Airen: Poder y Leyenda - Capítulo 14
- Inicio
- Todas las novelas
- Airen: Poder y Leyenda
- Capítulo 14 - 14 Capítulo 14 — Traición
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
14: Capítulo 14 — Traición 14: Capítulo 14 — Traición —Ugh… basura… voy a matarte.
—Parece que de verdad eres muy débil.
No mentiste después de todo.
Lo llamé débil solo para burlarme, como venganza, pero en el fondo sabía que no resistiría ni la mitad de lo que él aguantó en su lugar.
Creía que ya todo había terminado, pero justo cuando comenzábamos a relajarnos, apareció Drazh.
—¿Vaeric?
¿Te vencieron unas niñas?
Patético.
— Grr ¡Cállate, idiota, y mátalas!
—No necesitas decírmelo.
Empuñó su enorme espada y comenzó a acercarse.
Llevaba puestos una tela oscura, probablemente para protegerse de la luz solar.
Faelith estaba tensa, nerviosa, y fue la primera en atacar.
Lanzó varias bolas de fuego, pero, a diferencia de Vaeric, Drazh ni siquiera intentó esquivarlas o bloquearlas.
Las recibió de lleno sin inmutarse.
En vez de dolor, solo parecía fastidiado.
Cuando fijó su mirada en ella, sentí que la sangre se me congelaba.
Y entonces, una vez más, mostró esa velocidad suya.
Para alguien tan grande, era asombroso.
—¡Esquívalo, Faelith!
—grité.
Pero ella estaba paralizada por el miedo.
Salté hacia ella y la empujé al suelo, logrando esquivar el ataque por poco.
Solo las puntas de mi cabello fueron cortadas… pero había estado tan cerca… tan cerca de verla morir.
Me puse de pie de inmediato y obligué a Faelith a levantarse también.
Estaba tan asustada que apenas podía sostenerse; le temblaban las piernas.
Aun así, la empujé hacia un lado y me lancé en dirección contraria, lanzándole bolas de fuego débiles a Drazh solo para distraerlo.
“No me queda mucho maná… tenemos que escapar y buscar ayuda.” Drazh me siguió sin dudarlo, atacándome una y otra vez.
Yo esquivaba, pero el cansancio comenzaba a pasarme factura.
Me ardía el pecho y mis movimientos se volvían lentos.
Él, en cambio, no perdía ritmo.
Estaba claro que era un guerrero acostumbrado a pelear sin descanso.
—¡Airen!
—gritó Faelith, corriendo hacia nosotros.
Le lanzó varios ataques a Drazh, directo a la cara.
Todos impactaron, pero él ni se inmutó.
Apenas la miró.
Solo cuando creí que seguiría centrado en mí, cambió su centro de gravedad y se lanzó hacia ella.
Nadie lo vio venir.
Balanceó su espada y golpeó a Faelith con el dorso de la hoja.
Mi corazón se detuvo.
Ella salió volando y se estrelló contra un árbol, quedando inconsciente en el suelo.
—¡Faelith!
—Jajaja… ya no te ríes como antes, ¿eh?
¿Dónde quedó tu confianza?
—se burló Vaeric desde el suelo.
Quería correr a ayudarla, pero Drazh no me dejaba ni un segundo de respiro.
Reanudé mi ataque, intentando hacer mis bolas de fuego lo más fuertes posibles sin agotarme por completo.
Pero era inútil… era como lanzar nueces a una pared de concreto.
—Mhn… —¡Faelith!
—grité, al verla moverse.
Estaba despertando.
Afortunadamente, parecía no tener heridas graves.
Se puso en guardia, lista para volver a pelear.
Pero la vi temblar.
La noté pálida, asustada… tenía miedo, y mucho.
Faelith era fuerte, pero solo en entrenamientos o duelos mágicos.
En situaciones reales de vida o muerte, se desbordaba.
No podía permitir que volviera a pelear.
No así.
—¡Faelith, corre y busca ayuda!
—P… pero… —¡Vamos!
Yo puedo encargarme sola.
¡Corre!
—Tch, no podemos dejar que nadie más sepa de esa cueva —dijo Vaeric, poniéndose de pie—.
¡Drazh, mata a esa basura, yo iré tras la otra!
Faelith dudó unos segundos, pero se obligó a correr.
Desapareció entre los árboles.
Vaeric intentó seguirla, pero no parecía capaz de alcanzarla.
Mientras tanto, Drazh seguía atacándome sin descanso.
Ya no podía usar magia; solo me quedaba esquivar.
Recibí varios golpes al caer al suelo.
Estaba agotada, y para empeorar todo, el fuego causado por Vaeric se había extendido hasta donde estábamos.
No podía quedarme más tiempo allí.
Corrí.
Sin aliento.
Sin rumbo.
En mi límite.
“¿Cómo fue que llegué a esta situación?” Busqué respuestas.
¿Fue cuando me detuve a hablar?
¿Cuándo hice que Faelith excavara?
¿Desde que salí de la posada?
Tal vez… todo fue una cadena de errores.
“Podría intentar usar magia de viento otra vez… ellos no parecen poder usarla.” Me escondí tras un árbol y comencé a acumular maná en mis manos.
Drazh estaba a solo tres metros.
Si creaba una cúpula grande sin oxígeno, tal vez lograría que se desmayara… pero eso consumiría lo poco que me quedaba.
Respiré hondo.
Lo intenté.
El oxígeno se desvaneció a mi alrededor.
Las llamas se apagaron.
Todo se volvió silencioso.
Pero Drazh no se inmutaba.
No jadeaba, no se movía… nada.
“¿Había calculado mal la distancia?” Salí del escondite.
Extendí mis manos otra vez para agrandar la cúpula.
Esta vez fue más difícil.
Mucho.
Pero lo logré.
El área sin oxígeno era inmensa.
Y entonces lo vi.
Clavó su espada en la tierra, levantó la mano y formó una esfera de energía oscura.
No era humo ni llamas negras como Vaeric… era otra cosa.
Una energía púrpura oscura que giraba erráticamente en su palma.
—¡Wah!
Mi visión se oscureció.
Me golpeó con esa esfera.
No dolía como un impacto… era como una brisa suave.
Pero perdí la concentración, y la cúpula colapsó.
Di unos pasos hacia atrás y caí por un terreno inclinado.
Rodé entre arbustos hasta quedar tendida.
Intenté levantarme, pero un dolor atroz en el pecho me lo impidió.
Sentía frío.
Temblaba.
Mi visión se volvió borrosa.
—¿Q… qué me pa… aahhh… iaaahhhhh!
No era dolor físico.
Era angustia, ansiedad, tristeza, vergüenza… emociones mezcladas y descontroladas.
Mi mente era un caos.
Drazh se acercaba.
—¿Pensaste que caería en el mismo truco?
Vi que acumulabas maná, aunque estuvieras escondida.
“Ah… claro.
Ellos pueden ver la energía.
Qué idiota soy…” —¡Aaagghhhh!
—¿Primera vez que sientes la magia de oscuridad?
Duele, ¿cierto?
“Voy a morir aquí…” Intenté arrastrarme.
Pero no podía.
El dolor emocional era insoportable.
—Tengo que matarte ahora.
Nuestros compañeros llegarán pronto.
Debo regresar o no encontrarán el santuario.
“Hasta aquí llegué… solo me queda un poco de magia… pero no puedo moverme.
Diez años de vida… más cortos de lo que parecen.” Drazh alzó su espada.
La dejó caer.
Todo fue en cámara lenta.
No cerré los ojos.
No podía dejar de ver la muerte acercarse.
Pensé miles de formas de salvarme… todas inútiles.
Y entonces, en un último impulso, canalicé todo lo que me quedaba de maná.
Lo solté como una explosión.
No sabía si serviría, pero no me rendí.
¡PAM!
La espada rebotó frente a mí, como si hubiera chocado con algo invisible.
Drazh se sorprendió.
Yo… no tenía mente para entenderlo.
Mi cuerpo estaba al límite.
Me dolía la cabeza.
Me sentía a punto de desmayarme.
Solo podía mirar a Drazh… quien alzó su espada nuevamente.
¡BUM!
Una explosión lo golpeó en la cara.
Soltó la espada y se cubrió.
Retrocedió.
¡BUM!
¡BUM!
Otros dos impactos más lo golpearon.
Drazh lanzó un ataque oscuro, pero otros tres golpes lo hicieron caer de rodillas.
¿Quién?
Con la vista borrosa, volví mi mirada hacia la fuente de los ataques.
Y entonces lo vi.
Mi padre.
Aerithor.
Junto a Faelith.
Me invadió una alegría inmensa.
Lágrimas brotaron de mis ojos.
Lanzó una última bola de fuego.
Vi cómo impactaba directo en Drazh y lo derribaba por completo.
“Increíble… solo unos ataques… y venció al invencible Drazh.
La diferencia de poder… es abismal.” —¡Airen!
Faelith corrió hacia mí y trató de ayudarme a incorporarme.
Me quejé por el dolor y entonces me dejó como estaba.
Tenía los ojos llenos de lágrimas; probablemente creyó que no me encontraría con vida.
Mi padre también se acercó.
Me observó en silencio, serio.
Puso una mano sobre mi frente y frunció el ceño con furia al mirar a Drazh.
—Estarás bien, hija.
Descansa.
Su mano empezó a brillar.
Una calidez agradable se extendió por todo mi cuerpo, aliviando el dolor y calmando el caos de mi mente.
Era tan reconfortante que cerré los ojos… y me dejé llevar por el sueño, sabiendo que estaba a salvo.
—…ren.
—Ai…ren.
—Mhn… —¡Airen!
—¿Eh?
Me incorporé de golpe por puro instinto.
Al hacerlo, un mareo me golpeó y el dolor me recorrió todo el cuerpo.
—¡Iah!
No te levantes aún.
—¿Fa… Faelith?
—Estás bien.
Solo quédate acostada, ¿sí?
Obedecí.
Me recosté nuevamente, y fue entonces cuando noté que estábamos al aire libre.
El cielo estaba teñido de naranja, y una brisa suave movía las ramas de los árboles.
Me encontraba a la sombra de un árbol, sobre un campo cubierto de pasto.
—¿Cuánto tiempo estuve inconsciente?
¿Dónde estamos?
—Dormiste casi dos días enteros.
Estamos en las afueras de Lemuel, a unas dos horas de camino.
—¿En las afueras?
¿Por qué no estamos en la ciudad?
—Pues… —La ciudad está bajo ataque —interrumpió Therion, apareciendo de pronto.
Se acercó, puso su mano en mi frente y luego en mis mejillas—.
Parece que ya casi te has recuperado.
—¿Qué quieres decir con que la ciudad está bajo ataque?
—pregunté, alarmada.
—Después de que papá entregó a los guardias los cuerpos de los Gashems que las atacaron, enviaron exploradores para patrullar y apagar el incendio.
Pero a la mañana siguiente, solo uno volvió… y muy malherido.
Dijo que un grupo de Gashems los emboscó cerca de la montaña.
—¿¡Más Gashems!?
—Sí.
Dicen que eran más de veinte, y que se atrincheraron en las minas.
No sabemos qué quieren, pero el lugar ahora es un campo de batalla.
Se ordenó la evacuación hasta nuevo aviso.
Pensamos en ir a la ciudad real, pero tan pronto como se anunció el ataque, cerraron las puertas.
Los que no lograron entrar tuvieron que refugiarse en los campos… como nosotros.
Miré a mi alrededor.
Había varios grupos de personas acampando a lo largo del camino.
El cielo estaba cada vez más anaranjado: era ya muy tarde.
Me costaba creer que había dormido tanto.
“Así que los compañeros que Drazh mencionó llegaron… Buscan la espada etérea Ignis.
Si la encuentran… ¿la usarán para iniciar una guerra?” —Espera… ¿dijiste cuerpos?
¿Los Gashems que me atacaron murieron?
—Sí.
El abuelo de Faelith mató a uno cuando la perseguía por el bosque.
Yo llegué cuando papá ya había derrotado al otro.
Él se quedó para entregar los cuerpos a los guardias mientras Kael y yo te llevábamos a la posada… pero con la evacuación, vinimos hasta aquí.
—¿Entonces papá y los demás siguen en la ciudad?
—Sí.
Los adultos se quedaron para defenderla.
Lemuel no tiene un ejército fuerte, así que están resistiendo hasta que llegue ayuda de Valadhiel.
—¡Pero eso puede tardar días!
—No hay otra opción… —¡Pero nuestros padres pueden estar en peligro!
¡Los Gashems que nos atacaron eran los más débiles, ellos mismos lo dijeron!
¡Tenemos que ayudar!
—¿¡Y qué crees que puedes hacer tú!?
—Therion alzó la voz.
Lo sabía.
Sabía que si me enfrentaba a otro Gashem… moriría.
Pero había algo más importante que podía hacer.
—Yo sé lo que buscan.
Si encuentro a papá y se lo digo, podríamos llegar antes que ellos a la espada.
—¡Es muy peligroso!
—¡Solo yo sé dónde está!
—Papá me dejó a cargo de ti, y no pienso permitir que te pongas en riesgo.
—¡Pero…!
—¡He dicho que no!
Su grito me tomó completamente por sorpresa.
Nunca lo había visto tan serio… y mucho menos gritarme así.
Se me hizo un nudo en la garganta.
Bajé la vista, sintiendo rabia.
Él no me estaba escuchando.
Se alejó, caminando entre los campos con expresión tensa.
—No te lo tomes a mal, Airen —dijo Kael, acercándose suavemente—.
Él también quiere ayudar.
Pero tus padres le encargaron protegerte.
Si algo te pasara… él lo vería como un fracaso.
No respondí.
“Entiendo… pero no puedo evitar sentir esta rabia.
¿Se cree un hombre por quedarse escondido?
Yo habría luchado con mis padres.” Era como cuando tenía tres o cuatro años… y mis emociones se salían de control.
No era una rabieta, pero se le parecía.
Kael, al notar mi silencio, se alejó.
Me quedé a solas con Faelith.
No dijo nada.
Quizá entendía que no estaba de humor.
Después de un rato, rompí el silencio.
—Hay mucha diferencia… —¿Eh?
—Entre papá y yo.
Él venció a Drazh con unos cuantos ataques.
Yo usé toda mi magia y ni siquiera logré quemarle el cabello.
—Bueno… él es un adulto.
“Tiene sentido.
Un puñetazo de un adulto es muchas veces más fuerte que el de un niño.
Si la magia funciona igual… entonces la diferencia de poder es obvia.” Recordé sus ataques.
Cada bola de fuego suya parecía tener la fuerza de veinte de las mías.
No sé cuánto maná usó… pero con solo intentar algo así, yo me quedaría sin energía.
O peor: perdería el control.
—Por cierto… ¿Qué fue lo que hizo papá para detener el ataque de Drazh?
—¿Qué hizo?
Usó magia de fuego, ¿no?
Tú lo viste.
—No… me refiero a antes.
Cuando Drazh iba a matarme y su espada chocó contra algo invisible.
—¿Un muro?
—¿Usó magia de viento o algo así?
—No sé de qué hablas.
Cuando llegamos, el Gashem te iba a atacar y tu padre lo golpeó con fuego.
—¿De verdad?
Entonces aquello… —Estabas herida y agotada.
Seguro imaginaste cosas.
Pero cambiando de tema… ¿qué piensas hacer, Airen?
—¿Sobre qué?
—Sobre ir a avisarles a tu padre y a mi abuelo lo de la espada.
¿Qué harás?
—…Nada.
Me quedaré aquí, como dijo Therion.
—¿¡De verdad!?
“Por supuesto que no.
Iré… pero no pondré en peligro a Faelith otra vez.” —¿Por qué te sorprende tanto?
—No sé… te conozco.
Pensé que irías de todas formas, pero supongo que me equivoqué.
—Estoy cansada.
Voy a dormir un rato.
—Está bien.
Descansa.
Me hice la dormida hasta que cayó la noche.
Normalmente habría sido imposible escapar sin que nadie lo notara, pero los campamentos cercanos me ayudaron a escabullirme sin ruido.
La discusión con Therion también jugó a mi favor: estaba haciendo guardia con Kael en una colina desde donde se veía la ciudad a lo lejos.
Me metí por un sendero boscoso detrás del campamento, evité ser vista y llegué al camino principal.
Empecé a correr hacia la ciudad.
Vi grupos de personas acampando: algunos con maletas improvisadas; otros solo con lo que llevaban puesto.
En menos de una hora, vi Lemuel a lo lejos.
Las casas cercanas a las minas estaban en llamas.
Escuché explosiones distantes.
La ciudad se había vuelto un campo de batalla… mientras la ciudad real se escondía tras sus muros, como cobardes.
—Tengo que encontrar a papá y decirle dónde está la espada… pero desde aquí, todo es peligroso.
Podría encontrarme con un Gashem en cualquier momento.
Corrí por los callejones, evitando la calle principal.
La ciudad parecía desierta, salvo por el eco lejano de los combates.
Los caminos torcidos me hicieron perderme.
No conocía bien la ciudad, pero podía oír el estruendo que venía desde las minas.
Atravesé el mercado.
Ya casi llegaba a la zona cercana cuando escuché un ruido dentro de una casa.
Me estremecí.
¿Un Gashem?
Me escondí de inmediato y acumulé maná en mi mano por si necesitaba atacar… “¡No!
¡Qué idiota… lo olvidé!” Rápidamente dejé de acumular maná y recé para que no me hubieran visto.
Había olvidado un detalle crucial: los Gashems pueden detectar cuando alguien concentra maná, incluso a través de objetos.
Justo como lo hizo Drazh cuando me descubrió detrás del árbol.
Me quedé inmóvil, con el corazón latiendo a toda velocidad.
Entonces, de la casa salió una figura.
No era un Gashem.
Era… Tarn.
Me fastidiaba lo mucho que me encontraba con ese tipo, pero esta vez fue un alivio.
Al menos no era un monstruo.
—Hey, Tarn —dije con un tono amenazante.
—¡Iwahh!
¿Q-qué…?
—Se sobresaltó tanto que por un momento pensé que se iba a caer.
Al verme, se tranquilizó… aunque me miraba con recelo.
—Eres un cobarde de primera.
—¿Eh?
¿Por qué lo dices?
—Nos abandonaste en el bosque apenas viste al Gashem.
Ni siquiera volviste la vista atrás.
—Bueno… no había nada que pudiera hacer.
No era rival para esa cosa… —Jum.
En eso tienes razón.
Un bueno para nada como tú solo habría estorbado.
—Oye, para ser una niña, tienes una lengua afilada.
Ni siquiera pareces una elfa cuando hablas así.
—No hables como si me conocieras.
¿Qué haces aquí?
—¿¡Yo!?
Eh… olvidé algo importante y volví a buscarlo.
Por un segundo le creí.
Pero su actitud era sospechosa.
La puerta de la casa estaba rota, y él cargaba un saco grande… visiblemente lleno.
—¿No estarás robando… verdad?
—Ugh… —¡Estás robando!
—¡Sí, sí!
¡Estoy robando!
¿Y qué?
Tú vives cómoda.
No entenderías lo que es no tener nada.
—Aunque no tuviera, no robaría.
¡Y mucho menos durante una emergencia!
¿No tienes trabajo?
—Ser minero es una ruina.
Tengo conocidos que ganan mucho más en negocios turbios, así que dejaré la minería y empezaré una vida de lujos.
No me hagas perder el tiempo.
Lárgate.
—¡Oye!
—Mi señor, aquí hay dos.
Una voz desconocida se oyó detrás de mí.
Me puse en guardia.
Esta vez no tuve suerte como con Tarn.
Eran Gashems.
Dos figuras enormes se acercaron desde el callejón.
Sus ojos rojos brillaban bajo la luz de la luna.
Tarn temblaba como una hoja… y aunque yo intentaba no mostrarlo, también tenía miedo.
Uno de ellos, claramente el líder, era alto.
No llegaba a los dos metros, pero casi.
Cabello gris muy claro, largo hasta los hombros.
Vestía de negro, con una gabardina de cuero sobre una armadura, y portaba una claymore negra como la noche.
No tenía la corpulencia bestial de Drazh, pero sí una presencia aterradora.
El otro… era todo lo contrario.
Más bajo, aunque aún robusto.
Gordo, sudoroso, con barba descuidada y ropa café desgastada.
Parecía una versión degenerada de Tarn.
—Oye, niña —dijo el alto—.
¿Qué haces aquí?
—¡Contesta cuando el señor Jazgar te hable, mocosa!
—gritó el gordo con furia.
—Trag, no grites —ordenó el otro, sin alzar la voz.
—Lo siento, señor… —Vaya… eres una elfa… no, espera.
Una mestiza.
Hace mucho que no veía una.
Qué rareza.
“¿Cómo lo supo tan rápido…?” Su tono profundo, esa seguridad con la que leía lo que era, me pusieron los pelos de punta.
—¿Qué hacemos con ellos?
¿Los matamos?
—preguntó Trag.
—Al humano sí.
A la niña no.
Nos la llevaremos.
—Jejeje… como ordene, mi señor.
Trag desenfundó su espada, los ojos encendidos de odio.
Aunque parecía querer matar solo a Tarn, yo sabía que esto no iba a terminar ahí.
Mi maná estaba casi recuperado.
Podía luchar… al menos hasta encontrar a papá.
Lancé una serie de bolas de fuego mientras Trag atacaba… pero las bloqueó con facilidad.
Ya me lo esperaba.
Di un paso atrás para retroceder, pero entonces sentí un cambio.
Bajo mis p’es aparecieron cuatro cuerdas oscuras envueltas en humo negro, igual al que rodeaba la espada de Vaeric.
Me atraparon las manos y los pies antes de que pudiera reaccionar.
Cerré los ojos, esperando el dolor… pero no dolió.
Solo me inmovilizaron.
No se rompían ni se quemaban con mi fuego.
—Tú quédate ahí, mocosa.
Ahora mataré al humano.
—¡Espera!
¿Por qué solo a él?
—El humano no nos interesa.
Pero tú… podrías servirnos para negociar.
Tal vez nos digan dónde está Ignis —dijo Jazgar—.
Aunque dudo que sepas algo… —No sé dónde está.
—Lo imaginaba.
Trag, mátalo.
Vámonos.
—¡Espera!
—gritó Tarn.
Estaba completamente nervioso.
Apenas podía hablar.
Me miró… y por un instante, creí que iba a hacer algo bueno.
Que, tal vez, por fin, haría lo correcto.
—Y bien… —Yo… mm… ¿podría ser… una cueva?
¿Lo que buscan… está en una cueva?
Me sobresalté.
“¡Él lo sabe!
¡Estuvo allí cuando escapé con Vaeric!” —¿Oh?
Interesante.
Cuéntame más.
“¡No digas nada!” Quise gritarle con los ojos.
Si hablaba, todo estaría perdido.
—Pues… vi a uno como usted salir de una cueva y… —¿Uno como yo?
—¡Señor!
¡Tuvo que ser Vaeric!
¡O Drazh!
“¡Rayos!” —Es verdad… no hemos recibido reportes de ellos.
Tal vez encontraron algo… y los elfos los mataron.
Eran prescindibles.
—Tarn, cállate —le susurré, furiosa.
Él me miró, dudando.
Y entonces su rostro cambió.
—La niña… “¿Habla de mí?” —¿Hmm?
¿Qué pasa con ella?
—preguntó Jazgar.
—Si usted… me la entrega como esclava, yo le diré dónde está lo que busca.
—¡¿Qué?!
¡¿Estás loco, Tarn?!
—Tch… los humanos son repugnantes —murmuró Jazgar.
Se encogió de hombros.
—Está bien.
Puedes tenerla… si no me mientes.
Pero si lo haces… te mataré.
—¡Tarn, maldito!
¡Debí haberte dejado en el bosque!
Me sentí una idiota por haberme preocupado por ese pedazo de basura.
No dudó ni un segundo en venderme.
Comencé a reunir maná en mis manos.
Sabía que lo notarían… pero no me importaba.
Tenía una técnica que podía usar incluso atada: concentré el oxígeno alrededor y lo empujé con magia.
Sabía que cubría una gran área y que era rápida.
Pero también sabía que ellos no eran tontos.
Jazgar se movió.
—¡Cough!
—No tuve tiempo de reaccionar.
Apareció frente a mí en una fracción de segundo y me golpeó en el estómago con una fuerza brutal.
Me dejó sin aire.
Caí al suelo, mareada, con náuseas, la mente en blanco.
—Trag, pónselo.
—Sí, mi señor.
Sentí algo frío en el cuello.
Luego… oscuridad.
Mientras perdía el conocimiento, lo último que pensé fue: “Debí haberle hecho caso a mi hermano…”
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com