—¡Me diste un susto enorme!

Por favor, vámonos ya… —Sí, creo que tienes razón.

Pero no puedo salir por aquí.

La pared por la que caí era completamente lisa, sin puntos de apoyo.

Saltar era impensable.

Estaba atrapada.

—Iré a buscar una cuerda o algo.

¡Espérame aquí!

—Claro.

Faelith se fue hacia la salida.

Mientras tanto, yo me quedé mirando a mi alrededor.

El túnel no terminaba allí.

De hecho, había un sendero más al fondo… Iba a esperar, de verdad, pero entonces lo sentí: una oleada de calor abrasador proveniente del interior del pasaje.

La curiosidad me ganó.

Caminé.

El sendero se abría hacia un enorme espacio cerrado, como una cámara subterránea natural, un círculo perfecto cuya base estaba compuesta por un pozo de lava ardiente.

Un estrecho camino de piedra se extendía hasta el centro, donde se alzaba una estructura tallada directamente en la roca: un marco de piedra oscura y una pared lisa, rojiza, pulida como el cristal.

“Debe ser… el altar de Ignis…” Sentía el corazón latiendo con fuerza.

Una parte de mí gritaba que regresara, que era peligroso, que bastaba un mal paso para caer al magma y terminar calcinada.

Pero otra parte —la más terca, la más determinada— sabía que estaba tan cerca.

Con extrema precaución, avancé.

El calor era intenso.

El aire parecía temblar.

Una vez frente a la estructura, noté unos símbolos antiguos grabados en el marco.

No entendía su significado ni encontraba forma de abrir lo que, intuía, debía ser una puerta.

—¿Qué es esto…?

—susurré.

Entonces escuché pasos.

No me giré de inmediato.

Sabía que venían detrás de mí.

Y también sabía que no eran de Faelith.

Ella era ligera al andar, casi imperceptible.

Esto…

esto era diferente.

Pesado.

Grave.

—¿Quién está ahí?

—pregunté en voz alta, girándome.

Al otro lado de la sala, dos figuras emergían de las sombras.

Vestían túnicas negras con capuchas que cubrían completamente sus rostros y cuerpos.

Altos.

Muy altos.

Uno de ellos debía medir más de dos metros y medio, el otro apenas menos.

—¿Nos ha escuchado?

—No debería.

Sus voces eran profundas, como si hablaran desde el fondo de una caverna.

Incluso susurrando, sonaban potentes.

Aparentemente no sabían lo ruidosos que eran.

—¿Y qué hacemos…?

¿La matamos?

“¿¡QUÉ!?” Mis manos reaccionaron antes que mi mente: encendí una llama flotante, lista para defenderme.

Si eran humanos y no me vieron entrar, quizá ignoraban que podía usar magia.

Podía sorprenderlos.

—Oye, creo que nos ha escuchado.

—Entonces debe ser una niña bestia… o una elfa asquerosa.

—Idiota, si usa magia no puede ser una bestia.

—Ah, cierto… Por la forma en que hablaban, estaba claro que despreciaban tanto a los Vanthraan como a los elfos.

Y lo más alarmante: no parecían impresionados por mi magia.

Ni siquiera sorprendidos.

—¿Quiénes son?

¿Qué quieren?

—pregunté, tratando de mantenerme firme.

—Hmp, supongo que no tiene caso seguir ocultándonos —dijo el más alto.

Ambos dieron un paso al frente, entrando en la tenue luz rojiza del magma.

A pesar de sus túnicas, podía intuir sus formas: enormes, musculosos.

Bajo esas capas debía haber cuerpos entrenados para el combate.

Guerreros… o algo peor.

El más alto llevaba una espada colosal en la espalda, casi tan grande como él.

Parecía una hoja imposible de levantar para un humano.

El otro, con una claymore de metro y medio colgando de su cintura, tenía el porte de alguien igual de letal.

—Hola, pequeña —dijo el más bajo con fingida amabilidad—.

Verás, solo vinimos a visitar las minas.

Perdón si te asustamos.

“¡Mentira!” —grité en mi mente.

Hace un momento hablaban de matarme.

—Mentira.

Los escuché claramente —respondí en voz alta, con determinación—.

Dijeron que querían matarme.

—Tch.

Es por eso que odio a los elfos —gruñó el alto—.

Vamos a matarla de una vez y terminemos con esto.

Mi garganta se secó.

“Definitivamente me metí en un gran problema…” Y sin quererlo, sin esperarlo, sin tener opción, el verdadero peligro de esta mina por fin se revelaba.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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