Airen: Poder y Leyenda - Capítulo 38
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- Capítulo 38 - 38 Capítulo 38 — A Medio Camino
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38: Capítulo 38 — A Medio Camino 38: Capítulo 38 — A Medio Camino Al llegar al centro de la batalla descubrí el origen de las explosiones: era Kyle.
Su expresión era de enojo, y con ambas manos apuntando en distintas direcciones lanzaba bolas de fuego una tras otra.
Eran enormes, del tamaño de un balón, y cada cinco segundos acumulaba suficiente maná para detonarlas, dejando a su paso cráteres humeantes.
Me recordó a mi propio ataque en la mansión, aunque lo suyo era a una escala aún mayor.
El problema era que ese método no servía contra los Edduens.
Eran resistentes a la magia, y lo que Kyle usaba era fuego cargado de energía pura.
Si en lugar de eso concentrara las llamas como un soplete, los resultados serían distintos.
—¡Alimañas asquerosas!
¡No dejan de levantarse!
—gritó Kyle.
—Son resistentes a la magia, gastarás todo tu maná antes de acabar con ellos — advertí.
—¡Entonces debiste decírmelo antes!
Y, por cierto, estás hecha un desastre — bufó.
—¡Cómo iba a saber que un ejército entero nos atacaría mientras dormíamos!
Y ese último comentario sobraba —repliqué.
—Ya, ya… no hay tiempo para esto.
Airen, ¿cómo los matamos?
—intervino Szack.
—Con armas comunes o magia de tierra.
También funcionan ataques muy concentrados —contesté.
—Tsk, si era tan fácil ya los habría acabado —gruñó Kyle.
Dejó de lanzar fuego y extendió ambas manos hacia el suelo.
Al instante, cientos de pequeñas rocas comenzaron a juntarse a su alrededor, compactándose hasta cubrirlo por completo.
Su silueta creció, envuelta en una armadura pétrea que solo dejaba su rostro descubierto.
—¡Armadura de roca!
Nunca la había visto completa —dije impresionada.
—Je… —Szack soltó una risita.
—No me gusta usarla porque arruina la ropa… pero no hay otra opción —dijo Kyle.
Corrió directo hacia un grupo de Edduens armados con hachas y mazos.
Pese a la ferocidad de sus enemigos, ninguno se apartó cuando los destrozó a golpes.
Con cada impacto, el crujir de huesos llenaba el aire, y ninguno de los caídos se levantaba.
—Siempre me ha dado miedo la magia de tierra —murmuré, conteniendo un escalofrío.
—No pienso quedarme atrás.
Antes hablaste de magia concentrada, ¿no?
—dijo Szack, con esa sonrisa confiada que, por un momento, lo hacía ver peligrosamente atractivo.
—Sí… ¿prefieres probar con eso?
—pregunté, intentando no quedarme observándolo más de la cuenta.
—Suena más interesante que golpear a lo loco.
¿Cómo funciona?
— —Concentras gran cantidad de maná y lo liberas con fuerza… algo así.
Saqué a Aquae y dibujé una media luna horizontal liberando un chorro de agua a presión.
Cortó de lado a lado, dividiendo a varios enemigos, aunque su alcance se redujo después de cinco metros.
—¡Vaya!
¿Eso es una espada mágica?
Seguro no querrás prestármela un rato — rió Szack.
—Imposible.
—Aww… bueno, gracias por el consejo.
Ahora puedo divertirme un rato.
Él extendió las manos y dos llamaradas rojas brotaron, ardientes como sopletes, justo como había imaginado antes.
Miré alrededor.
Desde el bosque seguían llegando más Edduens, un ejército completo de cientos.
Entre ellos luchaban también soldados humanos, quizá cincuenta o sesenta, claramente superados en número.
No parecían guardias del pueblo; no tenía idea de dónde habían salido.
“¿Y Anyia?” Busqué con la mirada y pronto la vi.
Se movía como si volara a ras del suelo, cortando a sus enemigos con una espada que no había visto antes.
La gracia con la que combatía me dejó sin aliento.
Impresionante, como siempre.
Sabe que es mejor no usar magia aquí… Guardé Aquae y desenvainé Twilight.
Decidí ayudar a los soldados que estaban al borde de ser superados.
Usando la técnica de corrientes de viento me impulsé velozmente hacia ellos, cayendo sobre un grupo de Edduens.
— Perspectiva de un soldado “Es el fin.
Voy a morir aquí.
De haber sabido, le habría confesado mi amor a Elí…” Me había enlistado apenas dos días atrás, y mi puesto debía ser solo vigilar dentro de la ciudad.
Pero me colé en el grupo de exterminio para ganar fama.
Solíamos cazar Edduens cada año; eran plaga, se reproducían rápido.
Normalmente bastaba con eliminar a un centenar.
Pero esta vez eran cientos… quizá miles.
Y lo peor: montaban lobos.
“¿Desde cuándo saben domesticarlos…?” Llegamos cien soldados, pero en el primer ataque perdimos a un tercio.
Pudimos huir gracias a ellos, hasta toparnos con este pueblo ya en ruinas.
Ahora, rodeados de nuevo, éramos apenas diez hombres contra cincuenta Edduens y diez lobos.
“Qué frustrante.
Son débiles, pero tantos a la vez son imposible.” —Maldición… quería casarme antes de morir —murmuré.
—Entonces estamos iguales —respondió el chico a mi lado—.
¿Cómo se llama la chica?
—Elí.
La más hermosa que he conocido.
Si hubiera tenido más prestigio, me habría confesado… y ahora estaría con ella.
Ni siquiera tengo veinticinco.
—Jaja, qué lástima… —dijo él.
Ya sin fuerzas, bajé mi espada, resignado.
Miré a los ojos al Edduen que venía a matarme; sonreía con malicia.
Cerré los ojos y esperé el final.
Pasaron segundos, escuché pasos, chillidos… pero no sentí nada.
“¿Ya estoy muerto?” —Oye, ¿estás bien?
Abrí los ojos.
Frente a mí, un ángel.
Eso pensé al verla.
La más bella visión que jamás había tenido.
—Eres… el ángel más hermoso que he visto… —¿¡Eh!?
—se sorprendió ella.
—Bueno… eres la primera ángel que veo, pero estoy seguro de que eres la más hermosa… —¿Te golpeaste la cabeza?
Reacciona, o te matarán.
“¿Lo… habré imaginado todo?
Qué vergüenza…” —¿Hay algún herido?
Solo sanaré a quien tenga heridas graves —pregunté, tratando de sonar firme.
—Emm… ah… no hay ninguno aquí, señorita… emm… —Airen.
“Se llama Airen… , suena tan angelical…” —¿Entonces pueden seguir luchando, verdad?
Vamos.
Corrí hacia otro grupo de soldados en apuros.
De alguna manera, al verme, los hombres recuperaron fuerzas y su ánimo pareció elevarse hasta las nubes.
—Creo que estoy enamorado —susurró uno de ellos.
—Oye, ¿tú no estabas hablando de esa tal Elí?
—¿Quién?
—Uff… olvídalo.
¡Chicos, ayudemos a nuestros compañeros!
—¡SÍ!
Con un grito de ánimo, todos corrieron detrás de mí para asistir a quienes luchaban.
Me movía con rapidez y precisión, cortando Edduens sin importar si eran dos o diez los que se me acercaban.
Incluso para alguien de mi edad, mis habilidades con la espada ya estaban al nivel de un verdadero profesional.
No estaba sola.
Al mirar alrededor, llegué a contar seis elfos.
Probablemente compañeros de los tres que vi al inicio.
Fue una bendición que estuvieran aquí, de no ser por ellos este pueblo habría sido reducido a cenizas.
La batalla se extendió hasta el amanecer.
Con la ayuda de los elfos logramos acabar con la mayoría de los Edduens, aunque muchos lograron escapar.
Yo jamás había presenciado el poder de los de mi raza en plena guerra, y aunque siempre había escuchado rumores sobre la superioridad física y mágica de los elfos, ahora comprendía que eran ciertos.
Uno, cubierto con armadura de roca, arrasaba a los enemigos como un golem imparable.
Otro, con llamas en las manos, cortaba con ellas como si fueran espadas.
Y Anyia, tan ágil como el viento, se desplazaba con gracia, danzando entre sus adversarios bajo la luz de la luna.
—Esa sí que da miedo… —comentó un soldado junto a mí.
Seguí su mirada y vi a una elfa hermosa y fría, rodeada de centenares de cadáveres empalados en espinas de roca.
El solo verla me erizó la piel.
Pese a la brutalidad de la escena, nos habían salvado de una muerte segura.
Luego de la victoria, el capitán se acercó a agradecerles.
—En nombre del batallón de exterminio de Astald, yo, el capitán Thanel, les ofrezco mi más sincera gratitud.
La mujer que respondió tenía una mirada tan penetrante como seductora.
Su voz era serena y firme, y por la manera en que los demás la observaban, comprendí que era la líder.
Aun con su juventud aparente, la fuerza que emanaba imponía respeto.
—No hay por qué darnos las gracias.
Solo nos vimos involucrados.
En realidad, pensamos en marcharnos en lugar de luchar —respondió con calma.
Mientras ellos conversaban, yo no pude evitar mirar a Zher.
Había combatido con gran valentía, y aunque su rostro estaba cansado, se veía atractivo con la espada aún manchada en la mano.
No puedo negarlo, tiene un porte que llama la atención… Me sonrojé levemente y aparté la mirada, recordando lo fuera de lugar que sería pensar en esas cosas en medio de una batalla.
El capitán explicó lo de la limpieza anual, y la elfa lo escuchó con atención.
Hablaban de cómo los Edduens se habían multiplicado más de lo normal y, para sorpresa de todos, domesticado lobos.
Mientras seguían discutiendo, aproveché a limpiar la sangre con la ayuda de Aquae.
El agua recorrió mi cuerpo y mi ropa, y luego la usé para lavar también a Szack, que me sonrió con esa irreverencia que lo caracteriza.
Aunque no lo diría en voz alta, debo admitir que con esa sonrisa confiada también se ve… atractivo.
Al instante, usé una corriente de aire cálido para secar nuestras ropas.
Algunos soldados me miraban como si aún pensaran que era un ángel, y eso me incomodaba.
No era nada de eso; solo hacía lo que debía.
—Chico, ¿te quedarás ahí parado?
—la voz del capitán sacó a un joven soldado de sus pensamientos.
—¿Eh?
¡Voy!
Corrió hasta reunirse con sus compañeros, y mientras tanto pensé en todo lo que había pasado.
Habíamos sobrevivido… pero el precio había sido demasiado alto Miré alrededor.
No había paraíso alguno.
Estaba rodeado de cadáveres de Edduens.
Y aquel “ángel”… era una joven guerrera, cubierta de sangre, armada con una espada aún goteante.
“No es un ángel… pero, aún así… es lo más hermoso que he visto.” “Si no duermes te puedes morir.” Esa frase resonaba en mi cabeza como un eco distante, como si quien la hubiera dicho estuviera muy lejos.
El recuerdo era borroso, pero mientras más lo pensaba, más nítido se volvía.
“¡¿Aún no te duermes?!
Sabes que la gente necesita dormir.
En especial si eres un niño, si no descansas, puedes morir.” La voz era suave, maternal, y aunque no recordaba bien su rostro, me sorprendió lo diferente que parecía a la imagen que tenía grabada de mi madre en los últimos años.
“¿Por qué estoy recordando esto ahora?” Sacudí la cabeza para apartar esos pensamientos, y de inmediato la escena frente a mí llamó mi atención: Anyia estaba torciéndole el brazo a Kyle, quien se quejaba en el suelo del carruaje mientras pedía disculpas.
“¿De qué me perdí?” Después de esa demostración de autoridad, Kyle dejó de desafiarla directamente, aunque su tono arrogante seguía presente.
Poco a poco, sin embargo, el ambiente en el grupo cambió.
Libni y Zher comenzaron a aceptar que, en circunstancias extremas, eliminar a otras criaturas podía ser necesario.
La tensión se disipó, y volvimos a conversar sin sentirnos divididos.
Incluso Libni se disculpó conmigo.
No era que me hubiese molestado realmente, pero sí había sido incómodo.
Descubrí que ella jamás había salido de Valadhiel, nunca había probado carne ni pescado y mucho menos había tenido que matar a ningún ser vivo.
Me resultaba difícil imaginar un estilo de vida así, aunque entendía que había personas diferentes.
Por lo que notaba, Zher había vivido de otra forma, aunque a veces parecía demasiado paciente con todos.
A pesar de la tragedia en Alnnas, debo admitir que aquello fortaleció al grupo.
Incluso Szack y Kyle habían dejado de enfrentarse constantemente.
Tal vez luchar juntos en un verdadero campo de batalla los hizo respetarse un poco más, aunque todavía se lanzaban comentarios punzantes de vez en cuando.
El viaje siguió su curso sin detenerse en ningún otro pueblo, tal como había dicho Anyia.
Yo no pregunté más, no quería acabar como Kyle.
Al final, aunque pensábamos que no podríamos dormir, el cansancio nos venció y todos terminamos rindiéndonos al sueño en el carruaje.
Cuando desperté, el vehículo ya estaba en movimiento y los demás seguían dormidos.
Fue un alivio comprobar que poco a poco recuperábamos fuerzas.
Los cinco días siguientes pasaron más rápido de lo que esperaba y pronto llegamos a Leute.
A diferencia de Alnnas, esta era una ciudad de tamaño medio y, por su ubicación como paso fronterizo entre Armath y Ondull, su seguridad era rigurosa.
Los muros de piedra, aunque no tan imponentes como los de Valadhiel o Astald, estaban muy vigilados.
Dentro, era común ver guardias en casi cada esquina.
—¿Por qué hay tantos guardias en esta ciudad?
—preguntó Zher.
—¿No estás al tanto?
—respondió Anyia de inmediato—.
Varias ciudades de Ondull llevan meses en guerra.
—¿¡Guerra!?
¿Por qué sucedería algo así?
—Escuché que el tesoro real de Lassant fue robado.
Los nobles culparon a las ciudades vecinas como excusa para someterlas.
La familia real de Lassant ha querido controlar todo el continente desde hace siglos.
“¿Un tesoro real robado?
Qué extraño…” —Lassant es el reino más poderoso de Ondull —continuó Anyia—.
Se sienten tan confiados en su fuerza que declararon la guerra a Naire, Eamare y Kuettare.
De momento no ha habido avances, solo cientos de víctimas.
—Insisto, sabes demasiado… —murmuró Zher, mirándola con suspicacia.
—Anyia… —pregunté con cautela—, ¿ese tesoro robado… no sería una espada, verdad?
—No lo sé.
Solo escuché que su valor era incalculable.
¿Por qué preguntas?
—Ah, no es nada.
Me pareció haber leído algo parecido.
Guardé silencio, aunque una inquietud crecía dentro de mí.
Más tarde, Anyia organizó las habitaciones de la posada.
—Chicas conmigo.
Kyle, ¿te quedarás en el carruaje otra vez?
—¡Ni hablar!
—refunfuñó.
—Entonces acomódate con Szack y Zher.
Kyle quiso protestar por el turno del baño, pero antes de que pudiera decir algo atrevido, Libni y yo lo detuvimos con un grito simultáneo.
Szack rió bajito, y por un instante pude notar lo guapo que se veía sonriendo con esa expresión traviesa.
Sacudí la cabeza para apartar el pensamiento, fingiendo que nada había pasado.
Pasamos solo dos días en Leute para reabastecernos y descansar.
Después, cruzamos la frontera hacia Ondull.
No había grandes murallas, solo campamentos de guardias.
El cambio se sintió de inmediato: del frescor de Armath pasamos a llanuras cálidas y un aire seco que se hacía pesado con cada respiro.
Pero no era solo el clima.
También percibí algo extraño con mi mana, como si vibrara.
Los demás lo notaron también.
—No se preocupen, es normal la primera vez —explicó Anyia—.
Esto se llama Stralning.
Ondull está lleno de minerales mágicos que irradian energía.
Para los locales es imperceptible, pero para nosotros, recién llegados, es muy notorio.
El viaje continuó, y aunque la sensación era molesta, nos dio tema de conversación durante días.
Y lo mejor: logramos convivir sin peleas.
Incluso Anyia, que normalmente se apartaba, se mostró más cercana y compartió sus conocimientos.
Ondull, nos explicó, siempre había estado marcado por la guerra.
Con tanta abundancia de magia, era inevitable que más magos significaran también más poder militar.
Charlas como esta hicieron que nuestro viaje pareciera más corto y pronto llegamos a nuestro próximo destino: Mense, un poblado comercial junto al camino principal.
En los mapas se mostraba como un lugar sin importancia, pues era vasallo de Naire y sin ejército propio; aun así gozaba de buena economía por hallarse justo en la ruta más usada entre Armath y Réquen.
Al llegar noté que, pese a ser grande y bien ordenado, con calles anchas diseñadas para carruajes y peatones, se veía vacío.
Las avenidas, pensadas para multitudes, ahora parecían demasiado amplias para las pocas personas que transitaban.
—¿No está demasiado vacío este pueblo?
Se suponía que era concurrido, ¿no?
— comentó Szack.
—Mense pertenece a Naire —explicó Anyia—.
Es enemigo de Lassant y, en caso de ataque, estaría indefenso.
Solo tiene una guardia pequeña, útil contra alborotadores, pero débil ante un ejército.
—¡Entonces no es seguro estar aquí!
—dijo Kyle con voz tensa.
—Bueno… sí lo es —respondió Anyia tranquila.
—¡¿Y lo dices así de tranquila?!
—repliqué.
—Si atacaran, nos daríamos cuenta con antelación —aseguró ella.
Anyia explicó que el paso del Norte era imposible por el río y el bosque, y que el del Este estaba vigilado por el ejército de Naire.
Aunque la idea de que Lassant pudiera vencerlos nos inquietó, ella insistió en que la guerra sería larga.
Poco después llegamos a la posada.
Era más grande que cualquiera que hubiéramos visitado, con vestíbulo y taberna en la planta baja.
Aunque casi vacía, nos atendieron con esmero.
Las habitaciones eran amplias y cómodas.
Me alegraba compartir con Libni y Anyia, porque aunque confiaba en mis compañeros, hubiera sido incómodo dormir junto a tres chicos.
—Oye Anyia, ¿por qué los conductores duermen siempre en el carruaje?
— pregunté.
—Es su trabajo —respondió ella—.
La universidad ordenó que permanezcan cerca del carruaje en todo momento.
—¿Tan estricto?
—¿Sabes cuánto vale ese carruaje?
Trescientas veinte monedas de oro, sin los caballos.
Abrí los ojos sorprendida.
Comprendí entonces por qué los conductores eran tan cuidadosos.
Luego de un baño, salimos a dar una vuelta por el pueblo.
Las tiendas ofrecían provisiones y recuerdos típicos, aunque nada demasiado especial.
Compré carne seca por unas monedas de hierro; tenía un sabor delicioso y me hizo sonreír.
—Eso es raro… ¿te gusta tanto comer eso?
—preguntó Szack con una sonrisa divertida.
Por un instante, mientras me observaba, noté lo atractivo que se veía con esa expresión ligera y despreocupada.
Me sonrojé levemente y bajé la mirada para concentrarme en la carne.
—¿Será porque eres mitad humana que te gusta algo tan vulgar?
—dijo Kyle con su habitual arrogancia.
—¡Kyle, eso fue muy inapropiado!
—lo reprendió Zher.
—¡Discúlpate con Airen ahora mismo!
—ordenó Libni.
—Tsk… lo siento —dijo Kyle a regañadientes.
—No es para tanto —respondí con calma.
ara tanto —respondí con calma.
Anyia intervino diciendo que en Authon la carne era una delicia común y que ella misma solía probar de todo en sus viajes.
Me alegré de ver que disfrutaba del mismo platillo que yo.
—Ya veo… —dije con una sonrisa—.
Yo adoro la carne y los dulces.
El día terminó tranquilo.
Aunque Mense parecía silencioso y con un aire de tensión por la guerra cercana, al menos esa noche podíamos descansar en paz.
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