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Airen: Poder y Leyenda - Capítulo 19

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  4. Capítulo 19 - 19 Capítulo 19 – Sin Hogar
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19: Capítulo 19 – Sin Hogar 19: Capítulo 19 – Sin Hogar —Primero me presento, me llamo Sobaka y soy el jefe de esta aldea.

Les haré una pregunta… ¿Tienen idea de quién es esa niña que viaja con ustedes?

Él parecía estar tranquilo a diferencia de las personas afuera.

Tal como imaginé, todo este alboroto es por Syrel.

No sé por qué la odian, pero espero que el jefe sea más razonable que el chico anterior y nos explique qué pasa.

—Solo sé que es una niña Vanthde.

¿A qué se debe que la odien?

—dije.

—Ella es una Eun.

—Eun… —“Si no me equivoco, ese es el apellido de Syrel.” —¿Qué tiene que ver eso?

—Es normal que no lo sepan.

Se trata de algo que solo concierne a los Vanthraan, y también son muy jóvenes.

—No entiendo.

Sobaka parecía indeciso sobre contarnos.

Al parecer, el problema era algo delicado.

Syrel no había soltado mi brazo en ningún momento y parecía muy asustada.

Sobaka la vio y dijo: —No tengas miedo, no pienso hacerte daño.

—Dice eso, pero antes casi nos matan.

—Lamento eso.

No es culpa de ellos, solo son jóvenes que no saben la verdad.

—¿La verdad?

—dijo Lazran.

Sobaka dio un gran suspiro y dijo: —Sucedió hace doce años.

Hubo una guerra… no, una matanza, que afectó a todas las ciudades, pueblos y aldeas Vanthraan.

“¿Una matanza?” —Me explico.

Imagino que ya conocen que la raza Vanthraan se divide en dos variantes, ¿verdad?

—Sí, los Vanthtar y Vanthde.

“O lo que es lo mismo, caninos y felinos.” —Pues eso no es del todo cierto.

Había otra variante, una más rara y escasa.

—¿Una tercera variante?

En los libros no dice nada de eso.

—Por supuesto que no.

Es un secreto de nuestra raza.

—¿Entonces Syrel es de esa variante secreta?

—Correcto.

Dicha variante no tenía un nombre específico, ya que eran muy parecidos a los Vanthde, pero tenían una cosa que los diferenciaba: todos tenían el pelo color plata, ojos azules, y todos llevaban el mismo apellido: Eun.

—¿Una variante más?

Para mí, ella es una Vanthde más —dijo Lazran.

—Como he dicho antes, los Eun son muy parecidos a los Vanthde.

No estoy seguro de qué son realmente, pero no son los mismos.

Algunos creían que eran la mezcla de ambas variantes, ya que tenían la agilidad y velocidad de los Vanthde y la fuerza y resistencia de los Vanthtar.

Pero nadie estaba seguro.

—¿Y dicha variante es odiada?

¿Por eso la mantienen en secreto?

—No es así.

Los Eun eran respetados por una cosa: eran completamente superiores en todo.

Más fuertes, más rápidos, más ágiles e inteligentes que los demás.

No había ni un solo Eun que fuera inferior en algo.

Por eso eran considerados la nobleza de nuestra raza… pero detrás del talento siempre viene la envidia.

Había muchos que los envidiaban y odiaban.

—Entonces lo de la matanza… —No vale la pena mencionar nombres, pero hubo quienes se empeñaron en destruir a los Eun.

Estaba claro que no podrían ganarles en batalla, pero aunque fueran muy fuertes, seguían siendo una selecta minoría.

Hace doce años, en Hérevan, la capital Vanthraan, se corrió la noticia de que el rey había sido asesinado por los Eun.

El ejército real comenzó a buscarlos y a intentar detenerlos, y en medio del alboroto se armó una batalla entre los Eun y la guardia real.

Fue una fiera batalla que duró poco.

Superados en número, los Eun fueron tristemente derrotados.

Los sobrevivientes fueron ejecutados por orden del nuevo rey, quien casualmente era uno de los que los envidiaba.

—¡Qué algo así haya pasado!

—Hay numerosas ciudades y pueblos Vanthraan en todos los continentes, pero nuestra capital está en Arnidiel.

Desde Hérevan, el rey hizo que en todos lados se cumplie’a su orden: ejecutar a los Eun.

—¡Eso es terrible!

—Naturalmente, muchos escaparon, sobre todo los que vivían en aldeas como esta, donde había pocos guardias que pudieran hacerles frente.

Luego de tal masacre, había muchas dudas y preguntas entre la gente, y para solucionarlo el rey contó su versión de lo que había pasado: “Los Eun habían hecho un pacto con un demonio para obtener su fuerza, pero se volvieron locos y mataron al antiguo rey.” Esas fueron las palabras del nuevo rey y fue lo que creyó la mayoría.

Los Eun empezaron a ser considerados seres malévolos y llamados “sangre maldita”.

Hoy en día, todos los jóvenes conocen la versión del rey y no la verdad.

Yo conocía bien a los responsables de lo sucedido y por eso sé lo que realmente pasó.

Pero a todos los que alzaron la voz, el rey los apresó y condenó a la ejecución por traidores.

Mi deber es cuidar de mi aldea, por eso preferí callarme hasta el día de hoy.

“Entonces por eso todos aquí le temen a Syrel.

Ellos creen lo que les dijo su rey, y el hecho de que viviera toda su vida con su abuelo en el bosque alejada de todo ahora tiene sentido.

Su abuelo debió ser uno de los que escapó de la persecución, junto a los padres de Syrel.

Años después, ella nacería… pero por algún motivo sus padres fallecieron cuando aún era muy pequeña.” —¿Entonces podemos confiar en que usted no quiere hacerle daño a Syrel?

—pregunté.

—Así es.

Siempre vi como una desgracia lo que les pasó a los Eun.

De hecho, yo mismo ayudé a un amigo Eun a escapar.

No sé dónde estará ahora ni si está vivo, pero si lo está, seguramente vive en Réquen.

—¿Por qué en Réquen?

—Ya que ambos son elfos, deben saber muy bien que Réquen es para los elfos como Rácir para los Vanthraan.

Ningún ejército Vanthraan pondría un pie en Réquen si no es para declarar la guerra.

El rey sabía que si los Eun escapaban a Réquen no podría perseguirlos, por lo que mandó tropas para cortar el paso a los que huían.

Pero se dice que algunos lograron pasar.

“En Weltmir no hay países como tal, pero hay seis continentes que se podrían considerar grandes países distintos.

En ellos, Rácir es donde hay más Vanthraan, en Réquen los elfos, en Ondull los humanos, y en Duraga los Gashems.

No sé mucho de Índass, pero creo que está deshabitada.

Armath, por otro lado, reparte sus tierras entre las tres razas.

Como cada continente pertenece a una raza, la presencia de un ejército extranjero sería vista como un acto de guerra.

Tiene sentido que los Eun sobrevivientes se refugiaran allí.” —¿Puedo saber qué pretendían hacer viniendo aquí?

Entiendo que no supieran nada de esto, pero deben tener un motivo para haber venido.

—Verá —dijo Lazran—, pasaron muchas cosas y terminamos viajando juntos.

Airen y yo nos dirigimos a Astald y pensamos que Syrel estaría mejor con su propia raza, ya que es huérfana y esta era la aldea más cercana.

Nunca imaginé que pasaría algo así.

Cuando Lazran dijo que planeábamos dejar a Syrel aquí, ella me miró de una manera que me rompió el corazón.

Debe estar pensando que quiero abandonarla.

Definitivamente no la dejaré en un sitio donde vaya a ser lastimada o maltratada.

—Ya veo.

Lamento decirte que no puede quedarse aquí.

Puede que yo sea el jefe de la aldea y pueda convencer a mi gente, pero tarde o temprano el rey se daría cuenta.

Él es capaz de quemar el bosque entero para eliminar a los Eun.

—Entonces… ¿qué podemos hacer?

—El único lugar donde podría estar a salvo es en Réquen… o en Pyrenhal.

—¿En Pyrenhal?

—Es una ciudad grande con un enorme territorio.

Además, está el gran bosque que la rodea.

Para el rey sería muy difícil, por no decir imposible, acercarse a ella de forma violenta.

—Entonces… de momento se viene conmigo a Pyrenhal.

Ya pensaré algo cuando llegue allí.

De pronto escuchamos unos golpes fuertes en la puerta.

Alguien gritó el nombre de Sobaka, exigiendo que saliera.

—¿¡Quiénes son!?

—preguntó Lazran.

—Es Anra, el sacerdote de la aldea y segundo al mando.

Es un fastidio, ya que no le agrado y siempre cuestiona mis decisiones… pero tengo que atenderlo.

—¿Deberíamos escondernos?

No parece muy amigable.

—Y no lo es.

Él es uno de los que estaban en contra de los Eun, pero no se preocupen, no les hará nada mientras yo esté aquí.

Sobaka suspiró con resignación y se dirigió a la puerta, no sin antes advertirnos que no nos moviéramos.

Me mantuve en silencio, con todos mis sentidos puestos en escuchar lo que ocurría afuera.

Pero no podía relajarme.

—¿Qué sucede, Anra?

¿Por qué tanto alboroto?

—¿Es cierto que hay una sangre maldita aquí?

¿¡Por qué no la has matado!?

—La estoy interrogando… por si hay más como ella.

—Entonces yo quiero estar presente e interrogarla también.

—No es necesario.

—¿¡Que no es necesario!?

¡Soy el sacerdote de esta aldea y exijo interrogar a esa cosa!

—¡Y yo soy el jefe de la aldea, y te dije que no!

—Grr… ¡Lamentarás esta ofensa, Sobaka!

—Tus amenazas dejaron de tener valor desde hace muchos años.

—No esta vez, Sobaka.

Esta vez has tentado demasiado a tu suerte.

Escuché cómo sus pasos se alejaban y solté el aliento sin darme cuenta.

Ese Anra había amenazado al jefe de la aldea sin el menor reparo.

Si yo hubiera estado en su lugar, me lo habría tomado muy en serio.

Pero Sobaka volvió tranquilamente a su asiento y continuó como si no pasara nada.

—Disculpen el alboroto.

—¿Está bien dejarlo ir así?

En donde crecí, nadie que amenazara al rey salía con vida de la ciudad.

—¿De dónde eres, chico?

—De Astald.

—Ya veo.

Es una ciudad grande y poderosa.

Aquí somos más como una pequeña familia.

Anra es un cascarrabias… pero es inofensivo.

Cambiando de tema, ¿dónde planean ir primero?

—Iremos a Damis, y después a Laan.

—Damis está un poco lejos.

Deberían descansar antes de continuar.

Puedo arreglar que se queden una semana, pero más tiempo sería peligroso.

—Nos iremos mañana al amanecer directo a Laan —dije.

—¿Hacia Laan?

Airen, te dije que antes había que ir a Damis.

Laan está demasiado lejos para ir caminando, y no tenemos provisiones para un viaje tan largo.

—Iremos con los comerciantes que nos trajeron hoy.

Ellos se dirigen hacia Laan y parten mañana al amanecer.

—¿Ellos dijeron eso?

¿Crees que nos llevarán?

—Hablé con el que nos trajo antes de venir.

Dijo que no le importaría llevarnos.

—Entonces pueden pasar la noche aquí, pero no salgan de la casa el resto del día.

—Muchas gracias.

Sobaka nos ofreció una habitación en su casa donde podríamos alojarnos hasta la mañana.

Aún quedaban varias horas de sol, y como no podíamos salir, no había mucho que hacer.

Repasamos la nueva ruta de viaje, hablamos sobre magia y compartimos anécdotas.

Lazran me contó cómo casi lo arrestan una vez por golpear a un niño noble, y yo le relaté cómo casi me quemo usando magia de fuego por primera vez.

Syrel parecía la más interesada en las historias y se estaba divirtiendo.

Por un momento olvidamos los problemas.

La charla terminó cuando Syrel fue la primera en quedarse dormida.

Solo había una cama, así que Lazran se acostó junto a la ventana y nos dejó la cama a Syrel y a mí.

Yo no pude dormir.

Cada vez que cerraba los ojos, el más mínimo ruido me despertaba.

Ni siquiera tenía sueño.

Mi cuerpo estaba en constante estado de alerta.

“Supongo que dormiré mañana durante el viaje.” Pasé toda la noche en vela, observando cómo dormían los demás, hasta que mis pensamientos derivaron hacia mi familia en Pyrenhal.

“¿Qué habrá pasado después?

¿Habrán encontrado la espada sin mí?

¿Habrán salido a buscarme o estarán esperando que regrese?…

No.

Mis padres deben estar buscándome por todos lados.

Será mejor que regrese rápido.” ¡PAM!

Un sonido extraño me sacó de mis pensamientos.

Provenía de la entrada principal, que estaba algo lejos, por lo que no pude escucharlo con claridad.

Oí pasos ruidosos acercándose.

Me puse de pie de inmediato, en guardia.

Cuando los pasos llegaron hasta la puerta, esta se abrió de golpe, haciendo que Lazran y Syrel se levantaran también.

—¿¡Qué sucede!?

—dijo Lazran, poniéndose de pie de un salto.

—Gah… tienen que huir… haaa… —¡Sobaka!

¿Qué ha pasado?

El que abrió la puerta era Sobaka.

No solo estaba alterado, sino herido.

Tenía cortes en su ropa y en su cuerpo, de los cuales brotaba abundante sangre.

En la frente, una herida profunda no dejaba de sangrar.

Parecía que se había enfrentado a una bestia salvaje o algo peor.

Apenas podía mantenerse en pie.

—¡Airen, sánalo rápido!

—¡Sí!

—¡No!

No hay tiempo.

Tienen que irse ahora mismo.

—¿Qué sucede?

—Es Anra.

Me ha traicionado.

Difundió falsos rumores en la aldea y ha logrado ponerlos en mi contra.

Me tendieron una emboscada… y vienen hacia aquí.

—¡¿Syrel?!

—Así es.

Vienen a matarla.

Deben irse rápido.

No se preocupen por mí.

—¡Pero con esas heridas…!

—¡Váyanse ya!

—¡Airen, vámonos!

—…Lo siento mucho.

Recogimos nuestras cosas de inmediato y salimos por la ventana.

Afuera había gente.

Todos eran aldeanos, armados con palos y algunos con espadas.

Pero no se atrevieron a acercarse cuando conjuré llamas en mis manos.

Retrocedieron asustados.

—No será lo mismo con los guardias.

Vámonos —dijo Lazran.

Corrimos por el sendero, pero más adelante dos guardias custodiaban el paso.

Tuvimos que desviarnos hacia el bosque antes de que nos vieran.

No sirvió de mucho.

Aunque no nos vieron, nos escucharon.

Los Vanthraan tienen sentidos muy agudos.

Los dos guardias comenzaron a seguirnos.

Cada vez que se acercaban, Lazran y yo los hacíamos retroceder con ráfagas de viento.

Pero no dejaban de perseguirnos.

Al volver al camino principal, se unieron más: dos, cuatro, seis… su número aumentaba y cada minuto era más difícil mantenerlos alejados.

Al cruzar un río, utilicé magia de agua y conjuré una enorme ola que los arrojó a todos al agua.

No era un río profundo, así que saldrían pronto, pero ganamos ventaja.

—¡Cuidado!

De pronto, Lazran me empujó y gracias a eso esquivé una lanza que habría atravesado mi pecho.

Se clavó en un árbol.

Por un instante, me imaginé allí, atravesada.

—¡Tch!

Estuvo cerca, Heon.

El que había lanzado la lanza era uno de los guardias que nos atacaron ayer: musculoso, de rostro serio.

Su expresión seguía sin cambiar.

—Bueno, no sería divertido si hubiera terminado tan rápido —dijo Jash, el más bajo de los dos, con una sonrisa emocionada.

Sacó dos espadas de su espalda, listo para luchar.

Heon parecía venir solo con la lanza, pero no lo subestimaría.

Su tranquilidad me inquietaba.

—Lazran, pelea con todo o nos matarán.

—Lo sé.

Dejamos a Syrel resguardada entre nosotros y un árbol.

Jash sonrió más ampliamente y atacó.

Saltó hacia mi derecha y en un instante una de sus espadas se dirigía a mí.

No esta vez.

Liberé maná por todo mi cuerpo en una llamarada que me envolvió.

Jash retrocedió o habría sido quemado.

Sin darle tiempo, le lancé ráfagas de viento que esquivó.

Mientras, Lazran atacaba sin parar con cuchillas de viento canalizadas por su daga.

Heon, tranquilo, esquivaba cada una.

Usar la daga para formar cuchillas de viento fue una buena idea, pero Lazran aún no domina esa técnica.

Tal vez deba enseñarle magia ofensiva o de fuego… —¡No te distraigas!

Jash volvió a presionar.

Saqué mi daga para desviar algunos ataques.

Mi defensa se basaba en atacarlo si se acercaba.

Las llamaradas lo alejaban, pero no eran lo bastante fuertes.

Si bien puedo liberar maná por todo mi cuerpo, usar las manos para dirigirlo hace los ataques más precisos.

Jash lo había notado, y por eso arriesgaba más.

—¡Agh!

—¡Lazran!

Me alarmé al ver cómo Heon capturaba a Lazran, esquivando sus ataques, arrebatándole la daga y tomándolo del cuello.

—¡Te dije que no te distraigas!

—¡Ahh!

—Jash aprovechó mi desconcierto y me pateó, haciéndome caer al suelo.

—Hasta aquí llegaron, elfos.

Fue divertido, pero es hora de terminar con esto.

¡Maldición!

¡No puede terminar así!

Todo ocurrió rápidamente.

Vi cómo la espada de Jash venía hacia mi rostro.

Pensé en muchas cosas a gran velocidad y traté de reaccionar, pero sentí el miedo recorrerme.

¡PAM!

– ¡Brik!

—¿¡Qué…!?

—¿Eh?

No podía creerlo.

La espada de Jash había chocado contra algo invisible, a centímetros de mi cara.

Había usado mi maná, lo había concentrado a mi alrededor, y creé una barrera invisible.

¡Un campo de fuerza!

No lo veo, pero puedo sentirlo.

Está hecho de mi maná… y es fuerte.

Detuvo la espada de Jash.

Aunque… se agrietó.

La grieta era pequeña pero visible.

Aun así, eso significaba que podía romperse.

Está drenando maná poco a poco… ¿Podré repararlo dándole más?

Le envié más maná.

La grieta fue desapareciendo… hasta que el escudo estuvo como nuevo.

¡Es increíble!

¿Debería probarlo?

Me levanté.

Aprovechando la confusión, lancé una cuchilla de viento a Heon.

Aunque no usé la daga, fue más potente que las de Lazran.

Él tiene más maná que yo, pero es un novato aún.

Heon retrocedió, dejando a Lazran.

Lo ataqué un par de veces más, pero me detuve cuando Jash volvió a cargar contra mí.

Esta vez quise probar la nueva defensa.

¡PAM!

La espada de Jash rebotó.

Una de ellas salió volando.

—¡¿Pero qué diablos sucede!?

Funciona.

¡Ahora no tengo que preocuparme por la defensa!

—Jash, déjamela a mí —la voz de Heon me sorprendió.

Él había estado callado todo el tiempo.

Recogió la espada caída y se acercó.

—Hmp.

Muy bien.

Ven si crees que puedes.

¡PAM!

Una vez más, mi escudo lo rechazó.

Me sentía invencible.

Cada golpe era detenido.

Yo contraatacaba, él esquivaba.

Perdía maná, sí, pero el escudo se autorreparaba.

¡PAM!

¡PAM!

¡PAM!

Heon no dejaba de golpear.

Su calma me irritaba.

Apenas rozaba el escudo.

—Ya veo… no es gran cosa —dijo.

—¿No es gran cosa?

¿A qué te refieres?

No estás logrando nada.

Vas perdiendo.

Él dejó de atacar.

Caminó lentamente hacia mí.

—Para ser solo una niña, eres sorprendente.

Sin embargo… sigues siendo solo una niña.

En un solo movimiento, Heon embistió.

De un corte, destrozó mi escudo.

El sonido de cristal al romperse y mi maná disipándose me dejaron sin aliento.

—¡Jajajaja!

¡Increíble, Heon!

¡Le diste su merecido!

—Jash se burlaba.

No lo escuché.

Toda mi atención estaba en Heon.

Sus ataques anteriores… solo estaba probando la resistencia del escudo.

Creé otro al instante.

—¿No has aprendido aún?

Una vez más, lo destruyó.

Estaba claro: aún no dominaba esta magia.

Lancé una llamarada, pero él atravesó el fuego y me tomó de la ropa.

Me levantó del suelo.

—Jash, haz lo que vinimos a hacer y vámonos.

—Heh, con gusto —Jash se dirigió hacia Syrel, que seguía paralizada.

—¡Syrel!

¡Huye!

—grité.

No se movía.

Cada vez que intentaba cargar maná, Heon me sacudía para interrumpirme.

—¡Syrel, vete!

¡¡NOOOOO!!

¡BAM!

Un estruendo sacudió todo.

Jash salió disparado, chocando contra un árbol y cayendo inconsciente.

Reconocí ese sonido.

Lazran lo había hecho antes.

Y lo hizo de nuevo.

—Son un baúl de sorpresas ustedes dos —dijo Heon, esta vez molesto.

—¡Suéltala!

—Lazran se levantó y apuntó con su mano.

No formó una esfera de viento.

Solo una distorsión… y en un parpadeo, una onda de choque explotó.

No solo alcanzó a Heon, también a mí.

Ambos salimos despedidos.

Solo escuchaba un zumbido en mis oídos.

Piiiiiiiiii… Y un poco de náuseas… pero pasaron.

—Airen, ¿estás bien?

Lo siento.

No quería golpearte a ti también.

—Estoy bien… Heon estaba sentado.

Le sangraban los oídos y la nariz.

Murmuraba: —Ugh… elfos… incluso los niños… Nos miró.

Pero no parecía querer seguir luchando.

—Váyanse… —¿Qué?

—He perdido… acepto mi derrota.

—¿Derrota?

—dijo Lazran—.

Sé que aún puedes luchar.

Eres más fuerte que eso.

—¡¿Lazran, eres idiota?!

—le grité.

—Jajaja… Tienes razón, chico, puedo continuar.

Pero ser llevado a este punto, y con mi compañero inconsciente, solo por dos críos… Para mí eso ya es una derrota.

Además… sería interesante volver a enfrentarlos cuando sean adultos.

—…No te lo voy a agradecer.

—Ni quiero que lo hagas.

Váyanse.

Todos en la aldea creen que ustedes mataron al jefe.

—¡Nosotros no hicimos nada!

—Lo sé.

Pero nadie les creerá, sobre todo si el sacerdote dice lo contrario.

—Ugh… —Lazran, ya amaneció.

Tenemos que llegar al punto acordado o se irán sin nosotros.

—Lo sé… vamos.

Corrimos a toda velocidad.

A lo lejos ya se escuchaban pasos.

Se detuvieron poco después, seguramente al encontrarse con Heon.

Sé que intentó matar a Syrel, pero no puedo evitar agradecerle… al menos por habernos dejado ir.

Aun así, no siento simpatía por él.

Lazran parecía molesto por alguna razón, pero no había tiempo para averiguarlo.

Cuando llegamos al camino que salía del bosque, casi nos dejan atrás.

La caravana de comerciantes ya había comenzado a moverse, y tuvimos que correr tras ellos para alcanzarlos.

—¡Niños!

¡Por poco y nos vamos sin ustedes!

Jajajaja —dijo el comerciante al vernos.

—Gracias por esperarnos… y gracias por llevarnos también —respondí con una leve reverencia.

—Espero que no seamos una molestia —dijo Lazran.

—¡Para nada!

Suban.

Me gusta tener jovencitos que escuchen mis historias mientras viajamos.

Lo decía porque cuando vinimos, nos contó todo tipo de relatos sobre sus viajes.

Eran interesantes, así que yo escuchaba atentamente.

A Syrel le encantaban; ponía los ojos brillosos cada vez que él hablaba.

A él eso le agradaba.

Por cierto, su nombre es Jhoarik.

Es un hombre amable, de mediana edad.

—Muy bien, entonces… ¡nos vamos!

Nos subimos a la carreta, buscando espacio entre la mercancía.

Tras sacudir las riendas, los caballos se pusieron en marcha.

Pronto dejamos atrás el bosque y volvimos a la extensa llanura.

—Uff… por poco y no salimos de ahí —dije.

—¿Qué te pasa, Lazran?

—Nada… —¿Cómo que nada?

Desde hace rato estás molesto por algo.

—Es solo que… quería terminar la pelea correctamente.

—¡Pero si terminó!

¡Ganamos!

—¡No es así!

Él… él nos dejó ir.

—¿Y qué?

—Pff… olvídalo.

Cosas de chicos.

No lo entenderías.

—¡¿Qué no?!

Pero si yo era… —¿Eras…?

—… Agh, como sea.

No me importa si querías que te mataran.

¿Quería pelear más…?

¿Terminar de forma “justa”?

¿Yo era un hombre antes… claro que entiendo ese deseo de fuerza y orgullo… pero también entiendo que no vale la pena seguir una pelea perdida.

Ya lo tengo.

¡Lazran es un masoquista!

—¿Parece que tuvieron problemas allá atrás, no?

—dijo Jhoarik mientras sostenía las riendas.

—Amm… bueno, sí.

Digamos que no nos entendimos muy bien con la gente del pueblo.

—Eso es raro.

Es una aldea pacífica.

El jefe Sobaka es un gran hombre.

¿Llegaron a conocerlo?

Al mencionar su nombre, los tres cambiamos el rostro.

Jhoarik no nos miraba, así que no notó la tristeza que se dibujó en nosotros.

—Sí… es un gran hombre —contestó Lazran con voz angustiada.

Espero que no haya muerto… Estaba muy herido, pero aún podía salvarse… —Será un largo viaje, chicos.

¿Les apetece leer algo?

Mi amigo, el que fuimos a visitar, me regaló unos cuantos libros.

Pueden mirarlos si quieren.

—¿En serio?

Me gusta leer.

¿Tiene alguno sobre magia?

—Hay de todo.

Lee el que más te llame la atención.

—Veamos… Hay muchas novelas, crónicas humanas y biografías… No veo ninguno que me interese mucho de momento… ¿y este es…?

—¡Este libro!

¿Dónde lo consiguió?

—¿Eh?

¿Qué?

Me emocioné más de lo esperado y grité.

No era para menos.

El libro que encontré se titulaba “El Viaje de Elharen”, escrito en una lengua desconocida para la mayoría… pero que yo comprendía sin esfuerzo.

Era una escritura antigua, olvidada por casi todos, pero muy familiar para mí.

No sabía por qué… pero ese libro despertaba algo en mí, algo que no podía explicar.

—Ese libro… estaba entre los que me dejó mi amigo.

No sé de dónde lo habrá sacado.

—¿Podemos regresar y hablar con él?

¡Es importante!

—¿¡Estás loca, Airen!?

No podemos regresar ahora.

—¡Lo necesito!

¡Necesito hablar con él!

—No es posible.

Mi amigo ya ha muerto.

—¿Qué…?

—Es la razón por la que vinimos.

Fue un compañero comerciante muy querido.

Hace una semana falleció.

Su hijo nos llamó porque en su testamento nos dejaba algunas de sus cosas.

Él era un gran viajero… seguro lo obtuvo en uno de sus recorridos.

Ahora entiendo por qué las carretas van llenas de mercancía… a diferencia del viaje de ida… —Es una lástima… —¿Tiene algo que ver con ese libro?

—Más o menos… No importa ya.

Pero este libro… tengo que leerlo.

Y descubrir por qué me resulta tan familiar… —He perdido… acepto mi derrota.

—¿Derrota?

—dijo Lazran—.

Sé que aún puedes luchar.

Eres más fuerte que eso.

—¡¿Lazran, eres idiota?!

—le grité.

—Jajaja… Tienes razón, chico, puedo continuar.

Pero ser llevado a este punto, y con mi compañero inconsciente, solo por dos críos… Para mí eso ya es una derrota.

Además… sería interesante volver a enfrentarlos cuando sean adultos.

—…No te lo voy a agradecer.

—Ni quiero que lo hagas.

Váyanse.

Todos en la aldea creen que ustedes mataron al jefe.

—¡Nosotros no hicimos nada!

—Lo sé.

Pero nadie les creerá, sobre todo si el sacerdote dice lo contrario.

—Ugh… —Lazran, ya amaneció.

Tenemos que llegar al punto acordado o se irán sin nosotros.

—Lo sé… vamos.

Corrimos a toda velocidad.

A lo lejos ya se escuchaban pasos.

Se detuvieron poco después, seguramente al encontrarse con Heon.

Sé que intentó matar a Syrel, pero no puedo evitar agradecerle… al menos por habernos dejado ir.

Aun así, no siento simpatía por él.

Lazran parecía molesto por alguna razón, pero no había tiempo para averiguarlo.

Cuando llegamos al camino que salía del bosque, casi nos dejan atrás.

La caravana de comerciantes ya había comenzado a moverse, y tuvimos que correr tras ellos para alcanzarlos.

—¡Niños!

¡Por poco y nos vamos sin ustedes!

Jajajaja —dijo el comerciante al vernos.

—Gracias por esperarnos… y gracias por llevarnos también —respondí con una leve reverencia.

—Espero que no seamos una molestia —dijo Lazran.

—¡Para nada!

Suban.

Me gusta tener jovencitos que escuchen mis historias mientras viajamos.

Lo decía porque cuando vinimos, nos contó todo tipo de relatos sobre sus viajes.

Eran interesantes, así que yo escuchaba atentamente.

A Syrel le encantaban; ponía los ojos brillosos cada vez que él hablaba.

A él eso le agradaba.

Por cierto, su nombre es Jhoarik.

Es un hombre amable, de mediana edad.

—Muy bien, entonces… ¡nos vamos!

Nos subimos a la carreta, buscando espacio entre la mercancía.

Tras sacudir las riendas, los caballos se pusieron en marcha.

Pronto dejamos atrás el bosque y volvimos a la extensa llanura.

—Uff… por poco y no salimos de ahí —dije.

—¿Qué te pasa, Lazran?

—Nada… —¿Cómo que nada?

Desde hace rato estás molesto por algo.

—Es solo que… quería terminar la pelea correctamente.

—¡Pero si terminó!

¡Ganamos!

—¡No es así!

Él… él nos dejó ir.

—¿Y qué?

—Pff… olvídalo.

Cosas de chicos.

No lo entenderías.

—¡¿Qué no?!

Pero si yo era… —¿Eras…?

—… Agh, como sea.

No me importa si querías que te mataran.

¿Quería pelear más…?

¿Terminar de forma “justa”?

¿Yo era un hombre antes… claro que entiendo ese deseo de fuerza y orgullo… pero también entiendo que no vale la pena seguir una pelea perdida.

Ya lo tengo.

¡Lazran es un masoquista!

—¿Parece que tuvieron problemas allá atrás, no?

—dijo Jhoarik mientras sostenía las riendas.

—Amm… bueno, sí.

Digamos que no nos entendimos muy bien con la gente del pueblo.

—Eso es raro.

Es una aldea pacífica.

El jefe Sobaka es un gran hombre.

¿Llegaron a conocerlo?

Al mencionar su nombre, los tres cambiamos el rostro.

Jhoarik no nos miraba, así que no notó la tristeza que se dibujó en nosotros.

—Sí… es un gran hombre —contestó Lazran con voz angustiada.

Espero que no haya muerto… Estaba muy herido, pero aún podía salvarse… —Será un largo viaje, chicos.

¿Les apetece leer algo?

Mi amigo, el que fuimos a visitar, me regaló unos cuantos libros.

Pueden mirarlos si quieren.

—¿En serio?

Me gusta leer.

¿Tiene alguno sobre magia?

—Hay de todo.

Lee el que más te llame la atención.

—Veamos… Hay muchas novelas, crónicas humanas y biografías… No veo ninguno que me interese mucho de momento… ¿y este es…?

—¡Este libro!

¿Dónde lo consiguió?

—¿Eh?

¿Qué?

Me emocioné más de lo esperado y grité.

No era para menos.

El libro que encontré se titulaba “El Viaje de Elharen”, escrito en una lengua desconocida para la mayoría… pero que yo comprendía sin esfuerzo.

Era una escritura antigua, olvidada por casi todos, pero muy familiar para mí.

No sabía por qué… pero ese libro despertaba algo en mí, algo que no podía explicar.

—Ese libro… estaba entre los que me dejó mi amigo.

No sé de dónde lo habrá sacado.

—¿Podemos regresar y hablar con él?

¡Es importante!

—¿¡Estás loca, Airen!?

No podemos regresar ahora.

—¡Lo necesito!

¡Necesito hablar con él!

—No es posible.

Mi amigo ya ha muerto.

—¿Qué…?

—Es la razón por la que vinimos.

Fue un compañero comerciante muy querido.

Hace una semana falleció.

Su hijo nos llamó porque en su testamento nos dejaba algunas de sus cosas.

Él era un gran viajero… seguro lo obtuvo en uno de sus recorridos.

Ahora entiendo por qué las carretas van llenas de mercancía… a diferencia del viaje de ida… —Es una lástima… —¿Tiene algo que ver con ese libro?

—Más o menos… No importa ya.

Pero este libro… tengo que leerlo.

Y descubrir por qué me resulta tan familiar…

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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