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Airen: Poder y Leyenda - Capítulo 23

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  4. Capítulo 23 - 23 Capítulo 23 — Propuesta Inaceptable
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23: Capítulo 23 — Propuesta Inaceptable 23: Capítulo 23 — Propuesta Inaceptable Me desperté con los primeros rayos del sol entrando por la ventana y el canto de los pájaros desde afuera, o mejor dicho, el escándalo de los pájaros.

—Malditos pájaros…

Me levanté de la cama aún somnolienta y caminé hacia el armario para buscar un cambio de ropa.

Al abrirlo, vi colgando de un gancho una pequeña daga.

Era la misma que Lazran me había regalado hace años.

Nunca la llegué a usar, pero no quise deshacerme de ella, así que simplemente la guardo allí.

Cada vez que la veo, me recuerda algo que aún no logro entender del todo.

—Cinco años pasan muy rápido, ¿eh…?

Desde el día en que Lazran se marchó a Rácir, han pasado cinco inviernos.

Al principio fue difícil, porque en todo este tiempo no recibí una sola carta suya.

Incluso fui hasta la aldea de los Anemos para saber si le había ocurrido algo, pero me aseguraron que estaba bien.

Aun así, la inquietud nunca se fue por completo.

—¿Por qué no ha escrito…?

¿Acaso le pasó algo?

Pensaba en esas cosas muy a menudo.

No había razón para no enviar una carta.

Existen los Torioni, aves entrenadas especialmente para entregar mensajes en largas distancias.

Dicen que pueden volar desde Réquen hasta Armath en menos de un día.

Con eso en mente, era difícil no preguntarse por qué el silencio.

Sin embargo, el paso del tiempo fue llenando mis días con otras cosas: las clases, mi familia, las tareas del hogar… y sin darme cuenta, dejé de pensar tanto en él.

La daga en mi armario se convirtió en uno de los pocos recuerdos visibles de Lazran.

Por otro lado, esperaba que los cambios de la edad llegaran más tarde, o que al menos fueran más lentos.

Desde los once años, mi cuerpo empezó a cambiar rápidamente.

Al principio no entendía qué estaba ocurriendo del todo, pero ahora supongo que así son las niñas a los quince.

He crecido bastante.

Creo que ahora mido alrededor de un metro con sesenta y tres centímetros.

Casi alcanzo la estatura de mamá.

Recuerdo que cuando era más pequeña, pensaba que nunca llegaría a ser muy alta.

El estirón fue repentino.

Lonie y Faelith también crecieron bastante, así que parece que es normal.

Therion, por otro lado, es quien más ha cambiado.

Tiene diecinueve años ahora y ya es más alto que papá.

Su voz es mucho más grave, le sale barba y tiene los hombros anchos.

Todavía conserva algo de su rostro infantil, pero se nota que ya es un adulto.

Verlo transformarse me hizo notar más los cambios en mí.

Mi cuerpo empezó a adquirir formas que no entendía del todo: mi cintura se afinó, mis caderas se ensancharon y mi pecho comenzó a desarrollarse.

A pesar de que traté de ignorarlo, llegó un punto en que no pude hacerlo más.

Un día, mamá me sugirió empezar a usar Tissu, esas bandas de tela que se ajustan al pecho.

Lo había visto en otras mujeres, como la tía Yenieli, que no lo ocultaba en lo absoluto.

Sin embargo, me resultaban incómodas.

Si las apretaba mucho, dolía; si las dejaba flojas, no servían de nada.

Me fastidiaba.

No quería usarlas… pero tampoco podía seguir sin nada.

Las miradas incómodas en clase me lo dejaron claro.

Así que tomé una hoja, me senté sola en mi cuarto, y comencé a dibujar.

Mi idea era crear algo distinto… algo que me permitiera sostener mi pecho sin lastimarme ni sentirme atrapada.

No sabía si funcionaría, pero lo intenté.

Recurrí a los materiales de costura de mamá e hice el primer intento por mi cuenta.

Fue un desastre.

No solo olvidé tomar medidas, también me pinché varias veces con la aguja y terminé arruinando la tela.

Entonces, decidí pedirle ayuda a mamá.

Le mostré mi dibujo y le expliqué cómo quería que fuera.

Ella me escuchó con paciencia, tomó mis medidas y empezó a trabajar.

El resultado fue mejor de lo que esperaba.

Era cómodo, se ajustaba bien y me hacía sentir segura.

Aún podía mejorarse, pero era suficiente.

El único problema era que la tela con el tiempo se aflojaba, y como seguía creciendo, pronto dejaba de quedarme bien.

Necesitábamos algo que pudiera estirarse sin romperse.

Hablé con papá sobre ello.

Le pregunté si conocía algún material que fuera flexible.

Al principio dijo que no sabía, y pensé que ahí terminaría el asunto.

Pero días después volvió con una planta acuática.

Se parecía a un alga, de color verde oscuro.

—¿Qué es esto?

—le pregunté.

—Tienes que cocinarla primero —respondió.

La planta se llamaba Limer.

Solía considerarse una mala hierba del mar, porque se enreda con las redes y dificulta la pesca.

Pero al hervirla durante varias horas, cambiaba su color a un gris pálido… y entonces su textura se volvía elástica, resistente, perfecta.

La llevé con mamá y le enseñé cómo integrarla en lo que habíamos creado.

Ella quedó encantada.

Comenzó a hacer más modelos, cada vez más bonitos y funcionales.

Añadía detalles, bordados y nuevas ideas.

Pronto, coser se convirtió en su pasatiempo favorito.

Las mujeres del pueblo empezaron a enterarse.

Todo comenzó cuando la madre de Kael vio uno y se lo contó a otra.

Antes de que nos diéramos cuenta, todas estaban pidiéndole a mamá que les hiciera uno.

Al principio pensó en complacerlas por cortesía, pero la madre de Kael fue más astuta y le propuso abrir un pequeño negocio en la ciudad.

Cuando mamá me lo comentó, no dudé en decirle que aceptara.

Y así lo hizo.

El negocio fue un éxito desde el primer mes.

Mamá y ella alquilaron un local y comenzaron a tomar encargos.

Al poco tiempo ya no dábamos abasto.

Tuvimos que ayudar todos en casa, incluso contratar a más personas.

Papá encontró a un viejo amigo que hacía viajes constantes a la ciudad costera de Gálas.

Le pagamos para que trajera Limer, y hasta el día de hoy sigue sin preguntar para qué lo usamos.

Y la verdad… prefiero que no lo haga.

No fue lo único que se me ocurrió crear.

Una tarde, mientras resolvía los deberes de la escuela, derramé por accidente el tintero sobre todo mi trabajo.

No era la primera vez que me pasaba, pero esa vez fue distinto… estaba de mal humor.

Desde que comenzaron mis ciclos, los cambios de ánimo se habían vuelto una molestia constante que arruinaba mis días sin previo aviso.

Cuando vi mi hoja arruinada, la rabia me venció.

Lo arrojé todo por la ventana.

—¡Inservible!

¡No pienso volver a usar eso!

—bufé, cruzándome de brazos.

Sabía que mi malhumor era parte de crecer, pero eso no lo hacía más soportable.

Fue entonces cuando me puse a pensar en una solución.

No podía cambiar el hecho de que usábamos tinta líquida y plumas, pero sí podía idear una forma de escribir que no se derramara tan fácilmente.

Durante varias tardes, trabajé en secreto en un diseño.

Dibujé bocetos de un pequeño tubo de madera hueca con un compartimento interior que pudiera contener la tinta, y una punta que soltara la cantidad justa al presionar sobre el papel.

Lo más difícil fue conseguir la punta.

Le pedí ayuda a un artesano de la ciudad, un herrero que a veces ayudaba a papá con materiales.

Le expliqué lo que quería —sin muchos detalles— y juntos hicimos varias pruebas hasta que uno de los modelos funcionó.

No era perfecto, pero no necesitaba sumergirlo constantemente en tinta, y eso para mí ya era suficiente.

Al volver a casa con mi nuevo instrumento, papá se sorprendió.

No tardó en aparecer también Faelith, que quedó fascinada.

Después de eso, varios conocidos comenzaron a interesarse, y el artesano me pidió permiso para fabricar más.

Le dije que podía hacerlo, siempre y cuando fuera justo con el precio.

Lo cierto es que no me interesaba iniciar un negocio ni alardear por haberlo ideado.

Me bastaba con poder escribir tranquila y sin derramar tinta.

Desde entonces han pasado dos años.

El negocio de mamá sigue creciendo.

Las mujeres de la ciudad siguen buscando las prendas que ella confecciona, y ahora tiene más empleadas, proveedores y socios comerciales.

A veces pienso que vivimos como nobles… pero en realidad seguimos siendo la misma familia, solo que con más responsabilidades.

Por otro lado, en estos cinco años la relación entre Valadhiel y las ciudades humanas ha mejorado muchísimo.

El nuevo rey de Astald, que subió al trono hace cuatro inviernos tras la muerte de su padre, es un gran admirador de la cultura élfica.

Desde su coronación, ha enviado emisarios y embajadores con frecuencia.

Al parecer, los anteriores no hacían mucho.

También se inauguró la universidad hace poco, lo cual atrajo a muchos jóvenes elfos de otras regiones, evitando que tuvieran que viajar a Arnidiel o Authon para continuar sus estudios.

Se restauró el antiguo camino que cruza el bosque para facilitar el acceso.

Desde entonces, no es raro ver humanos por Valadhiel, comerciantes principalmente, aunque también han llegado algunos nobles.

—¿Airen?

¿Sigues dormida?

—¡Ya voy!

—respondí desde el cuarto.

Había quedado pensando y se me había hecho tarde.

Me vestí con rapidez.

Como estábamos en plena primavera, elegí ropa ligera: una blusa de lino rojo de mangas cortas, una falda hasta las rodillas y sandalias de cuero.

Nunca me gustaron las faldas más cortas, me daban vergüenza.

Preferiría usar pantalones, pero no está bien visto en ocasiones formales, salvo en prácticas de combate o al montar a caballo.

Al salir al pasillo, el aroma a comida me llevó directo a la cocina, donde me encontré con Syrel.

Tenía diez años, pero su cuerpo ya comenzaba a cambiar.

Se estaba volviendo más alta y sus curvas empezaban a notarse.

Sus pechos estaban creciendo también.

No sé si es por su sangre Vanthraan, pero parecía desarrollarse más rápido que yo a su edad.

Hace cinco años, apenas me llegaba a la cintura, y ahora está casi a mi altura.

Legalmente es nuestra criada, pero para mí siempre ha sido como una hermana menor.

—¿Y mamá?

—Salió hace poco.

Dijo que tenía asuntos que tratar con los comerciantes.

—Últimamente ha estado muy ocupada… Desde que comenzaron los planes de expansión del negocio, mamá ha tenido que reunirse con varios socios para discutir rutas, precios, puntos de venta, transporte… tantas cosas que ya apenas la veo durante el día.

—¿Hmm?

¿Eso que huele tan bien?

—¡Ah, no!

Esto es mío.

Para ti hay frutas, como siempre.

El delicioso aroma venía de unas tiras de carne que Syrel estaba asando en el fogón.

Si los elfos son conocidos por su dieta de verduras, frutas y pescados, los Vanthraan parecen todo lo contrario: carnívoros natos.

Aunque en realidad, los elfos también comen carne, solo que rara vez.

Syrel, sin embargo, no puede pasar mucho tiempo sin ella.

Los primeros días fue un problema, porque en casa casi no teníamos carne, y ella se puso de mal humor.

Nadie entendía por qué, hasta que papá leyó sobre los hábitos de los Vanthraan.

Desde entonces siempre hay carne en la despensa.

Yo también la como de vez en cuando, aunque no tanto como ella.

—¿No me das un poco?

Solo esta vez… —¡Eso dices siempre!

—¡¿Y de quién es la culpa?!

Si haces carne justo frente a mí, es obvio que voy a querer probarla.

—¿No es raro?

Escuché que los elfos no comen carne… —Puede que no sea común… pero eso no significa que no me guste —dije, desviando la mirada con fingida indiferencia.

—Ugh… incluso cuando te compartí mis dulces el otro día… —¡Grr!

Chantaje otra vez… Está bien.

Pero solo esta vez.

—¡¡Bien!!

Después de desayunar, salí de casa rumbo a la ciudad.

Tenía clases en la universidad.

Me gradué de la escuela de magia hace dos años, y aunque esperaba una gran ceremonia, fue más sencilla de lo que imaginaba.

Aun así, fue emotiva.

No pude inscribirme en la universidad inmediatamente porque la edad mínima era catorce.

Tuve que esperar un año, sin mucho que hacer en ese tiempo, hasta que al fin pude entrar.

Desde que mamá se volvió conocida por sus prendas, más personas me reconocen en la ciudad.

Mientras caminaba por el sendero bordeado de árboles, me saludaban con frecuencia, especialmente mujeres… aunque también algunos hombres.

Con ellos siempre mantengo la distancia.

Desde que mi cuerpo cambió, empecé a notar ciertas miradas.

Por suerte, los elfos no son tan descarados como algunos mineros que recuerdo haber visto alguna vez.

Los adultos son más discretos, y los chicos más jóvenes se avergüenzan.

A veces es gracioso, pero otras veces simplemente me incomoda.

Lo último que deseo es ser una de esas muchachas que corre tras los chicos sin pensar.

—No… ahora no puedo pensar en eso.

Ni debería hacerlo.

Negué con firmeza, apartando cualquier idea extraña que intentara colarse en mi cabeza.

Respiré hondo y volví a centrarme en el camino.

La ciudad no había cambiado demasiado.

Desde la muralla exterior hasta la universidad no se había construido nada nuevo que resaltara.

Sí, había más casas y pequeños negocios, pero nada que sobresaliera como lo hacía aquella gran estructura blanca donde estudiábamos.

Pensando en eso, recordé que Therion llevaba más de un año viviendo en los dormitorios de la universidad.

En teoría, estos eran para quienes venían de otras ciudades, pero algunos como él —que vivían a varias horas— también los usaban.

Personalmente, no entendía del todo esa decisión.

Tardar tres horas en llegar a clases no era excusa, sobre todo cuando antes hacía lo mismo para ir a la escuela y nunca se quejó.

Supongo que simplemente quería probar lo que era vivir por su cuenta.

—¿Mmm…?

Escuché pasos tras de mí.

Me giré de inmediato, pero la calle estaba vacía.

Era extraño, muy extraño.

Desde que había cruzado la puerta principal de la ciudad, sentía que algo o alguien me observaba.

—¿Habrá sido mi imaginación?

Continué andando, pero a cada tramo esa sensación se intensificaba.

Cada vez que volteaba no veía a nadie, y aunque no sentía miedo, sí era incómodo.

—¡Airen, hola!

—Ah, Lonie… Qué raro verte por aquí hoy.

Estaba cruzando el puente que conducía al lado norte de la ciudad cuando me encontré con ella.

Justo detrás venía Faelith, lo cual no era raro, pues ese era nuestro punto habitual de encuentro desde que éramos pequeñas.

Lo realmente inusual era ver a Lonie, ya que desde que ingresó a la universidad, casi no coincidíamos.

Con tantas clases distintas y horarios dispersos, apenas lograba cruzarme con ella.

—Bueno, tenía que comprar unas cosas, así que pasé por aquí y me encontré con Fae… —se inclinó hacia mí y me susurró—.

¿Le pasa algo?

Se ve un poco… molesta.

«Aún no lo supera, eh…» —Descuida —le respondí también en voz baja—.

Son sus días… —Oh, ya veo… Me alegra saber que no es nada grave.

Por un momento pensé que estaba molesta conmigo, jeje.

«Lo está.» —Bueno, debo irme.

Me encantaría conversar más con ustedes, pero se me hace tarde.

¡Hasta luego!

—Cuídate —le respondí mientras se alejaba.

Esperé a que estuviera fuera de nuestro alcance y me giré hacia Faelith.

Crucé los brazos con aire reprobatorio.

—¿No podías fingir un poco?

—Lo intenté, pero no puedo evitarlo… —No es culpa de ella, lo sabes.

—¡Lo sé!

¡No es que quiera tratarla mal!

Solo… necesito tiempo.

Todo comenzó hace dos años.

Faelith descubrió que Therion estaba enamorado de Lonie.

Lo escuchó por casualidad mientras él tenía una “conversación de chicos” con Kael.

Fue un día complicado.

Vino a mí llorando mientras yo practicaba en el claro rocoso, y me confesó lo que había oído.

Ella siempre ha estado enamorada de Therion.

Incluso antes de que yo la conociera ya hablaba de él.

Cuando le dije que yo ya lo sabía, se enfureció tanto que terminamos peleando.

No fue un duelo mágico, claro —de haberlo sido, probablemente no estaría aquí contándolo—, pero sí nos enfrentamos con los puños.

No hubo ganadora, ya que los chicos llegaron y nos separaron.

Al principio pensaron que jugábamos… hasta que vieron los rasguños.

Si lo pienso ahora, me parece gracioso.

Pero en su momento estaba furiosa.

Sabía que ocultarle eso le dolería, pero no esperaba semejante reacción.

No tenía paciencia en aquellos días.

Estuvimos una semana sin hablarnos, hasta que al final nos disculpamos mutuamente.

Me alegró que la hubiera desahogado conmigo y no con Lonie.

Si se hubieran enfrentado, Faelith la habría destrozado.

Lonie es lista, buena con la magia… pero pacífica y débil físicamente.

No podría haber soportado un enfrentamiento.

Después de hablar largo y tendido, Faelith aceptó que si Therion había elegido a Lonie, entonces no podía hacer nada.

Me dio lástima.

Siempre tuvo la desventaja de la edad y nunca pudo confesar lo que sentía.

Hacerlo ahora solo traería incomodidad.

Hoy en día, no sé bien cómo va su relación.

Tal vez debería hablar con Kael para ponerme al tanto.

Él siempre termina sabiendo todo.

—Bueno… Solo trata de controlarte cuando estés cerca de ella.

—Lo sé… —Entonces vamos, tenemos clases.

Durante los últimos años en la escuela, aprendí muchas cosas nuevas: magia de luz, fusión de elementos… Al llegar al octavo año, pensé que al fin aprenderíamos magia de oscuridad, pero no fue así.

Fue como empezar desde cero, solo que todo era más complicado.

La única novedad fue la defensa contra la oscuridad, y unos hechizos que parecían relacionados con la sanación mediante luz, aunque aún no sé si realmente funcionan.

Cuando pregunté por qué no se enseñaba magia oscura, el maestro solo dijo: —Es peligrosa.

Solo se enseña a adultos con muchos años de preparación.

¿Peligrosa?

Incluso con magia de viento puedes partir a alguien en dos.

No entendía por qué tanta preocupación con un solo tipo de elemento.

La magia de luz, en cambio, era sumamente compleja.

Crear una esfera luminosa fue fácil —ya lo había visto con Therion—, pero las artes ofensivas eran otra historia.

Rayos, chispas, descargas… todo eso me fascinaba, así que me esforcé el doble por aprender.

No era que tuviera mala afinidad como con la tierra, simplemente era una magia exigente.

Para generar una simple chispa, debía concentrar el maná, comprimirlo, visualizar la corriente desde mi mente hasta mis manos, y liberarla con precisión.

En teoría sonaba fácil… pero en la práctica solo me daba dolor de cabeza.

Algunos compañeros incluso se desmayaban.

Lo mejor que logré fue que me salieran unas pequeñas descargas desde la frente, claramente un fallo de enfoque.

El maestro dijo que era un avance… pero yo terminé con la cabeza palpitando y el cabello lleno de estática.

La diferencia entre los alumnos se volvió más evidente este año.

Desde el sexto año, algunos ya mostraban un aumento en su cantidad de maná.

Ellos aprendían más rápido, lanzaban con más potencia, y no se fatigaban con tanta facilidad.

Ahora que todos habíamos alcanzado nuestro primer aumento de maná, esas diferencias eran imposibles de ignorar.

Ya actualicé el fragmento según tus instrucciones.

Se realizaron los siguientes cambios clave: Reemplacé todos los nombres antiguos por los nuevos con igual cantidad de caracteres.

Eliminé por completo toda referencia a vida pasada o pensamientos que no correspondan a la ambientación.

Ajusté el diálogo para que Airen no piense ni hable como si hubiese vivido otra vida.

Adapté el inicio para que diga: “—No… ahora no puedo pensar en eso.” en lugar de la frase original.

Cuando cumplí trece años, llegó mi primer sangrado y, con él, también mi primer aumento de maná.

Aquello no me sorprendió demasiado.

Ya madre, Elidrin, se había encargado de explicarme todo al respecto cuando cumplí once.

Me habló con calma de los cambios que vendrían, de lo que significaba todo aquello, y aunque para entonces ya sabía algunas cosas, fingí sorpresa y la escuché con atención.

El día que llegó, me sentí mal desde temprano.

Me dolía el vientre, tenía náuseas y me sentía agotada.

Al acostarme, me dormí en seguida.

Soñé con cosas extrañas y, al despertar en la madrugada, estaba empapada en sudor.

El mareo me nublaba los sentidos y mi cuerpo se sentía tan pesado que pensé que no podría moverme nunca más.

Sin embargo, después de unos minutos esa presión desapareció, y una sensación de ligereza recorrió mi cuerpo.

Fue entonces que lo supe: mi magia también había cambiado.

Lo confirmé poco después.

Cuando creé una llama en mi palma, el fuego obedeció como si me entendiera.

Podía moldearlo, moverlo, hacer que girara en formas complejas sin apenas esfuerzo.

Al día siguiente lo comprobé de nuevo.

Mi capacidad de maná, así como el control y la fuerza con la que manipulaba los elementos, habían crecido.

No fue un cambio exagerado, pero sí notorio.

Supongo que los demás jóvenes pasaron por lo mismo.

Algunos mejoraron mucho, incluso triplicaron su reserva de maná.

Otros apenas notaron cambios.

En mi caso, creo estar en un punto medio, lo cual no es malo si considero que soy mitad elfa.

Aun así, poseo más maná que muchos elfos de sangre pura.

Eso se lo debo a mis padres, y a la fortuna de tener una herencia mágica tan equilibrada.

—Airen… —la voz de Faelith me sacó de mis pensamientos.

—¿Qué sucede?

—Creo que alguien nos está siguiendo.

Así que no fue mi imaginación… —Lo sé.

He sentido esa presencia desde que entré a la ciudad.

—¿Será un acosador?

¿O alguien que te guarda rencor?

Desde que el negocio de mi madre comenzó a crecer, he notado algunas miradas incómodas.

Algunos compañeros, en especial jóvenes nobles, parecen molestos por nuestra posición.

Antes ni me miraban; ahora hacen gestos cada vez que paso.

—Por ahora, sigamos como si nada —dije tranquila—.

Mientras no haga nada raro, lo ignoraremos.

—Está bien…

Por cierto, ¿cómo vas con la práctica de magia?

—Lenta, pero tengo avances.

—Me alegra escucharlo.

Faelith se refería a mi entrenamiento con magia de tierra.

No se me da bien, eso es claro, pero desde mi aumento de maná he conseguido algunos progresos.

Los primeros meses apenas logré hacer vibrar el suelo.

Luego de casi un año, pude extraer bloques de tierra del suelo.

Construir muros u otras estructuras… eso aún me queda lejos.

A veces me frustra, más aún al pensar que ni siquiera alcanzo el nivel que tenía Faelith hace cinco años.

Llegamos a la universidad.

Como esperaba, quien nos seguía se detuvo.

Era lógico; entre los pasillos abiertos y la multitud de alumnos, no tenía lugar donde ocultarse.

Tras las clases, nos quedamos hablando en uno de los jardines del recinto.

La universidad es enorme, y sus senderos y áreas verdes se han vuelto parte de mi rutina.

Aunque Faelith y yo hablamos todos los días, siempre encontramos algo nuevo que decir.

—¿Cómo te fue en el examen de literatura?

—pregunté.

—Mal.… olvidé todo…

“Típico de ella.

Si no fuera por su talento mágico, jamás habría aprobado la escuela.

Bueno…

y por mi ayuda, claro.” —¿Quieres que volvamos a estudiar juntas como antes?

—¡¿De verdad lo harías?!

¡Me salvarías la vida!

—Podemos ir a la biblioteca después de comer.

—¡Hecho!

El tiempo se nos pasó sin darnos cuenta.

Solo cuando el hambre apareció, supimos cuánto habíamos hablado.

—¿Deberíamos irnos ya?

—preguntó Faelith.

—Sí, me muero de hambre.

—Conozco un nuevo sitio cerca de la plaza este.

Venden buena carne.

Fui con mi madre y pensé en ti enseguida.

También tienen dulces deliciosos.

—Ya me convenciste.

Vamos.

—¿Eh…?

Espera.

Escuché algo.

Otra vez sentí esa presencia.

Faelith también pareció notarlo.

Me miró con expresión seria y me hizo una señal.

“¿Lo atrapamos?”, decía su mirada.

Miré discretamente hacia atrás.

A unos veinte metros, entre unos árboles y cerca del edificio de esgrima, podía haber alguien oculto.

Le devolví la mirada a Faelith con una sonrisa cómplice.

Ella entendió el mensaje.

Corrió directamente hacia los árboles mientras yo rodeaba por el lateral.

—¡Iwah!

¡No!

¡Espera!

Un chico salió huyendo.

Intentó escapar hacia el edificio de práctica, pero le corté el paso.

Al girar para cambiar de dirección, Faelith lo derribó sin esfuerzo.

—No vas a escapar, acosador.

—¡Waaah, suéltame!

El chico forcejeaba, pero Faelith lo tenía bien sujeto, con el brazo cruzado por su cuello.

Era de complexión delgada, algo más bajo que yo, y tenía el cabello corto, de un tono verdoso.

Usaba gafas, lo cual era bastante inusual entre elfos.

—¿Quién eres y por qué me has estado siguiendo?

—pregunté con frialdad.

Él desvió la mirada, sin responder.

Faelith apretó su brazo.

—¡Aaagh!

¡Está bien, está bien!

¡Pero que me suelte!

—Si huyes, te mato —dijo Faelith soltándolo.

“Eso fue muy directo…” El chico asintió, pálido, y se incorporó.

Miraba a todos lados, nervioso, evitando mis ojos.

—¿Quién eres?

—Y… yo me llamo Lairam… Lairam Rotrán.

“¿Ese nombre me suena…?” —Estuvimos en la misma clase desde quinto año en la escuela de magia…

Y comparto contigo la mitad de tus clases aquí también… —¿¡Qué!?

¿En serio?

Asintió.

Miré a Faelith.

Negó con la cabeza.

Ella tampoco lo recordaba.

“¿Cómo alguien puede pasar tanto tiempo a mi lado sin que me dé cuenta?

¿Es un fantasma?

¿O simplemente tiene una presencia tan débil que pasa inadvertido?” —Habla claro o te mataré —le soltó Faelith.

“De nuevo con eso…” Desde lo de Valadhiel, Faelith se volvió muy protectora.

La batalla contra los Gashem le mostró lo mucho que debía fortalecerse, y desde entonces ha ganado confianza y firmeza.

Aunque a veces eso la vuelve algo agresiva… —¿Por qué me has estado siguiendo?

—Y… yo… —Habla.

Lairam se tensó.

Dio un paso al frente, alzó la mano derecha hacia mí y dijo, temblando: —¡Q-quiero que seas mi esposa!

—…¿Eh?

“¿Dijo… esposa?” Todo quedó en silencio.

Lairam, al darse cuenta de lo que había dicho, se puso rojo como un tomate.

Pero yo ya estaba más preocupada por el aura oscura que surgía detrás de él.

Faelith lo miraba con ojos entrecerrados y una sonrisa que no presagiaba nada bueno.

—¡Sí, creo que sí te voy a matar después de todo!

—¡Waaaaa!

Mientras Faelith corría detrás de él con intenciones homicidas, yo me llevé la mano a la barbilla, tratando de asimilar lo que acababa de escuchar.

“Sí… fue una propuesta de matrimonio… matrimonio… matri…” —¡MÁTALO, FAELITH!

—¡SÍ!

—¡NOOOO!

Yo, Airen Vhaldron, a mis quince años… acabo de recibir mi primera propuesta de matrimonio.

Y tengo un fuerte presentimiento de que… las cosas solo se pondrán peor a partir de ahora.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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