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Airen: Poder y Leyenda - Capítulo 7

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  4. Capítulo 7 - 7 Capítulo 7 La Escuela
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7: Capítulo 7 La Escuela 7: Capítulo 7 La Escuela A solo seis horas de comenzar mis ocho años escolares, me encontraba en mi habitación sin poder dormir en absoluto.

La emoción me mantenía despierta, y pasé toda la noche imaginando cómo serían las clases.

Había preguntado todo lo que pude sobre la escuela, pero aún así sentía que me faltaban cosas por saber.

Sabía que el edificio de la escuela estaba al norte de Pyrenhal, y que tenía ocho torres: una para cada año académico.

Los estudiantes de primer año tienen su torre, los de segundo otra, y así con los demás.

Aunque me dio un poquito de tristeza saber que en primer año no se enseñaba magia, me animé pensando que igual las clases podían ser divertidas.

A mí me gusta mucho aprender.

Aun así… había una sensación en mi pecho, como si me estuviera olvidando de algo muy importante.

En segundo año enseñan magia de agua y también empiezan con clases de esgrima, que continúan hasta octavo.

Yo no sé nada de espadas, pero ya puedo hacer algunas cosas con la magia de agua.

En tercer año enseñan magia de viento y hay clases opcionales de arco.

En cuarto año dan magia de fuego y de refuerzo, y también se hacen duelos mágicos.

Aran me dijo que esos duelos ayudan a que los niños entrenen y se preparen.

Dijo que hay un ranking de los mejores, pero no sabe qué pasa con eso.

Tampoco sé qué más se enseña después.

Como no podía dormir, me quedé mirando por la ventana hasta que salió el sol.

En cuanto vi luz, corrí a despertar a Therion.

Claro, se enojó porque aún faltaban dos horas para salir y se volvió a dormir.

Yo ya tenía puesta la ropa para la escuela y mis cosas listas.

No podía esperar… pero tuve que hacerlo.

Me senté en la sala a esperar.

Finalmente, Therion se levantó, se bañó y fue a desayunar lo que mamá, había preparado.

Ella ya se había levantado también y se rió al verme lista tan temprano.

Salimos juntos y pasamos por la casa de Kael, que se unió a nosotros.

No me imaginaba cuántos niños vería en el camino.

Era la primera vez que salía tan temprano, y me sorprendía ver tantos de distintas edades caminando hacia la ciudad.

Therion me explicó que muchos no viven en Pyrenhal, sino que vienen desde aldeas en el bosque, porque en sus pueblos no hay escuela y deben viajar todos los días hasta aquí.

Cuando llegamos a la ciudad, fuimos al este, donde Faelith nos esperaba en uno de los puentes.

Desde ahí, todos juntos caminamos hacia la escuela.

Había cada vez más estudiantes, y yo sentía mi corazón saltar de emoción.

No teníamos uniforme, pero cada niño llevaba un broche con forma y color según su año.

El mío era una estrella plateada de ocho puntas con una gema dorada.

El de segundo año era azul oscuro, el de tercero verde, rojo para el cuarto, marrón para quinto, blanco para sexto, dorado para séptimo y uno muy especial para octavo: tres hojas doradas con un diamante negro.

La escuela era el edificio más grande que había visto.

Tenía ocho torres muy altas, dos edificios en forma de “L” a los lados y otro grande detrás.

Todo estaba rodeado de jardines hasta los muros que protegían el lugar.

Parecía una fortaleza.

Cuando cruzamos las puertas, lo primero que me encantó fue el edificio principal.

Caminamos por la plaza central llena de niños elfos.

Nunca había visto tantos.

Había pequeños como yo y otros que parecían casi adultos.

Los más grandes iban en grupos, los pequeños seguíamos hacia dentro.

El salón principal era precioso.

Tenía muchas pinturas y las paredes eran doradas.

Todo brillaba.

Pero lo más bonito era un vitral enorme con la imagen de una elfa.

Tenía el cabello largo, le cubría los ojos y sostenía en la mano una luz como de hada.

Me pareció hermosa y un poquito triste.

—¡Wow!

—dije en voz baja sin darme cuenta.

—¿Impresiona, verdad?

—dijo una voz.

Era un maestro.

Faelithtambién tenía los ojos llorosos.

—Buen día, maestro Úrás —dijo Therion.

—¿Quién es ella?

—pregunté.

—Källa.

Fue la primera elfa que tomó forma humana —explicó el maestro—.

Antes, los elfos eran espíritus del bosque.

Un día, un niño humano se perdió, y Källa quiso ayudarlo.

Tomó forma humana para guiarlo a casa, pero luego ya no pudo regresar a su forma de antes.

Yo la miraba con atención.

Se veía tan sola… —Källa vivió en el bosque muchos años.

Otro espíritu llamado Yuán hizo lo mismo por ella.

Se enamoraron y juntos fundaron las primeras aldeas de elfos.

Todos nosotros descendemos de ellos.

Las joyas que dejaron tienen un poder que aún se siente.

No sabía por qué, pero al ver a Källa me daban ganas de abrazarla.

Una campana sonó fuerte.

—Es hora de clase.

Busquen a sus maestros o se enojarán —dijo el maestro y se fue.

—¡Los de primer año, por aquí!

—nos llamó una mujer.

Nos despedimos de Therion y Kael y seguimos a la señora.

Tenía una lista y llamaba nombres uno por uno.

Después subimos escaleras y llegamos a la torre de primer año.

Era grande, con muchos libros y escritorios.

—Somos sus consejeras.

Ahora los llamaremos para darles sus salones y libros.

Llamaban a los niños y les decían en qué piso estaban.

Yo ya sabía que aunque todos fuéramos de primer año, podríamos estar en salones diferentes.

Los libros nos los prestaban por el día, y si necesitábamos llevar uno a casa, debíamos pedir permiso.

—Airen Vhaldron.

Levanté la mano.

—Segundo piso —me dijo la señora, y me entregó tres libros.

Iba a caminar cuando Faelith me tomó del brazo.

Estaba nerviosa.

Esperamos juntas.

—Faelith Enariel.

—Segundo piso —dijo la consejera.

Sonrémos al mismo tiempo.

El primer día de escuela no se sentía tan difícil si estábamos juntas.

El salón del segundo piso era bastante amplio, con espacio para más de cien alumnos.

Aun así, solo había unos cincuenta.

Pensé que habría gritos y correteos, pero no.

Todos hablaban bajito, como si tuvieran miedo de despertar a alguien invisible.

Eran… muy calmados.

Yo pensaba que todos serían como Faelith —que tiene seis años—, y que yo, con mis cuatro casi cinco, sería la más chiquita.

Pero no.

Había niños más pequeños y otros que parecían de siete u ocho.

Eso me hizo sentir menos rara.

Había muchos asientos vacíos, pero elegí sentarme al frente.

Me gusta ver bien todo, y además así escucho mejor.

Faelith se sentó a mi lado, como siempre.

Poco después llegó el profesor.

Tal como me enseñaron mamá y papá, me puse de pie e hice una reverencia.

Todos los demás lo hicieron también.

El profesor devolvió el gesto con una inclinación de cabeza y luego caminó hacia el escritorio.

Era un hombre de cara seria, cabello liso color castaño oscuro que le llegaba a los hombros y unos ojos negros que miraban sin moverse.

Caminó lentamente frente al aula, observándonos uno por uno.

Cuando me miró a mí, no cambió de expresión.

Solo siguió con el siguiente.

No sé si eso era bueno o malo, pero no me sentí mal.

Cuando terminó de mirarnos a todos, respiró hondo y habló: —Bienvenidos, estudiantes de primer año, a la Escuela Mágica de Pyrenhal.

Mi nombre es Cerendur de Endamor.

Seré su maestro este año.

Pueden llamarme maestro, maestro Cerendur o maestro Endamor.

Yo memoricé las tres formas por si acaso.

—Conmigo aprenderán historia, geografía, matemáticas, biología y mucho más.

También les enseñaré sobre las Cuatro Grandes Razas, las razas menores, las bestias salvajes y las bestias demoníacas.

Aprenderán a comportarse frente a otras razas, a sobrevivir en el bosque, qué pueden comer… y qué cosas no deben probar si quieren seguir vivos.

Ahí todos nos reímos bajito.

Bueno, algunos más nerviosos que otros.

—Desde ahora les aclaro: no habrá clases de magia.

Pueden practicar fuera del horario, pero ni yo ni la escuela nos haremos responsables si se cortan una mano con una cuchilla de viento…

o se queman intentando invocar fuego.

Se notaba que no bromeaba.

_________________________________________ Una de las cosas que más me gustaban eran las caminatas por el bosque.

Aunque terminaba muy cansada, me encantaban.

No era como estudiar en libros.

Era tocar la tierra, mirar los árboles, oler las flores raras y sentir el aire lleno de maná flotando como si bailara alrededor de nosotros.

Nos enseñaron muchas cosas: plantas que se podían comer, otras que sanaban heridas, y también unas que daban sueño o hacían ver cosas raras si las tocabas.

Vimos huellas, aprendimos a reconocer nidos y a leer señales en los troncos que dejaban los animales.

Un día conocimos a uno de los guardianes del bosque.

Era un elfo grandote, con los brazos llenos de marcas, ojos oscuros y el cabello trenzado hasta los hombros.

Nos contó que él patrullaba los límites del bosque y alejaba a las bestias peligrosas.

Dijo que a veces, criaturas malas se acercaban, pero que casi nunca podían entrar a la escuela.

—El maná aquí está limpio.

Puro.

A las cosas feas no les gusta quedarse mucho tiempo —dijo, con una voz gruesa.

Desde ese día, cada vez que escuchábamos un crujido entre los árboles, todos mirábamos rápido por si acaso.

Incluso yo.

El tiempo pasó volando y sin darme cuenta ya llevábamos casi dos meses en clases.

Todos se fueron acostumbrando.

Cada uno con sus costumbres.

Algunos iban a correr al jardín, otros leían, otros jugaban con pequeñas bolas de agua.

Yo repasaba lo que escribía en mi cuaderno.

Me gustaba sentir que aprendía.

Un día, después del almuerzo, el maestro Cerendur entró al aula con una cosa muy bonita: una esfera de cristal azul con líneas plateadas dentro, como relámpagos dormidos.

La puso sobre su escritorio y pidió silencio.

—Hoy haremos algo distinto —dijo—.

Esta esfera mide el flujo de maná de quien la toca.

No dice cuánta magia tienen ni cuál es su tipo, pero sí si hay bloqueos o si su energía es estable.

No duele.

Nos llamó uno a uno.

Algunos hacían brillar la esfera como si tuviera fuego adentro; otros solo conseguían una lucecita pequeña.

Cuando me tocó a mí, caminé despacio.

Estaba un poco nerviosa.

Puse la mano y sentí frío.

Muy frío.

Como tocar un lago helado.

La esfera brilló un poquito, con una luz verdosa suave.

Luego se apagó.

—Estable —murmuró el maestro, anotando algo—.

Tu flujo es constante, aunque algo bajo.

Pero eso no es malo.

Algunos con poco maná aprenden a usarlo mejor que otros con mucho.

La clave es entender lo que tienes y usarlo bien.

Volví a mi asiento sin saber si eso era bueno o malo, pero su voz no sonaba fea.

Así que me sentí tranquila.

Como cuando mamá me dice que no hay que preocuparse si algo sale diferente.

Después de eso, empezamos a practicar con el maná.

El maestro nos enseñó a imaginarlo dentro de nosotros, como una corriente calentita que podía moverse si la guiábamos con la mente.

No podíamos sacarlo todavía.

Solo sentirlo y hacerlo viajar por nuestros brazos.

Algunos compañeros se quejaban porque no lo sentían.

Otros decían que lo notaban mucho y se emocionaban.

Yo… yo lo sentía suavecito, como una cosquilla que avanzaba despacio.

Pero siempre se detenía en mis manos.

Como si no quisiera salir.

—No te preocupes si no sale rápido —me dijo Faelith una tarde, mientras compartíamos fruta bajo un árbol—.

A mí me tomó semanas enteras.

A veces siento que retrocedo.

—¿Tú también?

—pregunté con los ojos muy abiertos.

—¡Claro!

Todos tenemos días así.

Incluso Aran, aunque no lo diga.

Miré hacia donde estaba mi hermano, conversando con Kael.

Él siempre parecía tan fuerte… pero tal vez también tenía momentos en los que se sentía pequeño, como yo.

Esa noche, al llegar a casa, cerré la puerta de mi habitación, me senté en el piso y volví a intentarlo.

Cerré los ojos y respiré hondo.

El calorcito volvió, como una hebra dorada que se movía muy despacio por dentro.

Esta vez no quise empujarla.

Solo la dejé ir, como si le dijera “ve a donde tú quieras”.

Y entonces, lo sentí distinto.

No era una orden.

Era un juego.

Un baile.

Y en ese instante, supe algo que no sabía antes: Tal vez no tengo que controlar la magia todavía… Tal vez solo tengo que hacerme su amiga primero.

Al día siguiente, mientras descansábamos en el jardín después de clase, Faelith y yo nos sentamos bajo nuestro árbol favorito a comer fruta.

Entonces Lonie se nos acercó con una sonrisa misteriosa y una chispa de emoción en los ojos.

—¿Quieren que les cuente un secreto?

—dijo, como si estuviera a punto de revelarnos algo prohibido.

—¿Qué secreto?

—preguntamos al unísono, tanto Faelith como yo, inclinándonos un poco hacia ella como si eso fuera a acortar la distancia con su revelación.

Lonie sonrió con picardía, bajó la voz y dijo: —Mi hermano mayor tuvo su primer aumento de magia a los trece… ¡y casi explota la casa!

Faelith se echó a reír, y yo abrí los ojos como si se me fueran a caer del susto.

—¿En serio?

—¡Sí!

Dijo que de un día para otro sintió que todo le hormigueaba por dentro, y al intentar hacer una simple bola de agua… ¡la convirtió en un pequeño géiser!

Mamá le prohibió practicar dentro de casa desde entonces.

Nos reímos con ella, aunque dentro de mí, una semillita de preocupación empezó a crecer.

Pensar en eso del “aumento de magia” me hacía imaginar que algo dentro de mí iba a explotar sin avisar.

¿Y si no podía controlarlo?

¿Y si hacía un desastre como el hermano de Lonie?

—¿Y si no lo logramos?

—pregunté sin darme cuenta, porque el pensamiento se me escapó solito.

Faelith se volteó hacia mí con una expresión muy seria, tan seria que parecía una adulta por un momento.

—Entonces practicamos hasta que lo logremos.

Si otros pueden, nosotras también.

Le sonreí.

Suena fácil cuando lo dice así, ¿no?

Pero me hizo sentir segura.

Tal vez yo no tenga tanto maná, pero tengo ganas… y también tengo a Faelith.

Con eso, seguro que podré.

Las estaciones pasaron volando, y sin darnos cuenta llegaron las vacaciones.

No fueron tan largas, pero las disfrutamos mucho.

Y cuando por fin volvimos a clases, el primer día del segundo año fue… raro.

Igual de aburrido que los primeros días del año pasado.

Los mismos profesores, el mismo salón, y empezamos repasando lo que ya sabíamos.

Pero había algo que sí era distinto.

Dolan.

Ese niño, que antes no me decía nada, ahora me miraba como si yo fuera un estofado que no le gustaba.

Su mirada era como hielo.

Cuando contestaba bien una pregunta o me iba bien, fruncía el ceño, como si eso lo enojara mucho.

Una vez, incluso lo escuché decir entre dientes: “Otra vez ella…” Pensé que solo era competencia, pero después noté que hablaba mal de mí con otros.

Eso sí me molestó.

Nunca le he hecho nada.

¿Será que le cae mal que una niña como yo, medio elfa y con poco maná, saque mejores notas?

Un día, al salir de clase, se me puso enfrente.

—¿Te crees mejor que los demás solo porque tienes buenas notas?

Me detuve de golpe.

—No me creo nada.

Solo estudio y presto atención.

—Tsk.

—Chasqueó la lengua como si eso fuera una respuesta, y se fue.

Ni siquiera esperó que dijera nada más.

Lo miré alejarse, confundida y molesta.

—Ese chico necesita un baño de agua fría —dijo Faelith con voz cortante.

Asentí.

Tal vez Dolan no es el problema.

Quizás solo repite lo que muchos piensan: que no debería estar tan arriba por no tener “buena sangre” o “maná fuerte”.

Pero se va a sorprender.

Yo sí puedo, y lo voy a demostrar.

Un par de días después, Lonie vino a nuestro lado después de clases, con ese aire que pone cuando va a contarte algo que parece importante, aunque no lo sea tanto.

—Mamá me dijo que cuando llega tu primer aumento de magia es el mismo día que cuando las niñas se convierten en mujeres.

—¿Eh?

—Faelith hizo una cara como de “¿qué estás diciendo?” Yo entendí un poquito más… pero tampoco me gustó mucho.

Yo solo quiero que mi magia crezca, no quiero cosas raras que tengan que ver con crecer.

¡Soy una niña todavía!

Antes de que regresáramos a las prácticas de clase, aproveché un día libre para intentar practicar la magia de viento.

Es muy distinta a la de agua.

La idea es juntar aire delante de ti y empujarlo como una ráfaga fuerte.

Lonie hizo una demostración con Failon.

Se paró derecha, alzó la mano con la palma hacia adelante y… ¡woosh!

El aire empujó a Failon como si alguien invisible le diera un empujón.

No se cayó, pero sí se fue para atrás dos metros.

El viento es invisible, pero cuando se mezcla con maná, brilla un poquito.

Yo lo intenté… pero no pasó nada.

Ni una brisita.

Recordé una vez que Aran, en un duelo con Failon, hizo unas bolas de viento.

Esas son más difíciles.

Tienes que juntar aire en un solo lugar y mantenerlo ahí, con maná, como si hicieras una pelotita que no se desarma.

Son muy rápidas y casi no se ven.

Además, puedes hacerlas en cualquier parte, porque aire hay en todos lados.

Las de agua solo funcionan si tienes agua cerca.

En clase, el profesor mencionó una cosa que llamó mi atención: “cuchilla de viento”.

Sonaba genial, así que le pregunté a Lonie.

Me hizo otra demostración.

Se paró a dos metros de un árbol, levantó la mano como si fuera una espada y… ¡zas!

Bajó el brazo tan rápido que el aire se cortó.

Una línea delgada apareció en la corteza del árbol.

No era muy profunda, pero sí se notaba.

—Es más eficaz si tienes una espada —agregó Failon, que estaba mirando con ojos muy abiertos.

Obviamente, intenté hacerlo.

Pero no me salió.

Ni una rajita.

Lonie dijo que primero tenía que dominar la magia de viento básica, y tiene razón.

Si no puedo empujar el aire, menos voy a cortarlo.

Pero no me rindo.

Tal vez no me salga hoy… ni mañana.

Pero seguiré practicando.

Porque, aunque sea chiquita, me gusta la magia.

Y algún día, voy a lanzar una cuchilla de viento tan bonita que todos se quedarán con la boca abierta.

Y me aplaudirán.

Bueno, tal vez no todos… Pero yo sí lo haré.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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