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Airen: Poder y Leyenda - Capítulo 28

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  4. Capítulo 28 - 28 Capítulo 28 – Pirañas
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28: Capítulo 28 – Pirañas 28: Capítulo 28 – Pirañas —Hija, ¿vas a tener cuidado, sí?

—Siií, mamá, no te preocupes~ —¿Segura que no quieres que tu hermano te acompañe?

Me encontraba en la puerta de casa intentando salir para encontrarme con los demás en Puerto Láyic, pero mi madre no paraba de llenarme de advertencias.

Cuando les dije que iba a viajar a Gehnad este fin de semana, mis padres se alteraron bastante.

Comenzaron a interrogarme con quién iba, para qué, por qué…

Estos últimos cinco años han sido muy sobreprotectores conmigo.

No los culpo; el secuestro les dejó una profunda angustia.

Pero ya no tengo diez años…

Aunque mi cuerpo tenga quince, sé que puedo cuidarme.

—Mamá, no es necesario que Therion venga.

Además, él está ocupado.

—…Está bien, pero prométeme que vas a cuidarte.

No seas imprudente.

—¡Que sí, mamáaa~!

Al principio, se negaron por completo a dejarme ir.

Me ofrecieron organizar un viaje familiar, cosa que rechacé con firmeza.

Luego intentaron convencerme dejando que Therion me acompañara, sin preguntarle siquiera.

Discutimos.

Yo estaba molesta.

Al final, papá cedió y me dio el permiso.

Mamá… aún lo duda, pero al menos dejó de insistir tanto.

Me resulta frustrante tener que pedir permiso.

Aunque sea menor de edad según las leyes, me siento capaz de tomar mis propias decisiones.

Una cosa que me irrita es la desigualdad en Pyrenhal.

A los hombres se les considera adultos a los quince, pero las mujeres deben esperar hasta los dieciocho.

Cuando Therion tenía mi edad, podía ir a donde quisiera y papá solo le deseaba suerte.

A mí, en cambio, parece que solo les falta encadenarme.

—Hasta luego, mamá.

Regreso el lunes~ —Ten cuidado, si hay peligro, huye sin dudar, y asegúrate de comer bien.

“Será mejor que me vaya ya.” Me despedí rápido y me alejé de casa lo más pronto posible sin correr.

Aun así, podía oír la voz de mamá repitiendo que no fuera imprudente…

¡No soy imprudente!

Bueno… tal vez un poquito.

Para mi sorpresa, Syrel quería venir conmigo.

Por supuesto, le dije que no.

Le recordé que, si salía del territorio de Pyrenhal, los Vernaleth podrían intentar capturarla.

El año pasado, llegaron a la ciudad unos embajadores Vernaleth exigiendo que se les entregara a Syrel.

No tengo idea de cómo supieron que estaba aquí.

Afortunadamente, no usaron la fuerza; intentaron actuar a través de la ley.

La acusaron de asesinar al jefe de su antigua tribu.

Sentí pena por él… porque realmente sí había muerto.

Me asusté cuando unos guardias y un miembro del consejo llegaron a casa a interrogar a Syrel.

Si la hallaban culpable, la habrían entregado a los Vernaleth.

Pero fue fácil demostrar su inocencia.

Los Vernaleth no sabían casi nada de Syrel, ni su edad ni detalles.

Solo sabían que era una Eun, así que contaron una historia absurda: “una chica Eun mató al jefe de la aldea y huyó tras vencer a los guardias”.

En ese momento, Syrel tenía cinco años.

¡Cinco!

Pensar que una niña de cinco años pudiera hacer eso fue tomado como un chiste por el consejo.

Cuando mi padre les mostró sus documentos y les explicó que Syrel estaba bajo protección de Pyrenhal, no pudieron argumentar más.

Si intentaban algo, se consideraría una provocación de guerra.

“La paz aquí es inestable.

Cualquier cosa puede desatar una guerra…” pensé entonces.

Aun así, si Syrel sale de Pyrenhal, ya no está protegida por nuestras leyes.

Por eso no podía arriesgarme a que viniera.

Aunque pareció comprenderlo, no quería quedarse.

Se me ocurrió algo: —Si me ganas en combate cuerpo a cuerpo, puedes venir.

Si pierdes, te quedas —le propuse.

Ella aceptó con una gran sonrisa.

Reí por dentro.

¡Era tan fácil convencerla!

Me arrepentí segundos después, cuando casi me derriba con una patada que apenas logré bloquear con el brazo y el hombro.

“¿Qué tan fuerte puede ser una niña de 10 años?”, pensé.

Pues… mucho.

Su fuerza era ligeramente mayor a la mía y era muy veloz.

Aunque sigo siendo más rápida, me di cuenta de lo incómodo que es pelear con los pechos creciendo.

Desde que mi cuerpo cambió, no había entrenado acrobacias ni carrera.

Eran obstáculos nuevos para mí.

A pesar de todo, logré vencerla tras un combate agotador.

Syrel no tiene formación en pelea ni experiencia.

Solo hace tareas del hogar, ¡y aun así estuvo a mi nivel!

La sangre Vernaleth se hace notar.

Si entrenara, seguro me superaría.

—Gané —le dije—, ¡y eso que solo usé el 50% de mi habilidad!

Te falta mucho, hermanita.

—¡Buh!

¡No es justo, soy más pequeña!

—Dijimos que no habría quejas.

—Está bien… Mentí.

No usé el 50%…

¡Tuve que dar todo!

Los Eun sí que eran temidos, y empiezo a entender por qué.

—Oh, quizá debería empezar a entrenarla —dije en voz baja.

Mamá, que vio el combate, también notó su potencial.

Comenzó a planear una rutina de entrenamiento.

Si casi pierdo con alguien 5 años menor que no ha entrenado nada… no quiero imaginar lo fuerte que puede llegar a ser.

Tengo ventaja con la magia, pero tomé nota mental: no volveré a retarla a una pelea cuerpo a cuerpo.

Después de una larga caminata, llegué a Puerto Láyic, al este de la muralla interior, en el distrito comercial este.

Este es menos lujoso que el oeste, pero más importante: ahí se vende la mayor parte de la comida de la ciudad y conecta con la ruta comercial fluvial hacia las ciudades élficas.

Pasando por la zona comercial, vi muchas tiendas humanas.

La mayoría vendían productos del campo de Astald, aunque también ofrecían otras mercancías.

Llegué al desembarcadero y allí estaban Faelith, Lairam y Naerion esperándome.

Lairam se veía algo incómodo con Faelith cerca, pero Naerion parecía disfrutar la conversación.

Hablaba alegremente con ella.

Faelith respondía con frases cortas, pero sin molestia aparente.

Tras saludarlos a todos, Naerion nos guio hacia la embarcación en la que viajaríamos.

A primera vista, el barco parecía una carabela; calculo que medía unos 20 metros de largo y 5 de ancho, aunque quizá fuera un poco más.

No me sorprendía que no fuera enorme, ya que la mayoría de los comerciantes usaban barcos de este tamaño.

Aunque el río tiene más de 300 metros de ancho dentro de la ciudad y se ensancha kilómetros más adelante hasta parecer un mar o un gran lago, los navíos más grandes son escasos.

De todos modos, este barco parecía mucho más resistente que la balsa improvisada que Faelith y yo construimos años atrás.

En aquella ocasión no nos atrevimos a cruzar más allá de la zona angosta, temíamos encontrarnos con alguna criatura peligrosa.

Al subir al barco, vimos a siete marineros humanos.

Algunos cargaban sacos y cajas, otros ajustaban las velas.

En cuanto Faelith y yo pisamos la cubierta, todos se detuvieron a mirarnos descaradamente.

Me incomodó el modo en que nos examinaban de arriba abajo sin disimulo.

Crucé los brazos y desvié la mirada, aunque mi rostro ya delataba mi incomodidad.

Faelith parecía igual de molesta, pero se limitó a copiarme, cruzando los brazos también.

Poco a poco, los marineros volvieron a sus labores, aunque alguno que otro nos lanzaba miradas furtivas de reojo.

—¿Está todo listo ya, capitán?

Quiero partir de inmediato —dijo alguien.

—Al parecer, sí.

Daré la orden.

Esa voz me hizo girarme hacia el muelle.

Dos hombres caminaban por la rampa de madera hacia la cubierta.

Uno parecía tener unos cuarenta años, no medía más de 1.70 metros, era robusto sin ser gordo, de cabello y ojos marrón oscuro.

Vestía una túnica amarilla y una capa naranja, adornado con numerosas joyas.

Sin duda, era el comerciante al que debíamos proteger.

El otro hombre, más alto —más de 1.80 metros— tenía la piel morena, era calvo y con barba.

Llevaba pantalones y botas negras, una camisa blanca mal abotonada y un fajín rojo del que colgaba un sable Dao, el tipo de espada ligera común en Pyrenhal.

Es popular entre los marineros por su rapidez, aunque muchos no siguen un estilo de combate formal.

Al subir, ambos nos observaron.

No como los marineros: sus miradas eran más analíticas, preguntándose probablemente quiénes éramos y qué hacíamos ahí.

“¿Quizá este no sea el barco correcto?

Tal vez Naerion se haya confundido…”, pensé.

Pero el comerciante miró a Naerion y lo reconoció.

Frunció ligeramente el ceño y, girándose hacia el capitán, dijo: —Ah, capitán, he contratado a estos chicos como protección para el viaje.

—¿Protección?

Pero son niños… El capitán no parecía convencido.

Al oír esto, algunos marineros rieron y comenzaron a soltar comentarios groseros.

—Eh, capitán, quizá deberíamos traer bebés también, por si acaso, jajajaja… —Aunque algunas no parecen tan niñas, jejeje… ¿Verdad, señoritas~?

—Jajaja, me alegra que vengan, quizá pueda compartir mi camarote con alguna… —Tch, debe ser una broma… ¿ser protegidos por críos?

—Sí, ¿y si se lastiman?

Esto no es un paseo.

Eran molestos, pero los ignoré.

El comerciante hizo un gesto de fastidio, parecía a punto de decir algo, pero el capitán lo notó y les lanzó una mirada severa que los hizo callar al instante.

—Sea consciente, capitán, que, niños o no, estos chicos son elfos —dijo el comerciante agitando la mano con ligereza—.

He visto elfos de diez años lanzar hechizos como si nada.

Tengo total confianza en ellos.

Me habría sentido halagada si no lo hubiera dicho de manera tan superficial.

El capitán nos miró una vez más, con duda, suspiró y se acercó.

—Mi nombre es Begar, soy el capitán de este barco.

Nos presentamos uno a uno.

Luego, Begar nos dio indicaciones básicas: qué lugares podíamos ocupar, qué no tocar, y nos pidió que no interfiriéramos con los marineros.

A Faelith y a mí nos dio un consejo adicional: evitar relacionarnos con la tripulación.

“No hacía falta que lo dijera, capitán”, pensé.

Tras las instrucciones, se desplegaron las velas y zarpamos.

Pasamos por la muralla interior y luego por la exterior.

La ciudad estaba rodeada completamente por muros, incluso sobre el río.

En esta parte, la muralla tenía tres grandes arcos con compuertas metálicas que se alzaban durante el día y se bajaban por la noche, permitiendo o impidiendo el paso de los barcos según se necesitara.

Una vez fuera, pasamos cerca del Claro Rocoso.

Hacía más de un año que no iba allí y me invadió la nostalgia.

Vi a tres niños jugando con magia de agua.

“Después de todo, sigue siendo un lugar ideal para entrenar…” El paisaje comenzó a cambiar conforme avanzábamos.

La vegetación se volvía más densa.

Aunque todo parecía tranquilo, Faelith y yo nos manteníamos alerta.

Fue cerca de este lugar donde, años atrás, sufrimos el ataque de las pirañas.

—¿Estás bien, Airen?

—preguntó Lairam.

—Ah, sí… solo recordaba a las pirañas.

Me preocupa que vuelvan a aparecer.

“En aquel entonces destrozaron la balsa que habíamos construido.

Si llegaran a dañar este barco…” —Esas malditas bestias son un fastidio —murmuró un marinero—.

Pueden saltar hasta seis metros y perforar una armadura con un solo mordisco.

—¿De… de verdad?

—Lairam parecía nervioso.

—Sí, pero tranquilo.

El casco está recubierto con aceite de Kus, lo detestan.

No se acercarán, pero tengan cuidado, a veces saltan a la cubierta.

—Lo dices como si no fuera nada.

—No aguantan mucho fuera del agua.

Se agitan un rato y luego mueren.

Cuando pasamos la zona de las pirañas, simplemente las echamos de vuelta al río.

Sería un festín si no supieran tan mal.

Por cierto, ya nos acercamos.

Será mejor que se aparten de allí.

Dicho esto, el marinero trepó por las redes del mástil hasta una zona más segura.

—Quiero luchar contra ellas —dijo Faelith.

—Sí, esas pirañas nos deben algo.

—¡No no no!

¡Mejor vayamos al mástil!

¡ Naerion, diles algo!

—Suena interesante —respondió él.

—¡ Naerion!

Él se limitó a preparar su arco y a colocarse un carcaj con flechas.

Ahora que lo notaba, Naerion y Lairam llevaban arcos.

Yo tenía una espada corta que encontré en la habitación de Therion.

Se había mudado a los dormitorios de la universidad, pero muchas de sus cosas aún estaban en casa.

No me gusta esa espada.

Es de fabricación humana, pesada, poco equilibrada.

Tal vez no soy tan fuerte físicamente.

Mamá tiene una espada ligera, similar a un estoque, que yo podría manejar sin problema… pero es especial para ella.

No me sentiría bien usándola y arriesgándome a dañarla.

Las espadas de papá son demasiado grandes, más decorativas que funcionales.

Las guarda en su despacho como recuerdo de viajes a otros reinos antes de casarse con mamá.

Su estilo de combate usa una espada larga y pesada, el mismo que ahora entrena Therion.

—¿Eres bueno con el arco?

—le pregunté a Naerion.

Él se encogió de hombros y respondió: —Bueno… soy mejor con el arco que con la espada, pero no sé si llamarme bueno.

—Ahí vienen —advirtió Faelith.

Desenvainé mi espada y me preparé para luchar.

Tarn cargó una flecha en su arco, mientras Lairam hizo lo mismo, aunque se le notaba mucho más inseguro.

Faelith no llevaba arma alguna.

Seguramente usaría solo su magia.

Me pregunté por qué yo empuñaba una espada en vez de usar magia, cuando sería más fácil y seguro canalizar el maná directamente.

Pero antes de venir papa me advirtió que no debía desperdiciar mi energía mágica a menos que fuera estrictamente necesario.

A lo largo del río y en el bosque hay más peligros que las pirañas: bandidos, bestias demoníacas… incluso elfos oscuros.

De estos últimos, me dijo que debía tener especial cuidado.

Son elfos que cayeron en la tentación de la magia oscura o hicieron pactos con demonios.

Por alguna razón, la magia oscura corrompe rápidamente a los elfos, volviéndolos esclavos de su ambición.

Según mi padre, son criaturas sin piedad, que buscan sacrificios para aumentar su poder.

Si me encontraba con uno, debía huir, sin dudarlo.

Ya conocía lo suficiente sobre las bestias demoníacas como para no subestimarlas.

Y sobre los bandidos…

la mayoría son humanos o Vernaleth, ocultos en las orillas del bosque o en las sombras de Gehnad, justo hacia donde navegamos.

Lo más peligroso de ellos no es su fuerza, sino su número y su sigilo: atacan desde la oscuridad, sin previo aviso.

A pesar de todo eso, el río sigue siendo la ruta más segura.

Rara vez los barcos son atacados por algo que no sean las pirañas.

Splash —¡WAHHH!

El grito de Lairam me devolvió al presente.

Una piraña de un metro de largo había saltado del río directo hacia él, con sus fauces abiertas.

Lairam retrocedió justo a tiempo, y Faelith, con un gesto ágil, lanzó una ráfaga de viento que partió a la criatura en dos.

Los restos cayeron sobre Lairam, cubriéndolo de sangre y vísceras.

Los marineros, desde lo alto del mástil, comenzaron a reírse y a burlarse.

Algunos se quejaron del desorden, y uno incluso regañó a Faelith por ensuciar la cubierta.

—¡Jajaja!

¿Necesitas que la chica te proteja?

—¿Ese iba a defendernos?

¡Mírenlo!

¡Está temblando!

—Esa preciosura sí que es una fiera…

—Con gusto compartiría mi cama contigo, preciosa.

—¿En qué estaba pensando el capitán al traer a estos niños?

—¡Oye, niña!

¡No ensucies la cubierta!

Lairam parecía más avergonzado que molesto.

Se sacudió las vísceras y siguió en silencio.

Faelith apenas murmuró un “perdón”, sin darle mayor importancia, y continuó atacando a las pirañas, que ahora saltaban hacia el barco como si el río hirviera.

Habíamos dejado atrás el lugar donde, años atrás, Faelith y yo fuimos atacadas.

Recuerdo que en esa ocasión apenas fueron una docena.

Ahora, había decenas.

—No las cortes, Faelith —le advertí—.

Luego nos harán limpiar todo esto.

—De acuerdo…

En respuesta, Faelith cambió su estrategia.

Reunió agua a su alrededor y creó un anillo agua girando en su cintura.

Desde ahí, disparaba esferas de agua a cada piraña que saltaba.

La fuerza del impacto bastaba para matarlas y lanzarlas lejos.

Naerion empezó a disparar.

Su puntería era sorprendente.

Cada flecha alcanzaba su blanco.

No me detuve a contar, pero debía estar disparando más de tres flechas por segundo.

Yo también cambié de táctica.

En lugar de cortar directamente a las pirañas, usé magia de viento.

Con cada tajo, liberaba una cuchilla de viento que impactaba a las criaturas antes de que tocaran la cubierta.

El viento era la magia que menos maná consumía, así que podía permitirme usarla con frecuencia.

Muchas no morían con el primer impacto, pero bastaba herirlas para que el resto de las pirañas las devoraran.

Eran caníbales.

Bastaba una herida para que se lanzaran sobre su compañera sangrante.

La lucha duró cinco minutos.

Al llegar a una zona más ancha del río, donde parecía convertirse en un lago, las pirañas cesaron el ataque.

Los marineros regresaron a sus labores, algunos con fastidio por la suciedad, otros riendo por el espectáculo.

El capitán apareció y pareció satisfecho con nuestro desempeño… excepto con Lairam, que no disparó ni una flecha y quedó cubierto de vísceras, con un aspecto lamentable.

—¿Estás bien, Lairam?

—me acerqué.

—¡Estoy bien!

—dijo rápidamente, y se marchó hacia la bodega.

—Déjalo, Airen.

Se le pasará —comentó Naerion.

—¿Estás seguro?

—Lo conozco bien.

Está molesto consigo mismo, pero sabrá sobreponerse.

—Si tú lo dices…

Por cierto, eres muy bueno con el arco.

—¿Ah, sí?

Gracias.

Con tan poco maná y este cuerpo tan flaco, el arco era mi única opción.

—¿Nunca pensaste en combinarlo con magia?

Como el estilo espada-magia.

—Nunca lo consideré…

Naerion cargó una flecha, apuntó y se concentró.

La punta comenzó a brillar en rojo.

Pensé que se encendería… pero lo que se prendió fue la parte de madera.

Soltó la flecha para no dañar su arco.

La flecha voló descontrolada y cayó al agua.

—Creo que debería usar otras flechas…

Pero tu idea es buena.

¿Y tú?

Es curioso verte con espada en vez de magia.

—Me gusta la esgrima, pero la he descuidado mucho.

Aun así, entreno cuando puedo.

Hoy intenté canalizar mejor el viento, y no salió tan mal.

—Veo que usas técnicas de viento.

—Solo conozco la cuchilla de viento.

Y esta espada es de hierro…

no se puede hacer mucho con eso.

—¿Por qué no consigues una con propiedades mágicas?

Para ti no debería ser problema el precio.

—No planeaba traer espada, y esta ni siquiera es mía.

Hasta ayer no pensaba en pelear con una.

Además, las espadas mágicas solo las venden en el distrito Oeste.

En Pyrenhal, hay muchas tiendas de armas, sobre todo en el distrito Este, donde llegan las importaciones.

Pero las mejores están en el Oeste, hechas por los mejores herreros, con materiales raros y piedras mágicas que dan habilidades especiales.

Las armas mágicas son costosas por lo difíciles que son de fabricar.

En el Este venden piezas hechas por aprendices, muchas veces defectuosas o incluso peligrosas.

Las importadas tampoco son confiables: algunas son robadas, otras desechadas por fallas.

En todo caso, hay que probar suerte.

—Si yo fuera a comprar una espada mágica, lo haría en el distrito Oeste.

Gastaría mucho dinero, pero al menos estaría garantizada su eficiencia.

—Escuché que en Gehnad hay una tienda de espadas mágicas.

No son muy especiales, pero dicen que algunos herreros ahí tienen verdadero talento.

—Hmm, echaré un vistazo cuando lleguemos.

Esta espada no me convence mucho.

—¿Pero tienes dinero?

Las espadas mágicas son caras.

—Papá me dio un poco para el viaje.

—¿Cuánto es “un poco”?

—Dos de plata…

más o menos.

—¿¡DOS MONEDAS DE PLATA TE PARECE POCO!?

—¡Oye, no grites!

En realidad, padre me había dado cinco monedas de plata y treinta de cobre.

No suelo gastar mucho, así que le dije que no era necesario, pero él insistió.

Dije que solo me había dado dos porque me pareció demasiado, aunque debí haber bajado aún más.

En casa estamos acostumbrados a hablar de cifras mucho mayores cuando converso con mamá o con la familia de Kael, así que a veces olvido las diferencias con los demás.

—De verdad…

mi madre solo me dio dos monedas de cobre.

¿Tienes idea de cómo me siento ahora mismo?

—¿Emm…?

¿Perdón?

—Bah, olvídalo…

Supongo que debería pensar un poco más antes de hablar de dinero.

Faelith también me está mirando raro.

“¡No es mi culpa que seamos ricos!

…Ah, espera… sí lo es…” El resto del viaje fue tranquilo.

Me mantuve atenta, esperando algún ataque de una bestia marina o bandidos, pero no pasó nada.

Según el capitán, la mayoría de los ataques ocurren de noche y que podíamos descansar.

Aun así, nuestro deber era proteger el barco, así que hicimos turnos de vigilancia.

Uno debía subir al mástil para vigilar, mientras los demás podían relajarse.

El primero fue Naerion.

Yo aproveché para buscar a Lairam, que se había metido a la bodega.

—¿Lairam?

Entré entre cajas y fardos.

Después de buscar un poco, lo encontré escondido detrás de unas cajas enormes.

El olor a pescado lo delató.

—¿Qué haces aquí?

—Déjame…

quiero estar solo.

—¿Estás preocupado por lo de antes?

Tranquilo, ya podrás tomar venganza de esas malditas pirañas.

—No es eso…

—¿Entonces?

—No quiero decirlo.

—¿Vergüenza?

No voy a reírme de ti.

—Bueno…

cuando atacó la piraña…

tuve miedo.

—¿Eso es todo?

Todo el mundo teme a algo.

—¡No es igual!

Mira a Faelith, cortó a esa piraña en dos sin dudar.

Y yo…

solo me quedé paralizado.

Desearía no tener miedo…

—El miedo es necesario.

Te advierte del peligro y te ayuda a sobrevivir.

—Pero fue por el miedo que me quedé quieto.

Si Faelith no estuviera ahí…

habría muerto.

—Ella no siempre fue tan fuerte, ¿sabes?

—Lo dudo…

—¿Recuerdas el ataque de los Gashem en Lemuel hace 5 años?

—Sí, escuché algo…

—Faelith y yo estábamos ahí.

Nos enfrentamos a uno muy poderoso.

—¿¡De verdad!?

—Era inmune a mis hechizos.

Faelith estaba conmigo…

¿cómo crees que reaccionó?

—Seguro lo destruyó sin dudarlo.

—La Faelith de ahora sí…

pero en ese entonces solo temblaba detrás de mí.

Cuando por fin se atrevió a lanzar un hechizo, fue golpeada brutalmente.

Pensé que había muerto.

—¿Y ganaron?

—Para nada.

Le pedí que huyera y buscara ayuda.

Yo me quedé para entretener al Gashem hasta que llegó mi padre.

—…Es increíble…

—Ese día la marcó.

Saber que yo podría haber muerto mientras ella no pudo moverse…

cosas así hacen que uno quiera volverse fuerte.

Como tú, el día que enfrentaste a Anton.

Tenías miedo, pero lo hiciste igual.

—Es diferente…

—¿En qué sentido?

—Tú estabas en peligro.

—Oh~ ya veo.

¿Y si a partir de ahora imaginas que, si no luchas, yo moriré?

—¡Eso es demasiado!

—Mientras te mantenga con vida…

—Gracias…

—¿Eres mi amigo, no?

—Airen…

“¿Pero ¿qué hace este idiota?” Lairam comenzó a acercarse a mí con la clara intención de besarme.

Lo habría golpeado de no ser porque estaba cubierto de vísceras y olía a pescado.

Así que, en vez de eso, levanté un tablón de madera húmedo que encontré cerca y lo puse entre los dos.

Resultado: Lairam besó el tablón de madera.

Se quedó pasmado al darse cuenta y me miró confundido.

—¿Qué se supone que intentabas?

—dije con voz fría y seria.

—Ah, jeje…

lo siento.

Me dejé llevar por el momento.

—Como si fuera a besar a un chico cubierto de vísceras.

Es más, no creo que te besaría, aunque oliera a rosas.

Que te quede claro no me gustas.

—L-lo siento~

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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