Airen: Poder y Leyenda - Capítulo 30
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30: Capítulo 30— En Busca de la Espada Mágica 30: Capítulo 30— En Busca de la Espada Mágica “Hábil…” fue lo primero que pensé.
Aquel desconocido que nos había emboscado en medio de la noche era, sin duda, mucho más diestro que yo con la espada.
Su estilo de combate era veloz y agresivo, me forzaba a retroceder desde el primer movimiento, sin darme un respiro para idear una estrategia.
A pesar de que era de noche, podía ver claramente cada movimiento gracias a mi visión agudizada, pero aún así no lograba seguir la trayectoria de su espada, que se movía con una fluidez inquietante.
Su hoja poseía una forma extraña, distinta a cualquier espada que hubiese visto en Armath.
Su filo era delgado, curvado y parecía más liviano, lo que le permitía movimientos rápidos e inesperados.
En un solo tajo horizontal, cortó mi espada en dos como si fuera de madera seca.
“Estoy en serios problemas…” Grisk había escapado hacia el final del sendero entre los árboles.
Aunque no estaba muy lejos, sus pasos eran torpes y lentos.
El atacante claramente lo tenía como objetivo, y si no lo detenía, podría alcanzarlo en segundos.
—Eso estuvo cerca, señor asesino —le dije, sin bajar la guardia.
No respondió.
Sin emitir una palabra, su presencia se volvía más amenazante.
Extendí mi mano izquierda hacia el frente y, concentrando mi energía en un solo punto, comprimí el viento en una esfera invisible y la disparé en un instante.
Aquello me tomó apenas una fracción de segundo.
Aún no dominaba del todo la técnica como mi hermano Therion, pero la velocidad era casi supersónica.
La esfera impactó y lanzó al atacante varios metros hacia atrás.
Sin embargo, mientras volaba, giró con agilidad y aterrizó de pie.
Lancé una segunda esfera más potente, pero esta vez agitó su espada con un movimiento vertical que dividió mi ataque en dos corrientes de viento que pasaron a sus costados.
—Tsk… Chasqueé la lengua y retrocedí.
El atacante volvió a la carga, su espada brillando peligrosamente en la oscuridad.
Esta vez no tenía con qué defenderme.
“No he usado esto en mucho tiempo… espero que aún funcione.” Dirigí una gran cantidad de maná desde mi interior hacia el exterior, creando una capa invisible de energía a menos de un metro de mi piel.
Imaginé que se solidificaba justo en el momento del impacto.
¡Clang!
El filo metálico chocó con una barrera invisible.
Había repelido el ataque con éxito.
El escudo de maná.
Era una técnica que había aprendido por accidente hace cinco años.
Luego la estudié y descubrí que era excelente para detener ataques físicos.
La magia, sin embargo, podía atravesarla.
También supe por antiguos textos que esta técnica existía desde hacía siglos, pero su uso había sido olvidado por generaciones.
No entendía por qué, pues era extremadamente útil.
El asesino se mostró confundido.
Aproveché su distracción para contraatacar, invocando una cuchilla de viento.
Aunque sin una espada el hechizo no era tan fuerte, bastaba para cortar carne sin protección.
El atacante, que no llevaba armadura visible, se vio forzado a esquivar.
No me detuve.
Reuní el aire en un movimiento circular y formé un torbellino a mi alrededor.
El viento alborotaba ramas, hojas y tierra, levantándolo todo como una barrera giratoria.
—Ahora viene lo mejor… Durante mis últimos años en la academia mágica, habíamos aprendido combinaciones elementales.
La más simple: viento y fuego.
Manteniendo el torbellino, liberé maná alrededor de mi cuerpo y lo transformé en llamas que se fundieron con el aire girando.
Ahora tenía un remolino ardiente envolviéndome, quemando todo a su paso.
El asesino retrocedió para evitar ser alcanzado por las llamas, pero el viento lo arrastró.
Vi su silueta envuelta en fuego salir disparada hacia los árboles y estrellarse con violencia contra uno de ellos.
—¡Gané!
Canté victoria mientras reducía el torbellino.
No quería provocar un incendio, así que utilicé una técnica que había perfeccionado tras el ataque de los Gashems en Lemuel: el Vacío.
Extraje el oxígeno que rodeaba las llamas, sofocando el fuego en los árboles y en el cuerpo del atacante que yacía inconsciente.
—¿A… Airen?
Era Grisk, llamándome desde el borde del sendero.
Me giré para verlo temblando detrás de un tronco, aún sosteniendo mi tarta en una mano… y una rama en la otra.
“Al menos la tarta está bien…” —Tsk, ¿no le dije que se fuera?
¿Qué hace aquí todavía?
—Es que… ¿y si me atacaban en otro lugar?
“Tiene razón… aunque su sinceridad me desconcierta.” —Haa~ Ya es seguro, vencí al asesino.
—¡¿Asesino?!
¡Lo sabía!
¡Intentan matarme!
—Pensaremos en eso luego.
Por ahora, ayúdeme a llevarlo a la posada para interrogar… ¿Eh?
Miré hacia el lugar donde yacía el atacante, pero ya no estaba.
No había notado cuándo escapó, ni siquiera escuché sus pasos.
—¡Maldición!
—¿Qué pasa?
—Se ha ido.
El asesino escapó.
—¡¿Qué?!
—Debemos irnos.
Podría estar cerca.
Lo empujé por la espalda y corrimos hasta la posada.
Me mantuve alerta, pero no hubo más ataques.
Varias personas en las calles nos miraban con extrañeza, quizá por mi aspecto, pero no nos detuvimos.
Al llegar, vi con alivio que Naerion nos esperaba apoyado en una pared.
Al vernos, frunció el ceño.
—Por fin, llevo casi una hor… ¡¿Eh?!
¡¿Airen, qué te pasó?!
¡¿Y tu espada!?
—¿Mn?
Miré mis brazos.
Tenía múltiples cortes, superficiales pero sangrantes, que cubrían mis hombros, brazos, e incluso parte del pecho.
Un corte ligero atravesaba mi mejilla.
Mi ropa estaba desgarrada y cubierta de sangre.
—¿Ieh?
¡¿En qué momento…?!
No me había dado cuenta del daño.
Seguía sosteniendo el mango de mi espada rota, apenas un pedazo de metal inútil.
—Te explicaré luego.
Ahora, vayamos a la habitación.
Entramos a la posada.
Grisk habló con la encargada y recibió la llave.
La mujer me miró con horror y preguntó si necesitaba un médico.
Me negué.
La habitación tenía una pequeña sala, un baño y una recámara.
Me aseguré de que no había nadie escondido antes de relajarme.
Me senté, cerré los ojos y canalicé mi maná hacia mis heridas.
En pocos minutos, los cortes desaparecieron sin dejar marca.
Sin embargo, mi ropa seguía hecha jirones.
—Airen… ¿puedes decirme qué sucedió?
—preguntó Naerion.
— Naerion … —¿Sí?
—Sirve la tarta.
—¡¿PUEDES DECIRME YA QUÉ PASÓ?!
—¡Jajaja!
Está bien, está bien… …
Al mismo tiempo, al otro lado de la ciudad, en la habitación más lujosa de la posada más costosa, un hombre de cabello rubio y ojos fríos observaba en silencio el lago iluminado por la tenue luz de las estrellas.
No le importaba el paisaje.
Su mente estaba ocupada en asuntos oscuros, negocios turbios y ambiciones peligrosas.
—¿Mn?
Has llegado, ¿eh?
Supongo que cumpliste con tu parte… ¿o no?
En la entrada de la habitación apareció una figura humana, vestida con una túnica negra y una tela oscura semitransparente cubriéndole el rostro.
El hombre de cabellos rubios la observó con detenimiento.
Su ropa estaba chamuscada y sucia, su postura inestable como si hubiese sido derrotada.
Aun así, al rubio no le importaba su estado, solo quería respuestas.
—Te hice una pregunta.
¿Cumpliste con lo que te mandé?
—N…
no pudo ser…
La voz femenina surgió débil.
Su cuerpo reflejaba desánimo.
El hombre frunció el ceño, irritado, y su voz se tornó grave.
La figura misteriosa se quitó la capucha revelando una larga cabellera gris verdosa y ojos entre violeta y rosa.
Bajó la mirada avergonzada.
—¿Cómo has dicho?
—No…
no pude cumplir su orden, mi señor.
—¡Solo tenías que matar a ese idiota!
¿Me estás diciendo que sigue con vida?
—L-lo siento…
él tenía un guardia muy hábil…
—¡INÚTIL!
La golpeó con fuerza en el estómago, haciéndola chocar contra la puerta.
A pesar de su estado, él continuó atacándola sin piedad.
Ella no respondió, solo se cubrió el rostro instintivamente.
—¡TE DI UNA ORDEN!
¿UN GUARDIA HÁBIL?
¡NO ME DES EXCUSAS!
¡SE SUPONE QUE ERES FUERTE!
—Haa…
haa…
—jadeó ella, encogida—.
Por suerte fui precavido…
contraté los servicios de alguien que me ayudará a eliminar a todos mis enemigos de una sola vez.
—¡Yo puedo hacerlo!
—¡CALLA!
Tuviste tu oportunidad.
Dijiste que obedecerías mis órdenes para saldar la deuda de tu padre.
No esperaba mucho de ti, pero fallaste desde el inicio.
—Lo siento…
—Sana tus heridas y prepárate para la fiesta de mañana.
Si no sirves como asesina, al menos sirve como escolta.
—Sí, mi señor…
—Te advierto…
si vuelves a fallarme, tu padre regresará al calabozo del que lo saqué…
y tú lo acompañarás.
La chica asintió temblorosa antes de desaparecer tras una puerta.
El hombre rubio volvió al balcón, bebió un sorbo de vino y murmuró: —Grisk, maldito cerdo…
esta vez te salvaste, pero en la fiesta no escaparás.
Sus ojos se posaron en el paisaje nocturno, pero su mente solo tejía intrigas.
…
Caminaba junto a Faelith por las calles.
La noche anterior le conté a Naerion todo lo ocurrido.
Estaba agradecido de haber sido él quien regresó al barco.
—¡Me habría matado!
—exclamó.
—Tal vez…
era muy hábil con la espada, pero al usar magia noté que se volvía vulnerable.
Anoche, mientras hacía guardia, pensé mucho en ello.
Creo que nunca ha combatido contra un mago.
Fue suerte que yo dominara ambas disciplinas.
—¿Qué deberíamos comprar primero?
—La espada.
No quiero seguir con esta ropa áspera, pero cargar todo sería un fastidio.
Lo más difícil, al final.
Por la mañana, al regresar al barco, me prestaron ropa en la posada.
Solo había un viejo uniforme de sirvienta.
No me gustó nada, pero mi ropa estaba rota y ensangrentada.
Para colmo, encontré mi equipaje misteriosamente mojado, así que seguí usando esa prenda, soportando las bromas y silbidos de los marineros.
Naerion y Lairam se quedaron con Grisk en el barco.
Dudaba que el asesino atacara de día, así que preferí aprovechar para comprar una espada nueva, algo de protección y ropa adecuada para la fiesta.
Grisk pidió que Faelith y yo nos encargáramos de eso.
Cuando Therion y Lairam preguntaron si también debían vestirse, los marineros respondieron: —¡Jajaja, nadie mira a los hombres!
—No son importantes, solo acompáñennos y dejen brillar a las damas.
—Serán como fantasmas, ¡ni los notarán!
—Las chicas en gala…
jejeje…
—Tch…
¿estos idiotas creen que esto es un juego?
—gruñí.
Después de eso, se resignaron.
La vida de los chicos es dura, aunque para las mujeres lo es aún más…
A veces es agotador lidiar con lo que esperan de una mujer.
La ropa, las miradas, los comentarios…
todo eso puede ser molesto.
Pero eso no cambia lo que soy ni lo que valgo.
En este momento, no pienso en formar una familia ni en compartir mi vida con alguien.
Si alguna vez lo hago, será bajo mis propios términos.
Mis padres tal vez sueñan con nietos…
tal vez un día los tengan, pero no ahora.
Por ahora, eso es asunto de Therion.
—Entremos a esa tienda —dijo Faelith.
Entramos a una armería modesta.
Las armas parecían comunes, sin magia ni distinción.
Había espadas, lanzas, arcos, hachas…
y un encargado que nos miró como si solo estuviéramos curioseando.
Me disgustó, así que le dije a Faelith que nos fuéramos.
Fuimos a otros locales.
No encontré una espada adecuada, pero al menos compré protección.
El asesino tenía mejor técnica que yo, y sin protección adecuada podría perder una mano.
Mi magia de curación no está tan desarrollada aún.
Compré un peto ligero que se ajustaba bien a mi cuerpo, aunque no me agrada cómo resalta mis formas.
También adquirí guanteletes más livianos que los de Lairam, que son más robustos.
Faelith compró lo mismo.
Bueno…
se lo compré yo.
Dijo que no lo necesitaba, pero no podía arriesgarme.
Después de varias tiendas, terminamos comprando ropa.
Tras horas, salimos y tuvimos la suerte de cruzarnos con Naerion y Lairam.
Les pedimos que llevaran las bolsas al barco.
Se quejaron, pero accedieron jj Una vez que se fueron, seguimos buscando una tienda de armas y por fin dimos con una que parecía tener espadas de calidad.
En realidad, habíamos llegado a la tienda más famosa del continente: El Sable Azul.
Su fama se debía a la altísima calidad de sus espadas y a la cantidad de sucursales abiertas en ciudades de Armath, Rácir y Réquen.
El interior era espacioso, con mostradores y estanterías especialmente diseñados para mostrar bien las armas.
Había unas treinta personas dentro, en su mayoría hombres con pinta de guerreros experimentados.
Me acerqué a uno de los mostradores donde un joven atendía y pregunté por espadas mágicas.
En ese salón solo había armas comunes: resistentes y bien hechas, sí, pero yo buscaba algo más.
El chico señaló un pasillo y lo seguimos hasta otra sala.
Había más armas, aunque tampoco eran mágicas; posiblemente fueran de mejor calidad y por eso estaban apartadas.
En esta nueva sala solo había 5 hombres además del anciano encargado, que estaba detrás del mostrador.
Todos se giraron a mirarnos con extrañeza.
Cuatro de ellos eran enormes, musculosos, y uno destacaba particularmente por su altura: era casi el doble que yo.
Me sentí como un pequeño ciervo rodeado de ciervos gigantes.
—Oh, vaya…
¿se han perdido, señoritas?
El quinto hombre rompió el silencio.
A diferencia de los otros, era más bajo y esbelto, aunque aún fornido.
Su porte, su cabello negro ondulado peinado hacia atrás, su postura…
todo me hacía pensar en un noble.
Pero su ropa era simple y su trato con los demás era demasiado informal como para ser de alta cuna.
Quizás era alguien que despreciaba el protocolo.
—No estamos perdidas —respondí—.
Vine a buscar una espada.
—¿La señorita sirvienta sabe luchar?
¿O busca proteger a milady?
“¿Milady?
¿Se refiere a Faelith?” Aún llevaba el uniforme de sirvienta, así que debió asumir que estaba al servicio de ella.
—Busco una espada mágica —lo ignoré y me dirigí directamente al anciano encargado.
—Espadas mágicas…
tenemos algunas, pero…
—Puedo pagar —lo interrumpí anticipando su duda.
El anciano dudó, pero luego me hizo una seña para que lo siguiera por una puerta lateral.
Lo hice.
Cruzamos a una sala más pequeña, limpia y ordenada, con espadas cuidadosamente colocadas sobre mostradores de cristal.
—Puede mirar, pero no toque.
Algunas drenan el maná del usuario si no tiene buen control.
—Lo entiendo —respondí, con seguridad.
“Llevo años controlando mi maná.” —Estoy a su disposición si tiene dudas.
Recorrí la sala.
Las espadas mágicas eran completamente distintas: aleaciones de acero con minerales mágicos, piedras encantadas incrustadas, acabados exquisitos.
La primera que me llamó la atención fue una especie de cimitarra de hoja traslúcida como cristal, con empuñadura blanca y adornos dorados.
—Parece frágil…
—Tiene atributo de luz.
La hoja brilla intensamente al canalizar maná.
Es útil contra espectros y enemigos sensibles a la luz.
Puede incluso cegarlos temporalmente.
“No está mal…
aunque no quiero andar con una linterna con filo.” Me desplacé hacia otra espada más interesante: un dao de hoja verde oscura con una piedra dorada incrustada en el pomo.
Era parecida a las que solía usar durante los entrenamientos.
—¿Qué propiedades tiene esta?
—Excelente elección.
La gema genera una barrera mágica que repele hechizos, y la hoja tiene un efecto de curación lenta pero continua para el portador.
Es una favorita entre los Vernaleth.
—Había oído de materiales con propiedades curativas, pero no pensé que se usaran en espadas.
Impresionante.
Entendía por qué era tan útil para los Vernaleth: ellos no podían usar magia, pero sí tenían maná suficiente para activar cristales mágicos.
Faelith, por ejemplo, podía encender cristales de luz o manipular fuego y agua con ellos.
Una espada que les proporcionara barrera y sanación constante debía ser un tesoro.
Pero para mí no era lo ideal; yo ya podía generar barreras y sanar heridas por mi cuenta.
—¿Podría ver espadas más ofensivas?
—Por supuesto.
Por aquí.
Me guio hacia otra vitrina.
Allí estaban seis espadas dispuestas en fila, todas de estilo bastardo y hojas de colores: rojo escarlata, azul cobalto, turquesa claro, marrón oscuro, dorado brillante y negro azabache.
—Estas espadas…
—Son las imitaciones de las espadas etéreas: Ignis, Marinis, Ventos, Seism, Lucis y Tenebris.
—¿¡Q-Q-Q-QUÉ!?
La voz del mismo hombre de antes interrumpió mis pensamientos.
Ahora estaba a mi lado, riéndose de mi reacción.
—Jajaja, tranquila.
Son solo imitaciones.
“¡Qué vergüenza!
¿Cómo pude pensar que las auténticas espadas etéreas estarían aquí?
¡Qué ilusa!” —Tienes una cara adorable, dulzura —añadió.
“¿Dulzura?
¿Desde cuándo tanta confianza?
Esto ya empieza a molestar.” —No recuerdo haberle dado permiso para bromear conmigo.
—Mis disculpas.
Me llamo Allan.
—Pues Allan, aléjese.
Está invadiendo mi espacio personal.
—¿No me dirás tu nombre?
—No lo considero necesario.
—Pero yo te dije el mío…
—No lo pedí.
Ahora si me disculpa, estoy ocupada.
Me aparté de él y volví a dirigirme al encargado.
Luego observé las espadas.
—Así que imitaciones…
¿qué tan fieles son a las originales?
—Es difícil decirlo.
Nuestro herrero las creó guiándose por textos antiguos.
No son espadas etéreas, solo mágicas.
—Lo entiendo.
¿Tienen los mismos atributos, al menos?
—Sí, pero en versiones más limitadas.
No son tan poderosas como las verdaderas.
—Eso era de esperar.
—Aun así, son de las mejores espadas mágicas forjadas.
Sería la envidia de cualquier espadachín.
Son piezas únicas.
—¿Cuál es el precio?
—Por ser usted una dama, solo cinco monedas de plata.
—¡¿¡CINCO!?
¿¡ESTÁ LOCO!?
—¡¿Y eso que me dio un descuento?!
—¡Jajajajaja!
Creo que eso es más de lo que gana una sirvienta, ¿no es así?
Un cuchillo de cocina se vería mejor en ti.
—¡Eres tan molesto!
Señor, ¿no intentará estafarme, ¿verdad?
—¡Por supuesto que no!
Estas armas son de la mejor calidad, no hay otra espada igual.
¡Eso se lo aseguro!
—¿Por qué no dejas que las pruebe, anciano?
¿Tienes una sala destinada solo para eso, ¿verdad?
Así se convencerá de una vez.
—Esa me parece una buena idea… para venir de alguien como tú.
—Jajaja, ¿quién es el que se toma muchas confianzas ahora?
El encargado de la tienda pareció dudar, pero luego de pensarlo unos segundos asintió lentamente.
—Está bien, permitiré que las pruebe en nuestro salón de prácticas, pero hay una condición.
—¿Condición?
—Deberá pagar las cinco monedas de plata por adelantado.
—¿Y eso?
—Es solo por precaución, no se lo tome personal.
—Aun así… ¿y si decido no comprarla o cambiar de opinión?
—Con gusto le devolveré su dinero, o la diferencia si elige otra.
“Si esta es la tienda de armas más prestigiosa del continente, supongo que no harán nada extraño…” —Está bien, pagaré antes.
—¿Eh?
¿De veras tienes el dinero?
Allan parecía sorprendido.
Lo ignoré y saqué el pequeño saco de cuero atado a mi cintura.
Me estaba gastando una suma considerable y solo me quedarían ocho monedas de cobre, pero si las espadas eran tan buenas como decía el anciano, valdría la pena.
—Aquí tiene.
—Le agradezco mucho.
Por favor, regrese a la sala anterior y pase por la puerta a la derecha del mostrador mientras preparo las espadas.
Estaré allí enseguida.
—Bien.
Al regresar, me sorprendió ver a Faelith sentada en una silla ornamentada, rodeada por los cuatro fornidos hombres que la atendían como si fuera realeza.
Uno la abanicaba, otro sostenía una bebida en bandeja, otro le daba un masaje, y el último alejaba con la mirada a tres chicos que intentaban acercarse.
—¿Fa… Faelith?
¿Qué ha pasado?
—Oh, Airen, ya volviste.
Pues no lo sé… ellos empezaron a llamarme princesa de la nada… —Son chicos de Kuettare —dijo Allan—, una ciudad montañosa de Ondull.
Quizás tu amiga se parece a su princesa.
—Aunque se parezca, actuar así me parece exagerado.
—Son nobles y fuertes, pero no demasiado brillantes.
Nunca abandonarían un deber, aunque malinterpretado.
—Como sea… Faelith, tardaré un poco más.
Disfruta.
—¿A… Airen?
Entré por la puerta indicada.
El salón de práctica era amplio, de piedra, sin estanterías ni muebles.
Solo una mesa y varios troncos de madera con forma humana ocupaban el centro.
—¿Así que te llamas Airen?
Bonito nombre.
—¿Por qué me sigues?
—Eh… tengo curiosidad.
El anciano nunca me permitió probarlas, así que quiero ver qué tal son.
—¿Entonces sugeriste probarlas por conveniencia propia?
—Se podría decir que sí.
Me interesa Seism, se adapta a mi estilo.
¿Tú cuál prefieres, Airen?
—No digas mi nombre con tanta confianza.
Pero ya que preguntas… “Hace más de tres años que no practico con espada.
Dejé las clases cuando se volvieron opcionales.” —Supongo que prefiero un combate rápido y ligero.
Y manejarla con una sola mano.
“Las espadas pesadas me entorpecen.
Ese asesino era increíblemente rápido.
Si hubiera tenido una espada grande, no habría podido reaccionar.
Tuve suerte de llevar una corta.” —En ese caso, permítame recomendarle una —dijo el encargado, que entraba con dos asistentes.
Colocaron seis espadas sobre la mesa.
Cada una llevaba una funda del color de su hoja, con inscripciones doradas.
—Ya que no son las originales, nuestro herrero les dio nuevos nombres —dijo señalándolas una a una: —La del fuego: Flammae.
—La del agua: Aquae.
—La del viento: Aer.
—La de la tierra: Petram.
—La de la luz: Splendoris.
—La de la oscuridad: Noctis.
“¿Lengua astral otra vez…?
¿Es la segunda vez que escucho de ella?” —Por su estilo, le recomiendo esta —dijo, ofreciéndome la turquesa—.
Aer.
Su material reduce la resistencia al aire.
Potencia la magia de viento.
—¿Ah, sí?
—La Ventos original genera ráfagas por sí sola.
Esta requiere que su portador sepa usar magia.
—¿Airen, sabes usar magia?
—preguntó Allan.
No respondí.
En cambio, desenvainé la espada.
Su hoja turquesa parecía una piedra pulida y metálica.
Al balancearla, sentí como si no pesara.
Podía cambiar la dirección del corte sin esfuerzo.
“Tan ligera… ¿y si uso magia?” Adopté postura de ataque a cinco metros del tronco.
Sin avanzar, lancé un corte con intención de liberar una cuchilla de viento.
—¡¿Wha… qué?!
—¡A… Airen, eso fue demasiado!
—¡Jojojojo!
Le dije que nuestras armas eran de calidad, señorita.
¡Jojojojo!
Frente a mí, una grieta profunda rasgaba el suelo de piedra y se alzaba por la pared, marcando una línea vertical perfecta.
El tronco había sido reducido a astillas.
La cuchilla de viento superó todas mis expectativas.
Sin duda, esta espada tenía potencial.
Y más aún, sentí cómo mi fiera interior, adormecida, comenzaba a responder a esa energía.
Como si la espada y yo estuviéramos conectadas por el viento.
Aquel golpe había sido solo el comienzo.
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