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Airen: Poder y Leyenda - Capítulo 35

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  4. Capítulo 35 - 35 Capítulo 35 — ¡Solo Acéptala de una Vez!
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35: Capítulo 35 — ¡Solo Acéptala de una Vez!

35: Capítulo 35 — ¡Solo Acéptala de una Vez!

Regresé al jardín frontal de la universidad, donde había dejado a Syrel esperando, pero ni ella ni su grupo de admiradores estaban por ningún lado.

—¿Habré tardado demasiado?— La universidad era enorme, y buscarla podría tomarme horas, más aún si ella regresaba aquí y decidía buscarme también.

Aunque Syrel era perfectamente capaz de volver sola a casa, lo mejor sería hallarla, pero sin actuar a lo loco.

—¿Dónde podría estar Syrel…?— Había muchos lugares donde podría entretenerse: los establos, los campos de práctica, los jardines traseros, y más.

Pero los sitios más obvios eran la habitación de Therion en los dormitorios y la cafetería.

Como solo servían carne los días festivos, supuse que estaría con él.

Al llegar a la zona de los dormitorios, no me agradó mucho el lugar, lleno sobre todo de chicos, ya que eran los dormitorios masculinos.

“Jamás imaginé que llegaría a sentir desconfianza hacia los hombres, salvo por unos pocos como mi familia, amigos y ciertos conocidos, el resto simplemente me inquieta.” Había chicas también, pues la entrada era libre, pero usualmente solo acudían si conocían a alguien que viviera allí.

Al acercarme a la habitación de Therion, noté a un grupo de cinco chicos y dos chicas arrodillados tras un arbusto, espiando nerviosamente en una dirección.

Siguiendo su mirada, vi a Syrel frente a la habitación, observando por la ventana algo insegura.

—¡Es tan linda!

—dijo una chica.

—¿Estará perdida?

—preguntó un chico.

—Deberíamos acercarnos.

— —¡Ve y pregúnta si quiere venir a jugar!

— —Quiero acariciar sus orejas…

—¿Y si se molesta?

Dicen que los Vernaleth son fuertes.

— —¡Esa ternura no parece peligrosa!

—Nunca te confíes, las apariencias engañan.

Uno se levantó con intención de acercarse: —Hola, ¿quieres ser mi novia?

“Mientras más escucho, más ganas me dan de lanzar una onda de viento y hacerlos volar.” —¡Qué indecente!

—exclamaron las chicas.

—¡Te pasas, es solo una niña!

—Quizá tenga trece o catorce años…

—No importa si tiene once o quince, mientras sea hermosa…

“Suficiente.

Mejor intervengo antes de que me deje llevar.” —¡Muy bien, buitres!

¡Lárgense antes de que pierda la paciencia!

Todos se giraron alarmados.

No parecían mayores que yo; tal vez era su primer año.

Un chico frunció el ceño.

—¡Ey, ¿quién eres para gritarnos!?

El resto se animó y comenzaron a soltar tonterías.

—¡No hables como si fueras importante, solo eres una chica!

—¡Ni que fueras dueña del lugar!

—Es una advertencia.

Lárgense ahora o lo lamentarán.

—¡Jajaja!

¡¿Amenazas?

¡Somos más!

—¡Una niña altanera necesita una lección!

Las chicas se acercaron con hostilidad, rodeándome desde distintos ángulos.

Los chicos miraban con morbo.

“Había leído que las ciudades élficas, al crecer, se parecían cada vez más a las humanas…

pero ver delincuentes en Pyrenhal me hace pensar que pronto tendremos hasta bandidos organizados.

La imagen noble de los elfos de los libros se desvanece cada día.” Intenté evitar la violencia.

En el pasado bastaba con intimidar para ahuyentar a los más jóvenes…

pero eso era cuando imponía presencia sin esforzarme.

Aun así, no quería llegar a pelear.

“Quizá pueda asustarlos con algo de magia.” Extendí las manos mostrando pequeñas llamas flotantes.

Había funcionado antes…

pero esta vez, solo logué que las chicas respondieran creando sus propias llamas, y los chicos se unieran rodeándome.

“Mala idea…

debí haberlas enfrentado desde el inicio.” —Ya basta.

Una voz firme y conocida rompió la tensión.

Al girarme, vi a Zarviel y sus acompañantes observando con frialdad.

Ya no llevaba vendas ni tablillas.

No sabía si se había recuperado por medios convencionales, pero al menos parecía en forma.

Recordé lo mucho que me odiaba y sólo pude pensar: “Estoy muerta…” Dos chicas con magia era difícil pero manejable.

Siete adversarios y además Zarviel y los suyos…

era como caer en una trampa sin salida.

—Desaparezcan de mi vista.

Su voz fue más amenazante que la mía.

Tal vez por su tono grave o esa mirada afilada que advertía peligro.

Lo más asombroso fue que se dirigía a ellos, no a mí.

Los chicos dudaron.

El mismo que había hablado antes intentó replicar, pero los gemelos que iban con Zarviel se adelantaron con rapidez, quedando frente a él.

—¡Oye, ¿no escuchaste!?

—Te estamos dando la opción de irte con los huesos enteros.

—¡No querrás molestar a Zarviel!

—¿A quién?

—¡No quieres saberlo!

—Ni a nosotros…

—Créeme, no quieres vernos molestos.

—Y…

yo…

—Estamos algo locos, chico.

—Locos y peligrosos.

—Muy peligrosos.

—Creo que…

tengo algo que hacer en casa…

El chico huyó rápidamente, y el resto lo siguió como si fueran uno solo.

—Eso es.

Corran.

—Y recuerden quiénes mandan aquí.

“Ugh…

no sé si admirarlos o reportarlos.” Me quedé quieta esperando que los tres me hablaran.

Los gemelos sólo me lanzaron una mirada de desprecio antes de volver junto a Zarviel.

-hmp…

Zarviel solo resopló desinteresadamente y se dio la vuelta como si ya no tuviera nada más que hacer.

Yo, que aún trataba de entender la escena, me apresuré a detenerlo antes de que se marchara.

—¡Zarviel!

Se detuvo al escucharme, pero no se dio la vuelta.

Sus amigos, en cambio, sí me miraron con desprecio sin decir una palabra.

No sabía si debía hablar o no.

Ese chico se acercó a mí con malas intenciones y ahora me salvaba…

¿sería su manera de disculparse?

—Zarviel, ¿acaso tú…?

Había comenzado a caminar hacia él, pero una brisa gélida me obligó a retroceder.

El pasto frente a mí se congeló levemente.

Incluso un detalle tan mínimo me hizo sentir que debía mantener la distancia.

“Acercarme a él es peligroso…”, fue lo único que pensé.

Tras unos segundos en silencio, él habló finalmente: —Me gustaría decir que ya no te debo nada, pero esto no alcanza para saldar mi deuda —dijo, y continuó su camino.

“¿Deuda…?

¿A qué se refiere?

Bueno… me ha salvado, aunque me cueste admitirlo.” Al recordar por qué había ido ahí, me giré rápidamente y me encontré con Syrel parada justo detrás de mí, mirándome con esa expresión tierna que solía poner cuando no entendía nada.

“Muy linda…” —Ah, Syrel, te estaba buscando.

—Tardabas mucho, así que vine a ver a Therion, pero…

—Ah, sí.

Te vi frente a la ventana actuando extraña.

¿Qué ocurrió?

—Pues…

él…

Syrel se puso nerviosa y sus mejillas se tiñeron de rojo cuando se cubrió la boca con ambas manos.

Fuera lo que fuera, estaba claramente avergonzada.

“¿Qué habrá visto?

¿Therion estaba cambiándose…?

No, Syrel ya lo ha visto semidesnudo muchas veces cuando salía del baño…

Un momento.

Un joven, solo, en su habitación y con tiempo libre…

¿no estará…?” —¡Syrel!

¡Ve directo a casa!

¡Regresaré después de reprender a Therion por mostrarte algo tan indecente!

—Está bien, pero…

“¡No le perdonaré que haya manchado la mente pura de mi querida Syrel!

Aunque comprenda sus necesidades, ¡fue un descuido imperdonable!” Sin esperar a que ella se fuera, caminé con paso firme hacia la habitación de Therion.

Como me quitó la copia de la llave tras el incidente de la mesa, usé la copia que mamá guardaba, que había traído por si acaso.

La puerta se abrió con un clic, y sin pensarlo, entré con fuerza.

“No hay nada más humillante para alguien que ser sorprendido…

¿¡besando a Lonie!?” —¡¿Lonie!?

—¡A-A-A… ¿Airen!?

—¡¿QUÉ HACES AQUÍ?!

¡TE QUITÉ LA LLAVE!

Me quedé sin palabras.

Therion y Lonie estaban en la cama…

¡besándose!

Ambos se pusieron rojos, aunque Therion parecía más molesto que avergonzado.

Al ponerse de pie, cerré la puerta de golpe y salí corriendo.

—¡LO SIENTO!

Syrel seguía esperando con la cara roja, como si también hubiera presenciado la escena.

—¡AIREN, REGRESA AQUÍ!

Ignorando los gritos de mi furioso hermano, tomé la mano de Syrel y corrí hasta salir de la universidad.

Durante el trayecto, no dejé de pensar en lo que había visto.

Me invadía una mezcla de vergüenza, alegría por ellos, y miedo por las represalias.

Al llegar a casa, papá ya estaba allí.

Intentó contener su emoción diciendo: “Oh, Airen, has vuelto”, pero se le notaba que estaba fingiendo.

“Qué raro…” Mamá llegó poco después.

Apenas me miró y me saludó como si yo fuera una conocida lejana.

“¿Pero no era que estaba tan preocupada cuando me fui?

Aquí pasa algo…” —Papá, sobre el viaje… nos atacaron pirañas nada más dejar la ciudad.

—¿Ah sí?

Seguro que fue sencillo para ti.

—Y los marineros decían cosas desagradables a Faelith y a mí.

Uno incluso ofrecía su cama… —Ja…

Son bromistas, ¿no?

“Un poco más y su máscara se cae.” —Y ¿sabes qué más?

Justo cuando regresábamos al barco, un asesino intentó matar al comerciante.

Era tan fuerte que partió la espada de Therion.

—dije, mostrándole el arma destruida.

Al ver la prueba, papá abrió los ojos de par en par y me tomó de las manos, preocupado.

—¿Te hizo daño?

¿No te cortó nada?

¿Tus dedos están bien?

—¡Aerithor!

¡Te está manipulando!

—Jajaja…

Papá, estoy bien.

—Ugh… No me des esos sustos.

—Te lo mereces por actuar tan extraño.

¿Qué fue eso?

Papá me explicó que el maestro Garem había traído la carta y les habló de la beca.

Al principio, ambos se opusieron, pero Garem les explicó todos los beneficios y terminaron por apoyarla.

Su frialdad de antes era solo una forma torpe de ocultar su tristeza.

—Ya veo… La verdad aún no he decidido aceptar.

No estoy convencida del todo con dejar atrás lo que tengo.

—Hija, sabes que te amamos —dijo mamá—.

Nada me haría más feliz que tenerte aquí, pero deseo que tengas éxito.

“Ella también dejó su mundo atrás por amor.

Lo hizo en malos términos, y no se arrepiente.

Yo no tengo por qué temer, mi familia me apoya…” —Sea cual sea tu decisión, te apoyaremos —dijo papá.

—Gracias.

Aún quiero pensarlo un poco más.

No quiero decidir sin estar segura.

“Ah, se me olvidaba algo…” —Por cierto, ¿podrías darme 10 monedas de oro?

Los ojos de mis padres se abrieron como platos.

No era para menos.

Esa suma podía mantener a una persona por años.

—Airen… ¿qué has destruido?

—Nada.

“Bueno…

una plaza en Pyrenhal quedó arrasada, pero fue culpa de Faelith.” —Me da miedo preguntar qué pasó realmente en ese viaje.

—Pero volviendo al tema, sé que es una cantidad muy grande, pero prometo que es para una buena causa.

—…Bueno…

nunca me pides dinero a no ser que lo necesites, y sé que no eres tan irresponsable como para usarlo en algo inadecuado.

—¡Gracias!

Trataré de devolverlo lo antes posible.

—Bah, no te preocupes por eso.

¿Recuerdas que fuiste tú la verdadera inventora?

Incluso deberíamos darte mucho más por ello.

—Oh, y mañana iré un momento a la aldea Jikén.

—¿La aldea Jikén?

Creo que la he escuchado, pero…

¿por qué?

—Tengo…

mmm…

ciertos asuntos ahí…

Mi padre me miró un poco confuso.

Mi madre dejó la sala hace unos minutos; no se veía muy bien.

No es que no quiera contarles lo que voy a hacer con el dinero, pero cosas como demonios son un tema tabú entre los elfos de Pyrenhal.

No sabía que los espíritus fueran necesarios para forjar espadas de oscuridad, solo sabía que estaban ligados a ciertas artes de magia oscura, y que podían corromper a un elfo hasta convertirlo en uno oscuro.

—No es gran cosa, iré un par de horas y luego regresaré.

—Hmm…

Supongo que está bien.

Pero no te metas en problemas, por favor.

Hace un par de años me habría ofendido…

pero ya acepté que soy un imán para los problemas.

—Airen, ¿estás segura de que es por aquí?

—No realmente, pero deberíamos estar cerca.

—Quizás acompañarte no fue tan buena idea…

—¿Perdona?

Te recuerdo que fue tu idea buscar un atajo.

—¡Tú estuviste de acuerdo!

Después de hablar con mis padres, fui directo a la cama.

Es reconfortante sentir lo cómoda que es mi cama, aunque empiezo a notar que se me está quedando pequeña.

No tardé en dormirme, y tras unos sueños raros y alguna pesadilla, me desperté renovada.

Poco después, Faelith llegó a mi casa.

Quería asegurarse de que estuviera bien, aunque me pareció exagerado.

Después de invitarla a desayunar, le conté mis planes de ir a la aldea Jikén y se ofreció a acompañarme, aunque tras perdernos en el bosque parece algo arrepentida.

—¡¡HYAA!!

—¿¡QUÉ PASA!?

De repente, una araña me cayó en el pelo y grité sin poder evitarlo.

—¡Quítamelo, quítamelo!

—Airen…

es solo un insecto…

Faelith lo apartó sin problema, como si fuera una hoja seca.

Solo de verla sosteniéndolo me estremecí.

Era una especie de tarántula verde con pinzas.

No era peligrosa, pero no podía evitar el escalofrío.

—No me lo acerques.

Tíralo por ahí o lánzalo al aire.

¡Voy a quemarlo!

—¡Eso es muy cruel!

—Los insectos no merecen mi piedad.

Son mis enemigos.

Lamentarán haberme fastidiado.

—No te ha hecho nada y es inofensivo.

¿Por qué te asusta?

Aquí se sabe que incluso los animales pequeños pueden tener veneno peligroso, pero el veneno común no afecta mucho a los seres con maná.

Eso incluye razas inferiores y bestias demoníacas.

Los Vanthraan, además, tienen cierta resistencia natural.

Por eso, los únicos que deberían temerle a los insectos son los animales comunes.

Aprendí eso con el maestro Cerendur, y por eso nunca les había tenido miedo…

hasta ahora.

No entiendo por qué reaccioné así.

—¿Airen?

—Como sea, solo no me lo acerques.

Sigamos.

Tras unas horas más de caminata, llegamos a la aldea Jikén.

Era pequeña, como muchas alrededor de Pyrenhal.

A simple vista no había mucho que ver, salvo las herrerías de donde salía calor y humo junto al sonido del martillo.

—¿Y bien?, ¿dónde tenemos que ir?

—Mmm…

ahí.

Señalé una herrería igual a las otras, salvo por el techo azul ceniza.

Según Mei, esa debía ser su casa.

—Hola, ¿hay alguien?

Nos asomamos por la puerta.

Solo había una sala con armas, un mesón central lleno de piezas sin pulir y una puerta al fondo.

Nadie más, pero una taza de té humeante indicaba que no hacía mucho alguien había estado allí.

—El estilo de estas armas es distinto al que he visto antes —comenté, observando las espadas en los muros.

No es que no las hubiera visto antes, solo que no las recordaba bien.

En este continente no hay mucha variedad en espadas, distinto a como lo describen los textos antiguos que hablaban de armas muy distintas entre sí.

Esta parece una gladius…

esa, una cimitarra…

¿eso es un machete?

Había muchas más.

Recordé las armas de Mei al ver unas hojas curvas sin pulir en una esquina.

Aunque no eran iguales a lo descrito en los libros, las similitudes eran claras.

—Nunca había visto tanta variedad en un solo lugar.

Y son de buena calidad.

—¿Cómo lo sabes?

Para mí todas se ven iguales.

—¿Iguales?

Son totalmente distintas, Faelith…

—Oh, la señorita tiene buen ojo, por lo visto.

Una voz masculina interrumpió.

Supuse que era el dueño de la herrería y padre de Mei.

Me giré para saludar, pero apenas lo vi, mi cuerpo se tensó.

Me puse en guardia.

Faelith también, invocando llamas en sus manos.

El hombre parecía un Gashem.

—¡¿Qué hace un Gashem aquí?!

—gruñó Faelith.

—¡Ahh, tranquilas!

No soy un Gashem…

Bueno, en parte sí, pero…

¿Que no lo es?

—Cualquiera que lo viera lo confundiría con uno, pero al observarlo mejor noté algunas diferencias.

Sus ojos, aunque rojos, no tenían ese brillo intenso.

Su estatura era menor a la típica de los Gashem, y aunque su piel era pálida y su cabello grisáceo, no era exactamente igual.

—Espera, Faelith…

no creo que sea un Gashem.

—¡¿No lo estás viendo?!

—¡Esperen, es mi padre!

Mei salió desde la puerta del fondo y se interpuso.

Me sorprendió, pero al mirarlos bien, sí que tenían parecido.

—Faelith, tranquilízate.

Dice la verdad.

Faelith dudó antes de hacerme caso.

Entendía su reacción.

Ambas habíamos enfrentado a los Gashem de cerca.

Yo aún sentía reservas, pero decidí confiar en Mei.

Tras calmarnos, hablamos con más tranquilidad.

El hombre se presentó como Gon, padre de Mei.

Para nuestra sorpresa, era un híbrido: mitad Gashem, mitad humano.

—¿Es eso posible?

—dije—.

Nunca escuché que los Gashems se mezclaran con otras razas.

—Y no lo hacen.

Los Gashems creen que mezclarse debilita su linaje.

En parte tienen razón, ya que yo nací con habilidades reducidas a la mitad.

Mei, que es un cuarto Gashem, es más humana que Gashem.

Su visión nocturna es apenas superior, no ve el maná y su capacidad mágica es muy limitada.

—Papá, ¿puedes no señalar mis debilidades en voz alta?

“¿Mei es un cuarto Gashem?

Tiene rasgos peculiares, pero nunca habría imaginado eso.” —¿Y qué hace un Gashem fuera de Duraga?

—preguntó Faelith con un tono áspero.

Gon, habituado a esa actitud, respondió con calma.

—Como dije antes, los mestizos no son bien vistos.

Si un Gashem nos encontrara, intentaría matarnos.

Mi padre era Gashem puro, pero su mentalidad era distinta.

Siempre se sintió más cercano a los humanos.

—¿Entonces su padre se casó con una humana?

—Oh, sí.

Llegó malherido a una aldea cercana a Duraga y fue cuidado por una familia del lugar.

Nos enseñaron en clase que tras la Gran Guerra los Gashems quedaron confinados en Duraga.

Acordaron su encierro a cambio de evitar su extinción.

Su territorio está rodeado por montañas y volcanes que dificultan el paso.

Solo los embajadores pueden cruzar la gran muralla que bloquea el acceso.

Intentar pasar por las montañas es casi un suicidio.

—Al principio lo vieron como una amenaza, pero pronto ganó la confianza de los aldeanos.

Su personalidad no era como la de los demás Gashems —dijo Gon, sonriendo—.

Amaba forjar espadas, y me enseñó todo lo que sé.

Él diseñó muchas de estas armas.

Se giró hacia una estantería.

—Oh, cierto.

Me había olvidado —dije mientras buscaba el saco con las diez monedas de oro que mi padre me había dado esa mañana.

Regresé y vi a Gon acercándose con un objeto envuelto en tela negra justo cuando extendía la mano para entregarle la bolsa.

—¿Eh?

Ambos quedamos confundidos.

Yo había dicho claramente que no necesitaba la espada.

Pero su expresión confundida me desconcertó aún más.

—Le dije a Mei que no tenía que darme la espada.

Solo acepten el dinero, por favor.

—¿Dinero?

No sabía que planeaban pagar.

Mei, ¿no habías dicho que era un regalo?

Mei desvió la mirada.

Como no respondió, me apresuré a explicar el trato con el espíritu de la espada.

Gon abrió los ojos sorprendido al escuchar el nombre de Gendill.

—Así que eso sucedió…

—¿Mei no se lo explicó?

—Solo dijo que la habías salvado de los guardias y que la habías perdonado.

Esta espada sería el pago por ese perdón.

“Ya veo.

No es mentira…

pero tampoco es toda la verdad.” —Aun así, diez monedas de oro es mucho.

No puedo aceptar un regalo así.

—¿Aunque lo necesiten para evitar problemas?

—Mi familia está bien económicamente.

No diré que es poco, pero no nos arruinará.

—¿Por qué lo haces?

Apenas nos conoces.

Mei incluso trató de hacerme daño.

¿Y vienes a ofrecer tanto?

—…Supongo que es mi forma de ser…

“Siempre he tenido ese impulso de ayudar.

Ya sea en Lemuel cuando fui a advertir sobre la espada, o cuando quise defender me de Tarn aunque sabía que perdería…

Siempre me meto en líos por eso.” —Ya decidí saldar esta deuda.

No me iré sin entregarlo.

Gon dudó.

Tenía sus principios, como yo los míos.

Pero aceptar ese dinero ayudaría a su hija.

Finalmente habló: —No aceptaré esas monedas como regalo.

—¿Qué?

¿No escuchó lo que dije?

—No como regalo.

Pero si es un pago por uno de mis productos, entonces sí.

—¿Pago?

Entonces volvió a ofrecerme la espada.

Era absurdo.

¿No bastaba con aceptar el dinero?

—¿No es esta espada algo valioso?

¿No tiene el alma de su esposa?

—dije, alzando la voz.

Gon y Mei se miraron, confusos.

—Lo has malentendido.

Esta espada no contiene el alma de mi esposa.

No hago armas de ese tipo.

—¿Eh?

¿No es una espada de oscuridad?

—Lo es.

Pero no todas están unidas a un alma.

Las que lo están suelen tener demonios, no espíritus.

—Ya no entiendo nada…

—Lo que viste fue un vestigio.

Un recuerdo de Gendill almacenado en la gema incrustada.

Solo un fragmento.

—¿Cómo es posible eso?

—La gema es una griomita, o gema de ilusión.

—¿Gema de ilusión…?

—Las griomitas permiten usar magia ilusoria, una mezcla rara de luz y oscuridad.

Gendill la encontró cuando era niña, pero nunca supo usarla.

Dormía con ella y sin darse cuenta le infundía maná.

El día que murió, la llevaba consigo.

La gema absorbió lo último de su esencia y creó una ilusión con sus recuerdos.

“Había visto algo sobre magia de ilusión en un libro avanzado, pero nunca imaginé algo así.” —Entonces…

¿eso usó Mei aquella vez?

¿Por eso aparecía y desaparecía?

—Sí.

Aunque su afinidad con la magia oscura es débil, incluso con su sangre Gashem.

Cada raza tiene afinidades distintas.

Los elfos son más aptos para el viento, luz, agua y fuego; los humanos, para tierra y fuego.

Los Gashems parecen destacar con la oscuridad, y tal vez con tierra y fuego.

—Si lograste sentir el maná de Gendill en la gema, tal vez tengas afinidad con la oscuridad.

¿Tienes antepasados Gashem?

—¡Imposible!

—intervino Faelith, molesta.

Ella había permanecido en silencio, pero la pregunta la ofendió.

Yo también dudaba.

Ya me habían dicho que tenía afinidad con esa magia, pero no creo que tenga sangre Gashem.

—Lo siento —dijo Gon con sinceridad—.

En cualquier caso, Mei no puede usar esta espada por más de un minuto.

Le será más útil a alguien como tú.

Gon volvió a ofrecerme la espada.

Aunque ya había dicho que no contenía el alma de su esposa, aún dudaba.

¿No era esa gema importante?

Además, ya tenía una espada.

Aunque…

siempre quise intentar luchar con dos, y la magia de ilusión…

—¿Por qué dudas tanto?

¡Solo acéptala!

—dijo Faelith, impaciente.

Respiré hondo, alargué la mano y tomé el arma.

—Entonces…

la aceptaré con gusto.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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