¡Alfa, se acabó el tiempo de nuestro contrato matrimonial! - Capítulo 11
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11: Capítulo 11 Llámame por mi nombre 11: Capítulo 11 Llámame por mi nombre Punto de vista de Hailey:
—¡Señorita Synder!
—me saludó Sherman, mientras sus ojos recorrían mi cuerpo.
No es que llevara un vestido sexi, pero el vestido beis aun así marcaba mi figura y llevaba un maquillaje suave en la cara.
Él solo me había visto la cara lavada, con ojeras y pálida, pero ahora me había puesto colorete y corrector.
—Buenas noches, señor Gatsby —le devolví el saludo, mientras mis ojos admiraban su alta figura, sus anchos hombros, sus gruesos muslos.
Llevaba un traje de color gris y su pelo parecía desordenado, pero perfecto.
«Quieres saltarle encima, Hailey», bromeó mi loba, mientras empezaba a menear el trasero de forma provocativa.
Me envió todo tipo de pensamientos e imágenes traviesas a la cabeza, lo que hizo que se me encendieran las mejillas y me retorciera incómoda.
—¿Se encuentra bien, señorita Synder?
—preguntó Sherman, con las fosas nasales dilatadas al poder oler mi excitación.
Nunca me había comportado así, ni siquiera con Francisco.
—S-sí, señor Gatsby —incliné la cabeza, intentando ocultarle la cara, pero él me levantó la barbilla con un dedo.
Un hormigueo me recorrió el rostro y un jadeo escapó de mi boca.
¿Cómo podía su contacto enviar chispas por todo mi cuerpo?
—Llámeme Sherman, señorita Synder —dijo él, entrecerrando ligeramente los ojos.
No consigo descifrar sus cambios de humor ni sus expresiones.
Era un hombre de muchos humores.
—¿Qué?
¿Cómo podría?
—pregunté, mientras el corazón empezaba a latirme con rapidez y las palmas de las manos se me humedecían de sudor.
Tenía un extraño poder sobre mi cuerpo.
—Es mi prometida y pronto será mi esposa, así que tiene que llamarme por mi nombre —dijo Sherman, con los dedos todavía sujetándome la barbilla.
Su aroma me hipnotizaba y me hacía inclinarme hacia él.
—De acuerdo, y llámeme por mi nombre también —dije, y nuestras miradas se encontraron en un pequeño gesto de entendimiento mientras me guiaba hacia el coche que nos esperaba.
Dion me saludó al abrir la puerta del coche y me senté dentro del cálido vehículo.
—¿Quién va a estar allí?
Me refiero a la casa de tus padres.
Sherman estaba ocupado con su teléfono mientras el coche serpenteaba entre los carriles y otros vehículos.
—Mis padres, mi abuela y mi hermana —dijo él, sin levantar la vista de su teléfono.
Musité una respuesta mientras me giraba hacia la ventanilla; entrábamos en una zona de mansiones de lujo.
Mi padre, su amante y su hijastra vivían en una de esas mansiones.
Puede que mi padre nos hubiera descartado, pero instaló a su otra familia en esta alta sociedad.
Apreté los dientes, impidiendo que la ira me consumiera.
No se merecía nada de mí, ni mi odio ni mi rabia.
—Compórtate, Hailey.
No quiero que nadie de mi familia sepa que nuestra relación no es real, sino falsa.
—La voz de Sherman me sacó de mis pensamientos asesinos.
Entrecerré los ojos mirándolo.
Seguía con el teléfono, deslizando el dedo por la pantalla y tecleando.
Se comportaba como si yo no fuera su prometida, sino una extraña sentada a su lado.
—Sé cómo interpretar mi papel, pero eres tú quien necesita esforzarse más en esta relación falsa para que parezca real —espeté.
Su rostro se giró hacia mí y un gruñido grave se escapó de sus labios.
—¿Qué?
Es verdad.
Has estado con el teléfono desde que subimos al coche.
Si queremos que esto funcione, necesitamos conocernos —dije, justo cuando el coche se detuvo.
Abrí la boca para decir todo lo que me estaba guardando, pero él tiró de mi brazo y me obligó a sentarme a horcajadas sobre él.
Un chillido escapó de mis labios mientras mis brazos se enroscaban en sus hombros y mis piernas en sus caderas.
—¿Q-qué haces?
—Nuestros rostros estaban tan cerca que nuestros alientos se mezclaban.
Sentí que el corazón se me saldría del pecho.
—¡No tienes que preocuparte por mí, cariño!
Interpretaré mi papel muy bien, pero me preocupas tú.
—Resoplé con desdén.
¿Qué se creía que estaba diciendo?
¿Pensaba que iba a arruinar su plan y el trato?
—¡Señor Gatsby!
No necesita preocuparse por mí.
No dejaré que nadie se entere del trato —dije.
Intenté alejarme de él, pero su agarre en mi cintura se tensó y acercó más mi cuerpo al suyo.
Podía sentir su duro cuerpo presionando contra el mío.
Estaba jugando a un juego muy peligroso.
—C-creo que deberíamos entrar —susurré.
Nuestros labios estaban tan cerca que podía oler su aliento mentolado.
Mi loba ronroneaba y ansiaba probarlo.
—¿Mmm?
—preguntó, con los ojos fijos en mis labios.
Tragué saliva.
Nuestros rostros estaban a centímetros, solo nos separaban unos pocos, y si inclinaba la cabeza, nuestros labios se encontrarían.
Todavía podía sentir el último beso que compartimos en este coche, todavía podía saborearlo en mi lengua y quería besarlo, quería saborearlo.
Unos golpes en la ventanilla rompieron el hechizo en el que estábamos sumidos.
Sherman me apartó a un lado a regañadientes y yo me arreglé el pelo y el vestido para que no tuvieran arrugas.
Dion estaba fuera del coche, esperándonos.
—No te dejes intimidar por mi madre y mi hermana.
Intentarán arrancarte las capas una a una, pero no cedas a su manipulación.
—Sus palabras hicieron que se me parara el corazón, se me revolvió el estómago y me empezaron a temblar las manos.
¿A qué se refería con que intentarían manipularme?
¿Y si lo conseguían?
Sabrían que no soy la prometida de verdad, nuestro trato se rompería y tendría que devolverle el dinero.
Empecé a sentir pánico en el coche y quise volver corriendo a mi apartamento para esconderme en mi habitación.
Sherman me guio hacia la puerta.
El camino de entrada era enorme, con una fuente en el medio, un jardín a la derecha y grandes árboles que cubrían las vallas.
La mansión parecía inmensa y estaba hecha de mármol y piedra.
Tenía los ojos como platos y estaba maravillada por su belleza.
Sherman tocó el timbre y esperamos a que alguien abriera la puerta.
No sé cómo él podía parecer tan tranquilo e indiferente, pero yo por dentro estaba entrando en pánico.
Necesitaba controlar mi respiración y mis temblores.
Voy a delatar nuestra farsa.
Las pesadas puertas se abrieron con un crujido y una mujer mayor, con una expresión solemne en el rostro, nos abrió.
—Alfa Sherman.
—La mujer mayor, que vestía ropa de sirvienta, lo saludó.
Luego se giró hacia mí e hizo una reverencia sin decir nada, haciéndose a un lado para dejarnos pasar.
Sherman me cogió del brazo y me guio al interior de la mansión.
Había cuadros, lámparas de araña y otros objetos decorativos por todas partes.
No podía apartar la vista del interior.
—Tiene una casa preciosa —dije, con un tono lleno de asombro.
—Gracias, ¿señorita…?
—Una voz femenina me sobresaltó.
Giré la cabeza bruscamente hacia la voz y abrí los ojos de par en par.
A unos metros de Sherman y de mí había una mujer.
Se veía tan bella y despampanante.
Su maquillaje era impecable y sus ojos afilados me evaluaban de la cabeza a los pies.
Sherman se tensó a mi lado y su cuerpo se puso rígido.
Pude sentir su aura fría a mi alrededor, como si se hubiera puesto una máscara o se hubiera metido en la piel de otra persona.
—S-señorita Synder —tartamudeé, y me maldije por balbucear como una idiota.
No sabía quién era la mujer, pero desde luego daba mucho miedo con su mirada evaluadora y crítica.
—Madre, te presento a Hailey, mi prometida.
—Las palabras de Sherman impidieron que ella dijera lo que iba a decir justo cuando abría la boca.
—¿Ah, sí?
—¡Madre!
—dijimos los dos al mismo tiempo.
Sus ojos pasaron bruscamente de su hijo a mí, y sus labios se curvaron con asco mientras volvía a recorrerme con la mirada.
Pude ver que a la mujer no le gustaba lo que veía.
El corazón se me cayó a los pies.
—¡Hola, señora Gatsby!
Encantada de conocerla —saludé.
Caminé hacia ella y le tendí la mano a modo de saludo.
Miró mi mano como si fuera algo intocable y luego sus afilados ojos se volvieron hacia su hijo y, con un tono gélido, dijo:
—No esperaba esto de ti, Sherman.
¡Pensé que tenías mejores gustos, como yo!
—Sus palabras me atravesaron el corazón y retrocedí tambaleándome.
Se me llenaron los ojos de lágrimas, pero no iba a dejar que esta mujer me afectara, no iba a dejar que sus palabras me afectaran.
No me importa lo que piense de mí, no me importa si le gusto o no.
Esto no es real, este matrimonio tiene un límite de tiempo y, cuando ese límite se cumpla, cada uno seguirá su camino.
Solo tengo que aguantar los insultos que me lancen.
Sherman salvó a mi madre, así que debo cumplir mi promesa de ayudarlo.
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