Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Airen: Poder y Leyenda - Capítulo 18

  1. Inicio
  2. Airen: Poder y Leyenda
  3. Capítulo 18 - Capítulo 18: Capítulo 18 — Camino de Vuelta
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 18: Capítulo 18 — Camino de Vuelta

Antes de iniciar el viaje de regreso, entramos a la casa para buscar suministros. La mayor parte se había quemado, pero aún podíamos recuperar algunas cosas. Syrel y yo fuimos a la habitación de la hija de Lord Vhaelor para buscar ropa. Yo aún llevaba la camisa de Lazran, y Syrel estaba llena de tierra.

Por suerte, logramos encontrar prendas que no se habían dañado. Su habitación estaba en la parte que menos se quemó. Ella tenía casi mi talla, y al parecer no solía desechar la ropa vieja, así que había de sobra, incluso para Syrel. La ropa se había salvado porque su armario estaba empotrado en una pared donde el fuego no alcanzó.

—¡Te ves linda con ese, Airen!

—Ugh… no sé…

Aunque el armario estaba lleno, no me gustaba lo que había. Todo era demasiado brillante, con estilo de princesa mimada. Prefería mil veces la ropa de Pyrenhal. Elegí lo menos llamativo: un vestido largo hasta por debajo de las rodillas, color azul cielo, con mangas largas, adornado en los bordes con tela blanca plisada.

—¡Sí! ¡Te ves muy linda con eso! —insistía Syrel, emocionada.

Me daba vergüenza que me dijera esas cosas.

“No puedo creer que, después de tantos años, me siga dando pena que me llamen linda… Supongo que jamás me acostumbraré a ser una chica…”

—Este está bien, pero con el calor que hace me voy a asar. Voy a remodelarlo.

Rasgué con facilidad la tela, le arranqué las mangas y acorté la falda, dejándolo como un vestido de verano. Hice lo mismo con algunos más y los guardé en el saco que llevaríamos. No sabíamos cuánto tardaríamos en volver, así que empaqué ropa para ambas.

Para Syrel encontré un conjunto de dos piezas gris claro, con bordados delicados de flores. Lo curioso fue que lo llevaba una muñeca de madera. Tras vestirnos, fuimos a la cocina para buscar comida… pero allí no quedó nada útil. Todo estaba calcinado.

—Parece que no hay comida… —dijo Syrel.

—Así parece, no queda nada que podamos llevar.

—¿Qué hacemos entonces?

—Buscar objetos de valor o dinero. Si no podemos llevar comida, tendremos que comprarla.

—Buena idea. Tan inteligente como siempre —dijo Lazran, apareciendo de repente.

También había buscado ropa, y vaya que encontró. Llevaba puesta una camisa blanca con bordado dorado, una chaqueta negra, pantalón oscuro y botas grisáceas. Colgando de su cintura, llevaba una espada enfundada.

—Eso es muy llamativo… —murmuré, aunque admito que le quedaba bien.

—Siempre quise vestir como los nobles.

—¿Cómo encontraste esa ropa?

—Estaba en un baúl, en la habitación del viejo.

—¿Crees que era suya?

—No lo sé. La espada estaba colgada en una pared. No tiene filo, pero podría valer algo.

Era un estoque ornamental. Si teníamos suerte, nos darían una buena suma.

—Ambas se ven muy bien con eso —comentó Lazran—. Al parecer no soy el único que quería vestir bien.

—Hmm… la ropa de Pyrenhal es mucho mejor. Esto se rompe fácil.

—Jajaja, bueno, busquemos más cosas de valor y vámonos. Desde que amaneció, los pueblos cercanos deben haber visto el humo. No tardarán en llegar.

—¿Por qué nadie se quedó aquí? Ni los sirvientes, ni los guardias, ni el mismo Lord Vhaelor…

—Supongo que no querían estar cuando descubrieran lo que hacían aquí. En Armath la esclavitud es ilegal. Solo el sótano con jaulas basta para una investigación. Huyeron antes de que los atraparan.

—Tiene sentido… entonces, demos prisa.

Recorrimos la casa. Tomamos la vajilla de plata, botellas de vino, joyas y adornos lujosos.

—Me siento como si estuviera robando…

—No te hagas la inocente ahora. Esto lo consiguieron vendiendo esclavos. Se merecen perderlo todo.

Solo quedaba el despacho de Lord Vhaelor. Entré con el corazón apretado. Allí había vivido uno de los peores momentos de mi vida. El cuerpo de Vhaelor ya no estaba. Solo quedaban libros quemados y ceniza. Detrás de una estantería, encontramos una caja fuerte abierta. Vhaelor se había llevado lo importante, pero dejó caer varias monedas en su huida.

—Doce monedas de hierro… no es mucho, pero servirá.

Con lo que teníamos, cada uno cargó una maleta. Lazran conocía el camino, así que partimos con él como guía. Tras caminar varios minutos, decidí hablar.

—¿A dónde vamos primero?

—A Rehdas.

—¿Es una ciudad?

—Un pueblo cercano. Está a medio día. Iremos allí, venderemos algunas cosas, y seguiremos a otros pueblos. Quizá compremos un caballo. Después, iremos a Astald y, desde allí, a Pyrenhal. Tardaremos unas dos semanas.

—¡¿Dos semanas?! ¿Y si vendemos todo en Rehdas, compramos un caballo y vamos directo a Pyrenhal?

—Sería sospechoso. Nos tomarían por ladrones.

—Con mi magia, no podrán hacer nada.

—Hay soldados que saben magia.

—¿Cómo Kaelor? Lo vencí fácilmente.

—Kaelor es solo un guerrero de rango medio. No es caballero ni guardia real.

—¿Hay mucha diferencia?

—¡Mucha! ¿No sabes eso?

—¿Por qué debería? Vivo en Pyrenhal.

—Te advierto: si derrotas a uno, enviarán a veinte… luego cincuenta. No te conviene ser fugitiva.

—Está bien, entiendo… pero, si vendemos todo sin levantar sospechas, ¿podríamos ir directo a Pyrenhal?

—¿Conoces el camino?

—Eh… no.

—Yo tampoco. Y nadie en estos pueblos lo conoce. Solo embajadores o gente importante pueden ir. Dicen que quienes entran a sus bosques se pierden o son devorados por bestias.

“Es verdad… a excepción de mi madre, nunca vi humanos en Pyrenhal…”

—Oye, pero mi madre es humana. ¿Cómo entró ella entonces?

—¿De la mano de tu padre, quizá?

—Ah… claro…

—Entonces, ¿para qué vamos a Astald?

—En el palacio real puede haber un embajador élfico. Si tienes suerte, y le hablas, quizá te lleve.

—¿Y Syrel? ¿Qué haremos con ella?

—Tenía pensado llevarla conmigo a Pyrenhal, por ahora.

Syrel me miró con sorpresa.

“¿Esperaba que la lleváramos directo a su casa? Es muy pequeña, pero demasiado tranquila para haber pasado por tanto…”

—No sé mucho de las ciudades Vanthraan —dijo Lazran—. Sé que hay varias en el norte, pero no dónde exactamente.

—Syrel, ¿no hablaste con los otros niños Vanthraan sobre la ciudad donde viven?

—No… no querían hablar conmigo… —respondió bajando la mirada.

—¿No querían? ¿Por qué?

—No lo sé. Cuando intenté hablarles, me gritaron y me ignoraron.

—¿De verdad? Eso es muy extraño…

—Decían cosas feas de mí. Yo no les hice nada, de verdad…

Syrel comenzó a apagarse por completo.

—Yo te creo. Algo anda mal con esos niños. No te sientas mal por eso. Dejando de lado a esos malcriados… ¿puedes darme detalles de la ciudad donde vivías?

—¿Ciudad? No conozco ninguna ciudad.

—¿Un pueblo entonces?

—Tampoco…

“¿Será una tribu aislada?”

—¿Cuántas personas vivían contigo?

—…Solo mi abuelo… pero…

Syrel comenzó a sollozar. Detuvimos la conversación. No quería incomodarla más. Cambié el tema, y mientras hablábamos con Lazran, llegamos a Rehdas.

Era un pueblo pequeño, agrícola, sin nada interesante. Vimos algunos de los niños liberados: unos ya habían vuelto con sus familias; otros descansaban ahí. Algunos huérfanos se quedaron como ayudantes de granjeros a cambio de comida y un lugar donde dormir.

Lazran cambió las botellas de vino por verduras y pan. Aunque quería seguir, el sol ya se ocultaba, así que aceptamos pasar la noche allí. No había posadas, pero un hombre amable nos dejó dormir en un establo. El olor era insoportable, así que preferí dormir al aire libre. Syrel me siguió. Lazran se quedó dentro.

Las noches de verano eran frías, así que usé un poco de magia para calentar el aire a mi alrededor.

—¿Cómo lo haces? —preguntó Syrel.

—Con magia.

—Mi abuelo decía que la magia era increíble, pero que nosotros no podíamos usarla.

—No sé por qué es así… pero tiene razón.

“Sabía que los Vanthraan no pueden usar magia. Tienen cierta resistencia, pero ni siquiera pueden encender una piedra de luz… debe ser triste.”

—Sobre mi abuelo…

—No tienes que contarme nada si no quieres, Syrel. —Está bien, te contaré…

Ella me habló de cómo había vivido hasta ahora. Al parecer, ha vivido con su abuelo toda su vida en una pequeña casa en medio del bosque. Nunca conoció a sus padres ni a otra persona que no fuera su abuelo. Él nunca le dijo nada sobre sus padres ni sobre por qué vivían alejados de todo. Aunque sí le enseñó a leer y escribir, además de enseñanzas sobre matemáticas y sobre las bestias y criaturas del bosque.

Ella quería mucho a su abuelo, pero tristemente falleció un día, de forma repentina y silenciosa. Simplemente se quedó dormido y no despertó más. Syrel, al no saber qué hacer, se quedó en casa… hasta que, poco después, el cuerpo comenzó a descomponerse y apareció un Hegu, una especie de buitre gigante y escamoso que se siente atraído por la carne en descomposición. Es una criatura fuerte y agresiva, así que Syrel tuvo que huir, dejando atrás el único hogar que había conocido.

Después de dos días caminando sin rumbo en medio del bosque, fue capturada sin previo aviso por unos desconocidos… y poco después, fue cuando me conoció.

—Debió ser muy duro.

—Sí…

“Entonces… quiere decir que no tiene a dónde ir. Antes dije que pensaba llevarla conmigo a Pyrenhal, pero no había considerado que fuera para siempre. No sé qué dirán mis padres si aparezco con una niña huérfana… pero no puedo dejarla sola por ahí.”

A la mañana siguiente, reanudamos nuestro viaje. En medio día llegamos al siguiente pueblo, muy similar al primero. Intercambiamos algunas cosas por cinco monedas de cobre y seguimos nuestro camino sin detenernos.

—Nos ha ido bien —dijo Lazran—. El siguiente pueblo es el más grande de esta zona. Ahí podremos cambiar lo que nos queda por dinero. También quiero conseguir un caballo… espero que no intenten estafarme.

Todos los intercambios los había hecho Lazran. No era que yo no supiera comerciar, sino que con la apariencia de una niña de diez años cualquiera intentaría engañarme. Aún intentaban aprovecharse de Lazran, pero al ser mayor, era menos probable.

Llegamos al tercer poblado casi a la medianoche: Baleiren. Era un poco más grande que los anteriores. Buscamos posada, pero en todas nos dijeron que no había habitaciones disponibles… o por lo menos eso nos hicieron creer. Ser un niño tiene muchas desventajas. Los adultos no te toman en serio.

Así que decidimos dormir al aire libre.

—Aquí está bien, ¿qué opinas, Lazran?

—Cualquier sitio está bien…

—¿Realmente no te gusta dormir fuera, verdad?

—Tuve que hacerlo varios días cuando me quedé sin dinero. Lo pasé muy mal… desde entonces, prefiero mil veces un sucio establo.

—Vaya…

—Y hace frío.

—Te quejas por todo. Déjame solucionar eso.

Calenté el aire tal como lo había hecho antes. En cuestión de segundos, todo el entorno se volvió cálido y acogedor. Me senté apoyando la espalda en el tronco de un árbol. Syrel se acomodó a mi lado, apoyando su cabeza en mi hombro.

—Lo había pensado antes… pero realmente sabes muchos tipos de magia.

—No realmente. Aún me falta mucho por aprender.

—¿Son todos los elfos así de hábiles como tú?

—Todos en Pyrenhal asisten a la escuela y aprenden lo básico. Aprender magia de refuerzo y las tres magias elementales: agua, viento y fuego… es obligatorio. Lo demás depende de cada uno.

—Vaya… en Astald solo hay escuelas para nobles. Los plebeyos deben aprender de sus padres… si tienen suerte de que sepan leer. Mi madre sabía, por suerte.

—Debe ser duro vivir en una ciudad humana, por lo visto.

—Te acostumbras. Pero me sorprende que a tu edad controles tan bien la magia.

—Tengo una amiga que es excepcionalmente talentosa, mucho más que yo.

—Oh… debe ser increíble.

La verdad es que Lazran es igual que Faelith… o quizás incluso mejor. Ambos aprenden rápido, casi por instinto. Pero Lazran… Lazran comprende lo que se le explica. No es solo talento, es entendimiento. Por eso ha avanzado tan rápido.

—Se ha dormido muy rápido —dijo Lazran señalando a Syrel, ya profundamente dormida.

—Debe estar cansada… oye, Lazran…

—¿Sí?

—¿Podemos ir a un pueblo Vernaleth antes de Astald?

—¿Y eso?

—Quiero llevar a Syrel a un lugar donde pueda estar con los suyos. No estoy segura si llevarla a Astald o a Pyrenhal sea buena idea. Creo que con su gente estará mejor.

—Podría investigar dónde está la ciudad Vernaleth más cercana, pero perderíamos varios días de viaje…

—Por favor… Si lo haces, reanudaremos las clases de magia.

—Acepto. Aunque lo habría hecho de todos modos.

—Gracias.

Lazran se sentó a mi lado, en el lado opuesto a Syrel. Me sorprendió que, como ella, también apoyara la cabeza sobre mi hombro.

—Lazran…

—¿Sí?

—¿Qué haces?

—Me acomodo. ¿Te molesta?

—No me molesta, pero… no lo esperaba.

—Entonces no hay problema… Qué cálido…

En pocos segundos, ya estaba dormido. Con ambos dormidos a cada lado, no podía moverme. Si me dormía, la magia dejaría de mantener el calor, y todos nos enfriaríamos. Así que, con cuidado, saqué una manta del equipaje y la extendí para cubrirnos a los tres. Manteniendo el calor, me puse a mirar las estrellas.

“Es hermoso…”

El cielo estaba completamente cubierto de estrellas. No había un solo rincón oscuro. En medio del firmamento, una estela brillaba como una nube alargada, donde se concentraban más estrellas que en el resto. Era un espectáculo sin igual.

“Precioso…”

“No podía evitar preguntarme… ¿estarán bien mis padres, mis hermanos y mis amigos? ¿Estarán mirando el cielo como yo, a pesar de todo? En medio de la incertidumbre, aprendí a mirar el mundo de una forma completamente distinta. Y, aún lejos de todo lo que conocía, encontré a Lazran y a Syrie… ahora ellos son importantes para mí. Y eso… eso era suficiente.”

A la mañana siguiente, reanudamos las clases de magia. Había pensado enseñarle magia de agua a Lazran, pero decidí continuar con la de viento. Ahora que podía usarla sin restricciones, enseñarle era mucho más fácil. Él tiene más maná que yo, probablemente por su edad, pero sus ataques aún carecen de fuerza. El método que le enseñé es eficaz para controlar, pero no para atacar.

Aquel día en la mansión del señor Lord, Lazran hizo una magia explosiva de viento muy peculiar. Aunque le pedí que la repitiera, no sabe cómo lo hizo, así que me centré en aumentar su potencia.

Practicamos hasta el mediodía. Luego comimos algo. Lazran fue al pueblo a vender lo que nos quedaba y buscar información sobre los Vernaleth. Yo fui con Syrel a buscar un lugar para bañarnos. Llevaba varios días sin hacerlo y comenzaba a oler mal.

Caminamos por el pueblo hasta llegar al mercado, donde seguramente estarían los baños públicos. La calle estaba abarrotada de gente y carruajes. Me sentía en medio de un caos.

—¡Hey, niña!

Una voz me llamó. Un hombre al otro lado de la calle, con una botella de alcohol en la mano, barba desarreglada y una expresión desagradable. Lo ignoré.

“¿Por qué siempre atraigo a este tipo de personas?”

—¡Espera! ¡Tienes que venir conmigo!

Corrió entre la multitud, esquivando los carruajes. Intentó tomarme de la mano, pero retrocedí.

—Niña, yo te puedo llevar a casa…

Apestaba a alcohol… y llevaba una espada. Estaba en guardia.

—Sí, claro. No caería en algo tan obvio. Deje de molestarme.

Tomé a Syrel de la mano e intenté seguir, pero el hombre insistió y logró sujetarla.

—¡Aaaahhh!

—¡No la toques!

Con furia, lancé una ráfaga de viento que lo arrojó varios metros hacia atrás. Cayó sobre un puesto de manzanas. Todos a nuestro alrededor se quedaron en silencio. Algunos murmuraban:

—“¿Fue magia? ¿Una noble?”

—¡Eh! ¿Qué sucede aquí?

Unos guardias se acercaron. No quería más problemas, así que tomé a Syrel y corrimos. Al parecer los guardias arrestaron al hombre. Tras asegurarnos de que todo estaba en orden, seguimos nuestro camino.

Finalmente encontramos el lugar: un baño público. Una mujer mayor apenas me miró desde el mostrador.

—Tres monedas de hierro por persona. Te bañas lo que quieras.

Pagué seis monedas y entramos. A la izquierda, el pasillo para mujeres. A la derecha, para hombres. Fui a la izquierda. A veces quiero sentirme como antes… pero no puedo ser imprudente.

En la sala había estanterías con toallas y armarios para dejar la ropa.

—Deja tu ropa aquí —le dije a Syrel.

Entramos a la sala de baños. Había una gran bañera donde cabían muchas personas. El agua entraba por un extremo y salía por el otro.

Corrí emocionada… pero al sumergirme grité.

—¡Waaah!

—¡¿Qué pasa?!

—¡Está muy fría!

—Ah… pues yo no me meto.

—No vas a irte sin bañarte.

—¡Sí me voy!

Syrel se dirigió a la salida. No iba a dejarla. Usé mi maná para formar un brazo de agua que la rodeó y la arrastró hacia la bañera.

—¡¿Qué fue eso?!

—Magia de agua.

—¡Fue increíble! ¿Puedes mover cosas con agua?

—No exactamente. Solo contigo porque eres ligera.

—P-pero… e-está muy friia…

Ella tiritaba. Volví a usar magia para calentar el agua.

—¿Tú lo hiciste?

—Sí.

—Desearía haber nacido como un elfo y usar magia…

—No deberías menospreciarte. Los Vernaleth tambinder una piedra de luz… debe ser triste.”

—Sobre mi abuelo…

—No tienes que contarme nada si no quieres, Syrel. —Está bien, te contaré…

Ella me habló de cómo había vivido hasta ahora. Al parecer, ha vivido con su abuelo toda su vida en una pequeña casa en medio del bosque. Nunca conoció a sus padres ni a otra persona que no fuera su abuelo. Él nunca le dijo nada sobre sus padres ni sobre por qué vivían alejados de todo. Aunque sí le enseñó a leer y escribir, además de enseñanzas sobre matemáticas y sobre las bestias y criaturas del bosque.

Ella quería mucho a su abuelo, pero tristemente falleció un día, de forma repentina y silenciosa. Simplemente se quedó dormido y no despertó más. Syrel, al no saber qué hacer, se quedó en casa… hasta que, poco después, el cuerpo comenzó a descomponerse y apareció un Hegu, una especie de buitre gigante y escamoso que se siente atraído por la carne en descomposición. Es una criatura fuerte y agresiva, así que Syrel tuvo que huir, dejando atrás el único hogar que había conocido.

Después de dos días caminando sin rumbo en medio del bosque, fue capturada sin previo aviso por unos desconocidos… y poco después, fue cuando me conoció.

—Debió ser muy duro.

—Sí…

“Entonces… quiere decir que no tiene a dónde ir. Antes dije que pensaba llevarla conmigo a Pyrenhal, pero no había considerado que fuera para siempre. No sé qué dirán mis padres si aparezco con una niña huérfana… pero no puedo dejarla sola por ahí.”

A la mañana siguiente, reanudamos nuestro viaje. En medio día llegamos al siguiente pueblo, muy similar al primero. Intercambiamos algunas cosas por cinco monedas de cobre y seguimos nuestro camino sin detenernos.

—Nos ha ido bien —dijo Lazran—. El siguiente pueblo es el más grande de esta zona. Ahí podremos cambiar lo que nos queda por dinero. También quiero conseguir un caballo… espero que no intenten estafarme.

Todos los intercambios los había hecho Lazran. No era que yo no supiera comerciar, sino que con la apariencia de una niña de diez años cualquiera intentaría engañarme. Aún intentaban aprovecharse de Lazran, pero al ser mayor, era menos probable.

Llegamos al tercer poblado casi a la medianoche: Baleiren. Era un poco más grande que los anteriores. Buscamos posada, pero en todas nos dijeron que no había habitaciones disponibles… o por lo menos eso nos hicieron creer. Ser un niño tiene muchas desventajas. Los adultos no te toman en serio.

Así que decidimos dormir al aire libre.

—Aquí está bien, ¿qué opinas, Lazran?

—Cualquier sitio está bien…

—¿Realmente no te gusta dormir fuera, verdad?

—Tuve que hacerlo varios días cuando me quedé sin dinero. Lo pasé muy mal… desde entonces, prefiero mil veces un sucio establo.

—Vaya…

—Y hace frío.

—Te quejas por todo. Déjame solucionar eso.

Calenté el aire tal como lo había hecho antes. En cuestión de segundos, todo el entorno se volvió cálido y acogedor. Me senté apoyando la espalda en el tronco de un árbol. Syrel se acomodó a mi lado, apoyando su cabeza en mi hombro.

—Lo había pensado antes… pero realmente sabes muchos tipos de magia.

—No realmente. Aún me falta mucho por aprender.

—¿Son todos los elfos así de hábiles como tú?

—Todos en Pyrenhal asisten a la escuela y aprenden lo básico. Aprender magia de refuerzo y las tres magias elementales: agua, viento y fuego… es obligatorio. Lo demás depende de cada uno.

—Vaya… en Astald solo hay escuelas para nobles. Los plebeyos deben aprender de sus padres… si tienen suerte de que sepan leer. Mi madre sabía, por suerte.

—Debe ser duro vivir en una ciudad humana, por lo visto.

—Te acostumbras. Pero me sorprende que a tu edad controles tan bien la magia.

—Tengo una amiga que es excepcionalmente talentosa, mucho más que yo.

—Oh… debe ser increíble.

La verdad es que Lazran es igual que Faelith… o quizás incluso mejor. Ambos aprenden rápido, casi por instinto. Pero Lazran… Lazran comprende lo que se le explica. No es solo talento, es entendimiento. Por eso ha avanzado tan rápido.

—Se ha dormido muy rápido —dijo Lazran señalando a Syrel, ya profundamente dormida.

—Debe estar cansada… oye, Lazran…

—¿Sí?

—¿Podemos ir a un pueblo Vernaleth antes de Astald?

—¿Y eso?

—Quiero llevar a Syrel a un lugar donde pueda estar con los suyos. No estoy segura si llevarla a Astald o a Pyrenhal sea buena idea. Creo que con su gente estará mejor.

—Podría investigar dónde está la ciudad Vernaleth más cercana, pero perderíamos varios días de viaje…

—Por favor… Si lo haces, reanudaremos las clases de magia.

—Acepto. Aunque lo habría hecho de todos modos.

—Gracias.

Lazran se sentó a mi lado, en el lado opuesto a Syrel. Me sorprendió que, como ella, también apoyara la cabeza sobre mi hombro.

—Lazran…

—¿Sí?

—¿Qué haces?

—Me acomodo. ¿Te molesta?

—No me molesta, pero… no lo esperaba.

—Entonces no hay problema… Qué cálido…

En pocos segundos, ya estaba dormido. Con ambos dormidos a cada lado, no podía moverme. Si me dormía, la magia dejaría de mantener el calor, y todos nos enfriaríamos. Así que, con cuidado, saqué una manta del equipaje y la extendí para cubrirnos a los tres. Manteniendo el calor, me puse a mirar las estrellas.

“Es hermoso…”

El cielo estaba completamente cubierto de estrellas. No había un solo rincón oscuro. En medio del firmamento, una estela brillaba como una nube alargada, donde se concentraban más estrellas que en el resto. Era un espectáculo sin igual.

“Precioso…”

No podía evitar preguntarme… dónde estábamos realmente. Un lugar completamente distinto a mi hogar, y sin embargo, en este lugar encontré personas importantes para mí. Eso era suficiente.

A la mañana siguiente, reanudamos las clases de magia. Había pensado enseñarle magia de agua a Lazran, pero decidí continuar con la de viento. Ahora que podía usarla sin restricciones, enseñarle era mucho más fácil. Él tiene más maná que yo, probablemente por su edad, pero sus ataques aún carecen de fuerza. El método que le enseñé es eficaz para controlar, pero no para atacar.

Aquel día en la mansión de Lord Vhaelor, Lazran hizo una magia explosiva de viento muy peculiar. Aunque le pedí que la repitiera, no sabe cómo lo hizo, así que me centré en aumentar su potencia.

Practicamos hasta el mediodía. Luego comimos algo. Lazran fue al pueblo a vender lo que nos quedaba y buscar información sobre los Vernaleth. Yo fui con Syrel a buscar un lugar para bañarnos. Llevaba varios días sin hacerlo y comenzaba a oler mal.

Caminamos por el pueblo hasta llegar al mercado, donde seguramente estarían los baños públicos. La calle estaba abarrotada de gente y carruajes. Me sentía en medio de un caos.

—¡Hey, niña!

Una voz me llamó. Un hombre al otro lado de la calle, con una botella de alcohol en la mano, barba desarreglada y una expresión desagradable. Lo ignoré.

“¿Por qué siempre atraigo a este tipo de personas?”

—¡Espera! ¡Tienes que venir conmigo!

Corrió entre la multitud, esquivando los carruajes. Intentó tomarme de la mano, pero retrocedí.

—Niña, yo te puedo llevar a casa…

Apestaba a alcohol… y llevaba una espada. Estaba en guardia.

—Sí, claro. No caería en algo tan obvio. Deje de molestarme.

Tomé a Syrel de la mano e intenté seguir, pero el hombre insistió y logró sujetarla.

—¡Aaaahhh!

—¡No la toques!

Con furia, lancé una ráfaga de viento que lo arrojó varios metros hacia atrás. Cayó sobre un puesto de manzanas. Todos a nuestro alrededor se quedaron en silencio. Algunos murmuraban:

—“¿Fue magia? ¿Una noble?”

—¡Eh! ¿Qué sucede aquí?

Unos guardias se acercaron. No quería más problemas, así que tomé a Syrel y corrimos. Al parecer los guardias arrestaron al hombre. Tras asegurarnos de que todo estaba en orden, seguimos nuestro camino.

Finalmente encontramos el lugar: un baño público. Una mujer mayor apenas me miró desde el mostrador.

—Tres monedas de hierro por persona. Te bañas lo que quieras.

Pagué seis monedas y entramos. A la izquierda, el pasillo para mujeres. A la derecha, para hombres. Fui a la izquierda. A veces quiero sentirme como antes… pero no puedo ser imprudente.

En la sala había estanterías con toallas y armarios para dejar la ropa.

—Deja tu ropa aquí —le dije a Syrel.

Entramos a la sala de baños. Había una gran bañera donde cabían muchas personas. El agua entraba por un extremo y salía por el otro.

Corrí emocionada… pero al sumergirme grité.

—¡Waaah!

—¡¿Qué pasa?!

—¡Está muy fría!

—Ah… pues yo no me meto.

—No vas a irte sin bañarte.

—¡Sí me voy!

Syrel se dirigió a la salida. No iba a dejarla. Usé mi maná para formar un brazo de agua que la rodeó y la arrastró hacia la bañera.

—¡¿Qué fue eso?!

—Magia de agua.

—¡Fue increíble! ¿Puedes mover cosas con agua?

—No exactamente. Solo contigo porque eres ligera.

—P-pero… e-está muy friia…

Ella tiritaba. Volví a usar magia para calentar el agua.

—¿Tú lo hiciste?

—Sí.

—Desearía haber nacido como un elfo y usar magia…

—No deberías menospreciarte. Los Vernaleth también tienen cosas increíbles.

—¿Cómo qué?

—Bueno, leí en un libro que los Vanthraan son muy fuertes y rápidos, también muy ágiles y con sentidos muy agudos.

—¿Eso es bueno? No se compara a la magia.

—Puede que no, pero cuando crezcas serás mucho más rápida, fuerte y ágil que yo.

No hablamos más del tema y seguimos con el baño. Fue increíblemente relajante y la sensación de limpieza era lo mejor. Mientras me lavaba, pasé un mal rato cuando mis pensamientos regresaron al despacho de Lord Vhaelor. Aún podía recordar su mirada, su voz repugnante diciendo “en un par de años tendrás un cuerpo magnífico”. Un escalofrío me recorrió la espalda.

No quería pensar en eso. El recuerdo me perturbaba. Apreté los puños bajo el agua, queriendo borrarlo de mi mente.

—¡No!

El grito escapó de mis labios antes de que pudiera detenerlo, sobresaltando a Syrel.

—¡I! ¿Qué pasó?

—Ah, perdón… solo pensaba en voz alta.

—¿Sobre qué?

—Pues… pensaba que no quiero crecer.

—¿Por qué?

—Porque no quiero casarme.

Syrel frunció el ceño con inocencia.

—¿Qué es casarme?

“Ha vivido aislada toda su vida… su abuelo nunca debió hablarle de estas cosas, seguramente lo dejaría para más adelante, pero la muerte llegó sin avisar.”

—Casarse es cuando un hombre y una mujer se quieren mucho y deciden vivir juntos para siempre.

—¿Y eso es malo?

—Para mí sí… porque no quiero que nadie decida por mí.

No dije más. No podía explicarle algo que ni yo entendía por completo. Era solo una sensación que me llenaba el pecho: no quería sentirme atrapada, no quería que mi vida fuera dirigida por nadie más.

—¿Y Lazran? Él te gusta.

—¡No me gusta! Lo aprecio como amigo, nada más.

—¿Cuál es la diferencia?

—… Olvídalo. Aún eres muy pequeña para entenderlo.

Syrel se encogió de hombros y sonrió.

—Mmm… bueno.

—Creo que deberíamos salir ya y buscar a Lazran.

Salimos del baño, nos vestimos y fuimos al punto de encuentro que habíamos acordado: una vieja cabaña a las afueras del pueblo. Lazran ya estaba allí, esperándonos. Lo primero que hizo fue mostrarme lo que había conseguido con los intercambios: quince monedas de cobre y treinta de hierro.

En total teníamos veintidós monedas de cobre y treinta y una de hierro. Las joyas de la casa de Lord Vhaelor deberían valer mucho más, pero como no había forma de probar que eran nuestras, Lazran tuvo que cambiarlas en los barrios pobres, donde el valor de todo disminuye. Aun así, no estaba mal. No podríamos comprar un caballo, pero por lo menos no nos faltaría comida.

—¿Averiguaste algo sobre los Vanthraan?

—Oh, claro. Estamos de suerte. No hay una ciudad cercana, pero sí una tribu que vive en las orillas del bosque, a pocas horas de aquí. Si partimos ahora, llegamos antes del atardecer.

—Perfecto, entonces vamos.

Espero encontrar a alguien que pueda cuidar de Syrel. Si consigo que una buena familia la acepte, me iré tranquila.

—Antes tengo algo para ti. Toma.

Lazran me entregó un cuchillo que parecía una espada en miniatura. Pesaba un poco, pero era perfecto para mí.

—¿Y esto?

—Es una daga. Pensé que deberías tener algo con lo que defenderte cuerpo a cuerpo. Yo tengo una más grande.

—Bueno… no creo que la necesite mientras tenga mi magia, pero gracias.

La verdad es que me gustaba la lucha con espadas. La esgrima fue una de mis clases favoritas durante mis estudios en Pyrenhal, aunque luego me enfoqué más en la magia.

Nos marchamos de inmediato rumbo al bosque. Caminar tanto era agotador, pero soportable. Al llegar, vimos pasar un grupo de comerciantes. Preguntamos por la tribu Vanthraan y, para nuestra suerte, ellos se dirigían allí. Nos ofrecieron un lugar entre sus carretas y aceptamos encantados.

Después de cruzar el bosque durante un rato, comenzaron a aparecer casas dispersas.

—Nosotros tenemos que ir antes a casa de un amigo que vive algo apartado, pero si siguen el camino, llegarán a la aldea. Está muy cerca —dijo uno de los comerciantes.

—Muchas gracias por traernos. ¿Se quedarán mucho tiempo?

—Oh, no. Solo vinimos por un asunto personal. Mañana partimos hacia Laan.

—¿De verdad?

Laan está cerca de Astald. Si vamos con ellos nos ahorraríamos días de viaje.

—Sí. ¿Quieren que los llevemos? No me molestaría.

—Sería de mucha ayuda, pero aún no sabemos cuánto nos quedaremos aquí.

—Entiendo. Si deciden venir, espérenme aquí mañana al amanecer.

Tras despedirnos, seguimos el camino. En menos de media hora llegamos a la aldea. No era muy grande, con varias casas de madera y una más imponente que parecía la del jefe de la tribu. Algo curioso de los Vanthraan es que, aunque son considerados una sola especie, hay dos variantes: felinos y caninos. No se casan entre sí y, de hacerlo, no pueden tener hijos, pero aún así se consideran una sola familia.

—Oye… hay algo raro aquí —murmuró Lazran.

Miré a mi alrededor. Todos nos observaban con ojos alerta. Syrel se aferró a mi brazo y Lazran puso la mano sobre su daga.

—¡Ni un paso más!

Dos jóvenes salieron de una casa. Vestían igual: trajes de cuero gris y espadas al cinto. Eran guardias.

—¿Sucede algo? —preguntó Lazran.

—¿Te atreves a actuar como si no supieras nada? ¿Crees que pueden venir a amenazar la aldea trayendo a esa cosa y salir impunes?

—¿Qué? No entendemos de qué hablas.

—¡No te hagas el tonto! ¡La has traído aquí! ¿No sabes lo que es? ¡Sangre maldita!

El que gritaba era un Vanthraan canino, de cabello corto y oscuro. Su compañero, también canino, era más alto, rubio, y mucho más tranquilo. Pero lo que me inquietaba era que el primero se refería a Syrel con desprecio.

—¡Ella no ha hecho nada malo! —grité.

—Realmente odio a los elfos… se creen la raza superior. ¿Así que vas a protegerla? ¡Morirás junto a ella!

—Por supuesto que voy a protegerla.

—Jajaja, ¿y qué puede hacer una niña como tú?

Me adelanté y creé llamas en mis manos. Algunos aldeanos se ocultaron con miedo, pero los guardias no se inmutaron.

—Iré con todo si tocan a Syrel —advertí.

Antes de que pudiera lanzar mi hechizo, ambos se movieron. Rápidos como el rayo. En un instante, uno tenía su espada contra mi cuello y el otro apuntaba a Lazran.

¡Qué velocidad! No tuve tiempo de reaccionar.

—Odio a los elfos… se creen especiales solo por saber magia.

Estaba por rendirme cuando una voz grave nos interrumpió.

—¡Es suficiente! Jash, Heon.

Un hombre alto y robusto apareció. Todos lo respetaban: era el jefe.

—Jefe, ellos han traído a…

—Lo sé. Yo me encargo.

—Pero…

—Jash. Dije que yo me encargo.

Ambos retrocedieron. Yo no bajé las llamas de mis manos, pero el jefe no parecía preocupado. Miró a Syrel con dureza, y luego su rostro se suavizó un poco.

—Vengan conmigo —ordenó.

—¿A dónde? No dejaré que le hagan daño a Syrel.

—Creo que quedó claro que podemos hacerlo si quisiéramos. Cooperen.

No teníamos opción. Asentí.

—Vamos, Syrel.

Entramos en la casa más grande. El jefe se sentó y señaló las sillas frente a él.

—Tomen asiento. Parece que tenemos mucho de qué hablar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo