Airen: Poder y Leyenda - Capítulo 8
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8: Capítulo 8 — Pelea de Niños 8: Capítulo 8 — Pelea de Niños Días después regresamos a clases, esta vez como estudiantes de segundo año.
La mayoría de los alumnos eran los mismos del año pasado, y todos se encontraban hablando con su grupo de amigos.
Yo, como siempre, estaba con Faelith.
—Así que has vuelto, Airen Vhaldron, alias “Ai”.
Tienes valor, lo reconozco.
Detrás de mí apareció Dolan Lidenskab, un chico enérgico y bullicioso de pelo corto color Rojizo y ojos nranjas que se cree el centro de atención.
Es listo, pero muy orgulloso, y desde que empecé a sacar las mejores notas de la clase me molesta siempre que puede.
De hecho, Dolan habla (o más bien, discute) más conmigo que con los demás.
Aunque me odia… quizá me ve como su rival o algo así.
Lo peor del caso es que se mete conmigo por cualquier cosa, y cuando pierde suele jalarme del pelo o llamarme con apodos, lo cual me molesta demasiado.
Me puse de pie, quedando a su misma altura, y mientras hacía una sonrisa que apenas mostraba amabilidad, dije: —Buenos días, Dolan Lidenskab, alias cretino fastidioso.
El día que más me hizo rabiar fue cuando acortó mi nombre a “Ai”… porque según él, mi nombre es demasiado largo.
Sí, sé que cualquiera diría que es la típica actitud del niño que molesta a una niña para llamar su atención porque le gusta, pero no, esta vez puedo asegurar que no es así.
La razón es que Dolan es un noble, y me molesta porque no puede aceptar que una “plebeya mitad elfo” como yo lo haya superado tan fácilmente dejándolo en segundo lugar.
—Seguro no te enseñaron modales, para una plebeya como tú tratar así a un noble como yo.
—No necesito modales cuando hablo con alguien que tiene la inteligencia de un burro y la lengua de un sapo.
—Seguro tienes valor, ¿no es así?
No solo eres una plebeya, sino también una mestiza, ¿y crees que puedes hablarme así?
Es curioso que, al crecer, las ciudades de elfos también crearan similitudes a los humanos en cuanto al comportamiento.
Leí en un libro de historia que antes de la guerra contra los Gashems no había distinción social en las comunidades élficas, aparte del líder de la aldea.
Las clases nobles aparecieron después de la guerra, ya que la mayoría de los elfos sobrevivientes eran nada más jóvenes de menos de 50 años, y todos los elfos mayores murieron a excepción de unos pocos que fueron considerados como héroes al regresar de Duraga con vida.
Estos “Héroes” obtuvieron recompensas y privilegios para sus familias, y cuando se fundaron las ciudades de Authon, Arnidiel y Pyrenhal, recibieron los primeros títulos nobiliarios.
Desde entonces, a medida que creció la ciudad, también lo hicieron las diferencias sociales hasta llegar a la actualidad, donde los nobles se creen superiores a los plebeyos por ser descendientes de “Héroes”… Miré al molesto chico de pelo marrón que tenía la misma altura que yo y le dije: —¿Y qué vas a hacer entonces, señorito noble?
—Grr… No tenía problemas en retarlo.
Sabía de sobra que no se atrevería a hacer nada más que hablar, ya que las peleas están estrictamente prohibidas y los castigos son muy severos.
Sí, es verdad que este idiota me ha jalado del pelo, pero ha sido fuera de la escuela, y yo no me he quedado sin hacer nada.
La última vez le di un puñetazo en la nariz que lo dejó sangrando.
Juró que se vengaría, y es por eso que hoy llegó diciendo “así que has vuelto”; seguro pensó que me asustaría de él.
Ja, como si fuera a asustarme de un niño de 7 años.
—Ya veremos qué tan habladora eres —sus palabras fueron un leve susurro que apenas escuché.
—¿Acaso dijiste algo?
¿Tan acobardado te quedaste que no puedes ni levantar la voz?
—Solo pensé que te rendirías con la escuela, Ai.
Seguro es muy difícil para una niña tan pequeña estudiar tanto como para quedar en primer lugar.
No es que me moleste la contracción… no, en realidad sí me molesta.
¿Por qué acortar mi nombre?
Ya es lo suficientemente corto: dos sílabas.
¿Tan difícil es?
Pero lo que más me molesta es que lo”use él.
No me importaría si mi familia o amigos me llaman así, pero este chico… este chico es molesto, fastidioso.
Quiero golpearlo… pero soy una niña educada.
No voy a rebajarme a eso, a menos que él comience una pelea.
—Mira quién lo dice, el niño más pequeño de la clase.
—¡¿Qué has dicho!?
—¿Vas a negarlo?
Eres un niño pequeño, ¿y me llamas pequeña a mí?
Jajaja.
Lo que más odia es que le llamen pequeño, ya que en realidad es más bajito que los demás niños.
Es un año mayor que yo, él es más robusto y pesado, pero tenemos la misma estatura.
Ya es suficientemente humillante que sea el más bajito de la clase, pero que tenga la misma altura que una niña un año menor que él ya es demasiado.
Lo único bueno en él son sus bonitos ojos naranjas, pero con su actitud lo arruina todo.
—Aun… aun así… mi papá dijo que los hombres de nuestra familia crecen más en la adolescencia, ¡así que ya verás!
Cuando sea mayor, ¡seré más alto!
Su padre… Aunque no lo parezca, el padre de Dolan es un tipo importante: Deubran Lidenskab.
Es un miembro del consejo.
Pyrenhal se rige por una democracia en donde cada cinco años se elige por votación a diez elfos para formar un consejo de líderes, quienes dirigen la ciudad y se encargan de que todo funcione correctamente.
El enorme edificio en el lado sur de la ciudad, parecido a una fortaleza, es en realidad el edificio del Consejo Élfico de Pyrenhal.
No hay rey en Pyrenhal, es una democracia… pero aun así, no es una democracia justa.
Solo los elfos de sangre pura y de descendencia noble pueden presentarse para el cargo, por lo que medios elfos como yo y los elfos de tribus cercanas no pueden llevar dicho cargo.
No es que me interese la política, pero creo que yo podría hacer mucho para el avance de la ciudad con mis conocimientos.
Algunos de nuestros compañeros se sienten intimidados por Dolan solo porque su padre es uno de los diez gobernantes, y piensan que si lo hacen enfadar, su padre les hará algo.
Yo, por supuesto, no creo tal cosa.
Como si alguien tan ocupado prestaría atención a una riña de niños… —Bueno, si eso es verdad, espero que lo demuestres dentro de ocho años.
Pero no te pongas a llorar si soy más alta que tú, jajajaja.
Dolan casi echaba humo de la furia y preparaba su respuesta, pero en ese momento el maestro apareció y tuvo que retirarse a su asiento con una amarga derrota.
Otra más, ya que todas las discusiones que ha tenido conmigo las termina perdiendo o en una pelea.
No hay manera de que un niño me gane en una pelea verbal.
Todos hicimos la reverencia de costumbre hacia el maestro y la clase comenzó.
Es el primer día en la clase de segundo año.
El maestro del segundo año se llama Úras Valyaia, el mismo que me contó la historia de Källa el primer día de clase hace un año.
Todo lo contrario al maestro Cerendur, que es estricto y serio, el maestro Úras es tranquilo y sereno.
Sonríe mucho y es amable.
También, a diferencia del maestro Cerendur, el maestro Úras pidió que hiciéramos una presentación de nosotros mismos.
Tiene el pelo rojizo, del largo hasta las orejas pero peinado hacia atrás, y sus ojos son marrón rojizo.
Aparenta tener alrededor de 30 años, pero como es obvio, es imposible determinar su edad por su apariencia.
En segundo año, por fin empezaremos con las clases prácticas de magia de agua.
El maestro empezó dando una explicación teórica de la magia de agua para aquellos que no podían usarla o se les dificultaba.
Menos de la mitad dijeron que podían usarla pero tenían problemas en el control a distancia.
Solo cinco alumnos dijeron que no podían usar magia de agua en lo absoluto.
Al parecer ellos vienen de un pueblo del bosque llamado Anemos, donde en lugar de enseñar magia de agua al principio, enseñan magia de viento.
Por eso, ellos no saben usar magia de agua todavía.
Las clases teóricas fueron breves, y rápidamente pasamos a la práctica.
Para estas clases el maestro nos guía fuera de la torre hacia una especie de estanque cerca de la escuela.
Ahí el maestro supervisa y dirige el entrenamiento diario de los alumnos.
Lo primero fue crear bolas de agua, de la misma manera que me enseñó Lonie a mí.
La mitad que dominaba la magia de agua básica, incluyendo a Faelith y a mí, tuvimos que hacer ejercicios de control, lo cual consistía en hacer el mayor número posible de bolas de agua antes de perder el control de ellas.
Es un ejercicio complicado, ya que mientras más bolas de agua crees, mayor concentración debes tener para controlarlas todas.
Con cuatro bolas de agua del tamaño de un balón de fútbol yo aún podía manejarlas sin problema.
La cosa se complicó cuando aumenté la cantidad, y con cinco las demás empezaron a temblar levemente, aunque pude controlarlas tras unos segundos.
La media era de siete bolas de agua.
Faelith logró hacer once, y dos chicos más lograron hacer doce.
Yo estaba en la media, cosa que me decepcionó un poco.
Al tener seis bolas de agua, todas ellas vibraban como si las estuviera sacudiendo, y cuando agregué la séptima el temblor aumentó.
Tan solo cinco segundos después, todas estallaron… realmente quería hacer por lo menos ocho o nueve.
Aunque pudo ser peor, algunos no podían hacer más de cinco.
Poco a poco el tiempo fue pasando.
Las lluvias cesaron, los rumores se apagaron y la vida escolar retomó su ritmo habitual.
Aunque debo admitir que desde aquel día en que reduje a Dolan y a sus secuaces con mi lluvia personalizada de balas de agua, todo se volvió… diferente.
Para empezar, muchos comenzaron a verme con otros ojos.
Algunos con respeto, otros con miedo, y unos cuantos con curiosidad.
Incluso los profesores empezaron a hablarme con un tono más formal.
Uno de ellos —el maestro Alrein, que enseñaba historia mágica— me pidió que compartiera con la clase mi estrategia de combate.
¡Como si yo hubiera planeado todo eso!
Me limité a encogerme de hombros y decir que había sido “inspiración del momento”, lo cual, pensándolo bien, no estaba tan lejos de la verdad.
Faelith, por su parte, estaba encantada.
Me llamaba “Ai la Invencible” y hacía sonidos de trompeta con la boca cada vez que entraba al salón conmigo.
Lonie no paraba de regañarme por “usar técnicas de batalla en medio de la ciudad”, pero me llevaba dulces escondidos en los bolsillos cada vez que me visitaba, así que no le creí del todo su indignación.
Dolan… bueno, Dolan desapareció de mi radar por un tiempo.
Iba a clases, sí, pero evitaba cruzarse conmigo a toda costa.
A veces lo veía comiendo solo en una esquina o mirando por la ventana con cara de villano resentido.
Me sentí mal por un momento, incluso pensé en acercarme para hablar con él, pero luego recordaba que había intentado hacerme caminar desnuda por la ciudad y se me pasaban las ganas.
Durante ese período aprendimos muchas cosas nuevas.
El maestro Úras comenzó a enseñarnos hechizos de ataque más avanzados: fuego, viento, electricidad… todo con la advertencia constante de que no eran para jugar.
Aunque claro, muchos no tardaron en usarlos para cosas muy útiles, como calentar el almuerzo o secarse el pelo.
Supongo que es parte de aprender.
Un día, mientras practicábamos control de viento, logré hacer girar una hoja seca alrededor de mi dedo por casi cinco minutos sin que cayera.
Puede que no suene impresionante… ¡pero era más difícil de lo que parece!
Faelith gritó “¡es brujería!” y todos nos echamos a reír.
Esa tarde, mientras me acostaba en el jardín tras la práctica, mirando el cielo despejado, pensé: “¿Y si pudiera volar?” La idea me emocionó tanto que corrí a contárselo a Lonie.
Su reacción fue la que esperaba: —¿¡Volaaaaar!?
¡¿Estás loca o qué!?
¿Quieres romperte todos los huesos de ese cuerpecito escuálido tuyo?
Después se lo conté a papá.
Él fue más calmado.
Me explicó que había quienes lo habían intentado antes, pero que era tan difícil mantener el cuerpo en el aire sin ayuda que solo se lograban pequeños saltos.
Según él, nadie había volado de verdad en siglos.
Obviamente, eso me motivó más.
Intenté durante días levantarme del suelo, pero lo único que logré fue sacudir hojas y tierra como si fuera una escoba mágica sin dirección.
Faelith dijo que parecía un pollo dando brinquitos.
Y tenía razón.
A veces terminaba tan mareada que caminaba en zigzag y los demás pensaban que estaba inventando un nuevo baile élfico.
No me rendí, claro que no.
Solo decidí esperar a dominar bien la magia de viento.
Tenía tiempo.
Después de todo, solo tengo cuatro años… pero soy muy terca.
Mientras tanto, seguí entrenando.
Quería estar lista.
No sabía para qué, pero sentía, muy en el fondo, que algún día necesitaría estar más preparada que nunca.
Y entonces sucedió.
Una noche, en medio de una tormenta eléctrica que iluminaba el cielo como si los dioses jugaran con chispas, algo cambió.
No en el mundo.
En mí.
Una sensación extraña recorrió mi pecho.
No era dolor.
Tampoco miedo.
Era como… un llamado.
No entendí de dónde venía ni qué quería.
Solo supe que tenía que seguir entrenando, aún más.
El invierno nos mantenía en casa la mayoría del tiempo, resguardados del frío.
Yo también.
Las pocas veces que salía era para reunirme con Faelith y los demás en prácticas de magia que, normalmente, terminaban en guerras de bolas de nieve.
A veces pensaba que eran juegos de niños… pero bastaba con lanzar una sola bola para olvidarme de todo lo demás y terminar riendo.
—¡Airen, cuidado!
—¿Eh?
¡Waaah!
Una bola de nieve me estalló directo en la cara.
Bien merecido por quedarme pensando en medio de la batalla.
—¡Jajajaja!
¡Airen está fuera!
—Ugh… Era idea de Lysian, el más travieso del grupo: guerra de bolas de nieve, chicos contra chicas.
Él, Rowe y Elren contra Faelith, Lonie y yo.
Therion y Kael se habían ido más temprano a reunirse con alguien, no recuerdo bien quién.
Poco después, todos nos fuimos a casa.
—¡Qué frío…!
Caminaba por un sendero junto al río.
El agua seguía fluyendo, pero los bordes estaban congelados.
Solo quería llegar a casa y sentarme junto al fuego… hasta que me acordé de algo importante: “¡Pero si tengo magia!
¡No necesito una chimenea!” Intenté canalizar maná a mi mano derecha para generar calor.
Funcionó.
El problema era que el viento lo dispersaba todo menos en mi mano.
Entonces entendí: tenía que extender el maná por todo mi cuerpo.
Me tomó más tiempo de lo que habría tardado en llegar a casa, pero valió la pena.
Estaba orgullosa de haberlo logrado… hasta que escuché una voz: —Oye… ¿qué haces?
Llevas rato ahí parada.
Era Dolan.
Estaba unos metros más allá, mirándome.
Su tono no era burlón.
Solo… curioso.
Muy raro en él.
Desde hace semanas se había vuelto callado, y ya no se metía conmigo como antes.
—Ah… solo practicaba algo.
—¿Ah, sí?
Bajó la vista a mis pies.
La nieve se derretía alrededor, dejando un círculo tibio.
Pareció entender y se sorprendió.
—¿Eso lo haces tú?
—Sí.
Me costó dominarlo.
—…Eres buena en todo, ¿verdad?
—¿Eh?
No creo… —Para ser más joven que todos, eres la mejor de la clase.
Y buena con la magia… siendo solo una plebeya mestiza… Casi respondí con algo sarcástico, pero su voz no tenía enojo.
Parecía triste.
Desde el problema que tuvo con los demás, Dolan se había quedado solo.
—¿Estás triste por no quedar primero?
Puedes intentarlo el próximo año.
¡Ánimo!
De inmediato su rostro cambió.
Como si le hubiera dicho algo horrible.
Se acercó y me empujó.
Caí en la nieve, empapada.
El calor se fue.
—¿¡Qué haces, idiota!?
Me lancé a levantarme, pero él se abalanzó encima.
Sujeté sus manos antes de que me golpeara.
—¡¿Tú qué sabes de mí!?
¡Solo eres una mestiza que se cree mejor que los demás!
—¡Yo no me creo nada!
¡¡Quítate de encima!!
Era más pesado que yo.
Me dio un golpe en la cabeza.
Solté una mano para cubrirme.
Intenté aguantar sin llorar.
No quería llorar.
—¡Niña tonta!
¡Siempre haces todo mejor!
—¡Yo no te he hecho nada!
Recogí nieve y se la lancé a la cara.
Él retrocedió, y aproveché para empujarlo.
Pero me agarró del abrigo y tiró.
Iba a caer de nuevo, así que me desabroché el abrigo de golpe.
Él cayó de espaldas con él en las manos.
Yo me arrodillé, jadeando.
Vi gotas de sangre en la nieve.
Sentí el sabor metálico.
Me llevé la mano a la nariz.
Estaba sangrando.
“¿Sangre…?” El miedo me invadió.
No solo por el dolor.
Me temblaban las rodillas.
Apenas pude hablar: —Devuélveme mi abrigo.
Mi voz sonó firme, aunque mi cuerpo temblaba.
—¿Para qué lo quieres si ya puedes calentarte con magia?
—¡Devuélvemelo!
Dolan dio un paso.
Yo retrocedí.
—Ve por él si lo quieres.
Y lo lanzó al río.
Vi cómo la corriente se lo llevaba.
Dolan se fue corriendo entre la nieve, riéndose.
Yo me quedé allí, respirando rápido.
No por el frío.
Por la rabia.
Por la tristeza.
Caminé de regreso a casa con lágrimas congeladas.
Mi ropa estaba empapada.
Les dije a mis padres que el viento me había quitado el abrigo.
No mencioné a Dolan.
Pasé dos días con fiebre y tos.
Cuando volví a clases, todos estaban… como siempre.
Menos uno.
Dolan no volvió.
—Tal vez está en otra clase —me dije.
Pero una parte de mí sabía que no.
No tenía tiempo para ir a buscarlo, ya que la clase estaba por comenzar, así que esperé.
Cuando el maestro entró, levanté la mano y le pregunté: —Maestro… ¿sabe en qué clase está Dolan este año?
—¿Dolan…?
Ah, ¿te refieres a Dolan Lidenskab?
Escuché que su familia se iba a mudar a Réquen.
—¿¡Réquen!?
Más tarde, durante el descanso, seguí averiguando y me enteré de que él y su familia se habían mudado a Réquen porque su padre fue nombrado embajador de Pyrenhal en esa ciudad.
Se fueron tan solo dos días después de… lo que pasó.
Cuando escuché la noticia, sentí un pequeño alivio.
Sí… un poco de alegría, incluso.
Pero apenas unos segundos después, sentí algo raro en el pecho.
Como si mi estómago se encogiera.
Recordé lo que le había dicho antes: “Siempre puedes intentarlo el próximo año.” Ahora entiendo por qué se enojó tanto.
Él ya sabía que no tendría otro año conmigo.
Que no podría intentarlo de nuevo.
Que no habría próxima vez.
Por un momento me sentí mal.
Un poquito nada más.
¡Pero eso no cambia lo que hizo!
¡No voy a olvidarlo, ni tampoco a perdonarlo!
Dolan Lidenskab… Si alguna vez vuelvo a verte, te juro que haré que pagues por todo lo que me hiciste este año.
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