Airen: Poder y Leyenda - Capítulo 29
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29: Capítulo — 29 Gehnad, la Ciudad del Lago 29: Capítulo — 29 Gehnad, la Ciudad del Lago Doce horas habían pasado.
El viaje fue tranquilo y sin contratiempos.
El capitán anunció que faltaba poco para llegar a Gehnad.
Era fácil notarlo, pues el río se estrechaba nuevamente hasta alcanzar un grosor similar al que cruza Pyrenhal.
Me encontraba en la cubierta del barco; antes estaba en el mástil haciendo mi turno de vigilancia, pero el capitán dijo que no había peligro alguno en esta zona, así que bajé.
Aun así, preferí quedarme en la cubierta, por si ocurría algo inesperado.
—¿Dijiste que te llamabas Airen Vhaldron?
—una voz a mi espalda me hizo girarme.
Era Griskhed Mélan, el comerciante.
—Así es, señor Griskhed.
—Solo Grisk está bien.
—Entonces, Grisk, ¿necesita algo de mí?
—Tenía curiosidad por saber por qué una Vhaldron trabaja como mi guardaespaldas.
—¿Es tan conocido mi apellido como para pensar eso?
—Lo es entre comerciantes.
La manera en que tu familia logró tanto éxito en tan poco tiempo es digna de elogios.
Pero lo que me pregunto es: ¿por qué la hija de una familia adinerada trabaja para mí?
—No lo hago por dinero, si es lo que piensa.
—Por supuesto que no.
Por eso tengo curiosidad.
—Lo hago por diversión.
Además, no había salido de Pyrenhal en años.
—Jajaja, eso es lo que imaginaba.
Va más contigo.
—¿Esa es la impresión que doy?
—No me culpes.
Aunque he escuchado rumores que dicen que eres la mente maestra tras el éxito de tu familia.
—¡Hay ese tipo de rumores, eh~!
—De ser cierto, debo decir que estoy impresionado.
—¿Por una prenda interior para mujeres?
No sé qué pensar de eso.
—Jajajajaja, no del todo.
Bueno, la prenda en sí parece un éxito entre las mujeres.
Mi esposa y mi hija están encantadas con ella.
Lo que me impresiona es que, al momento de crear algo, la gente siempre busca algo grandioso, algo nunca antes visto.
—Ningún inventor o alquimista pensaria en eso.
Si me lo pregunta a mí, yo habría pensado en armas.
“Armas…
Preferí no pensar en ello.
Ciertas ideas no debían materializarse.” —Pero como decía, lo que me impresionó fue el invento del “elástico”.
—Ah, claro…
hay comerciantes que incluso nos hacen pedidos solo por el elástico, en vez de la prenda.
—Un material impresionante.
¿Me dirías dónde lo obtienen?
—Lo siento, es un secreto.
—Jajaja, lo entiendo.
Yo tampoco lo revelaría.
Pero me he dado cuenta de algo.
—¿Mmm?
—Lo que de verdad trae el éxito no es un invento impresionante ni majestuoso.
Es algo que soluciona un problema real.
—Encontrar una necesidad y resolverla —dije.
—Exacto.
Puede que tengas madera para los negocios.
¿No te gustaría ser mi aprendiz?
—Debo rechazar esa oferta.
—Me lo imaginaba…
—¿Puedo hacerle una pregunta entonces?
—Adelante.
—¿Por qué contratar a un grupo de jóvenes como guardaespaldas?
Las pirañas no son un peligro, y los ataques de bandidos o bestias demoniacas marinas son raros durante el día.
—Supongo que no hay problema en decirlo.
A lo largo de mi vida me he ganado algunos enemigos.
—¿Teme que lo ataquen?
—Nunca está de más prevenir.
Además, hoy es especial: voy en persona a cerrar tratos importantes.
Será una reunión de comerciantes, y una buena oportunidad para atacarme.
—Entiendo eso, pero vuelvo a preguntar: ¿por qué nosotros?
Sería más conveniente y seguro contratar adultos o guardias entrenados.
Usted había contratado solo a Naerion.
—Pregunté a varios elfos conocidos, pero ninguno aceptó venir.
Pensé que sería fácil: una ciudad repleta de elfos que saben magia y lucha, pero ni uno aceptó.
Es cierto que muchos elfos conocen la magia, pero eso no los convierte en escoltas confiables.
Algunos, como Lairam, temen exponerse al peligro; otros lo ven aburrido o innecesario.
En Pyrenhal, el trabajo abunda.
—¿Y los guardias?
Sé bien que se pueden contratar para esto.
“Como hizo Therion cuando salió a buscarme.” —Demasiado papeleo —dijo, agitando la mano.
“Así que era por evitar impuestos, eh~.” Contratar guardias implica tarifas e impuestos que aumentan según la peligrosidad y la duración del trabajo.
Es más fácil contratar un par de chicos prometiéndoles descuentos en artículos que podrían tardar años en vender.
En realidad, el trato le salió bastante ventajoso.
—Ya casi llegamos a Gehnad.
No tengo tiempo que perder, así que iré de inmediato a cerrar el primer trato.
Necesitaré que algunos me acompañen, mientras los demás protegen el barco.
—Yo puedo acompañarlo.
“Después de todo, quiero ver la ciudad.” —¿Cuánto tiempo tomará?
—Primero entregaré unas mercancías; eso será rápido.
Luego debo reunirme con algunos conocidos.
El trato será al caer la tarde.
—Un día ocupado, eh~.
—Lo siento si querías divertirte, pero tendrá que ser mañana.
¿Estás bien con eso?
—Sí.
—¿Estás capacitada para protegerme?
—Haré mi mejor esfuerzo.
—¡Hemos llegado a Gehnad, todos a trabajar!
Tras el aviso del capitán, los marineros se movieron rápidamente a sus puestos.
Mis compañeros se acercaron a donde Grisk y yo estábamos, y él comenzó a dar instrucciones.
—Le he explicado esto antes a la señorita Vhaldron pero lo repetiré —dijo.
“Desde cuándo dice ‘señorita’ al referirse a mí?
¿Habré ganado su respeto tras nuestra conversación?” —Saldré de inmediato y necesito dos personas que vengan conmigo.
El resto se queda en el barco vigilando.
—Propongo que Naerion venga conmigo, mientras Faelith y Lairam se quedan cuidando el barco —me apresuré a decirlo antes que los demás.
Naerion pareció conforme, pero Faelith y Lairam no estaban muy felices.
—¿Por qué lo decides tú?
—replicó Faelith.
—Mmm, creí que yo era el líder, jaja —dijo Naerion.
—¡Cierto!
¿Desde cuándo eres la líder?
—protestó Faelith.
—Desde ahora.
¡He tomado el control por la fuerza!
—respondí, sonriendo.
—¡¿Acaso es un golpe de estado?!
—exclamó Lairam.
—Ja, qué graciosos.
Explica por qué has decidido esta formación —pidó Faelith.
—Simple: si algo pasa, no quiero imaginarte lanzando bolas de fuego en medio de la ciudad, ni a Lairam paralizado del miedo…
sin ofender, Lairam.
—Ugh…
—gruñeron Faelith y Lairam a la vez.
—Para una ocasión como esta, yo que manejo la espada y Naerion que es sereno y hábil con el arco, somos la mejor opción para escoltarte.
Faelith, por otro lado, puede encargarse de cualquier amenaza que intenté dañar o robar las mercancías en el barco —dije con convicción.
Los tres me miraron en silencio.
—Además, no te preocupes, mañana tendremos libre para visitar la ciudad.
—Está bien…
—murmuró Faelith, resignada.
—¡Entonces está decidido!
Grisk, Naerion y yo seremos tu escolta personal.
—Cuento con ambos —respondió Grisk con una sonrisa.
El barco siguió el curso del río hasta desembocar en un gran lago.
Gehnad estaba ubicada en una isla justo en el centro, por eso la llamaban “la ciudad del lago”.
A la distancia, podía ver la ciudad ocupando cerca de un cuarto de la isla.
No tenía murallas, al ser una isla no eran necesarias, pero sí barcos patrullaban constantemente para interceptar amenazas.
El tráfico marítimo era intenso.
Numerosas embarcaciones de diversos tamaños iban y venían por el río.
Aunque el canal era amplio, la navegación se concentraba en el centro, ya que las orillas eran poco profundas.
Cuando varios barcos se cruzaban a la vez, la tensión era evidente.
Nosotros logramos pasar sin complicaciones.
Lo que más llamó mi atención fue un enorme buque de guerra que pasó cerca de nosotros.
En lugar de cañones, portaba ballestas gigantes con flechas de metal que fácilmente podrían atravesar nuestro barco.
Me mantuve alerta, observando su estructura y disposición táctica.
El buque giró y rodeó la isla.
Nuestro barco continuó rumbo directo hacia uno de los puertos, atracando en el muelle más cercano.
Los marineros colocaron la rampa y Grisk descendió primero para reunirse con un hombre que nos esperaba.
Parecía un oficial.
Luego de mostrarle una carta y entregarle algunas monedas de plata, el hombre se retiró.
Cuando bajamos Naerion y yo, me acerqué a Grisk.
—He pagado la estancia del barco por tres días.
Esperemos que los marineros descarguen las mercancías y partimos.
Dos marineros comenzaron a bajar cajas y sacos.
Utilizaron una carreta para transportarlo todo, y finalmente pudimos avanzar.
Gehnad era también una ciudad hermosa, aunque en mi opinión, Pyrenhal lo era aún más.
Las calles estaban empedradas en tonos grises, y los edificios, de tres o cuatro plantas, contrastaban con los de Pyrenhal, donde las casas comunes rara vez superaban los dos pisos.
Aquí, las fachadas marrones y rojizas hacían que el reflejo del lago les diera un tono anaranjado muy particular.
La ciudad era varias veces más pequeña que Pyrenhal.
Sin embargo, tenía su propio encanto.
Lo que más destacaba era un enorme castillo en el centro, con muros blancos y tejados azul grisáceo que contrastaban con el resto de la ciudad.
—Hay muchos humanos…
¿Vanthraan no es una ciudad élfica?
—comentó Naerion.
Ciertamente, había muchos humanos.
Me atrevería a decir que las tres razas convivían en números similares.
—Eso es lógico.
Gehnad es la ciudad comercial más importante de la región.
Tiene rutas fluviales con Pyrenhal, Fítalen y Galas, además de conexiones terrestres con Hagad y Astald.
—Vaya…
¿es por eso que hay tantos puestos comerciales?
Desde que salimos del puerto, nos adentramos en una zona comercial interminable.
Tiendas, puestos, voces por doquier.
Las calles bullían de actividad.
—Jajaja, el mercado de Gehnad es 5 veces más grande que la zona comercial este de Pyrenhal.
De hecho, un tercio de la ciudad es un mercado.
—¡¿Eeehhhh?!
— Naerion y yo nos quedamos boquiabiertos.
Ahora comprendía por qué los edificios eran tan altos.
Eran viviendas y tiendas en uno.
Las familias vivían en las plantas superiores y vendían en la planta baja.
Era diferente a Pyrenhal, donde las zonas residenciales y comerciales estaban separadas.
—Es aquí —dijo Grisk, deteniéndose frente a un almacén.
Tocó la puerta y habló con un trabajador.
Este corrió al interior y regresó con un hombre elegante y de porte vanidoso.
—¡Handel, viejo amigo!
—¡Grisk!
Jajaja, ¡cuánto tiempo!
Ambos se abrazaron con entusiasmo.
Luego de intercambiar algunas palabras, entraron al almacén.
Nosotros esperamos afuera hasta que Grisk nos hizo una señal para entrar.
Dentro, los empleados de Handel descargaban las mercancías.
Había botellas de alcohol, sacos con semillas y pieles.
Tras verificar el contenido, Handel entregó un pequeño saco de monedas a Grisk.
—¿No hubo problemas en el camino?
—preguntó Handel.
—Ninguno.
El río está muy tranquilo en esta época.
“Ja, claro.
Él descansaba en el camarote del capitán mientras nosotros lidiábamos con las pirañas.” —¿Irás a ver a Leon y Cloe?
—Justo después de esto.
Oye…
escuche que Neid está por aquí.
¿Es cierto?
—Por desgracia.
Era de esperarse.
Con todos los grandes comerciantes viniendo a la fiesta, los carroñeros no tardarían en llegar.
“¿Fiesta?
Ahora que lo pienso, nunca he ido a una…” —Vi el buque de Lord Blake hace poco.
Parece que la fiesta de este año será importante.
—Desde que Pyrenhal reabrió sus puertas, el comercio ha estado alborotado.
Todos quieren controlar las rutas.
“Los comerciantes compiten por dominar los vínculos entre las ciudades élficas y humanas…” —¿Te enteraste de lo de Zul y Travis?
—Sí…
El ambiente se volvió tenso.
La conversación ya no era ligera.
—¿Quién crees que fue?
—preguntó Grisk.
—Solo se me ocurre uno.
—Neid…
¿verdad?
—Más que claro.
Nada les pasó en tres años, y dos semanas después de que Neid empieza a comerciar…
—Handel.
Grisk lo interrumpió.
Handel lo miró confundido, luego entendió y desvió la vista hacia nosotros.
Parecía que iba a decir algo que no debía.
—En fin, ten cuidado, Grisk.
Neid no es de los que se conforman con la mitad del botín.
—Lo tengo muy claro.
“Pararon justo cuando la conversación se ponía interesante…
y ya le estaba tomando el hilo.” Hablaron un poco más, pero solo de temas sin importancia.
Finalmente, Grisk decidió continuar con su agenda.
Se despidió de su amigo y retomamos nuestro camino por las calles de Gehnad.
Tenía muchas preguntas, pero sabía que este no era mi asunto.
Grisk habló con los dos marineros que nos seguían y les indicó que podían retirarse.
Su labor había concluido.
—Oye, conozco un buen bar cerca de aquí.
—¡Oooh, perfecto!
¡Necesito un buen trago!
—El alcohol será lo de menos cuando veas a las camareras, jejeje.
—¡Jejeje!
¡Como me conoces, amigo mío!
—¡Escoria!
No pude evitar sentir repugnancia al ver a los dos marineros alejarse alegremente, comentando en voz alta sus planes para la noche.
Me molestaba más aún saber que ellos podían irse a disfrutar mientras yo tenía que seguir trabajando.
Aún quedaban dos horas antes del atardecer, por lo que estaríamos ocupados un buen rato.
Caminamos durante varios minutos hasta llegar a una zona menos concurrida y sin puestos comerciales.
—Por fin salimos del mercado —dijo Naerion con un tono agotado.
—Yo paso la mayor parte del tiempo en lugares como este, así que ya estoy acostumbrado, pero para ustedes debió ser agotador, jajaja —comentó Grisk con ligereza.
Tenía razón.
Todo el bullicio y gentío me había dejado exhausta.
—Llegamos.
Grisk señaló un restaurante algo lujoso, no al nivel de la nobleza, pero tampoco era poca cosa.
Al entrar, un mayordomo saludó a Grisk con una sonrisa cortés.
Tras dar su nombre, el camarero pareció recordarlo y nos guió al interior.
Pude notar algunas miradas de desagrado; tanto Naerion como yo vestíamos ropas de viaje, no de gala.
Grisk notó las miradas y sonrió con cierta ironía.
“Me pregunto si sonreiría igual si hubiera traído a Lairam en lugar de Naerion.
Seguro que el olor a pescado habría irritado a los clientes ostentosos.” Subimos al segundo piso.
Grisk se dirigió alegremente a una mesa donde un hombre y una mujer se levantaron al verlo.
Se saludaron con entusiasmo.
Debían ser Leon y Cloe.
—¿Y qué hacemos nosotros?
—preguntó Naerion.
—No creo que seamos necesarios por allá.
¡Vamos a comer algo!
Tengo hambre.
—Pero este lugar…
la comida debe ser cara.
—Yo me encargo de la cuenta.
—Oooh, tener amigos con dinero tiene sus…
lo siento.
Naerion se detuvo al ver mi mirada molesta.
Se disculpó al instante.
Dejé pasar el comentario y me senté en una mesa libre, desde donde tenía una vista clara de Grisk por si algo pasaba.
El camarero nos atendió con evidente desgana, pero no se negó.
Pedí algo que parecía delicioso.
Naerion, por su parte, optó por el plato más costoso.
No me molestó del todo, pero esa actitud me resultaba algo irritante.
—Vaya, qué reunión tan conmovedora, ¿no creen?
Una voz interrumpió el ambiente.
En lo alto de las escaleras apareció un hombre de unos 35, vestido con un elegante traje gris.
Era alto, con cabello rubio corto y ojos amarillos.
Sonreía, pero no era una sonrisa agradable.
Detrás de él lo seguía una joven de aspecto taciturno, de no más de 17 años.
Tenía el cabello gris verdoso, cortado a la altura de los hombros, y unos ojos violetas, casi rosados.
Nunca había visto un color de ojos tan peculiar.
Vestía un vestido marrón oscuro sin mangas, largo por detrás y más corto al frente, aunque cubría sus piernas con largas medias negras y botas oscuras.
Llevaba guantes que dejaban sus dedos al descubierto, de una tela negra muy fina que le llegaban hasta casi los hombros.
En la espalda cargaba dos bultos largos, enfundados.
¿Espadas, tal vez?
“Es muy bella”, pensé.
“Pero cubre casi toda su piel…
¿será por protección o por timidez?” —Es una belleza —comentó Naerion en voz alta.
“Podrías disimular, por favor…” —Neid…
¿qué haces aquí?
Al oír el nombre que Grisk pronunció, volví a centrar mi atención en el hombre.
Descendió por las escaleras con paso relajado, la chica siguiéndolo en silencio, hasta llegar a la mesa de Grisk.
El resto del local ya había retomado sus asuntos, pero Naerion y yo seguíamos observando discretamente.
—¿Una reunión de amigos y no me invitan?
Qué crueldad…
—¡¿Por qué habríamos de invitarte, canalla?!
—exclamó Leon.
—Leon, tranquilízate —intervino Cloe.
—Cuánta hostilidad hacia un viejo amigo…
—Neid, escuché que ahora controlas las rutas de Zul y Travis…
—Así es, Grisk.
Supongo que ellos estarán encantados de que continúe con sus negocios.
—¡¡Tú!
¡¡Cómo te atreves!
—¿No estás contento con eso, Leon?
¿Acaso prefieres tomar las rutas tú mismo?
Claro, tendrías que salir de tu retiro…
—Tch…
—Por cierto, Grisk, supe que asistirás a la fiesta del Duque Lankhiel.
¿Estoy en lo cierto?
—Y tú también, por lo que veo.
—Será una oportunidad única…
—Ve al grano, Neid.
—Bien.
Quiero proponerte algo, Grisk: sé mi socio.
—Me rehúso.
—¡¿Qué!?
—Por tu reacción, parece que no esperabas esa respuesta.
—¡Por supuesto que no!
Sabes que pronto controlaré todas las rutas comerciales entre Pyrenhal y Astald.
¿No te importa quedar en la ruina?
—Preferiría la ruina antes que trabajar para alguien como tú.
—Tch…
Bien, entonces serás quien lo lamente.
—No después de cerrar el trato con Dubal.
—¡¡Grisk!!
—¿Un trato con Dubal?
¿Quieres decir que lograste convencer a ese viejo?
—Fue más fácil de lo que piensas.
Después de hablar contigo, yo parecía un santo, jajajaja.
—¿Ah, sí?
Ya veremos cuánto te dura la suerte.
—¿Es una amenaza?
—Tómalo como quieras, Grisk.
Pero ten cuidado…
podrías convertirte en un verdadero santo.
Dicho esto, Neid se dio la vuelta y salió del restaurante.
Su rostro reflejaba una rabia pura.
En cambio, Grisk había mantenido una sonrisa confiada…
hasta que Neid cruzó la puerta.
Entonces, su expresión cambió por completo; su rostro se volvió pálido.
—C-creo que acabo de cometer una estupidez…
—¿Y para qué hablarle así si le tienes miedo?
—Cloe, un hombre debe mostrarse confiado ante sus enemigos.
—Como sea…
¿al menos trajiste guardaespaldas, verdad?
Grisk señaló hacia donde estábamos Naerion y yo.
Levanté la mano y saludé con una sonrisa.
Tanto Leon como Cloe se llevaron una mano a la frente y susurraron: —Estás acabado…
Durante las siguientes dos horas y media, Grisk conversó animadamente con sus viejos amigos.
Por lo menos, no nos aburrimos y pudimos comer con calma.
El camarero que nos atendió mostraba impaciencia cada vez que pedíamos algo más.
La comida era deliciosa, aunque escasa, así que llegué a pedir tres platos.
Naerion no se contuvo: pidió un plato de cada cosa del menú.
Las gotas de sudor frío bajaban por la frente del camarero, preguntándose si podríamos pagar.
Cuando fue hora de pagar, el camarero volvió con dos personas más, seguramente pensando que intentaríamos escapar.
—Son 22 monedas de cobre —dijo.
—Si son tan amables…
Algunas personas cercanas nos miraban esperando ver un escándalo.
Naerion abrió los ojos, preocupado por lo que había gastado, pero luego recordó que yo pagaría.
Se relajó al instante.
Yo simplemente saqué un pequeño saco de cuero atado a mi cintura y dije: —¿Solo 22?
Fue más barato de lo que pensé.
Saqué las 22 monedas de cobre y una de plata fingiendo que fue por error.
Los camareros abrieron los ojos con sorpresa, y su actitud cambió de inmediato.
Ahora se mostraban nerviosos mientras recibían las monedas.
—Oh, m…
muchas gracias, mi señora.
Espero que la comida haya sido de su agrado —dijo el camarero, casi tartamudeando.
—La comida estuvo deliciosa —respondí con tono arrogante—.
Pero el servicio fue pésimo.
—M…
mis disculpas, yo…
—intentó decir.
—¿Pensaste que saldría corriendo sin pagar solo porque no llevo ropa lujosa ni joyas?
—¿A…Airen?
—murmuró Naerion, sorprendido por mi cambio de actitud.
Solo quería darle una lección.
En un lugar como este, alejado del centro, la reputación es vital, y nada habla mejor que los clientes satisfechos.
Que me viera pagar con aparente facilidad indicaba que podría tener contactos importantes.
Además, mostrar una moneda de plata dejaba una huella.
El camarero tragó saliva.
Miró a su compañero, que de inmediato se apresuró a la cocina.
Al regresar, traía una caja blanca.
—¿Eh?
¿Crees que voy a dejar esto pasar tan fácil?
…
Está bien, disculpas aceptadas.
—Se lo agradezco mucho, mi señora —dijo aliviado.
—Airen…
— Naerion me miraba como si fuera una criatura impredecible.
Abandoné mi fachada de arrogancia al ver la caja: una hermosa tarta que, sinceramente, me alegró la noche.
El camarero y sus compañeros parecían haber sobrevivido a una batalla.
Naerion no sabía si reír o asustarse.
—Jajaja, eso fue impresionante, señorita.
¿Lo vio?
—preguntó alguien.
—Claro.
Eran el centro de atención.
Al salir, la noche ya había caído.
Nos dirigíamos al punto donde Grisk debía encontrarse con Dubal.
—Fue impresionante, sí —dijo Naerion —.
Pero podrías haber conseguido algo mejor que una tarta.
—¿Como qué?
—Un reembolso, un descuento… ¡o hasta que pusieran tu nombre en una placa!
—Prefiero la tarta —respondí sonriendo.
—Nunca entenderé a las mujeres… —Eso dolió, ¿sabes?
Además, ¿para qué quiero una placa?
—Bien chicos, es aquí —dijo Grisk.
Llegamos a una casa modesta.
Nada lujosa.
Dentro, el ambiente era igual de sencillo.
El trato fue directo: Dubal, acompañado por un notario, repasó los términos, firmaron y se estrecharon las manos.
Negocio cerrado.
—Eso fue rápido —comenté.
—Dubal es directo.
Le gusta ir al grano —respondió Grisk.
—Hmm… —Ah, olvidé decirles: no regresaré al barco.
Me quedaré en una posada.
Necesito que hagan guardia.
—¿¡Eh!?
—¿Esperaban que durmiera en la bodega del barco?
—¿Y los demás?
Se preocuparán si no regresamos.
—Tienes razón… Naerion, ¿puedes volver y avisar a Faelith y a Lairam?
—Sí, pero… ¿cómo sabré dónde está la posada?
—¿Ves aquel edificio con las cúpulas doradas?
La posada está justo al lado.
Naerion asintió.
—Lo tengo.
No tardaré.
Mientras él partía, acompañé a Grisk por calles ya vacías.
Las farolas de cristal mágico iluminaban con claridad.
El bullicio del día había desaparecido.
Ya cerca, seguimos un sendero arbolado, sin farolas.
—¿Hmm?
Un sonido detrás de mí me alertó.
Me giré y, a pocos metros, una figura encapuchada se encontraba inmóvil.
Una hoja relucía en su mano.
—¿Airen?
¿Qué pasa?
—Hay alguien que nos sigue.
—¿Eh?
¿Dónde?
—Ahí —señalé.
Grisk no veía nada.
La oscuridad y la espesura dificultaban su visión humana.
Yo, en cambio, lo veía todo con claridad.
—No veo nada —dijo, con tono nervioso.
—Siga caminando.
¡Rápido!
—Ah…
¡s-sí!
Le pasé la tarta y desenvainé mi espada.
El atacante se lanzó de inmediato.
En un parpadeo, ya estaba encima.
Bloqueé su ataque.
¡Clanc!
—¿Qué…?
Era una katana.
No comunes en Armath.
Atacaba con rapidez y precisión.
Si no fuera por mis sentidos agudizados y mi visión nocturna, no podría haber respondido.
No tenía espacio para contraatacar.
Solo defenderme.
—¡¿Airen, q-qué pasa?!
¡Clanc!
¡Plin!
¡Clanc!
—¡Guh!
¡Le dije que se fuera!
¿¡Quiere morir!?
Grisk, al fin, huyó.
El atacante intensificó los golpes.
Me obligó a retroceder.
“Su estilo…
no es de aquí.
Pero me resulta familiar.” Aunque mis recuerdos no eran claros, sabía que ese estilo era peligroso.
Mis brazos comenzaron a sangrar.
Incluso una herida superficial cortó mi ropa en el pecho.
“Esto va mal…” Vi venir su hoja hacia mi rostro.
En el último segundo, se desvió y solo me cortó la mejilla.
Le pateé el estómago y retrocedió.
Pero volvió a lanzarse al instante.
Esta vez, su corte horizontal apuntaba a mi cuello… o eso parecía.
Desvió el ataque hacia mi espada, partiéndola en dos.
“¿Cómo terminé así?
¡Se suponía que este viaje era por diversión…!”
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